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NO IMPORTA CÓMO, PERO MÚSICA

>> lunes, 31 de enero de 2011




Dicen de Rossini que componía sus obras metido en la cama. Que, cuando una partitura se le caía al suelo, por no recogerla, volvía a escribirla de nuevo.
Rossini dejó el mundo de la música a los 33 años para dedicarse a la gastronomía, al buen comer. Rossini era un bon vivant. Además, poseía un gran sentido del humor. Llegó a componer un dúo de voces femeninas felinas, pues estaba harto de que los cantantes modificasen sus partituras para poder lucirse ante el público. El “miau” es la única letra posible en esta obra, aunque la música posee una para nada desdeñosa complejidad. Este músico se cansó de su oficio, habiendo reunido suficiente dinero como para no necesitar más de él. Además, comenzó a sufrir una serie de achaques que terminaron por inclinarle hacia una vida más que saludable. Le quedarían casi cuarenta años más de vida ociosa. Tuvo detractores como Wagner y defensores a ultranza como Heine. Su estilo tan peculiar nos habla de innovación a la par que conservación de la tradición musical. El carácter alegre de su legado llegó incluso a generar polémica en trabajos sacros como el que realizó para el Stabat Mater. Realmente, en muchas ocasiones, da la sensación de no encontrarse ante una obra sacra, debido a esta ausencia de solemnidad que pulula por algunos de los números que componen la obra. El origen de esta creación se remonta al Madrid del diecinueve. Allí, Rossini, acompañado de su protector- el banquero español Alejandro Aguado- aceptó la propuesta del Archidiácono Francisco Fernández Varela, que aprovechó la visita del italiano a la capital.
Hoy, último día del mes, me despido de enero en el Auditorio Nacional, en un concierto que homenajea esta obra. Canta Ainhoa Arteta y dirige José Ramón Encinar. Como un gesto ya suyo, acierto con la predicción: “Al finalizar el acto, el director le dará la flor -recibida como obsequio del Auditorio- a la concertino. Es un gesto elegante a la par que caballeroso. Así también, subirá al director del Coro, Jordi Casas Bayer, al púlpito de sacerdotiso, para resaltar su labor al frente de ese maravilloso mediador cantante-orquesta. En “la magia de la batuta”, P. Herzfeld destaca la labor del “conductor” al frente de la orquesta como una especie de chamán que hace posible la música gracias al movimiento de sus manos. Esta especie de coreografía del director, la cual resultaría absurda encontrándose como individuo en solitario, cobra fuerza y sentido ante aquel ejército de instrumentos dispuestos a afrontar un papel cuajado de signos, por qué no, también enigmáticos. La música como lenguaje propio, necesitado de la conjunción perfecta de sonido-matemática-afinación. Además, y esto lo incluyo casi con reticencia (y no debería de extrañar): sensibilidad. ¿Se puede interpretar sin sentir? Sin duda, para eso tenemos las pianolas, diseñadas gracias a un papel troquelado. También, los organillos, donde una mano hace girar una manivela, así como una cámara de cine primitivo-musical. Se ha de creer en lo que se trabaja, como en todo. El estudio no es más que un trabajo en el que la verdad se conoce rápidamente, en la soledad de una habitación, encerrado a solas con el instrumento. Sería absurdo pretender cobrar por conocer un instrumento. Aquí, solo cabe un acto de amor. Aquí podemos entrar perfectamente en discusión. ¿Y aquel al que se le asigna un instrumento sin la mayoría de edad suficiente como para que pueda decidir si es lo que quiere hacer realmente? Ahí está la gráfica de abandonos por desidia, falta de vocación o limitaciones sensibles para con la música. Sin embargo, la música es también educación desde una temprana edad. Esto, ayuda sin duda a esa cultivación artística. Quizá quien no haya podido disfrutar del privilegio de la música desde el principio de su vida, tiene más posibilidades de no acabar sentado, aunque sea, escuchando en su casa por cuenta propia un gramófono sonar. Este ejemplo, romántico donde los haya, ilustra de mejor forma lo que quiero decir, pues a mi juicio, resulta más apetitoso un disco de pizarra surcado por una aguja que un Compact Disc cegado por el láser de un equipo estereofónico. Siempre quedará la audición y la admiración por la música si esta no llega a ser creada en propia carne por el melómano.

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A VUELTAS CON LA REPRESENTACIÓN

>> domingo, 30 de enero de 2011

Nunca he comprendido el sentido de diferenciar, en la lengua española, sonidos idénticos con distintas letras: así, por ejemplo, tenemos la “g” y la “j” e incluso la inclusión y exclusión de la “h”. Juan Ramón Jiménez, un hombre de nombre ya de por sí sonoro, insistía en sustituir las “g” por las “j” por la fuerza que esta letra poseía en el campo fonético (de viva voz) con respecto a la otra. Agustín García Calvo trata de poner un poco de sentido en todo esto de la complejidad grafológica aportando la teoría de un sentido de “clase”. Así, aquellos que conocían mejor el idioma podían diferenciarse de aquellos otros que habían prestado menos atención a este estudio. García Calvo sabe de lo que habla: Su obra de teatro “Ismena”, escrita en griego, le da como teórico mayor relevancia a la hora de validar cualquiera de sus teorías en este ámbito.

Siempre un tanto estrafalario, se ganó el favor popular estudiantil cuando, junto con otros profesores como Tierno Galván o Aranguren, fue expulsado de la universidad en los años sesenta al apoyar las revueltas estudiantiles contra el régimen. La crítica contra el poder, del signo que fuera, ha sido otra de las características definitorias de su figura. En el terreno profesional, añadir que incluso se atrevió con Shakespeare como traductor. Shakespeare, ese escritor que siempre se encuentra vigente por el contenido universal de sus obras. Curiosa la valoración positiva de estos maestros plumíferos siempre, en cualquier época. Para sus obras, nada ha tenido que hacer nunca la censura. Al considerarse un autor universal, se permitían raptos, crímenes, violaciones y otras historias que a otros autores más contemporáneos, de seguro, se les hubiese negado. Al perderse en la noche de los tiempos, este tipo de “puestas en escena” al servicio del arte han pasado cualquier tipo de valoración actual. No dejan de ser enseñanzas “intocables”, abstractas incluso (han perdido todo sentido polémico). A nadie le asustaba el cuento de Barba Azul o el cisne de Leda. Este último caso habla muy a favor de esos dioses mitológicos que parecían pasárselo en grande siempre. Violaciones, zoofilia, raptos, orgías, crímenes. Todo estaba permitido y así se respeta, como palabra sacra, propuesto desde la boca de Homero y otros escribas o recopiladores de “grandes relatos”. El peso de las frases del teatro de Shakespeare, si embargo, acaban resultando más difíciles de asimilar hoy para un público acostumbrado a un teatro de Tenessee Williams. En situaciones más cercanas, en ambientes más reconocibles, hay como digo clásicos más llevaderos. ¿De qué forma representar grandes monólogos que ahora resultan de todo menos naturales?

El gran Sir Laurence Olivier no logró, como ya señaló Kracauer, mantener al público pegado a la butaca con su Hamlet y su Enrique V. Todavía el Macbeth de Orson Welles consiguió aunar la imagen con el texto, pero aún así nada tiene que hacer con respecto a las adaptaciones de “la gata sobre el tejado de zinc caliente” o “Un tranvía llamado deseo”. Es necesario recalcar, en este sentido, que el dramaturgo americano vivía cuando estas realizaciones se llevaron a cabo, pero a su vez es de justicia añadir también que un escritor de teatro- y ni siquiera un guionista- tienen por qué saber adaptar su palabra a una representación casi fotográfica. En caso de duda- o de enfado de director con escritor- siempre quedará la libre interpretación del texto. Tratar de adaptar a los nuevos tiempos una pieza clásica puede resultar perjudicial para todos. Hace un tiempo se habló de la renovación de la letra de las zarzuelas a un lenguaje actual. Esto, creo que es un error, pues la obra puede acabar por perder su propio significado, su sentido histórico. Sería como tratar de reconfigurar un poema a un nuevo idioma sin que este perdiese su rima original. Una tarea casi imposible. Así lo mismo cambiar el idioma a las óperas, por ejemplo. Un desastre.
En el caso de la representación filmada “in situ”, esto es, en el teatro correspondiente, nos encontramos con pros y contras de nuevo, si bien sigue predominando esa ausencia de emoción en el espectador (al cual le separa de la realidad una pantalla). Por un lado, tenemos las posibilidades que aporta a la narración lo audiovisual. Mediante los planos “cinematográficos”, se acerca la acción al espectador de una forma física, puesto que dicha proximidad resultaría impensable desde la posición de la butaca. Por otro lado, esa aproximación es una lejanía, porque sabemos que es todavía más ficticia que en una “representación” (y no digamos si la obra se representa “cantando”, como en el caso de una ópera, una zarzuela o un musical, póngase por caso). La sensación de asistir a un acto único, irrepetible, donde dichos actores se muestran en carne y hueso, no tiene sustitución posible. La mejor forma de abordar cinematográficamente una obra de teatro es “engañando” al espectador, de manera que crea que aquello que está viendo es en realidad cine y no otro tipo de representación. De esta forma, metamorfoseando la escena en plató, no surgirá el conflicto que aquí se plantea. Un ejemplo claro es el de la adaptación del “Tío Vania” de Chejov por Louis Malle en el filme “Vania en la calle 42”. Esta propuesta es doblemente perversa, pues la historia se desarrolla en un teatro en el cual se va a representar dicha obra. Los propios “actores” que hacen el papel de “intérpretes”, comienzan a “interpretar” antes de subir al escenario. Al espectador que no haya leído este título de Chejov previamente, le resultará imposible saber cuándo comienza la pieza realmente. Dirá entonces, cuando la película se encuentre ya avanzada “¡pero si esto ya era la obra!”
Si ya de por sí resulta complicado hacer verosímil una ficción, no digamos ya trabajar en este reto doble de dar credibilidad a una ficción que trabaja sobre otra ficción. Es la propia representación de la que tiene que dar cuenta el ingenio del creador. Algo así como en ese “Retablo de las Maravillas”, donde partiendo de la nada se consigue engañar a un rey, haciéndole a él mismo recrear todo el trabajo. No hay, por otro lado, nada más contemporáneo que esto.

