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EL ARCHIVADOR HUMANO

>> martes, 28 de diciembre de 2010

A Andrea

No recordaba el día en el que le habían regalado ese archivador. Tan solo conservaba en su mente desmemoriada las palabras de aquel hombre célebre: “Como joven promesa, te corresponde como tarea presente plasmar cada una de tus acciones. Un día, en un futuro muy próximo, la humanidad reconocerá esta gran obra que será tu propia autobiografía”. Habían pasado, desde entonces, muchos años. No recordaba la cifra, pero estaba seguro que era un niño por entonces. Ahora, ya mayor, de joven promesa había pasado a simplemente promesa. Su archivador, para colmo, estaba más desordenado que nunca.
Era viernes por la mañana. Recién levantado, se había dirigido a desayunar. El hojaldre del pastel sabía verdaderamente a papel, y el café a tinta china. Cuando no encontró ninguna excusa para poder evadir la tarea, decidió afrontarla tratando de pensar en ella como algo necesario para la explicación de su existencia. El archivador ocupaba toda la habitación: desde el suelo al techo, sus paredes se encontraban preñadas de cajones. Cogió la escalera portátil y la llevó al Lunes 13 de noviembre del 2010, esto es, cuatro días antes. Cuando abrió este compartimento, encontró una ficha que decía: “La tarea del día de hoy será ordenar el archivador”. ¡Menudo desbarajuste! Había montones de fichas desperdigadas por el suelo esperando a ser ordenadas. Todo ocurrió un día hará ya un año, en el que se le cayeron, por accidente, tres baldas completas de cajones. ¡Había en ellas cinco años de su existencia, y ahora aparecía revuelta, confusa, esperando a su correcta ubicación espacial! Entonces, pensó: ¿Para qué quiero seguir con todo esto? Llevo la mitad de mi vida siendo un fracasado que escribe su propio fracaso pensando que a alguien le puede interesar. Solo a alguien un poco menos patético que yo puede levantarle el ánimo conocer el testimonio de un tipo como yo. Aunque solo fuera por esto, continuaría mi inútil tarea… Pero ahora, ahora creo que la gente puede llegar a niveles de fracaso mayores que el mío. Antes, yo era el rey de todos. Ahora, si acaso, puede considerárseme un príncipe destronado.
En un arrebato de jovialidad furiosa, volcó todas las estanterías para empezar desde el principio una nueva vida. No podía imaginar que uno de aquellos armatostes acabaría sepultándole, haciéndole desaparecer de la vida y de la memoria definitivamente, impidiéndole reconducir su destino.
Ningún contemporáneo se percató de la ausencia del archivador humano. Ni uno solo pudo olvidarlo puesto que no le conocían. ¿Cómo iban entonces a recordarle? El hombre célebre nunca existió. Todo fue un mero sueño fruto de un hombre ansioso de autoestima.

28 – 12 – 10

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Lux Aeterna

>> miércoles, 22 de diciembre de 2010

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Sin título

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Tango (1980), Zbigniew Rybczynski

