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LECCIÓN MAGISTERIAL

>> lunes, 13 de diciembre de 2010

Había quedado con él en la cafetería a la hora de comer. Ella hubiese preferido otro sitio, pues aquel lugar siempre estaba de bote en bote a esa hora. Miró a su reloj de pulsera y leyó las “dos y media” en letras digitales. Pasó la puerta de entrada metiendo codazos a diestra y siniestra. Llevaba ya cinco años en aquel lugar: era uno de los eslabones que conformaban aquella promoción, hoy casi desaparecida, con la que entró en la Universidad. Tenía el derecho de imponer respeto ante aquella chavalería. Nunca la decían nada, tan segura la veían. Siempre funcionaba la cara desafiante, para evitar problemas. Por fin encontró a quien buscaba (otro de aquellos eslabones que, hasta ese momento, parecía irremisiblemente perdido). Entre todas aquellas cabezas sobre las que era de obligado cumplimiento saltar, brilló la suya. Su coronilla era imposible de confundir. A esta le acompañaba otra, esta exenta de cabello. ¿Quién sería el acompañante? Rápidamente salió de dudas: Era el profesor de retórica. ¿Qué hacía allí?

- Perdona por la tardanza, pero esto está de bote en bote. Un saludo, don Amadeo.

Amadeo era el nombre del profesor. Ella, pidiendo permiso, se ausentó un momento en busca de silla en la que sentarse. Vio una relativamente cerca, que parecía ocupada al haber una mochila sobre ella. Con un movimiento ágil, tiró al suelo el macuto y se la llevó antes de que apareciese el aludido.

- Te preguntarás qué hace don Amadeo aquí conmigo.
- Sorpréndeme.
- Ha venido por petición mía, para aclarar un par de asuntos sobre los que ayer estuvimos discutiendo tú y yo. Cuando quiera, don Amadeo.

Antes de que don Amadeo soltara un discurso, ella se levantó indignada y volvió a llevar la silla a su anterior lugar. Después, volvió y pidió perdón a don Anselmo, por haberle dejado con la palabra en la boca, de la siguiente manera:

- Disculpe, don Amadeo, pero tengo que dejar claro una cosa con aquí el caballero. ¿Qué es eso de tener que recurrir a otros para hacerte valer? ¿Necesitas de un apoyo de este tipo para demostrar que tus teorías son consistentes? ¿Pero qué es esto?

Don Amadeo argumentó, en defensa del joven, haber aceptado de muy buena gana la propuesta porque para eso estaba, para solucionar cuestiones a sus alumnos.

- … De igual modo habría tenido que estar por aquí. Tenía que comer, como ustedes…
- ¿Lo ves, cariño? Si lo hacemos por tu bien…

Lo siguiente que pasó, era fácil de presagiar: Ella cogió lo que había tirado antes al suelo (todavía seguía ahí, a poca distancia de la silla ya devuelta) y se lo arrojó a la cara al novio.

- ¿Pero qué haces, infeliz?
- ¡Estoy harta de tanto prepotente en esta carrera!

Y desapareció del lugar sin recoger el objeto arrojadizo para devolverlo a su lugar de origen.

- ¿Ha visto, don Amadeo?
- La chica tiene razón. Te falta personalidad, confianza en ti mismo. Esto no tenía que haber ocurrido. Creía que eras un hombre de iniciativa. ¿Recuerdas aquella bronca monumental que me echaste en mi despacho, cuando te dije la nota que habías sacado en mi asignatura?
- Sí. Fue usted injusto. Me pasé todo el curso haciéndome el inteligente y el educado y usted me confundió con otro compañero, llamándome anarquista y amotinador…
- Sin lugar a dudas, cometí un error a todas luces imperdonable. Tú eras un buen chico y te tomé por un malencarado y “calienta-sillas”.
- ¿Calienta-sillas?
- Sí, ya sabes. Los que no tienen otra cosa que hacer en la vida que estar en los sitios para calentar sillas nada más. Pero ojo, que tu pupitre lo defendiste muy bien.
- Pero su fallo fue imperdonable. Tuve que decirle que yo era muy respetuoso, casi amenazándole, para que me creyera.
- Tus armas de persuasión son verdaderamente potentes. Mas, esta vez, has errado el tiro, querido pupilo…
- Otra vez será… Aún así, ¿Le importaría reproducirme, lo más fielmente posible, el guión completo de lo que le iba a decir a ella? Es, más que nada, por ver si estaba bien explicado…
- Bueno, lo diré con las mismas palabras que empleé aquel día que me lo oíste en clase: “Un gobierno democrático puede desbancar a otro dictatorial si este no atiende a las razones que se le presentan por las buenas. En este caso sería imponer un gobierno, si, pero de forma necesaria.”
- Muy bien, don Amadeo. Lástima que esta chica no le haya oído.
- ¿La habrías convencido con mis palabras?
- Seguro que sí.

13 – 12 – 10

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