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JAVIERADA

>> martes, 16 de noviembre de 2010

A veces me pongo trascendental y observo el crepúsculo. Este posee un color blancoynegrino, como el que con nostalgia observó el personaje de Juan en la película “Muerte de un ciclista”. Todo quedaba en calma, en silencio. ¿Por qué necesitamos de un horizonte románticamente incendiado? La Tierra parece pagar su peaje y reconocer que hasta el sol tiene una caducidad de unas pocas horas diarias. ¿Miramos realmente el ocaso del sol? O nos queda más remedio. Los que creen tener ante sí su futuro, su “vida en adelante”, no son conscientes de su tarea eminentemente descriptiva. La literalidad que se vuelve carne en la poesía es lo que llevamos peor. Habría que volver la cabeza hacia otro horizonte, el oriental, donde la poesía llegó a su mejor cauce, siendo poesía práctica, es decir, filosofía. Lo que tenemos delante no es precisamente el futuro, sino el pasado, que es lo que realmente podemos ver. Lo que después vendrá no podemos adivinarlo, ocultándose tras nuestra espalda. ¿No es poesía acaso la naturaleza? Quiero decir (ateniéndome a que hasta la naturaleza es una concepción creada por el hombre) que fuera del ser humano ya hay poética. Nosotros, realmente somos producto de esa poética. Creemos haber inventado el arte, convirtiéndonos en dueños y seores de él, cuando realmente no lo comprendemos. La propia naturaleza, en su maravilla creadora, produce auténticas Capillas Sixtinas (y no las e Miguel Ángel, resultado de una asimilación más o menos cercana a la de la realidad). Cuevas de estalactitas y estalagmitas, rebosantes de mineralidad… Nosotros, repito, somos unos falsificadores, unos transmisores de ese mensaje que nos rodea diariamente. El entorno da la inspiración, podría decirse.
Pero, aún así, nos empeñamos en ser arrogantes.
Si un individuo que se considera comprometido con su propia existencia se topa con otro que apenas es consciente del mundo que le rodea, piensa: “Qué ciego está y cómo se desencamina hacia su verdadera función… Sus deberes le obnubilan y olvida su derecho… Su derecho a conocer.” Y, al contrario, si un individuo ocupado con mil tareas superfluas se topa con una mente “pensante”, puede extraer esta conclusión: “Pobre diablo… Algún día se dará cuenta de su error, de su tiempo perdido en mil divagaciones…” La hermandad, por tanto, entre estos dos personajes, resulta imposible. Están tan ensimismados, tan orgullosos de sus respectivas posturas, que evitan relajar los ligamentos de su cuerpo para quedar libres de ataduras. Siempre hay un vigilante que nos auto-imponemos como creadores para que nos impida el paso. Así, nunca sentiremos la necesidad de dialogar sinceramente con nosotros mismos. Tememos tomar decisiones y elegimos otros que elijan por nosotros. Hablamos de una filosofía controladora, que deroga en leyes que la cercenen. Algo de esto hay en la religiosidad. Siempre hay “maestros” que nos recomiendan (siendo muy generoso) la actitud que debemos emprender para cada caso. Y, para cada uno de estos filósofos o iluminados (saben cómo se debe actuar, lucidez extrema y divina) hay un horizonte incendiario. Por eso, yo sigo mirando, cada vez que puedo, por detrás de mis hombros, en constante peligro de descoyuntamiento.

16 – 11 - 10

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