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NO TOCAR

>> sábado, 8 de enero de 2011

A Nacho

La sala entera se encontraba empedrada al estilo Carlos III. En Madrid se pisaba en tierra y, ahora (bueno, hace tres siglos) parecía uno andar escocido, por pasear con toda la planta del pie sobre cantos rodados. La imagen de la ciudad, una postal romántica de “tiempos ilustrados”, era verdaderamente poco práctica. Sinceramente, el asfalto llano era preferible a ese otro suelo más estético. La gente me decía que andaba de puntillas, y era natural. Cada vez que uno quería pasar por la puerta del Sol, tenía que asumir que la gincana estaba servida.
Como digo, la sala del museo estaba totalmente cubierta por esta alfombra costumbrista. Ningún osado más que yo, se encontraba en ella. Llevaba la mitad del camino recorrido, pues lo único que quería era cruzar a través de ella para ver otra exposición más interesante, que era por la que había venido. Me había citado con otros compañeros a la entrada del lugar, en las escaleras que subían de la plaza hasta el edificio. Comenzó a llover a cántaros, e igual que era el único de la sala en este momento lo fui entonces en aquel otro lugar. Todo el mundo había ido a refugiarse bajo techo o cornisa ante el diluvio. Mientras hacía tiempo, observaba a las gotas caer sobre los charcos: “Hacen burbujas en el agua… Eso quiere decir que hay lluvia para rato”. Quizá fui hombre de campo en otra vida para presumir de esta sabiduría de meteorólogo autodidacta. Por fin, vi a tres muchachos aparecer en el lugar, a lo lejos. Se quedaron parados al verme, allí detenido, como estatua patética bajo paraguas. Comprendo que les resultara lamentable y decidieran hacer como si no me hubiesen visto. Yo mismo daba pena, estaba hecho una verdadera sopa. A nadie le gustan los días de lluvia, si además los acompaña un tipo de cara triste.
Al verme librado de aquellos malandrines, entré sin más dilación al lugar para disfrutar en solitario (que es como verdaderamente se hacen estas cosas bien) de la exposición.
Iba por fin a llegar a la salida de la sala, cuando un tipo con pinta de vigilante me dijo:
- Oiga, no puede usted pasar por aquí…
- ¿Y por qué no?
- Porque esta obra no se puede tocar.
- Ya, pero es que da la casualidad de que quiero llegar al otro lado para ver la exposición siguiente. Si no ¿cómo quiere que lo haga?
- Eso no es problema mío. Por favor, retroceda.

¡Menuda estupidez! Ahora que solo me quedaba un paso literal para llegar al otro lado, tenía que desandar lo andado. Lo último que quería era quedarme sin exposición. Entonces, ideé un plan perfecto: Me quedé mirando al encargado con cara de aprender y el pregunté a bocajarro:

- ¿Qué quiere contar el autor con esto?

Le señalé el empedrado. El vigilante se quedó pálido, mientras una suerte de vergüenza le escaló desde la punta de los pies a la cabeza, coloreándole de rojo. “¡Así aprenderá a no meter las narices en lo que no le importa!” pensé mientras esperaba divertido una respuesta.

- … Eh… Espere un momento… No sé… Creo que simplemente en un suelo para no pisarlo. Una paradoja ¿no se dice así? Quédese aquí mientras pregunto fuera.

Por supuesto, no esperé. Fui a la otra exposición y, a la salida, escribí en el libro de reclamaciones lo siguiente: “Un vigilante de la sala Nº 15 ha pisado la obra “Empedrado madrileño”.

8 – 1 – 11

1 comentarios:

monica 13 de enero de 2011, 5:34  

Relato ágil, irónico y verdadero!Me ha gustado mucho!

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