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TEXTO REVISADO: LA ERA DE LA JUSTIFICACIÓN

>> viernes, 7 de enero de 2011

Tras el interés que suscitó la publicación del texto "La era de la justificación", he considerado conveniente un repaso del mismo, interiorizando las críticas constructivas que el mismo ha suscitado. Creo que continuará conteniendo errores, pero al menos creo que el ejercicio autocrítico ha sido llevado a cabo y, como no, continuaré abierto a cualquier tipo de apunte o nota aclaratoria. Gracias por decir de forma tan clara- e iluminadora- lo que pensáis:



LA ERA DE LA JUSTIFICACIÓN

No puede faltar cada año, en la Facultad de Bellas Artes, una gran exposición de alumnos de fin de carrera. En ella, pueden encontrarse trabajos de lo más variopintos, casi siempre con una seña de identidad: la de los profesores. “Este ha sido el trabajo resultante de cinco años de carrera, en el cual puede comprobarse la idónea aplicación que de las técnicas han hecho los alumnos. Un trabajo bien hecho, supervisado por los profesores, encargados de hacer de sus pupilos unos verdaderos artistas”. Este resultado, esta gran orla de despedida, debería de generar satisfacción en aquellos elegidos para tal causa. “Yo, de entre todos mis compañeros, he sido seleccionado para representar a mi clase, a mi curso, a mi especialización.” Todo esto no son más que justificaciones, parafernalia que no sirve más que de cortina de humo. ¿Qué hay tras todo esto? Yo, lo único que encuentro son elementos de confusión. Para empezar, no creo que todo un trabajo de curso (y no digamos de una carrera) pueda verse reflejado en el resultado de un cuadro, una escultura, un dibujo, un video o una fotografía. Es más, creo que incluso lo que se verá es la mano del profesor que ha seleccionado aquella obra concreta. La escuela del profesor todavía sigue generando obras idénticas de estilo. Puede verse la tendencia academicista del que quiere crear hijos a imagen y semejanza. La firma de un profesor se encuentra en sus hijos pródigos (aunque rebeldes, acaban bajo las faldas del padre). No son más que cobayas, experimentos de laboratorio. Y, aún así, atendiendo a estos argumentos, todavía dicen: “Lo hice por un puñado de créditos, por engrosar el currículum.” No hay excusa más triste que esta. El espíritu creador puede quedar seriamente dañado en estos procesos. Si un individuo no es lo suficientemente fuerte como para sobrevivir a tantos profesores que viven de su propia imposición, puede correr el riego de perder su genuino origen.
Pero no seamos dramáticos: no todos los casos pasan por este tipo de peculiaridades. Tenemos, por ejemplo, a esa figura de “dedo seleccionador” que escoge al alumno pero no le tutoriza, es decir, le deja a su libre albedrío confiando en su sabia elección. ¿Puede considerarse esto una libertad para el creador o simplemente una desatención hacia él? La figura del supuesto “docente que se responsabiliza” de la trayectoria del alumno- porque supuestamente se juega su prestigio en ese resultado final- puede asignarse más cómodamente a esos maestros clásicos-que todavía pululan por las aulas- que vigilan con vara de medir un espacio más o menos libre para el “aprendiz”. En el caso de otro tipo de asignaturas de mayor carga teórica, donde las fronteras parecen desvanecerse más fácilmente, la forma de evaluación se configura de distinta manera. El estudiante deja de serlo como tal para convertirse en “artista”. Todavía se encentra cursando una carrera, pero digamos que, en ciertos aspectos, se le considera formado. ¿Se pude saber si un alumno necesita cinco años para dejar de serlo gracias a un título?
¿Qué sería lo ideal? Aparte de olvidar a la “dedocracia”, la cuestión estaría en no tener que conocer al alumno por el profesor. Serían necesarias más exposiciones, el número necesario hasta completar el número de alumnos que conforman a la facultad. Desde el momento de la inscripción vía matrícula, todos ellos tendrían derecho a exponer, a dejarse ver u oír. Que ellos rechazasen la oferta, esto sería ya otra historia.
Volviendo al resultado total de un proceso: Las aulas de esta magna facultad, permanecen durante todo el curso abiertas a quien desee entrar como oyente (y vidente).
El auténtico resultado se fragua en el día a día de las clases. El “making off” por así decirlo. La obra terminada, puede incluso no decir nada a quien entra para verla, dejando atrás todo lo que la hizo posible. Pueden encontrarse incluso trabajos de diferentes alumnos aunque idénticos en ejecución. Es ese trazo exterminador donde no se aprecia lo digital (la huella del dedo del hombre). Todos aquellos discípulos que se encargaban de las fases engorrosas de los cuadros de sus maestros han pasado al olvido. Ahora, se encuentran ocultos bajo la firma final del maestro, que los utilizaba en su taller para ofrecerles “la oportunidad de colaborar en uno de sus cuadros”. Estando en edad de aprender, debe uno incluso sentirse agradecido por este tipo de oportunidades. Pero todavía queda la fábula del alumno que da una lección al maestro.
El talento, tristemente, ha de pasar por el dificultoso ojo de aguja del mercado, que lo malea como mercancía. La prostitución del arte a la que se refería Baudelaire sigue estando presente, e incluso se justifica como necesaria. Una criba, una selección de material. Evidentemente, un artista prometedor puede quedarse atrás por una mala presentación de dossier. Ahora, estos mecanismos de producción se crean bajo un auspicio real: el de la masa como elemento a descifrar.
En la sociedad occidentalizada en la que nos encontramos, siempre tenemos la necesidad de justificar nuestros actos para que estos sean aceptados por el total ajusticiador. Hay como una especie de arrepentimiento, de “lo hice mal pero quiero explicar por qué”. Puede que quizá me equivoque, es lo más seguro.

9 – 12 - 10

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