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RELATO SOÑADO. CINE Y LITERATURA

>> martes, 11 de enero de 2011


El otro día, en el canal de Cine Clásico de TCM, encontré por casualidad un programa de Javier Marías en el que hablaba sobre la “Lolita” de Kubrick. El escritor español es un eminente experto en el campo de la traducción, y no me refiero ya a las innumerables “castellanizaciones” que ha venido realizando sobre todo de literatura inglesa. El ejemplo concreto que quería citar es el de “El último viaje de Robert Rylands”, film basado en su novela “Todas las almas”. La traducción de literatura a imágenes le supuso a Gracia Querejeta un juicio por parte de Marías, del cual salió victorioso sobre la directora. Entramos ya en el terreno de las “adaptaciones”. Marías realizó una elogiosa crítica a Kubrick por la adaptación de la novela de Vladimir Nabokov. Añadió, junto a este film otros tres de este director: “Espartaco”, “Atraco perfecto” y Barry Lyndon (este último, con el prefijo “incluso” que lo separaba de los otros dos de algún modo). Del resto de su filmografía opinaba que era un director sobrevalorado. Siendo un programa como el de TCM, donde el cine no pasa de la época de los setenta, es evidente que este juicio encaja perfectamente. Kubrick comienza a configurar su leyenda a partir del filme “2001, una Odisea en el Espacio”. Creo que su cine anterior no deja de ser un trabajo de director correcto hollywoodiense. Su trabajo en adelante, se aparta de estos cánones (teniéndose que apartar él también del lugar donde había estado trabajando). Que Marías ponga, en último caso a Barry Lyndon, de los tres anteriormente citados, resulta una forma elegante de decir: “Incluso de la etapa posterior, hay algún caso que se salva”. Lo cierto es que todo ese cine de los cincuenta y sesenta le tenía que gustar al público de la época en una media general. En cuanto a la vuelta de tuerca que llevó casi a principio de la década de los setenta, hay que confesar que obtendría el siguiente juicio absoluto del espectador: O me gusta o no me gusta. Este es el cine verdaderamente personal del director. Vía libre para la creación. Evidentemente, todos pasamos por etapas. Tiempo atrás, el cine que prefería de Kubrick era el que apuntaba Marías. De hecho, mi juicio se encontraba un tanto condicionado por los gustos de mis compañeros, que eran capaces de meter en el mismo saco “La chaqueta metálica”, “El día de la Bestia”, “Torrente” y otra serie de películas que tenían como componente común la “violencia divertida”. Eran capaces de coleccionar, como fetiches, las bandas sonoras. Yo les preguntaba: ¿Sabéis que este fragmento de música de “La naranja mecánica” pertenece a “La gazza ladra” de Rossini? Les daba igual verdaderamente, solo les interesaba por la sugestión de imágenes que les provocaba al escucharla: Álex, con ese falo escultórico en ristre, acosando a la mujer de la casa de los gatos.

