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SACRALIZACIÓN PROFANA

>> lunes, 24 de enero de 2011

Hoy, domingo 23, no sabía hacia dónde encaminar mis pasos. Recordé una máxima mía antigua, que decía: desembarca en Cibeles, y desde allí te vendrá la inspiración”. Claro es, eran otros tiempos n mi vida, aquellos en los que vagabundeaba por aquellos lares, con una cámara de fotos de carrete colgada al cuello, buscando objetos de deseo y dejando al azar del revelado aquello que tenía a bien encuadrar en el “objetivo”. Ahora, ya me sé de memoria aquel Madrid misterioso con sus secretas calles. Mi cámara es ahora digital, y sus resultados quedarán impresos, por los siglos de los siglos, en la pantalla del ordenador, en esa pereza de no ir a revelar. Y es que las fotografías que ahora veo convertidas en píxeles, me preguntan cada día si verdaderamente merecen la pena como para pasar a convertirse en papel.
Ahora, de los leones de la diosa Cibeles (la cual, según Gómez de la Serna, va en mantilla a los toros- tan castiza es) cuelgan estalactitas de hielo, témpanos que advierten de que, por fin, los termómetros de las paradas de autobús, funcionan correctamente. Me creo que hiciera “ - 5 º ”. De pronto recordé: “¡Rubens!” Pensé en que no estaría de más dejarme ver por el Museo del Prado, al cual tenía olvidado injustamente. ¿Cuánto hace que no voy? Al llegar, recordé el motivo: sus colas de ciudadanos ávidos de “cultura”. Hoy, ciertamente, estaban justificadas: ¡Último día de exposición! ¿Por qué se dejarán las cosas para el final? Yo antes no era así. Hace cinco años, recién matriculado en la carrera de bellas Artes, era un tipo con ilusiones. Creía que me iba a convertir en todo un artista del pincel, que haría resurgir épocas doradas de nuestra historia con ilusión, consiguiendo aprender- de una vez por todas- el secreto de la pintura. Mentira y gorda. La última vez que pinté en la facultad, era tercero, es decir, hace dos años. Después, algo sucedió en mi vida, que me condujo por otros derroteros. Comencé a dar importancia a la escritura. Los profesores me animaban a ello. Al fin y al cabo, todo trabajo requiere de un proceso mental previo en el que se configuran los aspectos de un resultado. Poco a poco, "fueron convenciéndome". Ya no ansiaba tanto resultados, sino procesos. Trabajar una y otra vez sobre una idea que nunca lograría realizar. Sigo teniendo fe en que en algún momento de mi vida daré con la tecla, tras tantas combinaciones posibles, y lograré algo interesante. Mientras tanto, no cabe más que esperar… pensando.
Durante todo el recorrido de la exposición no logro ver un solo cuadro “entero”. Hay como tres filas de espectadores que los acosan, que desean lo mismo que yo, todos a la vez. Luego descubro que hay más interés por parte del espectador, de leer los carteles de las obras, que ver los cuadros en sí. ¿Para qué entorpecer entonces a los que quieren observar la tela? Los hay que incluso deben de informarse de cosas verdaderamente elementales. ¡Sí, señora, el evangelista que porta las llaves es San Pedro! ¿Hasta aquí hemos podido llegar en nuestra propia incultura? ¿Por qué hemos de utilizar en estos aspectos a los museos como educadores? ¡Yo no permito que un cuadro me llame inculto!
Por fin, "Las Tres Gracias" (ahora, debido a los nuevos cánones estéticos impuestos de belleza, "Las tres desgracias", cuadro que pesa más, por ejemplo, que “la adoración de los magos”. Nunca he comprendido esta “sacralización” de lo profano. Igual de inaccesible que “la Gioconda”.

Esta, además, conservada tras mil cámaras y cristales, tras los cuales lo único que se ve lo ha de hacer la imaginación del espectador. Un vanguardista como Apollinaire y un nacionalita italiano fueron algunos de los culpables por los que ahora tenemos a esta obra tan en algodones. Dalí escribió “¿Por qué se ataca a la Gioconda?”. Y es que, aparte de los ya mencionados ladrones, hubo hasta un acuchillamiento. Para cuadros acuchillados, prefiero sinceramente el de “la Venus del espejo” de Velázquez, pues creo que la historia que lo envuelve tiene mucha más chicha. Es cosa de sacralizar. “Casablanca” es una sacralización cinematográfica. Allí está la película que creo que se me hizo más larga, antes incluso que “Ciudadano Kane” (dos películas, qué casualidad, que se encuentran en el Top 1 y 2 de las Mejores películas de la Historia del Cine- ¿quién hace las encuestas de opinión?-)

Ingrid Bergman representa a la actriz encasillada por excelencia. Es una mujer atormentada por dentro, que a su vez no quiere compartir sus anhelos con nadie. Esto es para mí Ingrid Bergman en todas sus películas. Pobrecilla… Aquí, en España, tenemos a Aurora Bautista, que espero no acabe como Bela Lugosi, enterrada con capa de vampiro. Juana la loca la hizo mucho daño. La pobre Janet Leigh quedó condenada para siempre como “la asesinada en la ducha” y Perkins, como el “psicópata adorable”. Volviendo a Janet, no es casualidad que tiempo después Orson Welles la utilizase para otro papel parecido en “Sed de mal”: conducida a un motel situado casi en la misma zona que el de Norman Bates, esperando ser acosada por unos jóvenes hormonados.
Todas estas féminas envueltas en la orla sacra, representan para mí el prototipo de “Objeto artístico” nada más. No quiero hablar ya de Scarlett Johanson, que es casi una chica pin-up que nos llega cuarenta años tarde. Una Betty Woop de carne y hueso. ¡Pero si era como margarita Cansino- perdón, Ryta Hayworth- un producto creado en la industria. Hemos de agradecer- o criticar, según se vea- la labor de los estilistas y restauradores.

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