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GOYA NO EXISTIÓ

>> sábado, 26 de febrero de 2011

Últimamente, Goya parece estar borrándose a sí mismo. El museo del Prado lo dejó bien claro cuando afirmó, rotundamente, que el cuadro de “El coloso” no era obra suya. Inmediatamente se procedió al descuelgue de la obra para trasladarla a otro lugar. Con ello, se practicaba la política “correcta”. Ya nadie podrá relacionarlo con Goya al no verlo puesto en “su” sala. Yo, entonces, pienso: ¿Hay que borrar verdaderamente esta obra del archivo mental de “Goya”? Tengamos en cuenta que el boceto previo sí era del propio autor. ¿Tendremos entonces que investigar todos los cuadros de taller para averiguar hasta dónde llegó la mano del maestro y dónde empezaba la del pupilo? Pero, por si no tuviésemos bastante, llegan las Pinturas Negras y toda su agria polémica. Se ha dicho que no las pintó Goya y se ha demostrado que fueron retocadas al llegar al Prado. ¡La culpa de todo la tiene la especulación! Cuando se tiró “La Quinta del Sordo”, un individuo inteligente, de nombre Rodolfo Coumont, tuvo la idea de conservar las pinturas que el maestro, “supuestamente”, realizó en las paredes de la casa. Se procedió a una técnica a la última, traspasando la pintura de los muros a telas. En este proceso, se perdería inevitablemente mucho de lo que en un principio había. Estamos hablando del Siglo XIX. En el caso de los “retoques”, tenemos por ejemplo el caso del “Duelo a garrotazos”, en el cual se nos había presentado a los dos personajes hundidos de pies en el fango. Falso. “Quien los pintase”, dejó libres sus extremidades inferiores para una mejor lucha cuerpo a cuerpo. La prueba irrefutable son unas fotografías de época realizadas en su lugar de ubicación original. ¿Qué pasará entonces con referentes cinematográficos de Saura? Pensemos en la recreación de esta misma escena para “Llanto por un bandido”. También, en “Goya en Burdeos” vemos a Paco Rabal como el maestro de Fuendetodos (el parecido es asombroso, uno de los mejores de de la historia del cine que he visto) realizando sus pinturas tal y como han llegado hasta nosotros (esto es, retocadas). ¿Las pintó Goya, entonces, o no? ¡Dime algo, Manuela Mena!
Pero lo más gracioso viene ahora: las pinturas traspasadas trataron de venderlas al “sitio” en el que actualmente se encuentran, siendo rechazadas al no encajar con los cánones del Museo por aquel entonces. Así pues, su periplo fue de lo más entretenido. Zuloaga, por ejemplo, descubrió El Greco en los sótanos de la misma institución, logrando que finalmente fuesen expuestos al ensalzar los valores del pintor griego.
Realmente resulta interesante este debate (y necesario), puesto que lo que más se valora de Goya es esta etapa tan innovadora, y no la de los tapices y los retratos de corte (salvando, por ejemplo, el caso de la Familia de Carlos IV, por su interesante contenido crítico- no olvidemos que la reina lo mantuvo oculto mucho tiempo al descubrir lo que en él se contaba). Los Grabados quedan todavía como verdaderos supervivientes de toda esta escaramuza a favor –o en contra-del arte. ¿Qué importa que una cosa fuese así o asá en su origen? Esta manía de matar leyendas nunca la he comprendido. En mi caso me preocupa porque soy consciente de que hay personas capaces de renegar de algo que antes ha admirado por un simple apunte técnico. Cambian su juicio y dicen: “¡Pues ahora ya no me gusta!”. Otro caso paradigmático de rabiosa contemporaneidad es la reconstrucción de Shakespeare como individuo físico. Muchas veces, nos vamos al autor olvidando la propia obra, cuando creo que debería de suceder lo contrario. A mi parecer, todo esto genera decepciones absurdas, que no conducen a ningún lado. No somos capaces de quedarnos en lo profundo. En este caso, me refiero al que se que se queda mirando al dedo que apunta a la luna, sin ser consciente de la existencia del satélite natural.

Aquí dejo un enlace de interés acerca del tema:

http://marcelodelcampo.blogspot.com/2011/01/un-poco-mas-sobre-las-pinturas-negras.html

26 – 2 – 11

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A FERNANDO PÁRAMO CARO

Entre desnudos blancos
Que luchan, en su quietud
por pasar a la posteridad
camina un hombre vestido
de negro, en una mañana
fría y estática de navidad

Todo el colegio está blanco
Y los profesores, con su bata
Presumen de canas; sus vidas
atraviesan la senectud del otoño

Fernando, con sus tantas primaveras
Aparenta la madurez de unos
pesados años que no tiene… todavía.
Es la sonrisa del alma la que le recuerda
Que él está dentro, auque fuera nieva

Él fue la memoria de mis días
En que, adolescente, me creía
Con nombre y apellidos de artista
…Cuando creía que retratar la vida
De las estatuas muertas sabía
Maestro… tutor… y guía

Cinco años han pasado desde que no copio
Aquellas estatuas…cinco años desde que
Me enseñaba a hacer temple al huevo
Coger un carboncillo, trazar una recta… todo
Sin marcharse ni su chaqueta, ni su corbata
Ni sus pantalones. Cinco años ya.