>> sábado, 18 de diciembre de 2010

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GOOD BYE, MISTER BERLANGA

¿Qué ha podido significar Berlanga para mí? La respuesta es sencilla y clave: El humor contra la desesperanza. La sonrisa ante un mundo que amenaza con perder el sentido del humor. Berlanga era la alegría de vivir en sus personajes, suma total de fracasados. Creo que nadie como él ha sabido retratar el segundo plano. Tuvo buen ojo como Fellini y decidió pasar de las historias individuales de personajes principales al retrato colectivo de una sociedad que pedía a gritos ser interpretada. Como Billy Wilder, supo encontrar a su Diamond (en este caso, Azcona). ¿Qué sería del director sin su guionista? Para mí, Berlanga ya lo era en “Esa pareja Feliz”, “Los Jueves Milagro” y “Bienvenido Mister Marshall”. Le faltaba, quizá, el humor negro en su discurso, el punto ácido dentro de su discurso salado (nunca del todo dulce). Nos ha dejado, para la posteridad (y, según él, debido a su economía de medios) planos secuencia memorables, irrepetibles, donde sólo él sabía congeniar a masas perfectamente organizadas por una cámara curiosa por interesada (en el mejor sentido de la palabra).
En cuanto a su compromiso de crítica, creo que es claro en cuanto a coherencia personal, a pesar de que pueda criticársele de ser un alborotador con la complacencia del régimen. Concibo su estrategia en el sentido de la del Caballo de Troya: desde dentro. ¿O es que para criticar había que encontrarse fuera como Buñuel? Muchos directores apostaron por hablar en territorio minado, y esto les supuso los recortes que ya conocemos de sobra (teniendo las cintas que pasar la censura hasta convertirse en semi-adecuadas). “Plácido” no deja de ser una crítica contra el sistema de descargo de conciencia de la sociedad burguesa, “El verdugo” nos habla de la terrible profesión de un ser aparentemente inofensivo, encargado de hacer efectiva la condena capital ordenada desde más arriba (desplazar la responsabilidad es otra forma de descargo de conciencia), “Bienvenido Mister Marshall” presenta la no-llegada de nuevos tiempos a una sociedad condenada a no avanzar… Ahí están todos esos mensajes bien claros- que parecen no aparentar todo aquello al interpretarlos personajes tan caricaturizados, tan de sainete. El verdugo no deja de ser Pepe Isbert, Plácido tiene el rostro de Cassen, etc…
Los actores secundarios se mezclaban con los protagonistas, dando a la historia un rostro global (a excepción de películas como “El verdugo”, donde el rostro lo llevan Isbert y Manfredi, concretamente), una imagen de lugar. La idea de un pueblo (heredera del neorrealismo) la encontramos en “Bienvenido Mister Marshall”, “Calabuch” o “Los Jueves Milagro”. Tipos tan peculiares como Luis Ciges (quien estuvo en la División Azul junto a Berlanga) o Chus Lampreave se han convertido en auténticos iconos de la historia del cine español. Personajes que siempre hicieron de sí mismos (Almodóvar también los explotó de este modo, incluso dejándoles casi una total libertad) y que nunca llegamos a creerles como actores. Su elección venía casi influenciada más por el cariño que el director sentía por ellos que por esperar una valiosa interpretación por su parte.
Sin embargo, a partir de Plácido, me da la sensación de que Berlanga comenzó a relajarse en su tarea, sabiendo que podía hacer cuanto le viniera en gana. Aunque pueda resultar una barbaridad, creo que la saga de los Leguineche resulta un producto de menor calidad que otros filmes como los realizados en la primera etapa berlanguiana. Títulos como “Todos a la cárcel” o “París Tombuctú” me cuesta sacarlos a la palestra y, cómo no, “Tamaño natural” la considero como un filme de excepción, que sigue sorprendiéndome. Es, si pudiera definirse, un tropezón (positivo) en su estela cinematográfica. Allí donde el fetichismo se hace falsa carne, o muñeca. De nuevo, una historia concreta, la de Picolli (aquí, insisto, la imagen de “pueblo” o “comunidad” se disipa) Si algo nos ha enseñado el cine de este valenciano, es que España cuanta con una valiosa cantera de actores secundarios. Todos ellos, son presentados gracias a unos pocos que parecen querer destacar más que estos, pero que inevitablemente acaban formando ese todo cinematográfico.
También Berlanga presumía de haber dejado de ver cine a partir de una época concreta (aquella en la que ya se había asentado como creador, cuando la gente comenzaba a utilizar el término “berlanguiano” para referirse a situaciones insólitas de la realidad).
Conseguir la fidelidad del público, convertirse en popular, no es nada sencillo. El estilo tan personal y tan reconocible es esa marca que solo un universo personal posee, una concepción concreta de la vida. “Estamos en la vida, con todas sus miserias, sin ser capaces de darnos cuenta de los esperpénticos que podemos llegar a resultar en muchas ocasiones. Parece que necesitamos de una pantalla para podernos ver y encima reírnos de nuestro aspecto.Así, por ejemplo, cuando poco tiempo antes del fallecimiento del cineasta, salió publicada por Internet su necrológica anticipada, seguramente Berlanga, de haberse encontrado en una completa posesión de sus facultades, habría sido capaz de pensar: “Pues ahora me voy a morir solo para joder”. Conseguir realizar un acrítica mordaz y, además, gozar del consentimiento- e incluso del consentimiento- de aquellos a quienes se representa, es una victoria solo digna de los grandes pacificadores de la Historia.
Todavía me inquietan aquellas dos palabras con la que se despide en su última película: “Tengo miedo”. ¿Y quién no ha tenido miedo de su época, teniendo todas la misma apariencia apocalíptica? Una declaración de intenciones, una confesión íntima a su público, de quien se retira sabiamente (y digo sabiamente porque no todo el mundo conoce a ciencia cierta el momento en el que dar final a su labor).
Berlanga siempre dijo lo que quiso y Azcona le ayudó a mejorarlo. Cuando tiempos de cesura, se recuerdan todavía las palabras de uno de los encargados de validar o no su material en el ministerio: “Un plano general de la Gran Vía visto por cualquier director no tiene importancia, pero visto por Berlanga ¿quién nos dice que no pone a dos obispos saliendo de Pasapoga?”