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FUTURO PARA LA MÚSICA CONTEMPORÁNEA

>> viernes, 28 de enero de 2011

¿Qué pasará cuando la música contemporánea deje de ostentar el derecho a llevar tal nombre?
Es claro que el término contemporáneo hace alusión a todo lo que convive en un periodo de tiempo vigente. La música que escuchamos en esta época, por tanto, no podrá ser siempre contemporánea. ¿Qué nombre recibirá entonces? ¡Consideramos contemporánea ya a la música surgida a partir de Schoenberg! Es el surgimiento de lo atonal. A partir de entonces, se ha venido desarrollando un concepto musical que presta toda su atención al sentido matemático. Quienes pueden llegar a conocer su secreto, sin duda quedan satisfechos. No así un público “mayoritario”, que no llega a entrar en estos terrenos ni siente esta necesidad de conocimiento. El sentimiento general es el siguiente: “no compensa”. Lo “Contemporáneo” en la Música del siglo XX es, por tanto, un término con fecha de caducidad, con respecto a lo “contemporáneo” del siglo XXI. ¿Cómo se podrá conocer entonces, tiempo adelante? ¿Existe un futuro plausible para dicha música?
Es un hecho que muchos de los compositores “contemporáneos” se encuentran en estos momentos realizando un camino inverso respecto a su trayectoria, apostando de nuevo por la armonía.
¿Sería factible un acuerdo entre dos tierras? Creo firmemente en ello. La “Noche Transfigurada”, me resulta un ejemplo idóneo. Todavía resuenan en ella antiguas voces románticas, herederas de la tradición alemana (véase Bruckner, por ejemplo).
No es cuestión de reaccionarismo. Es claro que la música, en el camino hacia su construcción histórica, ha tenido que luchar con su propia fuerza contra temores infundados. Los puristas gregorianos, por ejemplo, se echaron las manos a la cabeza con la llegada de partituras polifónicas (incluían más de una voz), además de compases que construían el sentido de un tiempo y un ritmo concretos. La música ya no se concebía como mero vehículo con el que llegar a Dios, sino que entraban en juego otros valores de carácter profano, existentes más allá de los muros de un claustro. Estaban, por ejemplo, los juglares. Ya no hablamos, por tanto de ese Ars Antiqua. Hay una intención renovadora, de avance, de enriquecimiento de la música. Además, siempre ha habido auténticos visionarios que han intuido posibles conexiones de la música más allá de la frontera de su época concreta. Por ejemplo, Carlo Gesualdo, compositor renacentista, cuya música posee un carácter absolutamente innovador para la época.
A mi juicio, la propiedad fundamental de la música, que es “su audición”, ha sido reducida en su espectro por lo que puede considerarse una “élite”, o grupo de personas preparadas para un cometido concreto. Y hablo más allá de estos tipos de música tan diferentes entre sí (música experimental, electroacústica…), pues el carácter de mi intención las agrupa homogéneamente en su intención ideológica. Esta forma de concretar, esta forma de desviar a un río por un afluente (nadie duda que poderoso) ha generado la situación en la que ahora os encontramos. Queda el último recurso, el del “sentir”. Por encima de cualquier otra materia, la música provoca emociones en quien la escucha. Su sugerencia, evocadora desde el inconsciente, conmueve a cada individuo de forma distinta, le empuja a interpretaciones distintas. Puede provocarle temor, ira, alegría, e incluso risa. ¿Ahora, en qué punto nos encontramos? ¿Puede hablarse de una nueva trascendencia? Quién escucha una música apoyada en fundamentos teóricos ¿medita acaso? El poder evocadora de la misma ¿transporta a universos dispuestos a personas concretas? Si bien la música ha pedido siempre un cierto grado de interés por parte del melómano para comprenderse, ahora ¿nos encontramos quizá un punto más allá de la exigencia mínima?

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Carlosaurio

>> martes, 25 de enero de 2011

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MUJER

Allí en la oscuridad hay un farol amarillo. Está muy al fondo, tras una escalera y unos arcos. A los lados, el frío de la vegetación.
¿Pasaré al otro lado?
La noche me ha desvelado y creo que no seré capaz de volver a casa.
¿Entro contigo para calentarme del invierno?

Sueño que paseo contigo por barrios de la periferia recién construidos. Sus edificios se me vuelven palacetes italianos. Nada me preocupa. Es por la tarde.
Este es mi deseo. Quiero ser feliz.
Repito: ¿Debo pasar contigo la Navidad?

Hoy era el último día de clase y tú te quedabas sola en aquel viejo edificio.
Todos los que contigo estaban se han marchado a ver a sus familias.
¿Dónde quedó la tuya?

En el hall hay una cúpula de cristal desde donde parten los caminos de las habitaciones.
¿Cuál será la tuya?

Neguemos el psicoanálisis:
Nunca existió un Colegio Mayor.
Tú nunca viniste a estudiar Madrid.
No vives sola (como yo tampoco vivo solo)
Nunca fuiste del todo feliz. Has sufrido en la vida, como todos
y esto te ha endurecido.
Nunca oliste a cacahuete

Escondes, pues, una doble cara.
Lo único que existe es una cúpula de cristal y tú estás bajo ella
convertida en estatua.
Eres una esfinge que me mira con sus patas de animal.
Todos conocen tu nombre pero yo no sé cómo te llamas.
Cada día acudo a visitarte.
Mujer: ¿Cuándo te moverás de tu pedestal?

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IDEA DE UN PROGRESO TÉCNICO



"Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nostros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso."

Walter Benjamin - 9° Tesis sobre filosofía de la Historia


(Izda) Imagen de Dresde tras los bombardeos de la II Guerra Mundial (Dcha) Imágen actual tomada desde el mismo lugar

Hay una errónea visión del progreso en nuestros días. Solemos darle un sentido al relacionarlo con el "confort". Esto, sin duda, puede ser progreso, pero un progreso concreto. El término puede ser "Progreso técnico".
Así, por ejemplo, José María de Pereda en "Peñas Arriba" celebraba lo cortos que se le hacían los viajes montado en cuadrúpedo. Quizá ahora, con los medios e transporte de los que disponemos tan avanzados, Pereda hubiese preferido igualmente al cuadrúpedo, pues sin él no hubiera podido escribir su novela. Concebimos el progreso en sentido de avance. nosotros, que siempre vamos aprisa a todas partes, necesitamos ahorrar cada vez más tiempo en nuestras tareas. "Tardar menos". En estos viajes de un punto a otro, queremos que desaparezca ese camino que distancia el sitio en el que nos encontramos con respecto de aquel al que queremos llegar. ¿Dónde queda, entonces, aquellos que disuelve a través de la ventana el ritmo vertiginoso que lleva un tren de alta velocidad? Olvidamos esas "peñas arriba". En el caso del "Camino de Santiago", lo que se busca es una experiencia, un conocer por encontrarse (aparte del sentimiento religioso que se puede profesar en esta "peregrinación" hacia el Santo).
Yo pregunto: ¿Está bien que un avión lleve a diez mil personas a Australia en cuatro horas? también tengo respuesta: depende de lo que vayan a hacer esas personas allí. Si lo que pretenden es devastar Australia, esto no puede considerarse progreso.
En 1945, Richard Peter realizó, durante la II Guerra Mundial, una fotografía de Dresde tras el bombardeo por parte de Inglaterra y EEUU. La instantánea se tomó desde una de las torre del ayuntamiento, tras una de las estatuas. Este ángel contemporáneo que parece observar, con su gesto armonioso, las “ruinas” recientes de un conflicto armado, es el digno testimonio con su mirada presente, en el Dresde actual, de un lugar con memoria donde ahora las praderas verdes sustituyen el recuerdo de unas casas destruidas, de unas vidas aniquiladas. Un momento de la historia que esta presencia pétrea debe seguir recordándonos.
Hemos de tener también en cuenta la "Obsolescencia programada". Y es que Edison, cuando construía su bombilla, buscó los materiales más resistentes con la intención de prolongar la vida de su invento a cien años. Pues bien, después de esto, los encargados de esa "distribución bombillil" han encontrado la forma de hacer que esa longevidad pase de cien años a mil horas. Ha habido, por medio, toda una investigación para lograr encontrar un material de estas características. Resulta, por menos, curioso.
Los avances de la ciencia han sido muy loables, pero también han sufrido su reverso de la moneda. Un avión puede ahorrar tiempo y puede estrellarse. También, por cierto, se ha progresado para matar. Aquí, la bomba atómica, ejemplo prototípico del progreso como barbarie humana. El hombre, muchas veces, no ha querido poner en igualdad de condiciones su idea de progreso y su caterva moral. Esperemos que no llegue a cumplirse la idea de la clonación humana "fantaseada" por Huxley. La oveja Dolly asusta, pero no tanto.
No creo ni que el presente sea malo ni que el pasado haya sido bueno. Simplemente cada época ha tenido sus cosas más y menos interesantes. Un habitante de hace tres siglos vivía en su época y para nada esperaba vivir como en el siglo veintiuno, por ejemplo. Esto sería completamente absurdo. La actualidad es el resultado de la superposición de todas las capas de la historia anterior, nada más. Es, como dice Benjamin, una acumulación de ruinas. Pero, insisto, creo que la "idea de progreso" no debe limitarse a esta falsa idea de confort que se ofrece. Los intereses económicos han llevado a la situación de tener contentos al cliente y al vendedor de bombillas. Por ello, no solo las bombillas duran ahora tan poco. Esta idea del consumir constante ha llevado a que las cosas duren menos tiempo. Ya no hay trajes para toda una vida, como los de nuestros abuelos. Solo quiero creer que esta política de caducidad no se ha extendido hasta los aviones.

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MÚSICA MADE IN SPAIN

En la tarde de Nochevieja, nos sorprendió a la familia la retransmisión desde Berlín de un concierto dirigido por Gustave Dudamel. Este director venezolano, que ha recibido de todos la bendición por su labor social desde su posición de músico (esta idea de ofrecer a los jóvenes de su país un instrumento con el que transformar sus vidas) dio el toque cálido a la Berliner Philarmoniker con un programa, para todos inesperado: Más allá de la alegría latente en las partituras de “El Carnaval romano” (Berlioz), “Sanson y Dalila” de Saint-Saëns o la “Carmen” de Bizet, el director apostó por obras de carácter español como “El sombrero de tres picos” y “La Vida breve” de Falla o “Las hijas del Zebedeo” de Chapí. ¡Qué extraño ver interpretar a una orquesta europea (concretamente alemana) una zarzuela! El número escogido de la obra, “al pensar” resulta desconocido para los melómanos debido a la complejidad de interpretación del mismo. Las obras españolas, resultan complejísimas en su ejecución y los resultados, muchas veces, lucen menos que los de otras piezas de carácter europeo.

Fue este atrevimiento por parte del director lo que más me sobrecogió. Resulta curioso que obras como la misma “Carmen”, inspiradas en temas españoles por su folclore, sean más apreciadas por un público refinado que otras como “El sombrero de tres picos”, que incluso me atrevería a pronosticar que creó cierto desconcierto entre la gente que escuchaba en directo la gala navideña. Elina Garanca, puso su voz a la canción de Chapí, dando una lección magistral de virtuosismo interpretativo. Las orquestas, por su parte, al llevar a cabo obras españolas de esta época, parecen entusiasmarse, vibrar contagiados de la euforia que las define. No quisiera crear arquetipos tan extraños como los descritos por Kant en su bello y sublime recorrido por el mundo (curiosamente, un tipo que no salió nunca de su pueblo, describiendo el carácter de los alemanes, franceses, españoles…), pero creo que nosotros, los españoles, hemos representado al mundo una mezcla de alegría y drama perfectamente conciliables. Me remito a un cuadro de López Mezquita en el que se representa un velatorio gitano donde, los allí presentes, bailan y danzan en torno al féretro de un niño muerto. Este tipo de visiones no sé si favorecen, pero representan testimonios reales de un lugar en una época concretos. No quiero hablar de “la España Negra” de Solana, pues de tanto haberse usado para este tipo de cosas, ha perdido sus vivos colores verdaderamente.
Por si esto fuera poco, solo un día después de este concierto, llega el de “Año Nuevo” en Viena. Entonces, el director Franz-Welser Möst (uno de los tipos más serios que han llevado la batuta de este concierto tan festivo) interpretó dos canciones eminentemente españolas: La “Marcha española” de Johan Strauss (obra, de tiempo muy cercano al chotis, con la que fue condecorado su autor por la reina Isabel II), con y “La Danza gitana” de Hellmesberger. El colorido de ambas parecía avivar más el espíritu alegre de la celebración.
Y es que, hasta Nietzsche utilizó “La Gran Vía” de Federico Chueca para meterse con las obras de Wagner, del que se encontraba bastante desengañado.

