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EL ESPÍRITU DE LA COLMENA

>> jueves, 13 de enero de 2011




He decidido seguir el consejo (¡al fin!) de un viejo amigo. Por fin, me he decidido a escribir sobre una película, dejándola ordenarse en mi mente durante un periodo mínimo aconsejable de tiempo. Este mosto ha acabado por convertirse en vino de tanto dejarlo reposar, olvidando ya su sabor y color anteriores. ¿Qué es lo que he extraído de esta maceración? Espero que un fruto aprovechable. Me he dado a la contemplación abstracta, a un diálogo paciente conmigo mismo y la materia. También puede darse la casualidad de que sea ahora, en este tiempo en el que ahora escribo, cuando me haya decidido a escribir, por fin, sobre el asunto. Erice no es moco de pavo como para aventurarse a hablar de él sin seguir un método paralelo al que él emplea. Sin querer resultar un pesado al haber dedicado tanto tiempo, tanta expectación a lo que acabo de cosechar después de una época de cultivo, quisiera ensalzar (sin excederme) esta filosofía oriental occidentalizada. Pues bien, aquí la tenemos: “El espíritu de la colmena” reza el título de la obra. ¿Qué ideas me asaltan al nombrarla? Muchas, y todas desordenadas. Para empezar por algo, hablaré- rompiendo con mi estructura clásica de relato- sobre la música. Y, para hablar de ella, tengo que hablar de ese espíritu naíf de Luis de Pablo, de esas notas ejecutadas a la flauta y la guitarra. Una música infantil que nos retrotrae a un pasado nunca del todo lejano. También me pregunto: ¿Es la idea de infancia que tenemos o la que nos han adjudicado a lo largo del tiempo? Las canciones de patio de colegio, en este caso, no creo que sean el mensaje total de esta obra. Es, más bien, ese concepto de vida más pausada, tan exenta de problemas y quebraderos de cabeza, aquella donde el que la comprende porque vive en ella, comienza a querer conocer el mundo desordenado adulto, sin renunciar al propio.




La introducción del filme no puede ser más sencilla: dibujos escolares que ilustran rótulos prometedores: una historia que quiere ser cuento, pero que no puede olvidar la realidad. En este momento, llamo al estrado a Tarkovski y a su concepción del cine. La contemplación basada en el concepto de tiempo, siempre es útil. Mostrar de forma “natural” el acontecer de las cosas. La naturaleza como explicación de mí mismo, puede ser. La naturaleza de la luz, del agua, de las plantas. Un silencio sonoro que emana cierta tranquilidad sabia, a la que se aspira. Una observación que parece conseguir olvidar todo lo demás en quien decide acatarla. Ni siquiera las palabras deben de interrumpir todo esto. ¿Cómo puede el hombre no olvidar su origen? Evidentemente, partiendo de la infancia, momento vital del que puede depender su destino. Todas estas pequeñas acciones tomadas en esta etapa nos irán determinando. Dejar de pintar, o expresarse por la vía pictórica, para volverse racional y dar un sentido cada vez más serio (e inútil) a lo que se representa. Olvidando esa inspiración improvisada, esa ejecución fresca como retablo del mundo que nos rodea. Cuando dejamos de realizar ciertas acciones por vergüenza, también. Dejamos de hacer el pino para andar sobre nuestros pies. Volviendo a la partitura, hay mucho de intención improvisadora. José Ramón Encinar, hoy director de la orquesta de la Comunidad de Madrid, tañía por entonces una guitarra para provocar sensaciones casi impresionistas. Entre la etapa actual y esta pasada, todo una reinvención de la música contemporánea en su composición incluso operística. ¿Y qué es la música contemporánea sino un caos ordenado, algo grave y a la vez ingenuo?




Ana Torrent, en el papel de su vida. Qué pena que los niños crezcan y pierdan su encanto. ¿Qué paso a partir de Tésis? Silencio (o meditación). ¿Qué pasó después de los relatos de Adelaida García Morales? “El sol del membrillo”, “El embrujo de Shangai” y “La garra escarlata”. La filosofía de Erice no casaba con los costes de producción de Querejeta, llegando el tijeretazo en “El Sur”, al película-dicen- mejor inacabada de la historia. De Fernán Gómez poco que decir: siempre tratando de plasmar esa idea de intelectual que trató de conseguir en la vida real y que quedó en mera persecución. Confundimos a veces la idea de intelectual con la de hombre diletante, entregado a la contemplación del mundo, sensible a todo su cosmos. ¿Podía existir un Tagore construido en la industria cinematográfica de los cuarenta?
Ese Frankenstein-franquista, creo que hace poca justicia a Mary Shelley. Se supone un monstruo, sí, pero un monstruo filósofo, humanista, deseoso de conocer y de amar, y no la criatura construida por james Whale en los Estudios Universal de los treinta. Aún así no creo desacertada la posibilidad de narrar un momento de la historia desde los ojos de un niño. Volviendo a Tarkovski, conviene revisar “la infancia de Iván”, donde también resultan interesantes las metáforas, los momentos oníricos.




La explicación de este punto de partida del niño, puede también llevarse a otros orígenes: véase, por ejemplo, el de los lugares. En “El sur”, encontramos eso, el Sur, descrito en viejas postales andaluzas bajo la música de Granados. La fotografía coloreada puede resultar ese punto de partida también “ideal” a la hora de reconstruir un pasado dejado atrás. ¿Qué pasaba allí en aquella época? La guerra no ha dejado de marcar un antes y un después de nostalgia (no sé si del todo cierto) hacia otro mundo desaparecido. Un “paraíso perdido” que diría Patino. De eso se compone este cine de Erice, de evocaciones desde protagonistas que parecen tomar la voz de mando para reconducir la historia. Personajes desubicados de la historia, del lugar. Anacrónicos porque representan, en esencia, valores universales, ideas abstractas que nunca se pasarán de moda.

12 – 1 – 11

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