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CHOPINÍSIMO

>> miércoles, 15 de diciembre de 2010

El 8 de diciembre acudí, invitado por un amigo, a un recital de Chopin celebrado en los Teatros del canal de la Comunidad de Madrid. Durante todo el día tuvieron lugar, en estos teatros- dentro y fuera de las salas-, diferentes recitales gratuitos sobre la obra del compositor polaco, pero digamos que este concierto al que acudí ya por la tarde (este sí de pago) simbolizaba la traca final para este homenaje a uno de los compositores más populares de la historia.
Curiosamente, Chopin representa el compositor admirado por el oyente que acaba de comenzar su andadura como melómano. Solo a medida que su cultura musical se refine, este irá quedando atrás dejando su lugar a otros autores como Beethoven, Schumann, Mahler (e incluso, poniéndonos en el extremo de los extremos, Schoenberg).
Nikolai Luganski fue el pianista elegido para inmortalizar al compositor en aquella velada. Tuvo que ser un polaco, no podía ser de otra manera. Chopin siempre me ha sonado a francés, no sé por qué.
Juan Navarro Baldeweg sigue estando presente en teatro y alma para todos los que se pasean por ese alter ego de intestino grueso que nos ha legado como maravilla arquitectónica. Para empezar, las prodigiosas escaleras mecánicas consiguen aunar a los grandes almacenes con los productos de alta cultura (¿siempre de alta?). Su laberíntica concepción resultó la protagonista de la jornada. El pianista se perdió por los pasillos y hubo que cambiar el orden de las obras mientras se le buscaba. Tuvo que ser el director, José Ramón Encinar, su salvador en aquella selva virgen de colores rojizos.
Se tocó, pues, una obra de Falla que debía de interpretarse como último número. Nadie sabía de qué podía tratarse aquello (y menos los que, como yo, no tenían programa). Una obra de Falla coral, con reminiscencias mallorquinas (ya saben ustedes de la estancia de Chopin y de su mujer, George Sand- “Un invierno en Mallorca”- en la isla española… Y si no, busquen en turismo), dirigida por el propio Jordi Casas Baller, director del coro de la Comunidad.
El recibimiento no pudo ser más surrealista. Una señora con función de acomodadora, nos hacía pasar mientras nos decía: “Yo no soy de aquí, a mí me han puesto para suplir a otra persona que ahora no puede estar en mi puesto… Vayan pasando y acomodándose donde puedan, por favor…”
Finalmente, el concierto pudo comenzar. El programa constaba de los dos conciertos de Chopin para piano y orquesta. Solo en estos momentos comprendo por qué Chopin es conocido por sus piezas más populares: Mazurcas, Polonesas, Nocturnos, Impromptus… Tratar de utilizar el engranaje de música de corte “ligero” en propósitos tan complicados por su seriedad sinfónica puede ser grave para la salud.
Tampoco comprendo por qué un concertista tiene que ser bueno cuanto más rápido sepa interpretar las piezas. Yo soy de la opinión de que deben de oírse todas las notas, que para eso las escribe el compositor, en lugar de escucharse un todo embrollado que, eso sí, hace mucho ruido. A mí, los profesores nunca me dejaron ir rápido en las piezas de violín. “¿Por qué corres? ¿Acaso tienes prisa? ¡Disfruta de la obra, conócela y dala a conocer en su totalidad” me decían. Y tenían razón.
De nuevo, los teatros del canal. Mi juventud no me ha permitido conocer los otros anteriores (los pude conocer pero no se encontraba dentro de mis inquietudes de aquel momento), donde mi padre estrenó alguna que otra obra en su época estudiantil.
Recordaba sobre todo una de Max Aub que justamente representaba aquella por la que menos podía sentirse orgulloso dentro de su currículum.
Ni siquiera recordaba el título. Solo podía decirme que su pequeño cometido en ella era el de trasladar muebles de un lugar a otro con otro compañero. En una de estas, a su amigo se le cayó una papelera por el camino, y ami padre solo se le ocurrió, viendo el plantel de caras largas que había en el patio de butacas, darle una patada a aquel trasto y lanzarlo al público. Entonces, comenzaron a oírse carcajadas y aplausos. El resto de la obra es fácil de imaginar cómo transcurrió. ¿A quienes aplaudieron al final? Una pista: no fue a los protagonistas. Eran los años sesenta y el TEU andaba revolucionado con este tipo de propuestas. Según mi padre, esta fue la más arriesgada que llevaron a cabo (junto a “Nuestra Natacha” de Alejandro Casona). Recordaba perfectamente los antiguos teatros. “Me pareció lo más cercano a trabajar en condiciones”. Allí participó en la representación del “Auto de la comparecida”. Posteriormente, dirigió el monólogo de Chejov “El canto del cisne”.
Ahora sigue habiendo teatro en ellos y su concepción del mismo en estas instalaciones recuerda un tanto “El Arca Rusa” de Sokurov. Los actores interactúan con el público. ¡Y de qué forma! Ahora, por parte de La fura del baus, se está organizando un festín canibalístico donde el devorado resulta ser Shakespeare con su “Titus Andronicus”. Quizá lo de “laberíntico” sea incluso necesario para desarrollar toda la tramoya escenográfica que requieren este tipo de intérpretes tan espectaculares (sin dejar de lado a Boadella y sus “joglars”. Todo puede explicado y razonado, tener un por qué. El problema es ese tipo de gente (en la que me sitúo) que no hace más que sentirse incómodo en este tipo de lugares. Y que nadie me malinterprete, pues no me refiero a contemporaneidad sino a caos.