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"Spanischer March". Johann Strauss



"Al pensar en el dueño de mis amores" ("Las hijas del Zebedeo". Ruperto Chapí)



"Danza final" ("El sombrero de tres picos". manuel de Falla)

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TORRE DEL ORO

>> lunes, 24 de enero de 2011

Torre del oro
Desheredada de tu riqueza
Horadada en tu erosión
Infinita, honra de la cultura
Enredada entre lo occidental
Eres el faro vigía de las horas
Y saludo de la orilla hacia el mar
Tesoro terrenal, todavía resplandeces
Toda tú, la ruina mejor rodeada
Tu marrón es reflejo de lo blanco y azul
Y esperas, parece, a que una cálida ola te lleve
Todavía más hacia el sur, al reencuentro de tu pasado reciente
Torre del oro, punto cardinal, mascarón de proa olvidado andaluz.

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SACRALIZACIÓN PROFANA

Hoy, domingo 23, no sabía hacia dónde encaminar mis pasos. Recordé una máxima mía antigua, que decía: desembarca en Cibeles, y desde allí te vendrá la inspiración”. Claro es, eran otros tiempos n mi vida, aquellos en los que vagabundeaba por aquellos lares, con una cámara de fotos de carrete colgada al cuello, buscando objetos de deseo y dejando al azar del revelado aquello que tenía a bien encuadrar en el “objetivo”. Ahora, ya me sé de memoria aquel Madrid misterioso con sus secretas calles. Mi cámara es ahora digital, y sus resultados quedarán impresos, por los siglos de los siglos, en la pantalla del ordenador, en esa pereza de no ir a revelar. Y es que las fotografías que ahora veo convertidas en píxeles, me preguntan cada día si verdaderamente merecen la pena como para pasar a convertirse en papel.
Ahora, de los leones de la diosa Cibeles (la cual, según Gómez de la Serna, va en mantilla a los toros- tan castiza es) cuelgan estalactitas de hielo, témpanos que advierten de que, por fin, los termómetros de las paradas de autobús, funcionan correctamente. Me creo que hiciera “ - 5 º ”. De pronto recordé: “¡Rubens!” Pensé en que no estaría de más dejarme ver por el Museo del Prado, al cual tenía olvidado injustamente. ¿Cuánto hace que no voy? Al llegar, recordé el motivo: sus colas de ciudadanos ávidos de “cultura”. Hoy, ciertamente, estaban justificadas: ¡Último día de exposición! ¿Por qué se dejarán las cosas para el final? Yo antes no era así. Hace cinco años, recién matriculado en la carrera de bellas Artes, era un tipo con ilusiones. Creía que me iba a convertir en todo un artista del pincel, que haría resurgir épocas doradas de nuestra historia con ilusión, consiguiendo aprender- de una vez por todas- el secreto de la pintura. Mentira y gorda. La última vez que pinté en la facultad, era tercero, es decir, hace dos años. Después, algo sucedió en mi vida, que me condujo por otros derroteros. Comencé a dar importancia a la escritura. Los profesores me animaban a ello. Al fin y al cabo, todo trabajo requiere de un proceso mental previo en el que se configuran los aspectos de un resultado. Poco a poco, "fueron convenciéndome". Ya no ansiaba tanto resultados, sino procesos. Trabajar una y otra vez sobre una idea que nunca lograría realizar. Sigo teniendo fe en que en algún momento de mi vida daré con la tecla, tras tantas combinaciones posibles, y lograré algo interesante. Mientras tanto, no cabe más que esperar… pensando.
Durante todo el recorrido de la exposición no logro ver un solo cuadro “entero”. Hay como tres filas de espectadores que los acosan, que desean lo mismo que yo, todos a la vez. Luego descubro que hay más interés por parte del espectador, de leer los carteles de las obras, que ver los cuadros en sí. ¿Para qué entorpecer entonces a los que quieren observar la tela? Los hay que incluso deben de informarse de cosas verdaderamente elementales. ¡Sí, señora, el evangelista que porta las llaves es San Pedro! ¿Hasta aquí hemos podido llegar en nuestra propia incultura? ¿Por qué hemos de utilizar en estos aspectos a los museos como educadores? ¡Yo no permito que un cuadro me llame inculto!
Por fin, "Las Tres Gracias" (ahora, debido a los nuevos cánones estéticos impuestos de belleza, "Las tres desgracias", cuadro que pesa más, por ejemplo, que “la adoración de los magos”. Nunca he comprendido esta “sacralización” de lo profano. Igual de inaccesible que “la Gioconda”.

Esta, además, conservada tras mil cámaras y cristales, tras los cuales lo único que se ve lo ha de hacer la imaginación del espectador. Un vanguardista como Apollinaire y un nacionalita italiano fueron algunos de los culpables por los que ahora tenemos a esta obra tan en algodones. Dalí escribió “¿Por qué se ataca a la Gioconda?”. Y es que, aparte de los ya mencionados ladrones, hubo hasta un acuchillamiento. Para cuadros acuchillados, prefiero sinceramente el de “la Venus del espejo” de Velázquez, pues creo que la historia que lo envuelve tiene mucha más chicha. Es cosa de sacralizar. “Casablanca” es una sacralización cinematográfica. Allí está la película que creo que se me hizo más larga, antes incluso que “Ciudadano Kane” (dos películas, qué casualidad, que se encuentran en el Top 1 y 2 de las Mejores películas de la Historia del Cine- ¿quién hace las encuestas de opinión?-)

Ingrid Bergman representa a la actriz encasillada por excelencia. Es una mujer atormentada por dentro, que a su vez no quiere compartir sus anhelos con nadie. Esto es para mí Ingrid Bergman en todas sus películas. Pobrecilla… Aquí, en España, tenemos a Aurora Bautista, que espero no acabe como Bela Lugosi, enterrada con capa de vampiro. Juana la loca la hizo mucho daño. La pobre Janet Leigh quedó condenada para siempre como “la asesinada en la ducha” y Perkins, como el “psicópata adorable”. Volviendo a Janet, no es casualidad que tiempo después Orson Welles la utilizase para otro papel parecido en “Sed de mal”: conducida a un motel situado casi en la misma zona que el de Norman Bates, esperando ser acosada por unos jóvenes hormonados.
Todas estas féminas envueltas en la orla sacra, representan para mí el prototipo de “Objeto artístico” nada más. No quiero hablar ya de Scarlett Johanson, que es casi una chica pin-up que nos llega cuarenta años tarde. Una Betty Woop de carne y hueso. ¡Pero si era como margarita Cansino- perdón, Ryta Hayworth- un producto creado en la industria. Hemos de agradecer- o criticar, según se vea- la labor de los estilistas y restauradores.

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FALTA DE VALOR

>> martes, 18 de enero de 2011

Cuando se nos pregunta si creemos en el progreso, todos contestamos casi sin dejar terminar agitando frenéticamente la cabeza de arriba abajo. Asentimos porque somos “progres”. ¡Ay de quien no lo sea! Creemos en el progresismo. La pregunta es la siguiente. ¿Sabemos lo que es el progreso? Gente con buena disposición a saber de lo que habla, la ha habido siempre. Aspirantes a conocedores de un mundo desprovisto de misterios para ellos. Así, por ejemplo, me viene a la cabeza un andaluz que dio con sus cavilaciones en Madrid y acabó levantando lo que hoy conocemos como la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense. La “Ciudad Universitaria”, en la cual se ubica este singular edificio, tuvo a una figura ilustre por inaugurador, por colocador de la primera piedra. Alfonso XIII debió pensar que aquellos terrenos salvajes, utilizados para su esparcimiento en jornadas de cacería, podían servir para un bien de interés general. Así, no dudó en cederlos para el progreso. Aquel lugar en construcción tuvo que esperar a su nacimiento definitivo tras la guerra. Después de esta, el sueño cambió no tanto en su resultado físico como en su resultado intelectual, aquel por el que apostaron tantos hombres iluminados cuya estrella se apagó fuera de las fronteras. Aquel andaluz no era otro que Manuel García Morente. Este filósofo, admirador, seguidor, discípulo de Ortega (curiosamente menor que él en edad), sufrió un antes y un después tras este episodio bélico. De pronto, creyó y acabó convirtiéndose al cristianismo, vistiéndose como sacerdote. Aquella fotografía conocida y paradigmática, en la que aparece sentado en un pasillo de la universidad junto a su maestro terrenal (aquel de la España Invertebrada) y Zubiri, nos dice que algo debió de pasar en aquellos años de incertidumbre para que cambiaran tanto las cosas.


Zubiri, Ortega y Morente en la Ciudad Universitaria, 1934

Centrémonos en la imagen: Zubiri aparece todavía portando, con su traje negro, los votos religiosos, mientras que Morente, aunque luciendo los mismos colores de luto en su indumentaria rigurosa, era una persona apartada de las creencias a favor de la búsqueda de conocimiento total. “Nada debe apartarnos o distraernos de nuestra tarea como buscadores de la verdad” parece decir. Después, tras los años treinta, Zubiri inicia su secularización mientras que Morente, exiliado en Francia, sufre una transformación interior escuchando “La infancia de Cristo” de Berlioz por la radio. La enseñanza de “la vida es quehacer” que recordaba de Ortega, de nada le había servido. No había sido capaz de conducirse por sí mismo en la vida. Dejado “de la mano de Dios” en un lugar desconocido, sin profesión, sin la familia, siente como la fe poco a poco se va adueñando de él, como el verbo de Cristo se hace carne en él. A partir de entonces, comienza a escribir sobre Santo Tomás y sobre la figura del caballero cristiano.
Su ensayo sobre “El progreso”, lo dice muy a las claras: Es un ir hacia delante, un avanzar, no quedarse detenido, porque eso no sería progresar. ¿Y cómo se pone verdaderamente en funcionamiento el progreso? Haciendo valer los valores. Si estos se desconocen, muy penosamente habrá modificaciones positivas. Y es que el mundo no se queda quieto, siempre ha habido un fututo para él. Pero ¿siempre ha ido hacia delante? No. Sócrates preguntaba por uno de tantos valores, por la “belleza”. A su pregunta le contestaban con “este jarrón” o “esta estatua” o “esta mujer”. Entonces él decía: “me contestáis con ejemplos de “belleza”, pero lo que yo quiero que me contestéis es aquello que tienen en común todas esas cosas”. ¿Cómo voy a ser justo si no sé lo que es la Justicia? Por ejemplo. La captación de ese valor precisará de una actitud moral, por lo tanto. Nuestro conocimiento moral se basa en nuestra vida moral, que a su vez bebe de este conocimiento de valores. Conocemos, así mismo, valores negativos universales. Por ejemplo, la bondad y la maldad. Puede ser que cada individuo tenga una concepción peculiar de cada uno de ellos y actúe en la vida de diferentes formas, siempre escudados bajo esa forma de entender lo que viene después de ese conocimiento verdadero de valores. Por ejemplo, en la maldad comprendemos el robo. Hay quien roba para no perecer de hambre. Se ha hecho por una necesidad vital. El caso es que, yo ahora mismo, puedo decir que conozco a más ladrones dentro de la usura que de ese hurto por necesidad. Aquellos que ya no se contentan con todos los logros que consiguen y aspiran más, se encuentran dentro de los denominados “ambiciosos”, mientras que las personas que comienzan, que “acaban” de “empezar” en este mundo, poseen un alma más generosa. Retomando la primera idea, puedo incluso afirmar la existencia de personas que han preferido morir antes que robar.
Los valores son inmutables, existieron siempre. Aunque las personas pueden deformarlos o darles un sentido que no les corresponde, estos se mantienen inalterables en su propia abstracción teórica. Aunque resulte una penosa tarea, merece la pena llegar a conocerlos. Nosotros les pusimos nombre, nosotros podemos aprenderlos.

