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PÁNICO ESCÉNICO

>> martes, 30 de noviembre de 2010

Me considero un charlatán, un verdadero trepador de árboles. No dudo irme por las ramas utilizando el tronco solo para acceder a ellas. ¿Por qué un hablador de esta categoría, al pensar en el público como desconocido universal, recuerda el amarillo Molière? Quizá por el temor a ser tenido en serio de verdad, a convertir sus comentarios en argumentos. Entonces, recuerdo que puedo escribir mejor que hablo (aunque, aparentemente, me cueste plasmar más en papel aquello que deshilacho en una charla de café). Me aferro al guión previo y entonces pierdo toda la naturalidad. Mi palabra es firme, pero su lógica no tanto.
En este país somos muy dados a perder la concentración del que nos habla si este está leyendo lo que nos dice. Esto puede deberse a que se pierde ese contacto visual dentro de la comunicación. Si el emisor se encuentra, además sentado, se propicia todavía más la pérdida de contacto con el exterior.
Hablar en público requiere de un aprendizaje (y necesitaría de una asignatura concreta donde se abordase) que, dependiendo del individuo, puede durar toda una vida. Ante todo, es necesaria la memoria, la interiorización del discurso. Los papeles deben de existir, pero solo como herramienta con la que poner en claro las ideas que conformarán el todo unitario. Si es preciso, en la mesa de trabajo se podrá leer una y mil veces aquel borrador con el fin de hacerlo nuestro. Después, solo quedará para el día de la verdad el mapa mental con los puntos primordiales del texto. Entonces, también eliminaremos la silla sobre la que sentarnos y quedaremos en pie, elevando la voz a “la audiencia”.
El tema sobre el que versarán nuestras palabras debería ser lo suficientemente ameno como para no quebrantar el primer mandamiento: no aburrir (es, al fin y al cabo, un acto de caridad que debe de realizarse con el público). Si, por lo que fuera, no consiguiésemos traducir la complejidad de las ideas en resultados más asequibles, debemos de rescatar la atención por otros medios (por ejemplo, empleando anécdotas de vez en cuando como cómplices perfectos a las caras largas). Siempre, defender la entonación ante la monotonía fónica.
Las coletillas, como nexos empleados para asistir lapsos de tiempo in albis, resultan peligrosas en su excesiva repetición.
Ante el tiempo de que disponemos, debemos elegir una cosa y explicarla bien, antes que diez que generen confusión. Primacía en la claridad expositiva. Si existiese la letra de médico para el lenguaje, debería evitarse. Pasaron ya los tiempos en los que al que pretendía enseñar hablando le importaba poco la opinión de sus oyentes. Las clases magistrales deben de ganarse a fuerza de trabajo y humildad.
El público siempre podrá preguntar sobre aquello que ha oído. Se deben esperar ciertas dudas en función de lo que se ha dicho, saber qué es lo que se va a preguntar a continuación en función de cómo haya ido la “ponencia. Esto es lo que considero como una cierta sabiduría previa. Aunque este consejo resulte de Perogrullo, hay que ser consciente de lo que se ha dicho, saber escucharse y aprender de uno mismo.
No conviene poner un problema personal en boca del tema elegido. Hay que pronunciarse; la personalidad cabe dentro de esto, pero siempre que trate de expresarse con una objetividad que importe a los demás. Pretensión de validez. Exponer las ideas propias con naturalidad.
Si el alumno, tras sus exámenes como ponente, obtiene un aceptable resultado y decide abrazar la enseñanza, ha de tener en cuenta no ya la tarea cultural sino formadora de su discurso. Sigue cometiéndose el error de enseñar de la misma forma tanto en una clase de primero como en una de quinto. El alumnado cambia en sus diferentes niveles de formación, y es menester del magisterio atender sus necesidades de acuerdo a su edad. Los primeros cursos son los más difíciles para el educador, que debe de “acoger” a los pupilos de un modo especial, no dando por supuesto determinados aspectos o abriéndose a una irregularidad de conjunto (cada individuo poseerá capacidades particulares). Además de la seguridad como profesional, habrá de enfrentarse a su resistencia psicológica. Puede por ejemplo suceder que el desgaste sea paulatino en lugar de evidente, pero deben de ponerse los medios necesarios para que esto sea cogido a tiempo (y aquí entra también el propio conocimiento de uno mismo).
Para aquel que todavía se resiste a ser convencido, siempre me quedará el ejemplo ejemplar del orador por antonomasia: Demóstenes, filósofo griego, que nos demostró que puede vencerse la tartamudez hablando con piedrecitas metidas en la boca o mientras se sube corriendo una cuesta.

30 – 11 – 10






Una clase sobre las Bellas Artes en el Colegio de Nuestra Señora de Montserrat (Madrid, año 2007)

2 comentarios:

Lila 5 de diciembre de 2010, 4:08  

¡qué sabiduría! yo tomo mis notas, gracias!

Javier Mateo 5 de diciembre de 2010, 9:50  

¡Gracias a ti, por dedicar tu tiempo a mis ocurrencias!

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