15 - 12 – 10

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UN INNECESARIO PEQUEÑO EXCESO DE DRAMATISMO

Serían las diez de la mañana cuando el camión de la basura pasó por el barrio. El camionero, un hombre resignado a oler mal, solía desempeñar su trabajo con una sonrisa de lado a lado. Como hombre curtido en mil recogidas de residuos, se había hecho sabio y experimentado. Su sabiduría le colocaba en la sección del olimpo reservado a los trabajadores del sector servicios del lugar. Pero ese día, la vida le deparaba una nueva sorpresa. Todavía no lo había visto todo. Paró el camión y de un salto se apeó en la acera derecha de la calle. Con paciencia y sin parsimonia, fue una a una recogiendo las cajas que los vecinos habían amontonado en torno al contenedor de orgánicos. Cuál sería la sorpresa del bueno del camionero cuando, entre ellas, encontró a un hombrecito acurrucado y con la cabeza escondida entre sus piernas al modo de los avestruces. “¿Qué hace ahí? ¡Salga de ahí, buen hombre!” dijo de la mejor forma que supo el camionero. El hombrecito desenterró su cabeza y le contestó: “por favor, lléveme con usted, me encuentro hastiado del mundo que me rodea”. El camionero observó entonces que, al lado del hombrecito, había un ejemplar del “Werther” de Goethe. No tardó en comprenderlo todo. “Me lo imaginaba… Es de usted el librito ¿verdad?” Aquella endiablada novela con un prefijo tan variable dentro de su título (“Las lamentaciones del joven Werher”, “Los sufrimientos del joven Werther”, “Los tormentos del joven Werther” eran solo algunas de las traducciones al castellano que había tenido) había sido el causante, desde su publicación, del traumático forjamiento de la personalidad de muchos jóvenes, que insistían en hacer real un ideal romántico trasnochado ya desde su creación. Este hombrecito que ahora se escondía entre cajas de basura por ver si se había suerte y se lo llevaba el camión, había sido una de sus últimas víctimas. El camionero volvió a la carga: “Levántese si le queda algo de dignidad, por favor. Muy bien. Ahora míreme a los ojos: ¿Usted conoce de verdad a las mujeres? Por lo que creo, sufre usted mal de amores. Pero son males idealizados, todo lo ha formado en su cabeza. ¿Me equivoco? El hombrecito dijo las siguientes palabras en un tono casi inaudible: “No, no se equivoca.” Aquel hombrecito sufría de enamoramiento. No obstante, no había tenido los arrestos suficientes como para decirle a la chica, en cuestión, lo que sentía por ella. De hecho, no le había dirigido todavía ni una palabra. Se había contentado con seguirla y observarla, como un Dante pensando en Beatriz. El problema era que ese hombrecito aspiraba a ser un Machado con Leonor. Y ahí se encontraba, en medio de dos literatos (y aspirando a una sola mujer… o, mejor dicho, suspirando). “¿Usted ha tenido una relación anterior? Permítame que me meta donde nadie me llama… Sé que son asuntos escabrosos, pero la situación lo exige: ¿Ha experimentado usted ya el contacto carnal?” El hombrecito no salía de su asombro, aunque en el fondo agradecía el interés que se había tomado aquel camionero por su historia. La cosa era seria. Podía pasar de ser un hombre-enamorado a un hombre-basura. Él quería reciclarse, pero no de ese modo. Lo malo es que le había podido la desesperación, optando por cortar de raíz con el problema. Afortunadamente, todavía quedan hombres buenos, como aquel camionero. “No, no la he tenido” dijo el hombrecito, ahora con un tono de voz todavía más bajo. “Claro, era de suponer. Ya verá como, después de su primera relación, dejará de tomarse tan en serio estas novelitas rosas. Goethe ahora mismo, si viviera en esta época, se reiría de usted. ¡Hágame caso!” No eran tiempos buenos para el romanticismo. En realidad, nunca lo fueron. Siempre fue y será una exagerada postura estética frente a la vida. El hombrecito sonrió. “Claro que sí, eso está mucho mejor. Ahora levántese, sacúdase el polvo de su abrigo y tire esta porquería. O mejor, démela a mí para que me la lleve, que para algo trabajo en esto.” El camionero estrechó la mano del hombrecito y le vio marcharse con paso decidido. Luego, dijo para sí: “Sí señor. Estas son las cosas que hacen que mi profesión me guste tanto.”