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LA PEREZA DE “VIVIR”

>> lunes, 17 de enero de 2011

¿Qué es el “Estado de bienestar”? Algo creado, indudablemente, por nosotros. En nuestra comodidad, hemos ideado una forma de resolver nuestros problemas: designar a unas personas (reunidas bajo un partido político) para que nos gobiernen. Bueno, perdón: para que resuelvan nuestros problemas. Y es que, vivir libremente a diario es muy difícil: hay que estar tomando constantemente decisiones. Por ello, hemos decidido vivir cómodamente, sin tomar verdaderas decisiones sobre nuestra vida. Lo otro presupondría esfuerzo, incluso unas gotitas de dolor. Es mejor dejarse gobernar, igual que preferimos tomarnos un medicamento que recomienda un hombre vestido en bata, con un estetoscopio colgando sobre ella y que dice haber estudiado en tal universidad. Lo que dice “va a misa”. Es el nuevo sabio contemporáneo. En democracia, elegimos a quien queremos que nos represente. Le votamos una vez, y hay que esperar otro tanto tiempo para volver a votar. En todo ese lapso de tiempo (valga la redundancia) aquel a quien se designa puede hacer cuanto le venga en gana, siempre bajo el auspicio del pueblo. Así, grandes dirigentes totalitarios han llegado a lo que son gracias a una elección democrática.
Para los gobiernos, sean del signo que sean, siempre ha habido una preocupación: ser derrocados. Por ello, siendo conscientes de la alta probabilidad de cometer incoherencias durante su legislatura, tratan de que cualquier información perniciosa sobre ellos llegue a los que son gobernados. Por ejemplo, en la antigua Grecia, la persecución de la pederastia tenía, entre algunos de sus fines, el evitar que el “adulto” pudiera “pervertir” al menor inculcándole conocimientos que, para su edad, quedaban vedados. Evitar el derrocamiento, en último momento. “Trabajamos por el país”. Si se prohíbe, por ejemplo, fumar en lugares públicos, la justificación está en “vigilar por la salud de los ciudadanos”. Sin embargo, las tabacaleras pueden seguir comerciando con este producto cuanto quieran.
¿Qué falta en esta ausencia de decisión por parte del ciudadano? ¿Una educación? Volvamos a la terrible afirmación: La vida la resuelve otra instancia que no soy yo. El hombre piensa en sus derechos y no ya en sus deberes. Tener bien cubiertas las espaldas para el vivir diario puede ser la explicación de cierta adormidera democrática. “Que todo nos lo den hecho”. Son las carencias lo que nos mueve. Pero, aún así, nos creemos ser verdaderamente los que decidimos cuando, mediante la presión, logramos que algunas de las enmiendas aprobadas por un gobierno (y que consideramos abusivas) se echen para atrás. Y es que no hay que arreglar los problemas sino evitar que se produzcan. Prevenir antes que curar. Cuando alguien estudia algo en esta industria social que es la especialización, se puede llegar a no hacer algo que verdaderamente se quiera, sino llegar a aprender un apartado para un compartimento estanco de esta máquina que es el Estado. Nos hemos quedado en las raíces obviando el tronco. Le concedemos confianza al especialista, un derecho para hablar porque se ha esforzado y ha estudiado un largo tiempo para saber lo que sabe: un apartado del todo total.
Luego, está esta otra bendita frase que dice: “No hay posibilidad de cambio, hagas lo que hagas”. Vivimos anclados en la desilusión, en el desencanto más absoluto. Ya no creemos en nadie. Ya no tenemos autoridades en quien confiar. ¿Es que alguna vez las hubo? Los grandes hombres, los que vivían sin presumir de lo que sabían, tuvieron finales injustos. Solo les puede quedar los admiradores, quines verdaderamente hacen justicia. El gobierno, les desplaza (o elimina), teniendo que ser la figura de Platón, por ejemplo, el que las recuerde plasmando en libro sus enseñanzas de palabra. En su apología, Sócrates habla a los atenienses, defendiéndose de las acusaciones que se le imputan. Habla de los artesanos, y considera que yerran al creerse que pueden hablar más allá de aquello que conocen.
Por otro lado, Nietzsche, representado en Zaratustra, se refiere al león como símbolo de quien se rebela contra quienes le conminan a actuar contra su propia voluntad blandiendo el verbo “deber” y lo cambia por el de “querer” para actuar en la vida por propia voluntad. Es la liberación, tantas veces referida, contra la opresión de quien se encuentra por encima, en forma de “dragón” escamado.
¿Dónde quedó aquel momento ilustrado en el que se nos animaba a demostrar nuestra valía, a no necesitar de nadie que nos tutelase? No hemos conseguido emplear nuestra razón para vivir, crear una sociedad. Hemos creado un estado.

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POR SAN ANTÓN, A LOS ANIMALES VERÁS

Gracias al escrito de Joaquín Leguina “Víctor Hugo en la calle de Hortaleza”, he podido documentarme sobre un hecho para mí desconocido hasta hace bien poco: Hoy día de San Antón, se lleva a los animales en masa (y vestidos de las formas más inimaginables) a recibir la bendición del santo, allá en el Colegio que lleva su nombre en la madrileña calle de Hortaleza. Recuerdo que una vez mi abuelo me llevó al evento que por la tarde se celebraba, una especie de “cabalgata de los animales” (con perdón del maravilloso “carnaval” de Saint-Saëns) que salía desde allí. Del evento, solo recuerdo en mi memoria las torrijas que nos tomamos en una cafetería de Alonso Martínez. No sé si fue en el “Santander”, adonde acudía por las tardes Enriqueta Serrano, la cantante y mujer de Sorozábal, admirado por mi abuelo, como me contaba. La cuestión es que ver a tanto animal junto en una iglesia (aparte de bendecirse a la mascota luego, de paso, se realiza el mismo acto a los dueños) no puede por menos evocarme el momento sublime de la novela “Réquiem por un campesino español” de la entrada del caballo del protagonista (con la ausencia de este), al lugar santo. Este “sacrilegio” me parecía de una verdadera belleza lírica, digna tan solo de los grandes creadores. San Antón permanece en ruinas, esperando una reforma que parece llegar despacito. Parece mentira creer que allí estuvo Víctor Hugo, en la época de José Bonaparte, internado. Tras la ocupación francesa, el colegio fue convertido en “seminario para nobles”. El padre del autor de “Los Miserables” era hijo Léopold Hugo, uno de los militares de la causa de Napoleón. Leguina estudió con los escolapios, al igual que yo. “San José de Calasanz”, fundador de las Escuelas Pías. En Conde de Peñalver, allí estudié hasta los catorce años. Un edificio con historia. Cuando, durante la contienda- y tras ella- funcionó como cárcel, mi abuelo, que trabajaba en una tienda de material de obra en la Calle Padilla, veía entrar y salir camiones con presos (en el último caso, con un destino trágico). Frente a este edificio, otro, ahora residencia, originalmente convento, y también en la época que ya he mencionado, cárcel. Allí escribió Miguel Hernández las “Nanas de la cebolla”, un cartel bien grande lo recuerda.
¡Cuanta historia almacenan tantos edificios de ladrillo! El interés con el que fueron concebidos se escapó de las manos de quienes los construyeron, pues las pretensiones del hombre son tan mortales como su propia existencia. Ahora, parecen cadáveres a los que no se les perdona su condición, y se trata de prolongar esta vida ya expirada, cuyo único motivo de existencia no deja de ser el de “carácter histórico”. Estas ruinas (para mi, por el recuerdo que contienen, “románticas”) demuestran el carácter como tal en ejemplos como el de las Escuelas Pías de San Fernando. Su aspecto moribundo no ha cambiado desde la guerra, durante la cual el edificio fue pasto de la ira anticlerical. Ahora, reconvertido en biblioteca, continúa representando ese esplendor que fue en otro tiempo. El tiempo, escultor sin piedad, va moldeando a sus criaturas con la sabiduría de la Historia para convertirlas en testimonios legendarios. Vale la pena conocerlos, aunque solo sea por ese interés cultural cada vez más denostado.

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Clara: Diálogo de sordos (continuación)

>> jueves, 13 de enero de 2011

Ha ocurrido algo maravilloso. Tras la lectura de la entrada de este blog "Diálogo de sordos", Clara M. Corrales ha decidido crear una continuación de la misma. No solo el texto ha quedado enriquecido, sino que ha tomado otras directrices muy interesantes. Aquí os lo dejo, a ver qué os parece:

(…)”Es a fín de cuentas, la enciclopedia del disparate”. Me remonto a la época del enciclopedismo a través de la filosofía moderna. Y es que sí, las cosas son, ignorámos cómo, pero son; y ésta razón de ser es buscada a lo largo de esa historia que se olvida. Una vez se aumentó la distancia entre el sujeto y el objeto de conocimiento, se estableció la verdad acercándose a ella desde la actividad del ser humano, en gran medida desde la razón y a partir de aquí el gran hallazgo, la representación, la gnoseología de la representación. Pero es que ni el pensamiento moderno ni toda filosofía contemporánea han sido entendidas a nivel usuario, en su versión extendida, aunque sí influyentes. Todo el pensamiento de la historia condiciona nuestro pensamiento, pero actualmente es un flujo sin filtraje muy acorde con la aplastante corriente democratizadora. Así mezclado y reducido se enquilosa y plasma en enunciados absurdos que contienen trazas, ecos de corrientes positivistas, existencialistas, marxistas, y de mi abuela, es un uso utilitarista que tiende a la justificación y no al análisis, esta es la época que nos ha tocado, “siglo veinte Cambalache”, ¿quién lo entiende?
Pero fueron siglos interesantes el XVII y XVII, en ellos tiene lugar un hecho paradigmático y es que pensadores como Hume, Kant y Descartes se cuestionan porqué la ciencia avanza velozmente mientras la filosofía sigue sumergida en las mismas preguntas. Lo que lleva irremediablemente a la aceptación de las limitaciones del conocimiento humano en áreas que carecen de un modelo lógico-matemático, quiero decir, que ya por entonces se sospecha, se pone en entredicho la razón, a pesar de que se contrapongan el conocimiento sensorial y el saber cognoscitivo, se origina por primera vez una crítica voraz en el seno de la filosofía moderna. De alguna manera pienso que sigue siendo una cuestión problemática para la filosofía, Jean Marie Schaeffer habla de ello en su libro “Adiós a la estética”, en el que realmente dice adiós a la filosofía del discurso y a toda esa problemática existente respecto a la verdad absoluta. El autor recupera con fuerza el concepto de estética ( no la del setecientos por supuesto), dando pie a que la filosofía se introduzca en otras áreas. La dimensión estética no identificada unicamente con la teoría artística es un puente hacia otras formas de conocimiento que si bien no nos permiten generar ” juicios válidos” nos convierten a todos en artistas y pensadores, ya que la estética es capaz de sobreponerse a la ética y a la razón hegemónica. El cientificismo es hoy una religión, no sé si de esto eran conscientes en la ilustración, sería un paso muy importante que en el rápido desarrollo de la ciencia avanzaran conjuntamente la filosofía y el arte hacia el conocimiento, siendo urgente una reflexión por parte de la sociedad sobre los cambios que operan; asimilar y no tragar.

