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DOBLE ESPACIO

>> domingo, 2 de enero de 2011

Tenía nueve años cuando nos mudamos de casa. Habíamos estado viviendo en Fernán González 54, y ahora estábamos en General Pardiñas 106. Aquí no teníamos el parque de El Retiro a dos manzanas, pero en cambio teníamos calefacción funcionando en ciento veinte metros cuadrados. En el salón, concretamente, las dimensiones se multiplicaban en ilusión: un gran espejo, incrustado en la pared, generaba un espacio en ese “otro lado” inexistente.
¿En qué navidades hice de cazador para el “pedro y el Lobo” que se representaba en el colegio? Bueno, no importa. Este dato, aparentemente insignificante (como podían ser los anteriores, pues supuestamente no revelan verdaderamente nada- tan solo me recuerdan que sigo cuerdo, lubricando una memoria casi siempre engañosa) sirve de nexo con mi persona y aquel espejo. “Yo” (¿qué significa ese “yo”? ¿Qué significa concretamente “mi yo”?) aparecía en escena cada vez que me asomaba para ser engañado en aquella dimensión reflejada. ¿Qué pasaría si hubiese enfrente otro espejo de igual dimensiones? ¿Se vería el infinito? No, no se vería. Principalmente porque al infinito, para ser representado, le sobra cualquier elemento de por medio- para empezar, este cuerpo que aquí les habla (o les escribe)-. Da igual. Ahí estaba yo, “reconociéndome o, quien sabe, conociéndome. Aparecía por la punta de la izquierda e interpretaba. Al principio, me vestía con el vestuario de mi papel en aquel cuento ruso. Luego, me deshice de la camisa roja, el pantalón negro, la barba, la pipa y la escopeta. Aparecía simplemente yo, o sea “nadie”. Me costaba admitir que, por el hecho de no ir disfrazado, podía ser alguien que no fuese yo. Así, fui desplegando mi arsenal actoral, que vivía gracias a mi imaginación- o, mejor dicho, mi voluntad, que quería poderlo todo cuando otros aspectos eran también necesarios. Solo, yo, engañándome a mí mismo, hacía de general, de secretario de oficina, de condenado al cadalso, de asesino miope. De este último caso, lo más interesante de todo es que tenía que meterme, a la vez, en la piel del criminal y de la víctima. Y es que no solo había una sola identidad en escena, sino muchas en danza. Yo actuaba en obras de teatro largas. Por ello, representando para nadie una farsa diaria, quería sentirme un todo… y además, comprenderlo. Excusar la actitud de cada individuo. No podía odiarme ni idolatrarme a mí mismo. Simplemente, creer que lo que hacía estaba bien para seguir viviendo.
Me gustaba, de vez en cuando, esconderme bajo la mesa, para hacerme desaparecer. Aunque resulte estúpido, a veces me aburría de mí mismo.

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