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EL SALUDO DE LA DESPEDIDA

>> domingo, 28 de noviembre de 2010

Siempre saludaba, al encontrarse con conocidos, con un “hasta luego”, haciendo una larga torera un tanto provocativa. Así eran sus encuentros por la calle. Un día, alguien tuvo la osadía de contestar a su “hasta luego” con un “¿Cómo te va?” Ante esta nueva situación, el hombre que saludaba despidiéndose no tuvo más remedio que cambiar su estrategia: invirtiendo los términos, decidió despedirse saludando y dijo “Yo bien, gracias”. Entonces, de nuevo obtuvo una nueva respuesta: “No te vayas. Quiero hablar contigo”. ¿Qué había podido fallar? Aquel día, aparte de su mirada al suelo para esquivar otros ojos, se había vestido con un gorro negro que le ocultaba casi toda la cara y un abrigo que ejercía la misma función con el cuerpo. Sin querer preguntar ni siquiera la identidad de quien le había tentado, aceptó la invitación del sujeto en cuestión para tomar un café en el bar de la plaza más cercana. Lo hacía por resguardarse de aquel frío de invierno tomando algo caliente en un lugar cerrado, no porque le interesase realmente lo que fuese a escuchar. Era como cuando iba al teatro: aplaudía siempre al compositor, nunca a los músicos, ya que la forma que tenían de interpretar la obra nunca le parecía la correcta.
Una vez allí, el desconocido le indicó una de las mesas del fondo del establecimiento. El hombre que no quería saber nada del mundo mortal obedeció refunfuñando, como dando a entender que lo hacía por educación, no por gusto. No quería que el otro se tomase confianzas para con él, de modo que había que mantenerle tras la raya siempre, no bajando nunca la guardia.
Tomaron asiento y pidieron la consumición. El simpático individuo todavía permanecía con su sonrisa ante la indiferencia del huraño hombre asqueado con no-se-sabe-qué. Trató de devolverlo a la vida, una vez más, iniciando el diálogo pertinente que este tipo de casos tan incómodos pide a gritos al personaje más comprensivo:
- ¿No me recuerdas, Bernabé?
El otro, quedó sorprendido de aquella acusación tan directa. Él había dejado de llamarse así a sí mismo hace tiempo. Aquella voz que había escuchado ponía perfectamente, dentro de su memoria, nombre y apellidos a aquel a quien todavía no se había dignado a mirar cara a cara.
- Yo ya no me llamo Bernabé, pero sí te reconozco. ¿Cómo no te voy a reconocer?
- ¿Quién soy?
- Sabes perfectamente quien eres. ¿Qué quieres?
- Enseñarte una cosa.
Y sacó del bolsillo interior de su abrigo un papel doblado en cuatro partes.
- Ábrelo- le dijo alcanzándoselo. Bernabé pudo comprobar, al desplegarlo en su total, que se trataba de un dibujo realizado por él mismo hace mucho tiempo. El papel casi se rompió en cuatro partes, ya que debía de haber sido doblado y desdoblado muchas veces a lo largo de su historia. Era un retrato. Lo había hecho siguiendo las órdenes del sujeto, del que todavía desconocemos su identidad por culpa de Bernabé, cuando ambos eran amigos.
- la encontré hará dos años y ahora estoy con ella.
Bernabé no salía de su asombro. Lo que tenía delante era un retrato imaginario, que él mismo había creado en una especie de juego.
- ¿Cómo puede ser, Joaquín?
Joaquín, que así se llamaba por fin el otro individuo, le había pedido a Bernabé, cuando ambos estudiaban en la misma Facultad, que le dibujase a su mujer perfecta. El otro había accedido a esta petición tan infantil de forma gustosa. Bernabé presumía de “mano” para el dibujo entre los compañeros. “Tendrá los ojos verdes, la tez un poco tostada, el pelo moreno y largo, la nariz un poco aguileña, los labios carnosos y las orejas pequeñas. Un lunar bajo el ojo derecho, las cejas ni finas ni gruesas (sino todo lo contrario, como decía el chiste)… Cuando el dibujo quedó perfilado, Joaquín se metió el papel en el bolsillo y prometió encontrarla, entre risas.
- ¿Sabes cómo se llama?
- No me interesa. ¡Este café está frío!
Joaquín parecía mostrarse indiferente hacia la actitud hostil de su antiguo amigo. De nuevo, metió la mano dentro de su abrigo y sacó ahora una fotografía, que puso junto al dibujo. Sin duda, era ella. El parecido era asombroso. ¿Se habría inspirado Bernabé en alguna antigua novia para realizarlo tan concienzudamente? Esto era lo que l preocupaba a Joaquín. Sin embargo, a Bernabé solo le preocupaba una cosa: había dibujado, de aquella mujer su apariencia física, pero no la psíquica. Entonces, mostró por una vez interés en todo aquello, preguntando a Joaquín cómo era de actitud aquella misteriosa mujer.
- Tiene muy poca paciencia para todo, se enfada cada dos por tres, desprecia mi forma de ser. Sin embargo, la quiero, Bernabé. Desde que la ví tan bien plasmada y plantada en aquel papel de cuadrícula.
Como dos copos de nieve. Aquellos rostros femeninos inspiraban belleza, pero eran realmente gélidos. ¿Cómo había podido actuar así Joaquín? ¿Qué tenía dentro de la cabeza? ¿Solo buenas palabras? Y lo peor de todo. Siguiendo la lógica del humor ácido ¿se llamaría “Nieves”?
Este tipo de cosas eran las que habían empujado a Bernabé a renunciar de la humanidad. Cada vez que lo pensaba, se alegraba, y era este el único motivo de sonrisa que se le podía apreciar.

28 – 11 – 10

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