Jóse Ángel Valente escribió un artículo publicado en la Revista Occidente, aquí dejo un fragmento, es bastante sugerente:

“Asombra a veces la íntima textura donde se hilan en otras tradiciones el pensamiento y el poema. Piénsese, por ejemplo, en la enigmática belleza de los poemas de Angelus Silesius (1624-1677). que retienen reiteradamente la atención de Leibniz en sus cartas, la de Hegel en sus lecciones de estética o la del último Heidegger(nota) (Der Satz von Grund, 1957) en el comentario al dístico Ohne Warum. He aquí las dos fulgurantes líneas de éste poema:
La rosa es sin porqué; florece porque florece,
No se inquieta por ella misma, no desea ser vista.

La rosa es sin porqué, pero no sin razón, escribe Heidegger al término de su comentario, en el fondo más secreto de su ser, el hombre sólo es autenticamente si es a su manera, como la rosa, sin porqué.
¿Qué ha faltado a nuestra tradición peninsular para que el pensamiento haya sido particularmente impermeable al sin porqué, a la razón de la rosa?
¿Explicaría a su vez esa impermeabilidad la no existencia en nuestra tradición moderna de poetas como Novalis, Coleridge o Leopardi?
He aquí una de las razones que nos ha movido a escoger como primer referente la consolidación de la estética en el setecientos como teoría de la consolidación de la perfección del conocimiento sensible(…)

Ya seguiré escribiendo… Por cierto me encanta tu blog, te leo mucho aunque comento poco

nota: El “último Heidegger” supongo que hace mención a la segunda fase de su pensamiento. La fase final de su metafísica, investiga el terreno del lenguaje y comienza a leer a los poetas-filósofos arcaicos anteriores a los sistemas platónico y aristotélico.

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EL ESPÍRITU DE LA COLMENA




He decidido seguir el consejo (¡al fin!) de un viejo amigo. Por fin, me he decidido a escribir sobre una película, dejándola ordenarse en mi mente durante un periodo mínimo aconsejable de tiempo. Este mosto ha acabado por convertirse en vino de tanto dejarlo reposar, olvidando ya su sabor y color anteriores. ¿Qué es lo que he extraído de esta maceración? Espero que un fruto aprovechable. Me he dado a la contemplación abstracta, a un diálogo paciente conmigo mismo y la materia. También puede darse la casualidad de que sea ahora, en este tiempo en el que ahora escribo, cuando me haya decidido a escribir, por fin, sobre el asunto. Erice no es moco de pavo como para aventurarse a hablar de él sin seguir un método paralelo al que él emplea. Sin querer resultar un pesado al haber dedicado tanto tiempo, tanta expectación a lo que acabo de cosechar después de una época de cultivo, quisiera ensalzar (sin excederme) esta filosofía oriental occidentalizada. Pues bien, aquí la tenemos: “El espíritu de la colmena” reza el título de la obra. ¿Qué ideas me asaltan al nombrarla? Muchas, y todas desordenadas. Para empezar por algo, hablaré- rompiendo con mi estructura clásica de relato- sobre la música. Y, para hablar de ella, tengo que hablar de ese espíritu naíf de Luis de Pablo, de esas notas ejecutadas a la flauta y la guitarra. Una música infantil que nos retrotrae a un pasado nunca del todo lejano. También me pregunto: ¿Es la idea de infancia que tenemos o la que nos han adjudicado a lo largo del tiempo? Las canciones de patio de colegio, en este caso, no creo que sean el mensaje total de esta obra. Es, más bien, ese concepto de vida más pausada, tan exenta de problemas y quebraderos de cabeza, aquella donde el que la comprende porque vive en ella, comienza a querer conocer el mundo desordenado adulto, sin renunciar al propio.




La introducción del filme no puede ser más sencilla: dibujos escolares que ilustran rótulos prometedores: una historia que quiere ser cuento, pero que no puede olvidar la realidad. En este momento, llamo al estrado a Tarkovski y a su concepción del cine. La contemplación basada en el concepto de tiempo, siempre es útil. Mostrar de forma “natural” el acontecer de las cosas. La naturaleza como explicación de mí mismo, puede ser. La naturaleza de la luz, del agua, de las plantas. Un silencio sonoro que emana cierta tranquilidad sabia, a la que se aspira. Una observación que parece conseguir olvidar todo lo demás en quien decide acatarla. Ni siquiera las palabras deben de interrumpir todo esto. ¿Cómo puede el hombre no olvidar su origen? Evidentemente, partiendo de la infancia, momento vital del que puede depender su destino. Todas estas pequeñas acciones tomadas en esta etapa nos irán determinando. Dejar de pintar, o expresarse por la vía pictórica, para volverse racional y dar un sentido cada vez más serio (e inútil) a lo que se representa. Olvidando esa inspiración improvisada, esa ejecución fresca como retablo del mundo que nos rodea. Cuando dejamos de realizar ciertas acciones por vergüenza, también. Dejamos de hacer el pino para andar sobre nuestros pies. Volviendo a la partitura, hay mucho de intención improvisadora. José Ramón Encinar, hoy director de la orquesta de la Comunidad de Madrid, tañía por entonces una guitarra para provocar sensaciones casi impresionistas. Entre la etapa actual y esta pasada, todo una reinvención de la música contemporánea en su composición incluso operística. ¿Y qué es la música contemporánea sino un caos ordenado, algo grave y a la vez ingenuo?




Ana Torrent, en el papel de su vida. Qué pena que los niños crezcan y pierdan su encanto. ¿Qué paso a partir de Tésis? Silencio (o meditación). ¿Qué pasó después de los relatos de Adelaida García Morales? “El sol del membrillo”, “El embrujo de Shangai” y “La garra escarlata”. La filosofía de Erice no casaba con los costes de producción de Querejeta, llegando el tijeretazo en “El Sur”, al película-dicen- mejor inacabada de la historia. De Fernán Gómez poco que decir: siempre tratando de plasmar esa idea de intelectual que trató de conseguir en la vida real y que quedó en mera persecución. Confundimos a veces la idea de intelectual con la de hombre diletante, entregado a la contemplación del mundo, sensible a todo su cosmos. ¿Podía existir un Tagore construido en la industria cinematográfica de los cuarenta?
Ese Frankenstein-franquista, creo que hace poca justicia a Mary Shelley. Se supone un monstruo, sí, pero un monstruo filósofo, humanista, deseoso de conocer y de amar, y no la criatura construida por james Whale en los Estudios Universal de los treinta. Aún así no creo desacertada la posibilidad de narrar un momento de la historia desde los ojos de un niño. Volviendo a Tarkovski, conviene revisar “la infancia de Iván”, donde también resultan interesantes las metáforas, los momentos oníricos.




La explicación de este punto de partida del niño, puede también llevarse a otros orígenes: véase, por ejemplo, el de los lugares. En “El sur”, encontramos eso, el Sur, descrito en viejas postales andaluzas bajo la música de Granados. La fotografía coloreada puede resultar ese punto de partida también “ideal” a la hora de reconstruir un pasado dejado atrás. ¿Qué pasaba allí en aquella época? La guerra no ha dejado de marcar un antes y un después de nostalgia (no sé si del todo cierto) hacia otro mundo desaparecido. Un “paraíso perdido” que diría Patino. De eso se compone este cine de Erice, de evocaciones desde protagonistas que parecen tomar la voz de mando para reconducir la historia. Personajes desubicados de la historia, del lugar. Anacrónicos porque representan, en esencia, valores universales, ideas abstractas que nunca se pasarán de moda.

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DIÁLOGO DE SORDOS

>> martes, 11 de enero de 2011

En “La escuela de Atenas” obra del artista Rafael, se observa a un socrático expulsar a unos sofistas, sacarlos fuera de “la obra”. Platón no los admitía en su escuela. Los sofistas defendían que el hombre explicaba a las cosas, era su medida, y no las cosas al hombre. Por “cosas” me refiero a lo que podemos conocer como “verdad universal”. ¿Qué es la verdad universal? Aquello que, supuestamente, buscan los filósofos. Ahora parece que esto tampoco está de moda. La palabra “verdad” suena muy fuerte. Esta anécdota es cierta: un alumno le llegó a decir a un profesor que “La verdad no es de democrática”. “la verdad” parece sonar fascista. Lo cierto es que un investigador tiene que ponerse una meta en su labor, ha de perseguir algo. “El bien” suena también mal, cargado de connotaciones absolutas. Si obviamos todos, por tanto, que hay una verdad, si nos desembarazamos de este concepto (complicado, lo reconozco), si se duda de que dos y dos son cuatro, entonces llegaremos a la conclusión de que cualquier opinión puede ser cierta o verdad. Es seguro que existe el caso de quien habla de cosas que desconoce, tratando de convencer a los demás de que esto no es cierto. Engatusando, aparentando conocimiento, presentándose ofreciendo ilusiones, falsas esperanzas. Lo peor de todo es que esta persona puede que no sepa que no sabe lo que cree conocer. La ignorancia tiene mejor solución que el error. Se ha perdido esa idea de universo, de universal, de universidad. Ya no se trabaja en conjunto por un bien general. Siempre ha habido “universitarios” que creen saber antes de tiempo. Suelen pensar que pierden el tiempo estudiando una carrera, que todo les suena, lo dan por conocido previamente. La idea individual pesa sobre el compartir común. “Yo lo que digo es verdad”. Parece también, muchas veces, que quien habla más fuerte tiene más razón. Es, al fin y al cabo, la voluntad del poder frente a la del esfuerzo. El estudio, el trabajo, es algo minusvalorado. Ahora lo queremos aprender todo ya, al instante. No hay creencia en una meta. Se llega a forjar algo ficticio y personal, obviando ese otro plural. “La realidad es un constructo mío”. Todo el mundo tiene derecho a hablar de cualquier cosa que se ponga por delante. Se ha llegado a dar más valor a la opinión del tendero de la esquina que a la del dentista en cosas de muelas. Pero, cuando nos duele los dientes ¿a quién acudimos? Quizá las palabras de alguien que nos resulte más cercano nos consuelen más que las de un especialista cuya obligación es decirnos “la verdad”. Resulta también popular, que alguien incapacitado para cierta conversación desacredite al acreditado, y se haga mofa, burla y escarnio de esto. Dejar en ridículo al entendido, en muchos casos, es debate diario en los medios de masa, cada vez más desprestigiados, teniendo antes lugar en una taberna, o en cualquier lugar propicio para el chismorreo o la calumnia. El que tiene el “don de la palabra”, aunque lo que diga carezca de fundamento, supera la mayoría de las veces a quien se puede dar más credibilidad pero resulta un tartamudo funcional. Se ha perdido la integridad hasta en quien debe velar por ese bien común. Cualquier dirigente demócrata, acaba proponiéndose tener contentos a todos, cosa imposible a todas luces. Mediante la palabra, se compromete queriendo hacer patente su sentido de responsabilidad, pero luego esas palabras se las lleva el viento y se olvidan. Se hace y deshace lo dicho sin necesidad de mentir, en un sistema vertical de soterramiento de capas. Se promete potenciar las minas de carbón y a la vez se defiende la ecología. ¿Pero qué es esto? La historia nos enseña a olvidarla. Cuanto más viejo es el hombre, menos posibilidades tiene de recordar todo lo que va dejando atrás. Así lo mismo con la Historia Universal. Ahora, todo se remite a la memorización de fechas y nombres, llegando a crear verdaderos desbarajustes en tiempo-lugar. Es, a fin de cuentas, la enciclopedia del disparate.

