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MIEDO A TENER MIEDO

>> martes, 14 de diciembre de 2010

Últimamente, todo es tan políticamente correcto que uno da por sentado que no merece abrir la boca ante el elevado riesgote que se la cierren. Además, quien acude a realizar dicha tarea, es el primero que falta a su búsqueda de respeto. El otro día, un diputado dijo a quien tenía la palabra: “¡Cállate, tonto!” Una pista: no era precisamente de la derecha. En cualquier caso, hay que hablar, no reprimirse por temer a ser calificado. El encasillamiento es de personas cuyo entendimiento no les alcanza para abrir su diafragma a una escala de grises. Todo lo ven en una intensidad extrema, a ser posible oscura. La luz no entra en sus cámaras lúcidas.
Volviendo al camino a trazar: ¿Tenemos miedo a mostrar nuestra identidad? ¿Por qué? ¡Ya pasó la época en la que por salir a la calle sin vestir debidamente te encerraban en un manicomio! Ahora ese todos, esa tribu urbana, es amplia hasta decir basta. Sería fácil llegar, con estas palabras, a una conclusión de estética. Un final superficial para todo el discurso. De nuevo, pido perdón a la ilustre concurrencia. ¿A qué falso ídolo abstracto perseguimos con nuestro comportamiento? ¿Qué ejemplo ejemplar admiramos? ¿Qué queremos ser de mayor? ¿Lo sabemos? ¡Sería toda una suerte! Para tener claras las cosas hay que tener una personalidad a prueba de bombas. Este tipo de especímenes deberían ser los auténticos ídolos de masas. Los fans lo tendrían difícil para imitar a este modelo, tan acostumbrados como están a mimetizarse en cortes de pelo, prendas de vestir o actitudes estrafalarias. Todo esto pertenece, como ya digo, a lo que les gustaría tener que imitar, pues resultaría una tarea sencilla. Lo complicado es tratar de querer ser alguien que no se ha propuesto ser alguien al que admirar, que es así por su propia naturaleza. En ello no encontraría un fin, todo lo contrario: sería de esta forma sin buscar serlo. Ahí tenemos biografías de grandes hombres como Cajal o Marañón. Si se aspirase a ser como ellos, no habría patrón que seguir literalmente. De nuevo, volviendo a aquellas personas cortas de entendederas, se escucharía por ejemplo: ¿Cómo que no sería posible? ¡Si desayunaban esto yo desayunaré lo mismo! ¡Ahí hay algo por lo que empezar!” Y no digo yo que no, pero ese no sería el patrón al cual me refiero.
Insisto, no nos asustemos. ¿Qué se nos puede corregir con esta actitud? Buscándole tres pies al gato, podría oírse de la voz opresora lo siguiente: “Me parece muy mal lo que usted ha dicho. Sus palabras han sido “Ayer me rompí el tobillo yendo por la calle”. Podría usted dar lugar a malentendido con esta frase tan aparentemente ingenua. Alguien podría decir “él iba con un bate de béisbol por la calle y se auto-agredió”. Y yo lo comprendería ¿sabe por qué? Porque al decir “me rompí” parece colocarse como sujeto de la propia acción, como si usted hubiese querido perjudicarse a sí mismo.” Quizá he exagerado con el ejemplo, pero visto cómo están las cosas, considero necesarias hasta las exageraciones.

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