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SECRETO DE BOLSILLO

Las manos se agitan queriendo volar
Atrapadas en un bolsillo apagado
Revoloteando blancas en la noche
porque no quieren ser solo dos

Caminan las piernas desconociendo
lo que quizá hagan los brazos
porque ellas también reniegan
de su oficio, queriendo ir, cada una
por un lado, a la derecha y a la izquierda

¿Sabe la cabeza lo que quiere?
Solo sabe que está silbando
Que quiere mirar hacia atrás
Olvidándose de tener cuello
Y nunca mira, desde este último piso
Lo que sucede, acaso, en los otros

Nunca he querido estar en silencio
Por eso canto y bailo si camino
O me encuentro igualmente sentado
Quiero deciros que sueño andando
Y pienso, utilizando la silla, que no estoy sentado

A veces quisiera escuchar el palpitar de la sangre
Estallando cerca del tímpano, deteniendo esta marcha
Fúnebre, militar, o de cualquier otra especie desconocida
Porque, solo cuando duermo, de la instrucción descanso
Siento que cae, del brazo, ese fusil que da sentido al canto
Porque ya sereno, soy consciente del momento de dormir
Y poco a poco, va quedando inconsciente la inconciencia

Va dando golpes la noche, estallando las bombillas
Y por suerte, la actividad por fin anuncia que cesa
Olvidamos el calor, el ruido, el color, el olor
Y creemos que así, en esta nueva muerte diaria
Nuestro descanso ha merecido llegar al cuerpo
Para hacerse olvidar de sí mismo, atado en su propia cadena


Estado incómodo de duermevela, que amenaza
Con extinguirse en su luz, en derribar por fin el juego
Del que vigila con nombre de centinela
Grita el voluntarioso: ¿Por qué no dejar ya la partida?
Es tarde y mañana se habrá olvidado ya la jugada
Reposa el brazo sobre la dominante cabeza
Y espera, con las manos en los bolsillos, ser engañado
Una vez más, por sus manos fugitivas

15 – 12 – 10

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LO QUE QUIERO SER DE MAYOR

Antes, eran Ellos los que se preocupaban por ti. Ahora eres tú, tú mismo, quien te realizas la pregunta del millón de dólares: “¿Qué quiero hacer con mi vida?” Lo peor de todo es que ya lo sé: ninguna especialización.
A veces dudo, tras todos estos años de carrera, que quiera ser un “belloartista” tal y como lo concibe la propia facultad. Sé que no me equivoqué escogiendo esta carrera. Lo sé porque rara vez me he sentido desubicado en sus asignaturas. Lo que sucede es que en ninguna de ellas me encuentro personificado. De hecho, incluso creo que no he dado la talla (aunque algún profesor haya considerado oportuno calificarme con una nota imposible de ser mejorada). Mis apetencias secretas en cuanto a gustos no deben rebelarse. Ello no quiere decir que no lo vaya a hacer: siempre he sido un escritor, pues inventar es gratis (y más en un papel). Los escritores han cometido verdaderos crímenes célebres, han delatado, insultado, festejado, han hecho reflexionar, reír, incluso han generado decepciones irreparables en su público… pero sobre todo, han evocado. Sí, soy escritor y creo que me encuentro bastante bien dentro de este “papel”. Creo que es lo que mejor he sabido desarrollar. Tengo temores a este respecto, como por ejemplo en acabar en una “academia de escritores”. Si esta existiese (no me he preocupado de buscarlo ni me interesa saberlo) seguramente me daría una nota baja y acabaría de nuevo decepcionado. Considero, por tanto, esta faceta de mi personalidad, como un “hobby”. No quiero que deje de serlo, no quiero institucionalizarlo de momento. Después, cuando no tema a los profesores (jurados, jueces o instructores de diversa causa e índole) podré decir: “Sí, soy escritor y quiero que todo el mundo lo sepa”. No quiero examinarme de esto. Sospecho, insisto, en que no daría la talla. Procuro trabajar por placer (y, además, tener la vergüenza de cobrar por ello). El trabajo placentero no debe de reconocerse como tal, pues entonces no sería remunerado. Parece existir cierto tipo de sujeto que solo ofrece agua a quien está sediento y hace por encontrarse en esta situación. La falta de la hidratación retuerce ciertos espíritus aparentemente inquebrantables. Trabajo con gusto no pica. Llegar de un día de trabajo a casa con la energía suficiente como para escribir indica algo en este sentido: una extraña fuerza vital resurge y pospone la hora de la cena. Quizá me quite, puede ser, el vaso de agua voluntariamente (y sin cobrar por ello, que esto sí que es de idiotas).
De mayor seré un compendio de cosas. ¿Por qué a un espíritu inquieto se le obliga a cierta quietud? Cuando solo se le ha abierto los ojos, se le ha decepcionado en sus ilusiones y se le ha puesto de cara a una “falsa” realidad, solo entonces sabrá lo que quiere ser en la vida. Lo que nadie sabe todavía es que él si sabe lo que quiere ser, lo que pasa es que no quiere serlo de este modo.

