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LOS NUEVOS ZAPATOS DE FRANKENSTEIN

>> domingo, 9 de enero de 2011

(Cuento que cuento aunque no venga a cuento)


Francisco Einstein ya no se quería llamar Frankenstein. Estaba harto de que le confundieran con su creador, aquel joven doctor que quiso sentirse Dios por una noche (una noche de relámpagos). Creía que el nombre de Francisco Einstein le acercaría más a la realidad; llegaría a una forma humana por medio del verbo. Pero no solo quería que le considerasen civilizado por su nombre, sino además por su forma de ser. Para empezar, empezó a dar sentido a aquellos zapatones que llevaba desde que era consciente de sí mismo. Ahora, en tiempo de lluvia, debería darles un uso de aislante, de modo que quitó todo atisbo de tela de su superficie para recauchutarlo todo con goma. Sus suelas se elevaron en tamaño, por lo que su cuerpo también subió en altura. Aquella tarde, saldría de su casa para pasárselo bien. ¿Qué tal una sala de fiestas? ¡Bailaría con la más fea! Así era Frankestein (perdón, Francisco Einstein).
Yendo por la acera hacia la parada, divisó a lo lejos el autobús que le transportaría a la diversión. Quedaba todavía lejos, pero él andaba suficientemente despacio como para dejarlo escapar. “¡Dichosos zapatones!” pensaba, poniéndose cada vez más verde de ira. “¿Por qué siendo tan grandes no me hacen ir más deprisa?” Y es que el bueno de Frank era uno de esos seres influenciados por los cuentos de Pulgarcito, que creía todo lo que allí se contaba. Lo único cierto en aquella situación es que aquel calzado era tan aparatoso que corría incluso el riesgo de caerse si forzaba la marcha más de lo normal. “Tengo que llegar, tengo que llegar…”
Finalmente, llegó, pero con el siguiente autobús. Solo tardó veinte minutos en llegar. ¡Claro, era fin de semana! Una vez en el local, comenzó a desabrocharse los botones del abrigo, con cuidado de no desatornillarse ninguna tuerca del cuerpo. Ya en la pista de baile, vio que habían quitado a la orquesta que solía deleitar con su música a las parejas enamoradas. “Pero ¿qué es esto? ¿Dónde está el “ambiente”?” preguntó al encargado. Francisco Einstein no podía comprender que su cerebro, al haber pertenecido a un hombre treinta años más joven que él, tenía otra forma de ver las cosas. Allí donde el cuerpo de aquel cerebro iba todas las noches, ya estaba pasado de moda aquello de las orquestas.
“Señor, ahora ponemos discos” contestó el encargado al monstruo, mientras señalaba un viejo gramófono instalado en el centro de la sala.
Entonces, Francisco se puso como una furia. No sabía más que gritar. “Yo para eso me voy a casa y pongo en mi tocadiscos lo que me dé la gana”. Frankenstein era un dinosaurio, una reliquia. No quería asumir que eran otros tiempos los que marcaban ahora el ritmo.
- “¿Le gustan los Beatles?
- ¡No, me gusta Mantovani y su maravillosa música romántica!
Nada de esto quedaba ya. Los años cuarenta y cincuenta se habían volatilizado de un plumazo. Ahora, desde que James Whale ya no era un gran director de la Universal, sus monstruos habían quedado también obsoletos. Toda esa época se había esfumado. “Quizá en la época de Mary Shelley hubiese podido quedarme en uno de aquellos palacios señoriales escuchando al propio Beethoven dirigiendo su orquesta. Ahora, nada de esto. Nada de esto…
- ¿Vendrá alguna señorita por aquí a bailar estas endiabladas canciones hippyes?- preguntó el monstruo al encargado.
- Sí, pero tendrá que esperar. Acabamos de tener un bautizo y hay que recogerlo todo.

9 – 1 – 11

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