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RELATO SOÑADO. CINE Y LITERATURA


El otro día, en el canal de Cine Clásico de TCM, encontré por casualidad un programa de Javier Marías en el que hablaba sobre la “Lolita” de Kubrick. El escritor español es un eminente experto en el campo de la traducción, y no me refiero ya a las innumerables “castellanizaciones” que ha venido realizando sobre todo de literatura inglesa. El ejemplo concreto que quería citar es el de “El último viaje de Robert Rylands”, film basado en su novela “Todas las almas”. La traducción de literatura a imágenes le supuso a Gracia Querejeta un juicio por parte de Marías, del cual salió victorioso sobre la directora. Entramos ya en el terreno de las “adaptaciones”. Marías realizó una elogiosa crítica a Kubrick por la adaptación de la novela de Vladimir Nabokov. Añadió, junto a este film otros tres de este director: “Espartaco”, “Atraco perfecto” y Barry Lyndon (este último, con el prefijo “incluso” que lo separaba de los otros dos de algún modo). Del resto de su filmografía opinaba que era un director sobrevalorado. Siendo un programa como el de TCM, donde el cine no pasa de la época de los setenta, es evidente que este juicio encaja perfectamente. Kubrick comienza a configurar su leyenda a partir del filme “2001, una Odisea en el Espacio”. Creo que su cine anterior no deja de ser un trabajo de director correcto hollywoodiense. Su trabajo en adelante, se aparta de estos cánones (teniéndose que apartar él también del lugar donde había estado trabajando). Que Marías ponga, en último caso a Barry Lyndon, de los tres anteriormente citados, resulta una forma elegante de decir: “Incluso de la etapa posterior, hay algún caso que se salva”. Lo cierto es que todo ese cine de los cincuenta y sesenta le tenía que gustar al público de la época en una media general. En cuanto a la vuelta de tuerca que llevó casi a principio de la década de los setenta, hay que confesar que obtendría el siguiente juicio absoluto del espectador: O me gusta o no me gusta. Este es el cine verdaderamente personal del director. Vía libre para la creación. Evidentemente, todos pasamos por etapas. Tiempo atrás, el cine que prefería de Kubrick era el que apuntaba Marías. De hecho, mi juicio se encontraba un tanto condicionado por los gustos de mis compañeros, que eran capaces de meter en el mismo saco “La chaqueta metálica”, “El día de la Bestia”, “Torrente” y otra serie de películas que tenían como componente común la “violencia divertida”. Eran capaces de coleccionar, como fetiches, las bandas sonoras. Yo les preguntaba: ¿Sabéis que este fragmento de música de “La naranja mecánica” pertenece a “La gazza ladra” de Rossini? Les daba igual verdaderamente, solo les interesaba por la sugestión de imágenes que les provocaba al escucharla: Álex, con ese falo escultórico en ristre, acosando a la mujer de la casa de los gatos.

Volviendo al tema de las adaptaciones: El relato de Arthur Schnitzler en “Eyes Wide Shut” debería de tener todos los elementos necesarios para que Marías también lo hubiese sacado a la palestra. Un relato clásico llevado con alta carga de contenido erótico a la pantalla (esta forma cruda de expresarlo pudo haberle hecho recular a Marías a la hora de añadirla en su juicio positivo). Estoy con ese amigo que dice que “Tom Cruise es ese actor que es capaz de acabar con una película de Kubrick”. Puede ser, o no. Que el director falleciese en pleno comienzo de proceso de montaje pudo ser otro factor relevante. Pero, sobre todo, hay una pregunta que no me deja dormir sobre las demás: ¿Qué tenía en la cabeza Kubrick cuando realizó este filme?
La adaptación de “Relato Soñado” se ciñe casi con exactitud; cambia la ambientación en el lugar y en el tiempo, pero el contenido original sigue predominando, resultando un factor importante de reconocer esa atmósfera Kubrick. La interpretación de los sueños viene dada por el autor, que desde su postura psiquiátrica vienesa da la pátina necesaria a su historia, haciéndola tan interesante.
Un matrimonio aparentemente feliz (tienen una hija y su economía es boyante) posee en realidad un problema íntimo “peculiar”, por así decirlo. En su situación de burgueses, sueñan con fantasías eróticas, como Maria Antonietta cuando se disfrazaba de lechera y se dejaba cubrir por un aldeano sobre una mesa de taberna. Juegan con la realidad para entretenerse de la propia monotonía.
Curiosamente, esta necesidad de fantasear es lo que consigue unir más a la pareja. Ella, (“Albertine” en la novela, “Alice” en el filme), le confiesa a él (“Fridolin”-“Bill”), en la novela: “Me creía dispuesta a todo; creía estar prácticamente decidida a renunciar a ti, a la niña y a mi futuro, y al mismo tiempo (¿puedes comprenderlo?) me eras más querido que nunca.” Él a su vez, se propone ser infiel a la mujer buscando mil aventuras, todas ellas sin éxito. Entre los sueños de ella y los fracasos de él, se configura todo este universo que no deja de concebirse como juego. Espoleando el deseo por medio de la imaginación, ambos van consolidándose cada vez más como pareja. Algo parecido sucede con la “Belle de jour” de Buñuel, en la cual el personaje interpretado por la fría Deneuve necesita experimentar nuevas sensaciones dentro de su vida matrimonial, tras las cuales descubre el amor que siente por su marido.

El mundo del psicoanálisis se presenta, por tanto, con dos bazas importantes: el mundo onírico y el mundo sexual. ¿Existe algo más Freudiano?
Finalmente, la película concluye con el deseo que ella le transmite a él de hacer algo cuanto antes: “Follar”.
Volviendo a la carga sexual explícita que impera durante todo el filme: ¿Cómo habría resuelto Schnitzler en imágenes su propia obra? Seguramente se habría acercado a este resultado, ya que su texto es verdaderamente sugerente y “da alas” a quien lo lee. He pensado en el momento en el que Bill es descubierto como intruso dentro de la orgía de máscaras. En él, no le importa desnudarse físicamente ante los concurrentes, y, sin embargo, no quiere ser “desenmascarado”, desprovisto de su careta. Y es que una persona, por quedarse en cueros, no se está desnudando verdaderamente. La identidad no es cuestión de carnalidad sino de rol. El hecho de “interpretar” en nuestra vida distintos papeles, formaría parte de esa protección de datos que puede hacernos cometer verdaderas locuras. El no sentirnos dueños de nuestros actos en su consecuencia final, el creer como decía Calderón que vivimos en un sueño del que no “debemos” despertar, puede resultar el desencadenante propicio para un auténtico juego de identidades. ¿Y es que acaso sabemos si el sexo, sexo es? Evitar la monotonía permite la invención de una y mil formas de disfrutar de una “necesidad biológica”. El abanico puede volverse peligroso, como en el caso del Marqués de Sade, que debió de abrirlo más allá de los límites permitidos. Su persecución no iba tanto en la dirección de sus escritos (podían ser incluso divertidos para su selecto público) sino en la de sus actos reales más allá de las páginas.
En el caso de la “Naranja Mecánica” la cosa iba más allá de todo esto, pues había más cosas en juego: el sentido de victima-culpable en su cambio de rol más desconcertante.
La ruptura de tabúes, de formas de ver las cosas, es creo la particularidad más clara de la novela y de la película que aquí tratamos. Un enfoque totalmente conciso y directo se despliega en las primeras páginas del relato (y en la primera escena de la película, la del desnudo de Kidman), causando polémica setenta años antes y después. Esta fórmula provocadora y sin concesiones es utilizada inteligentemente como potencial en los dos casos. Algo digno de la literatura y del cine. Incluso diría más: Necesario.

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HOMBRE Y MÁQUINA. CINE Y VANGUARDIA

Los ismos anunciaron en el joven siglo veinte la obertura para ese nuevo ojo que era el público. El cine, supo explotar sus posibilidades como séptimo arte, apostando por aunar- comprometido con las vanguardias- pintura, danza y mecánica, predominando sobre ellas la asociación (consciente e inconsciente) de ideas con imágenes. Esta cierta política de imágenes, iba unida, por tanto, con esta “euforia masiva visual”, donde se trataba de reformar al hombre en su concepción de las cosas por medio de la visión. El “Cine-ojo” de Vertov, por tanto, acabó convirtiéndose en “cine-puño” como en el caso de Eisenstein. El celuloide golpeaba al público, testigo de su mensaje formal e ideológico. Walter Ruttman, seguidor del grupo dadaísta, apostó por abandonar la pintura y la arquitectura por este otro arte estético (y, en cierta forma, racional) llamado cine. En “Berlín, Sinfonía de una gran ciudad” (1927) nos presenta un lugar que fue un referente en todos los sentidos para Europa. La cultura, la industria, el ocio, concretado en el modus vivendi de esta estructura de hormigas cada vez menos- aparentemente-humana. Todo lo que ha creado el hombre parece ahora desplazarle, agobiarle en su propio caos. La multitud, acosada por las máquinas- fábricas, medios de transporte, cadenas de montaje- parece convertirse en estas, con apariencia de autómatas y maniquíes. En “Metrópolis” (también de 1927), Fritz Lang juega también con esta idea del hombre esclavizado por aquello que ha creado. Los obreros de la ciudad subterránea, acaban funcionando al ritmo del corazón mecánico de la ciudad, no pudiendo errar en ningún paso. Véase el caso del obrero que manipula las grandes agujas que marcan el pulso del falso sistema biológico. En su agotadora faena, acaba venciendo y es castigado, junto con otros que trabajaban a su lado, a perecer engullidos por el monstruo (o antiguo dios) “Moloch”.

