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UN DÍA EN LA VIDA DE FRED RUBINSTEIN

>> domingo, 17 de octubre de 2010

Como cada mañana, Fred Rubinstein se dirigió hacia la cocina, todavía con la sensación de cansancio que da el haber dormido más de la cuenta. Abrió la nevera y cogió la espuma de afeitar. Con ella, se pintó sus cejas y bigote diarios. Después, sacó sus gafas empañadas y se las puso. Anduvo a tientas por el pasillo y sacó del paragüero su pantalón y chaqueta. Vérselos poner era todo un espectáculo. Después acertó a coger el pomo y salió a la calle sin peinar. Era un día verdaderamente frío. Cuando Fred se dirigía a la parada, pensó: “¿Por qué ir en autobús cuando puedo pagar el cuádruple yendo en taxi?” Con esta mágica deducción, Fred estuvo esperando cerca de media hora a que llegase un simpático coche color amarillo. En todo este tiempo, pasaron cinco autobuses y, además, incubó una gripe galopante. Cuando un taxista se dignó por fin a parar (otros debieron pasar de largo al observar la genuina indumentaria de Fred), Fred había conseguido un nuevo peinado gracias al viento que soplaba a raudales en aquella calle. El conductor le debió de confundir con un cantante del momento, y estuvo empecinado en no reconocer que se trataba de Fred Rubinstein (mucho mejor que el cantante) simplemente por no romper su sueño de lunes por la mañana. Fred acabó creyéndose que era en realidad ese hombre que se había inventado el taxista, y comenzó a cantar canciones que siempre había tenido en su cabeza y nunca se había atrevido a interpretar. Consistían en retales de recuerdos musicales cuya unión resultaba verdaderamente sorprendente. Lo curioso del asunto es que el taxista acabó cantando con él, acordándose de ellas. El viaje fue tan maravilloso que, cuando el coche llegó a su destino, Fred le pidió que no parase, haciéndole recorrer de nuevo el tramo en sentido inverso y luego al revés.
Fred llegó tarde al trabajo. ¡Qué bonito era el trabajo de Fred! Le habían dicho que su jefe tenía su puesto en una de las mesas en las que él trabajaba, confundiéndose con el resto de trabajadores que llegaban tarde. Nunca supo Fred, por tanto, con quién se gastaba los cuartos. Podría ser el compañero que le dictaba lo que tenía que escribir. Era un chico muy comprensible, pues se ofrecía a realizar su trabajo sabiendo que Fred no podía leer por sus gafas empañadas.
A la hora de comer, como siempre, Fred entraba a la tienda de robar comida y, lo que es mejor, nunca pagaba por ello. El dependiente hacía como que no miraba cuando los clientes arramplaban con lo que tenía en el mostrador.
Por la noche, salía del trabajo y se iba a casa andando. Fred era un auténtico deportista de la mente. En casa, no cenaba porque lo único que tenía en la cocina era una nevera en la que guardar las gafas y la espuma de afeitar. Al acostarse, pensaba siempre: “¡Qué suerte tengo de poder vivir mi vida!”

17 – 10 – 10

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