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FALTA DE VALOR

>> martes, 18 de enero de 2011

Cuando se nos pregunta si creemos en el progreso, todos contestamos casi sin dejar terminar agitando frenéticamente la cabeza de arriba abajo. Asentimos porque somos “progres”. ¡Ay de quien no lo sea! Creemos en el progresismo. La pregunta es la siguiente. ¿Sabemos lo que es el progreso? Gente con buena disposición a saber de lo que habla, la ha habido siempre. Aspirantes a conocedores de un mundo desprovisto de misterios para ellos. Así, por ejemplo, me viene a la cabeza un andaluz que dio con sus cavilaciones en Madrid y acabó levantando lo que hoy conocemos como la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense. La “Ciudad Universitaria”, en la cual se ubica este singular edificio, tuvo a una figura ilustre por inaugurador, por colocador de la primera piedra. Alfonso XIII debió pensar que aquellos terrenos salvajes, utilizados para su esparcimiento en jornadas de cacería, podían servir para un bien de interés general. Así, no dudó en cederlos para el progreso. Aquel lugar en construcción tuvo que esperar a su nacimiento definitivo tras la guerra. Después de esta, el sueño cambió no tanto en su resultado físico como en su resultado intelectual, aquel por el que apostaron tantos hombres iluminados cuya estrella se apagó fuera de las fronteras. Aquel andaluz no era otro que Manuel García Morente. Este filósofo, admirador, seguidor, discípulo de Ortega (curiosamente menor que él en edad), sufrió un antes y un después tras este episodio bélico. De pronto, creyó y acabó convirtiéndose al cristianismo, vistiéndose como sacerdote. Aquella fotografía conocida y paradigmática, en la que aparece sentado en un pasillo de la universidad junto a su maestro terrenal (aquel de la España Invertebrada) y Zubiri, nos dice que algo debió de pasar en aquellos años de incertidumbre para que cambiaran tanto las cosas.


Zubiri, Ortega y Morente en la Ciudad Universitaria, 1934

Centrémonos en la imagen: Zubiri aparece todavía portando, con su traje negro, los votos religiosos, mientras que Morente, aunque luciendo los mismos colores de luto en su indumentaria rigurosa, era una persona apartada de las creencias a favor de la búsqueda de conocimiento total. “Nada debe apartarnos o distraernos de nuestra tarea como buscadores de la verdad” parece decir. Después, tras los años treinta, Zubiri inicia su secularización mientras que Morente, exiliado en Francia, sufre una transformación interior escuchando “La infancia de Cristo” de Berlioz por la radio. La enseñanza de “la vida es quehacer” que recordaba de Ortega, de nada le había servido. No había sido capaz de conducirse por sí mismo en la vida. Dejado “de la mano de Dios” en un lugar desconocido, sin profesión, sin la familia, siente como la fe poco a poco se va adueñando de él, como el verbo de Cristo se hace carne en él. A partir de entonces, comienza a escribir sobre Santo Tomás y sobre la figura del caballero cristiano.
Su ensayo sobre “El progreso”, lo dice muy a las claras: Es un ir hacia delante, un avanzar, no quedarse detenido, porque eso no sería progresar. ¿Y cómo se pone verdaderamente en funcionamiento el progreso? Haciendo valer los valores. Si estos se desconocen, muy penosamente habrá modificaciones positivas. Y es que el mundo no se queda quieto, siempre ha habido un fututo para él. Pero ¿siempre ha ido hacia delante? No. Sócrates preguntaba por uno de tantos valores, por la “belleza”. A su pregunta le contestaban con “este jarrón” o “esta estatua” o “esta mujer”. Entonces él decía: “me contestáis con ejemplos de “belleza”, pero lo que yo quiero que me contestéis es aquello que tienen en común todas esas cosas”. ¿Cómo voy a ser justo si no sé lo que es la Justicia? Por ejemplo. La captación de ese valor precisará de una actitud moral, por lo tanto. Nuestro conocimiento moral se basa en nuestra vida moral, que a su vez bebe de este conocimiento de valores. Conocemos, así mismo, valores negativos universales. Por ejemplo, la bondad y la maldad. Puede ser que cada individuo tenga una concepción peculiar de cada uno de ellos y actúe en la vida de diferentes formas, siempre escudados bajo esa forma de entender lo que viene después de ese conocimiento verdadero de valores. Por ejemplo, en la maldad comprendemos el robo. Hay quien roba para no perecer de hambre. Se ha hecho por una necesidad vital. El caso es que, yo ahora mismo, puedo decir que conozco a más ladrones dentro de la usura que de ese hurto por necesidad. Aquellos que ya no se contentan con todos los logros que consiguen y aspiran más, se encuentran dentro de los denominados “ambiciosos”, mientras que las personas que comienzan, que “acaban” de “empezar” en este mundo, poseen un alma más generosa. Retomando la primera idea, puedo incluso afirmar la existencia de personas que han preferido morir antes que robar.
Los valores son inmutables, existieron siempre. Aunque las personas pueden deformarlos o darles un sentido que no les corresponde, estos se mantienen inalterables en su propia abstracción teórica. Aunque resulte una penosa tarea, merece la pena llegar a conocerlos. Nosotros les pusimos nombre, nosotros podemos aprenderlos.

18 – 1 – 11

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