El ocio, también un entretenimiento de masas, se nos presenta tanto por Lang como por Ruttman o Vertov, como un desenfreno organizado por piernas de bailarinas que se levantan y saltan casi en cadena, por músicos dirigidos por un gran director- de cuya batuta depende todo el ritual- etc. Esta especie de desviación de la moral, era el aspecto frívolo que había que erradicar mediante otros valores (espirituales, en mayor medida). Así, por ejemplo, Thea Von Harbou, mujer de Lang (y, a la vez su guionista) reflejaba en la mujer autómata del film de Metrópolis a la causa de la depravación (no es arriesgado relacionarlo con el “comunismo” en esta particular ideología). Tanto Harbou como Ruttman, acabaron trabajando para el nacional socialismo. En el primer caso, Lang salió “por patas” de Alemania, abandonando a su mujer. En el segundo, Ruttman acabó trabajando con Riefenstahl.
Pienso en las vanguardias y en la visión rompedora del mundo que proponían. Parecían transmitir un mensaje de necesidad de cambio desde las altas instituciones (queriendo formar, por supuesto, parte de ellas). El futurismo, acabó abrazando también unos ideales revolucionarios que acabaron saliendo rana (me refiero al fascismo italiano). Le Corbusier, sustituyendo la Victoria de Samotracia por un automóvil o planificando la demolición de París para su reconstrucción con arquitectura racional- había que cambiar las cosas desde dentro, empezando por la concepción del individuo en su propio espacio- es otro ejemplo de ese “Espíritu Nuevo” tan peligroso como sorprendente.
Volviendo al ejemplo de “Berlin” de Ruttman: todavía me sigue conmocionando el comienzo musical unido a las imágenes de la llegada del tren a la ciudad. Poco faltaba para que Hitler acabase con ese sueño (siendo parte, por otro lado, de toda aquella locura- de progreso alemán. La música parece ser profética, anunciando ese nuevo mundo que parecía escapar de las manos a quien lo estaba diseñando. Esta partitura, creada por el compositor Edmund Meisel, en un principio resultaba innecesaria, puesto que, supuestamente, la propia sugestión de las imágenes resultaba convincente para que el público no perdiese comba de cuanto veía en sus butacas. Ese ritmo era variable, como las partes de una “Sinfonía”, yendo de más a menos. En un principio, en el amanecer del día, con las calles solitarias (solo la presencia semihumana de cartón piedra en los escaparates, luciendo la moda del momento), una tranquilidad solo interrumpida por el elemento ferroviario. Luego, el metro que se pone en marcha y traslada a multitudes o marabuntas hacia sus lugares de trabajo (sus destinos diarios). Aquí, retomando la asociación de ideas, tenemos el paralelismo de las trombas ordenadas de gente con los desfiles militares. Luego, los tranvías, autobuses, automóviles. Después, la hora de comer. Finalmente, en una tarde casi crepuscular, el ocio en los deportes, en los espectáculos, desembocando en la noche y final del filme.

Tan solo aspectos como el deambular de alguna persona por las aceras (tiendas, escaparates) delata la imperfección terrenal del hombre, que a veces parece perder el rumbo de su vida en estas pausas de indecisión.
Por esta misma época, tenemos también a directores españoles ampliando sus miras en Europa. Benito Perojo, por ejemplo, en su filme “Corazones sin rumbo” (1928) demuestra su lección aprendida con el paseo de su protagonista (Imperio Argentina) por una de estas calles alemanas. También perdida entre la muchedumbre, como afectada por su pulso interior, individuo concreto frente a esa otra masa que la desconoce pero con la que tiene que convivir. Una especie de Jeanne Moureau en la Nouvelle Vague (“Ascensor para el cadalso”, “La Noche”). En estos apenas veinte minutos que nos han llegado del total del filme, se demuestra el dominio técnico ibérico como excepción de regla. El secreto no dejaba de ser un perfecto conocimiento del montaje para su correcta aplicación en forma de visión poliédrica (ilustradora de este caos moderno en la ciudad bullente y deshumanizadora). Así también, Nemesio Sobrevila juega con esta nueva visión del cine europeo en su filme (este, por desgracia, desaparecido en su totalidad) “Al Hollywood madrileño”(1927): En él, la vanguardia cinematográfica acaba convertida en parodia jugando con sus mismos elementos: fabricación de maquetas con escenografía expresionista (desplazando a los protagonistas, realizados al mismo tamaño como muñecos, fotograma a fotograma- como los coches de “Metrópolis”) y caracterización de personajes como actores desaforados en su vestuario y su mímica.

Muchos directores encontraron en esta vanguardia la respuesta a las necesidades del séptimo arte. Parecía haberse localizado su función, la misión a nivel estético tan buscada por los autores con nombre propio. Ahora sabemos que fue una de las muchas que, a lo largo de todos los tiempos fueron surgiendo como forma natural de renovación.

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LOS NUEVOS ZAPATOS DE FRANKENSTEIN

>> domingo, 9 de enero de 2011

(Cuento que cuento aunque no venga a cuento)


Francisco Einstein ya no se quería llamar Frankenstein. Estaba harto de que le confundieran con su creador, aquel joven doctor que quiso sentirse Dios por una noche (una noche de relámpagos). Creía que el nombre de Francisco Einstein le acercaría más a la realidad; llegaría a una forma humana por medio del verbo. Pero no solo quería que le considerasen civilizado por su nombre, sino además por su forma de ser. Para empezar, empezó a dar sentido a aquellos zapatones que llevaba desde que era consciente de sí mismo. Ahora, en tiempo de lluvia, debería darles un uso de aislante, de modo que quitó todo atisbo de tela de su superficie para recauchutarlo todo con goma. Sus suelas se elevaron en tamaño, por lo que su cuerpo también subió en altura. Aquella tarde, saldría de su casa para pasárselo bien. ¿Qué tal una sala de fiestas? ¡Bailaría con la más fea! Así era Frankestein (perdón, Francisco Einstein).
Yendo por la acera hacia la parada, divisó a lo lejos el autobús que le transportaría a la diversión. Quedaba todavía lejos, pero él andaba suficientemente despacio como para dejarlo escapar. “¡Dichosos zapatones!” pensaba, poniéndose cada vez más verde de ira. “¿Por qué siendo tan grandes no me hacen ir más deprisa?” Y es que el bueno de Frank era uno de esos seres influenciados por los cuentos de Pulgarcito, que creía todo lo que allí se contaba. Lo único cierto en aquella situación es que aquel calzado era tan aparatoso que corría incluso el riesgo de caerse si forzaba la marcha más de lo normal. “Tengo que llegar, tengo que llegar…”
Finalmente, llegó, pero con el siguiente autobús. Solo tardó veinte minutos en llegar. ¡Claro, era fin de semana! Una vez en el local, comenzó a desabrocharse los botones del abrigo, con cuidado de no desatornillarse ninguna tuerca del cuerpo. Ya en la pista de baile, vio que habían quitado a la orquesta que solía deleitar con su música a las parejas enamoradas. “Pero ¿qué es esto? ¿Dónde está el “ambiente”?” preguntó al encargado. Francisco Einstein no podía comprender que su cerebro, al haber pertenecido a un hombre treinta años más joven que él, tenía otra forma de ver las cosas. Allí donde el cuerpo de aquel cerebro iba todas las noches, ya estaba pasado de moda aquello de las orquestas.
“Señor, ahora ponemos discos” contestó el encargado al monstruo, mientras señalaba un viejo gramófono instalado en el centro de la sala.
Entonces, Francisco se puso como una furia. No sabía más que gritar. “Yo para eso me voy a casa y pongo en mi tocadiscos lo que me dé la gana”. Frankenstein era un dinosaurio, una reliquia. No quería asumir que eran otros tiempos los que marcaban ahora el ritmo.
- “¿Le gustan los Beatles?
- ¡No, me gusta Mantovani y su maravillosa música romántica!
Nada de esto quedaba ya. Los años cuarenta y cincuenta se habían volatilizado de un plumazo. Ahora, desde que James Whale ya no era un gran director de la Universal, sus monstruos habían quedado también obsoletos. Toda esa época se había esfumado. “Quizá en la época de Mary Shelley hubiese podido quedarme en uno de aquellos palacios señoriales escuchando al propio Beethoven dirigiendo su orquesta. Ahora, nada de esto. Nada de esto…
- ¿Vendrá alguna señorita por aquí a bailar estas endiabladas canciones hippyes?- preguntó el monstruo al encargado.
- Sí, pero tendrá que esperar. Acabamos de tener un bautizo y hay que recogerlo todo.

9 – 1 – 11

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Ejercicio en 3D inspirado en el despacho de Freud de Londres

>> sábado, 8 de enero de 2011



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Story Board inspirado en la escena final de "La Jungla de Asfalto" de John Houston



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NO TOCAR

A Nacho

La sala entera se encontraba empedrada al estilo Carlos III. En Madrid se pisaba en tierra y, ahora (bueno, hace tres siglos) parecía uno andar escocido, por pasear con toda la planta del pie sobre cantos rodados. La imagen de la ciudad, una postal romántica de “tiempos ilustrados”, era verdaderamente poco práctica. Sinceramente, el asfalto llano era preferible a ese otro suelo más estético. La gente me decía que andaba de puntillas, y era natural. Cada vez que uno quería pasar por la puerta del Sol, tenía que asumir que la gincana estaba servida.
Como digo, la sala del museo estaba totalmente cubierta por esta alfombra costumbrista. Ningún osado más que yo, se encontraba en ella. Llevaba la mitad del camino recorrido, pues lo único que quería era cruzar a través de ella para ver otra exposición más interesante, que era por la que había venido. Me había citado con otros compañeros a la entrada del lugar, en las escaleras que subían de la plaza hasta el edificio. Comenzó a llover a cántaros, e igual que era el único de la sala en este momento lo fui entonces en aquel otro lugar. Todo el mundo había ido a refugiarse bajo techo o cornisa ante el diluvio. Mientras hacía tiempo, observaba a las gotas caer sobre los charcos: “Hacen burbujas en el agua… Eso quiere decir que hay lluvia para rato”. Quizá fui hombre de campo en otra vida para presumir de esta sabiduría de meteorólogo autodidacta. Por fin, vi a tres muchachos aparecer en el lugar, a lo lejos. Se quedaron parados al verme, allí detenido, como estatua patética bajo paraguas. Comprendo que les resultara lamentable y decidieran hacer como si no me hubiesen visto. Yo mismo daba pena, estaba hecho una verdadera sopa. A nadie le gustan los días de lluvia, si además los acompaña un tipo de cara triste.
Al verme librado de aquellos malandrines, entré sin más dilación al lugar para disfrutar en solitario (que es como verdaderamente se hacen estas cosas bien) de la exposición.
Iba por fin a llegar a la salida de la sala, cuando un tipo con pinta de vigilante me dijo:
- Oiga, no puede usted pasar por aquí…
- ¿Y por qué no?
- Porque esta obra no se puede tocar.
- Ya, pero es que da la casualidad de que quiero llegar al otro lado para ver la exposición siguiente. Si no ¿cómo quiere que lo haga?
- Eso no es problema mío. Por favor, retroceda.

¡Menuda estupidez! Ahora que solo me quedaba un paso literal para llegar al otro lado, tenía que desandar lo andado. Lo último que quería era quedarme sin exposición. Entonces, ideé un plan perfecto: Me quedé mirando al encargado con cara de aprender y el pregunté a bocajarro:

- ¿Qué quiere contar el autor con esto?