15 – 12 - 10

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MIEDO A TENER MIEDO

>> martes, 14 de diciembre de 2010

Últimamente, todo es tan políticamente correcto que uno da por sentado que no merece abrir la boca ante el elevado riesgote que se la cierren. Además, quien acude a realizar dicha tarea, es el primero que falta a su búsqueda de respeto. El otro día, un diputado dijo a quien tenía la palabra: “¡Cállate, tonto!” Una pista: no era precisamente de la derecha. En cualquier caso, hay que hablar, no reprimirse por temer a ser calificado. El encasillamiento es de personas cuyo entendimiento no les alcanza para abrir su diafragma a una escala de grises. Todo lo ven en una intensidad extrema, a ser posible oscura. La luz no entra en sus cámaras lúcidas.
Volviendo al camino a trazar: ¿Tenemos miedo a mostrar nuestra identidad? ¿Por qué? ¡Ya pasó la época en la que por salir a la calle sin vestir debidamente te encerraban en un manicomio! Ahora ese todos, esa tribu urbana, es amplia hasta decir basta. Sería fácil llegar, con estas palabras, a una conclusión de estética. Un final superficial para todo el discurso. De nuevo, pido perdón a la ilustre concurrencia. ¿A qué falso ídolo abstracto perseguimos con nuestro comportamiento? ¿Qué ejemplo ejemplar admiramos? ¿Qué queremos ser de mayor? ¿Lo sabemos? ¡Sería toda una suerte! Para tener claras las cosas hay que tener una personalidad a prueba de bombas. Este tipo de especímenes deberían ser los auténticos ídolos de masas. Los fans lo tendrían difícil para imitar a este modelo, tan acostumbrados como están a mimetizarse en cortes de pelo, prendas de vestir o actitudes estrafalarias. Todo esto pertenece, como ya digo, a lo que les gustaría tener que imitar, pues resultaría una tarea sencilla. Lo complicado es tratar de querer ser alguien que no se ha propuesto ser alguien al que admirar, que es así por su propia naturaleza. En ello no encontraría un fin, todo lo contrario: sería de esta forma sin buscar serlo. Ahí tenemos biografías de grandes hombres como Cajal o Marañón. Si se aspirase a ser como ellos, no habría patrón que seguir literalmente. De nuevo, volviendo a aquellas personas cortas de entendederas, se escucharía por ejemplo: ¿Cómo que no sería posible? ¡Si desayunaban esto yo desayunaré lo mismo! ¡Ahí hay algo por lo que empezar!” Y no digo yo que no, pero ese no sería el patrón al cual me refiero.
Insisto, no nos asustemos. ¿Qué se nos puede corregir con esta actitud? Buscándole tres pies al gato, podría oírse de la voz opresora lo siguiente: “Me parece muy mal lo que usted ha dicho. Sus palabras han sido “Ayer me rompí el tobillo yendo por la calle”. Podría usted dar lugar a malentendido con esta frase tan aparentemente ingenua. Alguien podría decir “él iba con un bate de béisbol por la calle y se auto-agredió”. Y yo lo comprendería ¿sabe por qué? Porque al decir “me rompí” parece colocarse como sujeto de la propia acción, como si usted hubiese querido perjudicarse a sí mismo.” Quizá he exagerado con el ejemplo, pero visto cómo están las cosas, considero necesarias hasta las exageraciones.

13 – 12 – 10

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LECCIÓN MAGISTERIAL

>> lunes, 13 de diciembre de 2010

Había quedado con él en la cafetería a la hora de comer. Ella hubiese preferido otro sitio, pues aquel lugar siempre estaba de bote en bote a esa hora. Miró a su reloj de pulsera y leyó las “dos y media” en letras digitales. Pasó la puerta de entrada metiendo codazos a diestra y siniestra. Llevaba ya cinco años en aquel lugar: era uno de los eslabones que conformaban aquella promoción, hoy casi desaparecida, con la que entró en la Universidad. Tenía el derecho de imponer respeto ante aquella chavalería. Nunca la decían nada, tan segura la veían. Siempre funcionaba la cara desafiante, para evitar problemas. Por fin encontró a quien buscaba (otro de aquellos eslabones que, hasta ese momento, parecía irremisiblemente perdido). Entre todas aquellas cabezas sobre las que era de obligado cumplimiento saltar, brilló la suya. Su coronilla era imposible de confundir. A esta le acompañaba otra, esta exenta de cabello. ¿Quién sería el acompañante? Rápidamente salió de dudas: Era el profesor de retórica. ¿Qué hacía allí?

- Perdona por la tardanza, pero esto está de bote en bote. Un saludo, don Amadeo.

Amadeo era el nombre del profesor. Ella, pidiendo permiso, se ausentó un momento en busca de silla en la que sentarse. Vio una relativamente cerca, que parecía ocupada al haber una mochila sobre ella. Con un movimiento ágil, tiró al suelo el macuto y se la llevó antes de que apareciese el aludido.

- Te preguntarás qué hace don Amadeo aquí conmigo.
- Sorpréndeme.
- Ha venido por petición mía, para aclarar un par de asuntos sobre los que ayer estuvimos discutiendo tú y yo. Cuando quiera, don Amadeo.

