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POR SAN ANTÓN, A LOS ANIMALES VERÁS

>> lunes, 17 de enero de 2011

Gracias al escrito de Joaquín Leguina “Víctor Hugo en la calle de Hortaleza”, he podido documentarme sobre un hecho para mí desconocido hasta hace bien poco: Hoy día de San Antón, se lleva a los animales en masa (y vestidos de las formas más inimaginables) a recibir la bendición del santo, allá en el Colegio que lleva su nombre en la madrileña calle de Hortaleza. Recuerdo que una vez mi abuelo me llevó al evento que por la tarde se celebraba, una especie de “cabalgata de los animales” (con perdón del maravilloso “carnaval” de Saint-Saëns) que salía desde allí. Del evento, solo recuerdo en mi memoria las torrijas que nos tomamos en una cafetería de Alonso Martínez. No sé si fue en el “Santander”, adonde acudía por las tardes Enriqueta Serrano, la cantante y mujer de Sorozábal, admirado por mi abuelo, como me contaba. La cuestión es que ver a tanto animal junto en una iglesia (aparte de bendecirse a la mascota luego, de paso, se realiza el mismo acto a los dueños) no puede por menos evocarme el momento sublime de la novela “Réquiem por un campesino español” de la entrada del caballo del protagonista (con la ausencia de este), al lugar santo. Este “sacrilegio” me parecía de una verdadera belleza lírica, digna tan solo de los grandes creadores. San Antón permanece en ruinas, esperando una reforma que parece llegar despacito. Parece mentira creer que allí estuvo Víctor Hugo, en la época de José Bonaparte, internado. Tras la ocupación francesa, el colegio fue convertido en “seminario para nobles”. El padre del autor de “Los Miserables” era hijo Léopold Hugo, uno de los militares de la causa de Napoleón. Leguina estudió con los escolapios, al igual que yo. “San José de Calasanz”, fundador de las Escuelas Pías. En Conde de Peñalver, allí estudié hasta los catorce años. Un edificio con historia. Cuando, durante la contienda- y tras ella- funcionó como cárcel, mi abuelo, que trabajaba en una tienda de material de obra en la Calle Padilla, veía entrar y salir camiones con presos (en el último caso, con un destino trágico). Frente a este edificio, otro, ahora residencia, originalmente convento, y también en la época que ya he mencionado, cárcel. Allí escribió Miguel Hernández las “Nanas de la cebolla”, un cartel bien grande lo recuerda.
¡Cuanta historia almacenan tantos edificios de ladrillo! El interés con el que fueron concebidos se escapó de las manos de quienes los construyeron, pues las pretensiones del hombre son tan mortales como su propia existencia. Ahora, parecen cadáveres a los que no se les perdona su condición, y se trata de prolongar esta vida ya expirada, cuyo único motivo de existencia no deja de ser el de “carácter histórico”. Estas ruinas (para mi, por el recuerdo que contienen, “románticas”) demuestran el carácter como tal en ejemplos como el de las Escuelas Pías de San Fernando. Su aspecto moribundo no ha cambiado desde la guerra, durante la cual el edificio fue pasto de la ira anticlerical. Ahora, reconvertido en biblioteca, continúa representando ese esplendor que fue en otro tiempo. El tiempo, escultor sin piedad, va moldeando a sus criaturas con la sabiduría de la Historia para convertirlas en testimonios legendarios. Vale la pena conocerlos, aunque solo sea por ese interés cultural cada vez más denostado.

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