Le señalé el empedrado. El vigilante se quedó pálido, mientras una suerte de vergüenza le escaló desde la punta de los pies a la cabeza, coloreándole de rojo. “¡Así aprenderá a no meter las narices en lo que no le importa!” pensé mientras esperaba divertido una respuesta.

- … Eh… Espere un momento… No sé… Creo que simplemente en un suelo para no pisarlo. Una paradoja ¿no se dice así? Quédese aquí mientras pregunto fuera.

Por supuesto, no esperé. Fui a la otra exposición y, a la salida, escribí en el libro de reclamaciones lo siguiente: “Un vigilante de la sala Nº 15 ha pisado la obra “Empedrado madrileño”.

8 – 1 – 11

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TEXTO REVISADO: LA ERA DE LA JUSTIFICACIÓN

>> viernes, 7 de enero de 2011

Tras el interés que suscitó la publicación del texto "La era de la justificación", he considerado conveniente un repaso del mismo, interiorizando las críticas constructivas que el mismo ha suscitado. Creo que continuará conteniendo errores, pero al menos creo que el ejercicio autocrítico ha sido llevado a cabo y, como no, continuaré abierto a cualquier tipo de apunte o nota aclaratoria. Gracias por decir de forma tan clara- e iluminadora- lo que pensáis:



LA ERA DE LA JUSTIFICACIÓN

No puede faltar cada año, en la Facultad de Bellas Artes, una gran exposición de alumnos de fin de carrera. En ella, pueden encontrarse trabajos de lo más variopintos, casi siempre con una seña de identidad: la de los profesores. “Este ha sido el trabajo resultante de cinco años de carrera, en el cual puede comprobarse la idónea aplicación que de las técnicas han hecho los alumnos. Un trabajo bien hecho, supervisado por los profesores, encargados de hacer de sus pupilos unos verdaderos artistas”. Este resultado, esta gran orla de despedida, debería de generar satisfacción en aquellos elegidos para tal causa. “Yo, de entre todos mis compañeros, he sido seleccionado para representar a mi clase, a mi curso, a mi especialización.” Todo esto no son más que justificaciones, parafernalia que no sirve más que de cortina de humo. ¿Qué hay tras todo esto? Yo, lo único que encuentro son elementos de confusión. Para empezar, no creo que todo un trabajo de curso (y no digamos de una carrera) pueda verse reflejado en el resultado de un cuadro, una escultura, un dibujo, un video o una fotografía. Es más, creo que incluso lo que se verá es la mano del profesor que ha seleccionado aquella obra concreta. La escuela del profesor todavía sigue generando obras idénticas de estilo. Puede verse la tendencia academicista del que quiere crear hijos a imagen y semejanza. La firma de un profesor se encuentra en sus hijos pródigos (aunque rebeldes, acaban bajo las faldas del padre). No son más que cobayas, experimentos de laboratorio. Y, aún así, atendiendo a estos argumentos, todavía dicen: “Lo hice por un puñado de créditos, por engrosar el currículum.” No hay excusa más triste que esta. El espíritu creador puede quedar seriamente dañado en estos procesos. Si un individuo no es lo suficientemente fuerte como para sobrevivir a tantos profesores que viven de su propia imposición, puede correr el riego de perder su genuino origen.
Pero no seamos dramáticos: no todos los casos pasan por este tipo de peculiaridades. Tenemos, por ejemplo, a esa figura de “dedo seleccionador” que escoge al alumno pero no le tutoriza, es decir, le deja a su libre albedrío confiando en su sabia elección. ¿Puede considerarse esto una libertad para el creador o simplemente una desatención hacia él? La figura del supuesto “docente que se responsabiliza” de la trayectoria del alumno- porque supuestamente se juega su prestigio en ese resultado final- puede asignarse más cómodamente a esos maestros clásicos-que todavía pululan por las aulas- que vigilan con vara de medir un espacio más o menos libre para el “aprendiz”. En el caso de otro tipo de asignaturas de mayor carga teórica, donde las fronteras parecen desvanecerse más fácilmente, la forma de evaluación se configura de distinta manera. El estudiante deja de serlo como tal para convertirse en “artista”. Todavía se encentra cursando una carrera, pero digamos que, en ciertos aspectos, se le considera formado. ¿Se pude saber si un alumno necesita cinco años para dejar de serlo gracias a un título?
¿Qué sería lo ideal? Aparte de olvidar a la “dedocracia”, la cuestión estaría en no tener que conocer al alumno por el profesor. Serían necesarias más exposiciones, el número necesario hasta completar el número de alumnos que conforman a la facultad. Desde el momento de la inscripción vía matrícula, todos ellos tendrían derecho a exponer, a dejarse ver u oír. Que ellos rechazasen la oferta, esto sería ya otra historia.
Volviendo al resultado total de un proceso: Las aulas de esta magna facultad, permanecen durante todo el curso abiertas a quien desee entrar como oyente (y vidente).
El auténtico resultado se fragua en el día a día de las clases. El “making off” por así decirlo. La obra terminada, puede incluso no decir nada a quien entra para verla, dejando atrás todo lo que la hizo posible. Pueden encontrarse incluso trabajos de diferentes alumnos aunque idénticos en ejecución. Es ese trazo exterminador donde no se aprecia lo digital (la huella del dedo del hombre). Todos aquellos discípulos que se encargaban de las fases engorrosas de los cuadros de sus maestros han pasado al olvido. Ahora, se encuentran ocultos bajo la firma final del maestro, que los utilizaba en su taller para ofrecerles “la oportunidad de colaborar en uno de sus cuadros”. Estando en edad de aprender, debe uno incluso sentirse agradecido por este tipo de oportunidades. Pero todavía queda la fábula del alumno que da una lección al maestro.
El talento, tristemente, ha de pasar por el dificultoso ojo de aguja del mercado, que lo malea como mercancía. La prostitución del arte a la que se refería Baudelaire sigue estando presente, e incluso se justifica como necesaria. Una criba, una selección de material. Evidentemente, un artista prometedor puede quedarse atrás por una mala presentación de dossier. Ahora, estos mecanismos de producción se crean bajo un auspicio real: el de la masa como elemento a descifrar.
En la sociedad occidentalizada en la que nos encontramos, siempre tenemos la necesidad de justificar nuestros actos para que estos sean aceptados por el total ajusticiador. Hay como una especie de arrepentimiento, de “lo hice mal pero quiero explicar por qué”. Puede que quizá me equivoque, es lo más seguro.

9 – 12 - 10

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Caja de música. Un fotomontaje para AUDIOVISUALES

>> lunes, 3 de enero de 2011

Caja de Música from putativus on Vimeo.



Agradecimientos: Javier Ramírez Serrano

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WIKIPEDIA PRESENTA: HISTORIA ABSURDA PARA UNA ESTATUA

>> domingo, 2 de enero de 2011


Carlos III de España es conocido tradicionalmente como «el mejor alcalde de Madrid», aunque nunca ocupó este puesto. Por tal motivo, a principios de los años 90, se decidió erigir un monumento en su honor. Zancada y Rodríguez, tomaron como modelo la pequeña escultura de 140 por 160 centímetros realizada en madera y yeso por el escultor Juan Pascual de Mena que se conserva en la Real Academia de San Fernando. Se da la circunstancia de que esta escultura fue hecha por el artista como respuesta a un concurso convocado por Carlos III para realizar un monumento a su padre Felipe V, que finalmente ganaría Manuel Francisco Álvarez de la Peña. El monumento finalmente no se realizó y los modelos presentados al concurso quedaron guardados. Posteriormente, Carlos IV, hijo de Carlos III, recuperó el original de Mena para encargar una estatua en homenaje a su padre, sustituyendo por la de éste la cabeza de Felipe V.

Rodríguez y Zancada realizaron una copia de esta figura pero para la cabeza del rey se inspiraron en sendos retratos de Goya y Mengs. El punto de la ciudad en el que erigir el monumento fue decidido mediante un referéndum popular que tuvo lugar en la propia Puerta del Sol durante el mes de diciembre de 1995 y durante el cual la estatua se ubicó provisionalmente en el lugar que más o menos ocupa hoy. En la consulta participaron 126.194 personas; un 42% votó por ubicar la estatua en la Puerta del Sol, un 28,40%, en la Puerta de Alcalá y un 10,41% en la Plaza de la Armería, frente al Palacio Real.

Los trabajos para la instalación del monumento comenzaron el 19 de septiembre de 1994, colocándose el día 14 de diciembre la estatua sobre el pedestal, cuyas inscripciones fueron grabadas in situ. El conjunto fue inaugurado el 16 de diciembre de 1994 por el alcalde José María Álvarez del Manzano.

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DOBLE ESPACIO

Tenía nueve años cuando nos mudamos de casa. Habíamos estado viviendo en Fernán González 54, y ahora estábamos en General Pardiñas 106. Aquí no teníamos el parque de El Retiro a dos manzanas, pero en cambio teníamos calefacción funcionando en ciento veinte metros cuadrados. En el salón, concretamente, las dimensiones se multiplicaban en ilusión: un gran espejo, incrustado en la pared, generaba un espacio en ese “otro lado” inexistente.
¿En qué navidades hice de cazador para el “pedro y el Lobo” que se representaba en el colegio? Bueno, no importa. Este dato, aparentemente insignificante (como podían ser los anteriores, pues supuestamente no revelan verdaderamente nada- tan solo me recuerdan que sigo cuerdo, lubricando una memoria casi siempre engañosa) sirve de nexo con mi persona y aquel espejo. “Yo” (¿qué significa ese “yo”? ¿Qué significa concretamente “mi yo”?) aparecía en escena cada vez que me asomaba para ser engañado en aquella dimensión reflejada. ¿Qué pasaría si hubiese enfrente otro espejo de igual dimensiones? ¿Se vería el infinito? No, no se vería. Principalmente porque al infinito, para ser representado, le sobra cualquier elemento de por medio- para empezar, este cuerpo que aquí les habla (o les escribe)-. Da igual. Ahí estaba yo, “reconociéndome o, quien sabe, conociéndome. Aparecía por la punta de la izquierda e interpretaba. Al principio, me vestía con el vestuario de mi papel en aquel cuento ruso. Luego, me deshice de la camisa roja, el pantalón negro, la barba, la pipa y la escopeta. Aparecía simplemente yo, o sea “nadie”. Me costaba admitir que, por el hecho de no ir disfrazado, podía ser alguien que no fuese yo. Así, fui desplegando mi arsenal actoral, que vivía gracias a mi imaginación- o, mejor dicho, mi voluntad, que quería poderlo todo cuando otros aspectos eran también necesarios. Solo, yo, engañándome a mí mismo, hacía de general, de secretario de oficina, de condenado al cadalso, de asesino miope. De este último caso, lo más interesante de todo es que tenía que meterme, a la vez, en la piel del criminal y de la víctima. Y es que no solo había una sola identidad en escena, sino muchas en danza. Yo actuaba en obras de teatro largas. Por ello, representando para nadie una farsa diaria, quería sentirme un todo… y además, comprenderlo. Excusar la actitud de cada individuo. No podía odiarme ni idolatrarme a mí mismo. Simplemente, creer que lo que hacía estaba bien para seguir viviendo.
Me gustaba, de vez en cuando, esconderme bajo la mesa, para hacerme desaparecer. Aunque resulte estúpido, a veces me aburría de mí mismo.

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