Volviendo al tema de las adaptaciones: El relato de Arthur Schnitzler en “Eyes Wide Shut” debería de tener todos los elementos necesarios para que Marías también lo hubiese sacado a la palestra. Un relato clásico llevado con alta carga de contenido erótico a la pantalla (esta forma cruda de expresarlo pudo haberle hecho recular a Marías a la hora de añadirla en su juicio positivo). Estoy con ese amigo que dice que “Tom Cruise es ese actor que es capaz de acabar con una película de Kubrick”. Puede ser, o no. Que el director falleciese en pleno comienzo de proceso de montaje pudo ser otro factor relevante. Pero, sobre todo, hay una pregunta que no me deja dormir sobre las demás: ¿Qué tenía en la cabeza Kubrick cuando realizó este filme?
La adaptación de “Relato Soñado” se ciñe casi con exactitud; cambia la ambientación en el lugar y en el tiempo, pero el contenido original sigue predominando, resultando un factor importante de reconocer esa atmósfera Kubrick. La interpretación de los sueños viene dada por el autor, que desde su postura psiquiátrica vienesa da la pátina necesaria a su historia, haciéndola tan interesante.
Un matrimonio aparentemente feliz (tienen una hija y su economía es boyante) posee en realidad un problema íntimo “peculiar”, por así decirlo. En su situación de burgueses, sueñan con fantasías eróticas, como Maria Antonietta cuando se disfrazaba de lechera y se dejaba cubrir por un aldeano sobre una mesa de taberna. Juegan con la realidad para entretenerse de la propia monotonía.
Curiosamente, esta necesidad de fantasear es lo que consigue unir más a la pareja. Ella, (“Albertine” en la novela, “Alice” en el filme), le confiesa a él (“Fridolin”-“Bill”), en la novela: “Me creía dispuesta a todo; creía estar prácticamente decidida a renunciar a ti, a la niña y a mi futuro, y al mismo tiempo (¿puedes comprenderlo?) me eras más querido que nunca.” Él a su vez, se propone ser infiel a la mujer buscando mil aventuras, todas ellas sin éxito. Entre los sueños de ella y los fracasos de él, se configura todo este universo que no deja de concebirse como juego. Espoleando el deseo por medio de la imaginación, ambos van consolidándose cada vez más como pareja. Algo parecido sucede con la “Belle de jour” de Buñuel, en la cual el personaje interpretado por la fría Deneuve necesita experimentar nuevas sensaciones dentro de su vida matrimonial, tras las cuales descubre el amor que siente por su marido.

El mundo del psicoanálisis se presenta, por tanto, con dos bazas importantes: el mundo onírico y el mundo sexual. ¿Existe algo más Freudiano?
Finalmente, la película concluye con el deseo que ella le transmite a él de hacer algo cuanto antes: “Follar”.
Volviendo a la carga sexual explícita que impera durante todo el filme: ¿Cómo habría resuelto Schnitzler en imágenes su propia obra? Seguramente se habría acercado a este resultado, ya que su texto es verdaderamente sugerente y “da alas” a quien lo lee. He pensado en el momento en el que Bill es descubierto como intruso dentro de la orgía de máscaras. En él, no le importa desnudarse físicamente ante los concurrentes, y, sin embargo, no quiere ser “desenmascarado”, desprovisto de su careta. Y es que una persona, por quedarse en cueros, no se está desnudando verdaderamente. La identidad no es cuestión de carnalidad sino de rol. El hecho de “interpretar” en nuestra vida distintos papeles, formaría parte de esa protección de datos que puede hacernos cometer verdaderas locuras. El no sentirnos dueños de nuestros actos en su consecuencia final, el creer como decía Calderón que vivimos en un sueño del que no “debemos” despertar, puede resultar el desencadenante propicio para un auténtico juego de identidades. ¿Y es que acaso sabemos si el sexo, sexo es? Evitar la monotonía permite la invención de una y mil formas de disfrutar de una “necesidad biológica”. El abanico puede volverse peligroso, como en el caso del Marqués de Sade, que debió de abrirlo más allá de los límites permitidos. Su persecución no iba tanto en la dirección de sus escritos (podían ser incluso divertidos para su selecto público) sino en la de sus actos reales más allá de las páginas.
En el caso de la “Naranja Mecánica” la cosa iba más allá de todo esto, pues había más cosas en juego: el sentido de victima-culpable en su cambio de rol más desconcertante.
La ruptura de tabúes, de formas de ver las cosas, es creo la particularidad más clara de la novela y de la película que aquí tratamos. Un enfoque totalmente conciso y directo se despliega en las primeras páginas del relato (y en la primera escena de la película, la del desnudo de Kidman), causando polémica setenta años antes y después. Esta fórmula provocadora y sin concesiones es utilizada inteligentemente como potencial en los dos casos. Algo digno de la literatura y del cine. Incluso diría más: Necesario.

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