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EL ARCHIVADOR HUMANO

>> martes, 28 de diciembre de 2010

A Andrea

No recordaba el día en el que le habían regalado ese archivador. Tan solo conservaba en su mente desmemoriada las palabras de aquel hombre célebre: “Como joven promesa, te corresponde como tarea presente plasmar cada una de tus acciones. Un día, en un futuro muy próximo, la humanidad reconocerá esta gran obra que será tu propia autobiografía”. Habían pasado, desde entonces, muchos años. No recordaba la cifra, pero estaba seguro que era un niño por entonces. Ahora, ya mayor, de joven promesa había pasado a simplemente promesa. Su archivador, para colmo, estaba más desordenado que nunca.
Era viernes por la mañana. Recién levantado, se había dirigido a desayunar. El hojaldre del pastel sabía verdaderamente a papel, y el café a tinta china. Cuando no encontró ninguna excusa para poder evadir la tarea, decidió afrontarla tratando de pensar en ella como algo necesario para la explicación de su existencia. El archivador ocupaba toda la habitación: desde el suelo al techo, sus paredes se encontraban preñadas de cajones. Cogió la escalera portátil y la llevó al Lunes 13 de noviembre del 2010, esto es, cuatro días antes. Cuando abrió este compartimento, encontró una ficha que decía: “La tarea del día de hoy será ordenar el archivador”. ¡Menudo desbarajuste! Había montones de fichas desperdigadas por el suelo esperando a ser ordenadas. Todo ocurrió un día hará ya un año, en el que se le cayeron, por accidente, tres baldas completas de cajones. ¡Había en ellas cinco años de su existencia, y ahora aparecía revuelta, confusa, esperando a su correcta ubicación espacial! Entonces, pensó: ¿Para qué quiero seguir con todo esto? Llevo la mitad de mi vida siendo un fracasado que escribe su propio fracaso pensando que a alguien le puede interesar. Solo a alguien un poco menos patético que yo puede levantarle el ánimo conocer el testimonio de un tipo como yo. Aunque solo fuera por esto, continuaría mi inútil tarea… Pero ahora, ahora creo que la gente puede llegar a niveles de fracaso mayores que el mío. Antes, yo era el rey de todos. Ahora, si acaso, puede considerárseme un príncipe destronado.
En un arrebato de jovialidad furiosa, volcó todas las estanterías para empezar desde el principio una nueva vida. No podía imaginar que uno de aquellos armatostes acabaría sepultándole, haciéndole desaparecer de la vida y de la memoria definitivamente, impidiéndole reconducir su destino.
Ningún contemporáneo se percató de la ausencia del archivador humano. Ni uno solo pudo olvidarlo puesto que no le conocían. ¿Cómo iban entonces a recordarle? El hombre célebre nunca existió. Todo fue un mero sueño fruto de un hombre ansioso de autoestima.

28 – 12 – 10

2 comentarios:

Lila 2 de enero de 2011, 2:52  

¡qué buen relato Javier!

nosoydali 2 de enero de 2011, 7:31  

Muchas gracias Lila. Cada vez me cuesta más encontrar momentos de lucidez para ponerme a escribir, y gracias a estos comentarios trato de autoexigirme más, de valorarme de vez en cuando.

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