Antes de que don Amadeo soltara un discurso, ella se levantó indignada y volvió a llevar la silla a su anterior lugar. Después, volvió y pidió perdón a don Anselmo, por haberle dejado con la palabra en la boca, de la siguiente manera:

- Disculpe, don Amadeo, pero tengo que dejar claro una cosa con aquí el caballero. ¿Qué es eso de tener que recurrir a otros para hacerte valer? ¿Necesitas de un apoyo de este tipo para demostrar que tus teorías son consistentes? ¿Pero qué es esto?

Don Amadeo argumentó, en defensa del joven, haber aceptado de muy buena gana la propuesta porque para eso estaba, para solucionar cuestiones a sus alumnos.

- … De igual modo habría tenido que estar por aquí. Tenía que comer, como ustedes…
- ¿Lo ves, cariño? Si lo hacemos por tu bien…

Lo siguiente que pasó, era fácil de presagiar: Ella cogió lo que había tirado antes al suelo (todavía seguía ahí, a poca distancia de la silla ya devuelta) y se lo arrojó a la cara al novio.

- ¿Pero qué haces, infeliz?
- ¡Estoy harta de tanto prepotente en esta carrera!

Y desapareció del lugar sin recoger el objeto arrojadizo para devolverlo a su lugar de origen.

- ¿Ha visto, don Amadeo?
- La chica tiene razón. Te falta personalidad, confianza en ti mismo. Esto no tenía que haber ocurrido. Creía que eras un hombre de iniciativa. ¿Recuerdas aquella bronca monumental que me echaste en mi despacho, cuando te dije la nota que habías sacado en mi asignatura?
- Sí. Fue usted injusto. Me pasé todo el curso haciéndome el inteligente y el educado y usted me confundió con otro compañero, llamándome anarquista y amotinador…
- Sin lugar a dudas, cometí un error a todas luces imperdonable. Tú eras un buen chico y te tomé por un malencarado y “calienta-sillas”.
- ¿Calienta-sillas?
- Sí, ya sabes. Los que no tienen otra cosa que hacer en la vida que estar en los sitios para calentar sillas nada más. Pero ojo, que tu pupitre lo defendiste muy bien.
- Pero su fallo fue imperdonable. Tuve que decirle que yo era muy respetuoso, casi amenazándole, para que me creyera.
- Tus armas de persuasión son verdaderamente potentes. Mas, esta vez, has errado el tiro, querido pupilo…
- Otra vez será… Aún así, ¿Le importaría reproducirme, lo más fielmente posible, el guión completo de lo que le iba a decir a ella? Es, más que nada, por ver si estaba bien explicado…
- Bueno, lo diré con las mismas palabras que empleé aquel día que me lo oíste en clase: “Un gobierno democrático puede desbancar a otro dictatorial si este no atiende a las razones que se le presentan por las buenas. En este caso sería imponer un gobierno, si, pero de forma necesaria.”
- Muy bien, don Amadeo. Lástima que esta chica no le haya oído.
- ¿La habrías convencido con mis palabras?
- Seguro que sí.

