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CHOPINÍSIMO

>> miércoles, 15 de diciembre de 2010

El 8 de diciembre acudí, invitado por un amigo, a un recital de Chopin celebrado en los Teatros del canal de la Comunidad de Madrid. Durante todo el día tuvieron lugar, en estos teatros- dentro y fuera de las salas-, diferentes recitales gratuitos sobre la obra del compositor polaco, pero digamos que este concierto al que acudí ya por la tarde (este sí de pago) simbolizaba la traca final para este homenaje a uno de los compositores más populares de la historia.
Curiosamente, Chopin representa el compositor admirado por el oyente que acaba de comenzar su andadura como melómano. Solo a medida que su cultura musical se refine, este irá quedando atrás dejando su lugar a otros autores como Beethoven, Schumann, Mahler (e incluso, poniéndonos en el extremo de los extremos, Schoenberg).
Nikolai Luganski fue el pianista elegido para inmortalizar al compositor en aquella velada. Tuvo que ser un polaco, no podía ser de otra manera. Chopin siempre me ha sonado a francés, no sé por qué.
Juan Navarro Baldeweg sigue estando presente en teatro y alma para todos los que se pasean por ese alter ego de intestino grueso que nos ha legado como maravilla arquitectónica. Para empezar, las prodigiosas escaleras mecánicas consiguen aunar a los grandes almacenes con los productos de alta cultura (¿siempre de alta?). Su laberíntica concepción resultó la protagonista de la jornada. El pianista se perdió por los pasillos y hubo que cambiar el orden de las obras mientras se le buscaba. Tuvo que ser el director, José Ramón Encinar, su salvador en aquella selva virgen de colores rojizos.
Se tocó, pues, una obra de Falla que debía de interpretarse como último número. Nadie sabía de qué podía tratarse aquello (y menos los que, como yo, no tenían programa). Una obra de Falla coral, con reminiscencias mallorquinas (ya saben ustedes de la estancia de Chopin y de su mujer, George Sand- “Un invierno en Mallorca”- en la isla española… Y si no, busquen en turismo), dirigida por el propio Jordi Casas Baller, director del coro de la Comunidad.
El recibimiento no pudo ser más surrealista. Una señora con función de acomodadora, nos hacía pasar mientras nos decía: “Yo no soy de aquí, a mí me han puesto para suplir a otra persona que ahora no puede estar en mi puesto… Vayan pasando y acomodándose donde puedan, por favor…”
Finalmente, el concierto pudo comenzar. El programa constaba de los dos conciertos de Chopin para piano y orquesta. Solo en estos momentos comprendo por qué Chopin es conocido por sus piezas más populares: Mazurcas, Polonesas, Nocturnos, Impromptus… Tratar de utilizar el engranaje de música de corte “ligero” en propósitos tan complicados por su seriedad sinfónica puede ser grave para la salud.
Tampoco comprendo por qué un concertista tiene que ser bueno cuanto más rápido sepa interpretar las piezas. Yo soy de la opinión de que deben de oírse todas las notas, que para eso las escribe el compositor, en lugar de escucharse un todo embrollado que, eso sí, hace mucho ruido. A mí, los profesores nunca me dejaron ir rápido en las piezas de violín. “¿Por qué corres? ¿Acaso tienes prisa? ¡Disfruta de la obra, conócela y dala a conocer en su totalidad” me decían. Y tenían razón.
De nuevo, los teatros del canal. Mi juventud no me ha permitido conocer los otros anteriores (los pude conocer pero no se encontraba dentro de mis inquietudes de aquel momento), donde mi padre estrenó alguna que otra obra en su época estudiantil.
Recordaba sobre todo una de Max Aub que justamente representaba aquella por la que menos podía sentirse orgulloso dentro de su currículum.
Ni siquiera recordaba el título. Solo podía decirme que su pequeño cometido en ella era el de trasladar muebles de un lugar a otro con otro compañero. En una de estas, a su amigo se le cayó una papelera por el camino, y ami padre solo se le ocurrió, viendo el plantel de caras largas que había en el patio de butacas, darle una patada a aquel trasto y lanzarlo al público. Entonces, comenzaron a oírse carcajadas y aplausos. El resto de la obra es fácil de imaginar cómo transcurrió. ¿A quienes aplaudieron al final? Una pista: no fue a los protagonistas. Eran los años sesenta y el TEU andaba revolucionado con este tipo de propuestas. Según mi padre, esta fue la más arriesgada que llevaron a cabo (junto a “Nuestra Natacha” de Alejandro Casona). Recordaba perfectamente los antiguos teatros. “Me pareció lo más cercano a trabajar en condiciones”. Allí participó en la representación del “Auto de la comparecida”. Posteriormente, dirigió el monólogo de Chejov “El canto del cisne”.
Ahora sigue habiendo teatro en ellos y su concepción del mismo en estas instalaciones recuerda un tanto “El Arca Rusa” de Sokurov. Los actores interactúan con el público. ¡Y de qué forma! Ahora, por parte de La fura del baus, se está organizando un festín canibalístico donde el devorado resulta ser Shakespeare con su “Titus Andronicus”. Quizá lo de “laberíntico” sea incluso necesario para desarrollar toda la tramoya escenográfica que requieren este tipo de intérpretes tan espectaculares (sin dejar de lado a Boadella y sus “joglars”. Todo puede explicado y razonado, tener un por qué. El problema es ese tipo de gente (en la que me sitúo) que no hace más que sentirse incómodo en este tipo de lugares. Y que nadie me malinterprete, pues no me refiero a contemporaneidad sino a caos.

15 - 12 – 10

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