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NO IMPORTA CÓMO, PERO MÚSICA

>> lunes, 31 de enero de 2011




Dicen de Rossini que componía sus obras metido en la cama. Que, cuando una partitura se le caía al suelo, por no recogerla, volvía a escribirla de nuevo.
Rossini dejó el mundo de la música a los 33 años para dedicarse a la gastronomía, al buen comer. Rossini era un bon vivant. Además, poseía un gran sentido del humor. Llegó a componer un dúo de voces femeninas felinas, pues estaba harto de que los cantantes modificasen sus partituras para poder lucirse ante el público. El “miau” es la única letra posible en esta obra, aunque la música posee una para nada desdeñosa complejidad. Este músico se cansó de su oficio, habiendo reunido suficiente dinero como para no necesitar más de él. Además, comenzó a sufrir una serie de achaques que terminaron por inclinarle hacia una vida más que saludable. Le quedarían casi cuarenta años más de vida ociosa. Tuvo detractores como Wagner y defensores a ultranza como Heine. Su estilo tan peculiar nos habla de innovación a la par que conservación de la tradición musical. El carácter alegre de su legado llegó incluso a generar polémica en trabajos sacros como el que realizó para el Stabat Mater. Realmente, en muchas ocasiones, da la sensación de no encontrarse ante una obra sacra, debido a esta ausencia de solemnidad que pulula por algunos de los números que componen la obra. El origen de esta creación se remonta al Madrid del diecinueve. Allí, Rossini, acompañado de su protector- el banquero español Alejandro Aguado- aceptó la propuesta del Archidiácono Francisco Fernández Varela, que aprovechó la visita del italiano a la capital.
Hoy, último día del mes, me despido de enero en el Auditorio Nacional, en un concierto que homenajea esta obra. Canta Ainhoa Arteta y dirige José Ramón Encinar. Como un gesto ya suyo, acierto con la predicción: “Al finalizar el acto, el director le dará la flor -recibida como obsequio del Auditorio- a la concertino. Es un gesto elegante a la par que caballeroso. Así también, subirá al director del Coro, Jordi Casas Bayer, al púlpito de sacerdotiso, para resaltar su labor al frente de ese maravilloso mediador cantante-orquesta. En “la magia de la batuta”, P. Herzfeld destaca la labor del “conductor” al frente de la orquesta como una especie de chamán que hace posible la música gracias al movimiento de sus manos. Esta especie de coreografía del director, la cual resultaría absurda encontrándose como individuo en solitario, cobra fuerza y sentido ante aquel ejército de instrumentos dispuestos a afrontar un papel cuajado de signos, por qué no, también enigmáticos. La música como lenguaje propio, necesitado de la conjunción perfecta de sonido-matemática-afinación. Además, y esto lo incluyo casi con reticencia (y no debería de extrañar): sensibilidad. ¿Se puede interpretar sin sentir? Sin duda, para eso tenemos las pianolas, diseñadas gracias a un papel troquelado. También, los organillos, donde una mano hace girar una manivela, así como una cámara de cine primitivo-musical. Se ha de creer en lo que se trabaja, como en todo. El estudio no es más que un trabajo en el que la verdad se conoce rápidamente, en la soledad de una habitación, encerrado a solas con el instrumento. Sería absurdo pretender cobrar por conocer un instrumento. Aquí, solo cabe un acto de amor. Aquí podemos entrar perfectamente en discusión. ¿Y aquel al que se le asigna un instrumento sin la mayoría de edad suficiente como para que pueda decidir si es lo que quiere hacer realmente? Ahí está la gráfica de abandonos por desidia, falta de vocación o limitaciones sensibles para con la música. Sin embargo, la música es también educación desde una temprana edad. Esto, ayuda sin duda a esa cultivación artística. Quizá quien no haya podido disfrutar del privilegio de la música desde el principio de su vida, tiene más posibilidades de no acabar sentado, aunque sea, escuchando en su casa por cuenta propia un gramófono sonar. Este ejemplo, romántico donde los haya, ilustra de mejor forma lo que quiero decir, pues a mi juicio, resulta más apetitoso un disco de pizarra surcado por una aguja que un Compact Disc cegado por el láser de un equipo estereofónico. Siempre quedará la audición y la admiración por la música si esta no llega a ser creada en propia carne por el melómano.

31 – 1 - 11

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