13 – 12 – 10

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LA ERA DE LA JUSTIFICACIÓN

>> jueves, 9 de diciembre de 2010

No puede faltar cada año, en la Facultad de Bellas Artes, una gran exposición de alumnos de fin de carrera. En ella, pueden encontrarse trabajos de lo más variopinto, casi siempre con una seña de identidad: la de los profesores. “Este ha sido el trabajo resultante de cinco años de carrera, en el cual puede comprobarse la idónea aplicación que de las técnicas han hecho los alumnos. Un trabajo bien hecho, supervisado por los profesores, encargados de hacer de sus pupilos unos verdaderos artistas”. Este resultado, esta gran orla de despedida, debería de generar satisfacción en aquellos elegidos para tal causa. “Yo, de entre todos mis compañeros, he sido seleccionado para representar a mi clase, a mi curso, a mi especialización.” Todo esto no son más que justificaciones, parafernalia que no sirve más que de cortina de humo. ¿Qué hay tras todo esto? Yo, lo único que encuentro son elementos de confusión. Para empezar, no creo que todo un trabajo de curso (y no digamos de una carrera) pueda verse reflejado en el resultado de un cuadro, una escultura, un dibujo, un video o una fotografía. Es más, creo que incluso lo que se verá es la mano del profesor que ha seleccionado aquella obra concreta. La escuela del profesor todavía sigue generando obras idénticas de estilo. Puede verse la tendencia academicista del que quiere crear hijos a imagen y semejanza. La firma de un profesor se encuentra en sus hijos pródigos (aunque rebeldes, acaban bajo las faldas del padre). No son más que cobayas, experimentos de laboratorio. Y, aún así, atendiendo a estos argumentos, todavía dicen: “Lo hice por un puñado de créditos, por engrosar el currículum.” No hay excusa más triste que esta. El espíritu creador puede quedar seriamente dañado en estos procesos. Si un individuo no es lo suficientemente fuerte como para sobrevivir a tantos profesores que viven de su propia imposición, puede correr el riego de perder su genuino origen.
Volviendo al resultado total de un proceso: Las aulas de esta magna facultad, permanecen durante todo el curso abiertas a quien desee entrar como oyente (y vidente).
El auténtico resultado se fragua en el día a día de las clases. El “making off” por así decirlo. La obra terminada, puede incluso no decir nada a quien entra para verla, dejando atrás todo lo que la hizo posible. Pueden encontrarse incluso trabajos de diferentes alumnos aunque idénticos en ejecución. Es ese trazo exterminador donde no se aprecia lo digital (la huella del dedo del hombre). Todos aquellos discípulos que se encargaban de las fases engorrosas de los cuadros de sus maestros han pasado al olvido. Ahora, se encuentran ocultos bajo la firma final del maestro, que los utilizaba en su taller para ofrecerles “la oportunidad de colaborar en uno de sus cuadros”. Estando en edad de aprender, debe uno incluso sentirse agradecido por este tipo de oportunidades. Pero todavía queda la fábula del alumno que da una lección al maestro.
El talento, tristemente, ha de pasar por el dificultoso ojo de aguja del mercado, que lo malea como mercancía. La prostitución del arte a la que se refería Baudelaire sigue estando presente, e incluso se justifica como necesaria. Una criba, una selección de material. Evidentemente, un artista prometedor puede quedarse atrás por una mala presentación de dossier. Ahora, estos mecanismos de producción se crean bajo un auspicio real: el de la masa como elemento a descifrar.
En la sociedad occidentalizada en la que nos encontramos, siempre tenemos la necesidad de justificar nuestros actos para que estos sean aceptados por el total ajusticiador. Hay como una especie de arrepentimiento, de “lo hice mal pero quiero explicar por qué”. Da que pensar.

9 – 12 - 10

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CRONISTAS CRÓNICOS

>> miércoles, 8 de diciembre de 2010

¿Qué ha pasado con la figura del pensador? ¿Acaso ha desaparecido? Yo más bien diría que ha menguado, y ahora se hace llamar “escritor de opinión”; ahora puede encontrársele en cualquier columna de periódico, aunando a Heggel y a Belén Esteban. Se encuentra pues, en las catacumbas de lo que fue. Los tiempos han cambiado, rebajándole a la altura del “eco de suciedad”, como Vizcaíno Casas, experto en la ironía del título, expondría en uno de sus libros.
Lo peor de todo es que ahora ese individuo “social”, cree sabérselas todas. Por ello, no nos ha de extrañar que hable como si hubiese estado en cada uno de los lugares que menciona, en cada época que relata. Tal es la minuciosidad del relato que parece haberse convertido en un arqueólogo anacrónico. ¿Por qué esa necesidad por saber de todo? ¿Por qué parecer el Espasa Calpe cuando en realidad no llega a la Wikipedia? Extraños tiempos de alter ego supino.
Ahora, se incluye incluso una fotografía del sujeto en cuestión al lado del articulito. Las poses retratísticas llegan al culmen de la idolatría. No se ha visto nunca tanta artificialidad que aparente tan poca naturalidad. Es un insulto al lector, que estúpidamente se apropia del icono y lo busca por este sistema en su memoria. El Balzac de la mano en el pecho ha sido rememorado incluso por Ortega y Gasset. Lo peor de todo es que es una tentación democrática y absurda. El daguerrotipo actual es la vergüenza del original, su cota más baja. Si había algo de estético en esto, hoy en día no se comprende. Debe ser esa maldita aura fría de la que hablaba José Luis Brea.
La búsqueda de información hoy día se ha convertido en una auténtica quimera. El “corta y pega” es reconocible en la enciclopedia virtual. No hay un verdadero interés por conocer. La historia, cada vez más antigua en su origen, se va desvaneciendo en aquellos que no han podido vivir determinadas épocas (y sería mucha suerte que tuviesen una imagen de ella por la transmisión generacional, que también va diluyéndose de padres a hijos). Podemos decir, como Roland Barthes, que conocemos por fotografía, los ojos que vieron a Napoleón.
Me aterra pensar que cada vez hay un mayor desconocimiento de las cosas, que estas acaban deformadas por la demagogia o por la idea que de ellas se da en la actualidad por los poderes públicos (cuya cultura, permítaseme decirlo, me resulta dudosa).
Todas estas cosas, más comunes en un hipocondríaco de tercera regional que en un individuo que trata de ser objetivo (no hablo de política sino de concepto de justicia, que me resulta más universal) no deben alarmar a quienes se hagan eco de ellas (permito incluso, la sonrisa de quien me considere ingenuo o desencaminado). No son más que palabras. ¿A quién les importa?

8 – 12 – 10

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Rogelio Rovira, profesor de filosofía

>> martes, 7 de diciembre de 2010

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