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UN INNECESARIO PEQUEÑO EXCESO DE DRAMATISMO

>> miércoles, 15 de diciembre de 2010

Serían las diez de la mañana cuando el camión de la basura pasó por el barrio. El camionero, un hombre resignado a oler mal, solía desempeñar su trabajo con una sonrisa de lado a lado. Como hombre curtido en mil recogidas de residuos, se había hecho sabio y experimentado. Su sabiduría le colocaba en la sección del olimpo reservado a los trabajadores del sector servicios del lugar. Pero ese día, la vida le deparaba una nueva sorpresa. Todavía no lo había visto todo. Paró el camión y de un salto se apeó en la acera derecha de la calle. Con paciencia y sin parsimonia, fue una a una recogiendo las cajas que los vecinos habían amontonado en torno al contenedor de orgánicos. Cuál sería la sorpresa del bueno del camionero cuando, entre ellas, encontró a un hombrecito acurrucado y con la cabeza escondida entre sus piernas al modo de los avestruces. “¿Qué hace ahí? ¡Salga de ahí, buen hombre!” dijo de la mejor forma que supo el camionero. El hombrecito desenterró su cabeza y le contestó: “por favor, lléveme con usted, me encuentro hastiado del mundo que me rodea”. El camionero observó entonces que, al lado del hombrecito, había un ejemplar del “Werther” de Goethe. No tardó en comprenderlo todo. “Me lo imaginaba… Es de usted el librito ¿verdad?” Aquella endiablada novela con un prefijo tan variable dentro de su título (“Las lamentaciones del joven Werher”, “Los sufrimientos del joven Werther”, “Los tormentos del joven Werther” eran solo algunas de las traducciones al castellano que había tenido) había sido el causante, desde su publicación, del traumático forjamiento de la personalidad de muchos jóvenes, que insistían en hacer real un ideal romántico trasnochado ya desde su creación. Este hombrecito que ahora se escondía entre cajas de basura por ver si se había suerte y se lo llevaba el camión, había sido una de sus últimas víctimas. El camionero volvió a la carga: “Levántese si le queda algo de dignidad, por favor. Muy bien. Ahora míreme a los ojos: ¿Usted conoce de verdad a las mujeres? Por lo que creo, sufre usted mal de amores. Pero son males idealizados, todo lo ha formado en su cabeza. ¿Me equivoco? El hombrecito dijo las siguientes palabras en un tono casi inaudible: “No, no se equivoca.” Aquel hombrecito sufría de enamoramiento. No obstante, no había tenido los arrestos suficientes como para decirle a la chica, en cuestión, lo que sentía por ella. De hecho, no le había dirigido todavía ni una palabra. Se había contentado con seguirla y observarla, como un Dante pensando en Beatriz. El problema era que ese hombrecito aspiraba a ser un Machado con Leonor. Y ahí se encontraba, en medio de dos literatos (y aspirando a una sola mujer… o, mejor dicho, suspirando). “¿Usted ha tenido una relación anterior? Permítame que me meta donde nadie me llama… Sé que son asuntos escabrosos, pero la situación lo exige: ¿Ha experimentado usted ya el contacto carnal?” El hombrecito no salía de su asombro, aunque en el fondo agradecía el interés que se había tomado aquel camionero por su historia. La cosa era seria. Podía pasar de ser un hombre-enamorado a un hombre-basura. Él quería reciclarse, pero no de ese modo. Lo malo es que le había podido la desesperación, optando por cortar de raíz con el problema. Afortunadamente, todavía quedan hombres buenos, como aquel camionero. “No, no la he tenido” dijo el hombrecito, ahora con un tono de voz todavía más bajo. “Claro, era de suponer. Ya verá como, después de su primera relación, dejará de tomarse tan en serio estas novelitas rosas. Goethe ahora mismo, si viviera en esta época, se reiría de usted. ¡Hágame caso!” No eran tiempos buenos para el romanticismo. En realidad, nunca lo fueron. Siempre fue y será una exagerada postura estética frente a la vida. El hombrecito sonrió. “Claro que sí, eso está mucho mejor. Ahora levántese, sacúdase el polvo de su abrigo y tire esta porquería. O mejor, démela a mí para que me la lleve, que para algo trabajo en esto.” El camionero estrechó la mano del hombrecito y le vio marcharse con paso decidido. Luego, dijo para sí: “Sí señor. Estas son las cosas que hacen que mi profesión me guste tanto.”

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