Ahora que la licenciatura
En bellas Artes está cerca
Ahora que ya no tengo tan seguro
Si lo mío es la pintura
Ni si debería serlo el dibujo
Ahora que escribo, entre otras cosas
Esto que pretende ser un poema
Ahora que sobre Fernando
Extraño, con torpes palabras, su figura

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CARO DEAR DIARIO CARÍSSIMO

>> martes, 22 de febrero de 2011

Transcribo un par de extractos que pertenecen al último día de mi diario:

“…Antes trataba no repetirme al escribir, yendo con la misma cantinela del diario a un poema y de ahí a una novela o a un ensayo. He tardado en darme cuenta que, el que suceda esto no es sino símbolo de enriquecimiento, que una cosa me inspira la otra y así el ciempiés que va pasando nunca tiene final sino que vuelve a pasar cuando llega al punto de partida […] Ahora quizás escribo las cosas del diario en otros sitios por si no se me entiende la letra. Así, teniendo después el testimonio transcriro del diario, se colabora a que este no se pierda en la ilegibilidad.
Que no piense el lector que le estoy tomando el pelo. Escribiré esto último también donde sea...”

“… Ante la imposibilidad de poseer constantemente cuadernos decentes donde poder escribir el transcurso de mi vida en su evolución, he optado por cuadernos de tipo polifaz en su empleo: mis palabras pueden contener recetas dictadas por un cocinero en un programa de televisión, o bien pueden tornar en las cuentas que todo inquilino lleve de su casa, o quizá sean números con los que luego telefonear.
El que quiere puede y no se anda con menudencias del tipo: “este cuaderno no es digno de lo que en él voy a escribir…”

(Con fecha de 2009)

Ordenar quizá la propia mente ubicándola en días del mes, meses del año y años de una vida. Toda una experiencia recogida en cuadernos, toda la “memoria” de un desmemoriado que lucha por fijar grafológicamente lo que se le pueda escapar en su retentiva. Una terapia, por tanto. A lo mejor, un testimonio útil para un futuro. Siempre una esperanza hacia posibles lectores en los cuales caiga, por fortuna, todo este papeleo sobre sus manos. Quien escribe recuerda siempre. Hasta lo inexistente necesita de una recapitulación gramatical, de un resultado en palabras. ¿Dónde quedó la voz de la tradición, aquella transmisión generacional de las hazañas de un Cid anónimo? Todos somos dignos de ser recordados de algún modo, pues nuestro paso por la tierra nunca es en vano. Siempre afecta de algún modo a “algo” o a “alguien”. No nos engañemos. Somos carne de literatura. Y ¿quién dijo que la literatura tenía que ser entretenida? Los sucesos más aparentemente intrascendentes pueden iluminar de forma inesperada a alguien en cualquier punto de la tierra y del tiempo. Seamos autobiográficos aunque no tengamos la necesidad de hablar de nosotros. Hablemos de lo que nos rodea, de lo que nos pasó, nos pasa o nos pasará. De lo que nos resulta irrelevante y de lo que no. Escribamos de lo que sea, pero hagámoslo aún tratándose de un mero ejercicio en cualquier momento. Juglares, reporteros, novelistas, poetas, dramaturgos, filólogos, ensayistas… No importa cómo ni por qué. La palabra es tan fuerte en sí misma que ni siquiera le importará que descoloquemos sus letras para darle otro sentido. Nada más.

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LA CITA EN EL BARRANCO

Esta es la historia de dos jóvenes enamorados que apenas se conocían. Vivían en un pueblo aspirante a ciudad, en el cual la gente no tenía la costumbre de relacionarse entre sí. Fue una verdadera suerte (o una verdadera condena) el que sus habitantes, todos ellos, conociesen a esta pareja de enamorados. Debido a la simpatía que desprendían, todos les admiraban y, a su vez, los acaparaban. La situación llegó a ser tan dramática que a los dos jóvenes no les quedó otra forma de reencontrarse que en un lugar apartado de la civilización. Allí donde nadie les encontrase. Un lugar poco concurrido. Finalmente, fue ella quien concretó: “En el barranco.” Así, el joven muchacho emprendió su camino diez minutos antes de la cita, para estar puntual en el lugar acordado. Pasó una hora y ella no dio señales de vida. Turbado, giró ciento ochenta grados y se encontró, de frente, con la montaña. Sobre ella, había sido horadada una especie de templo. Era verdaderamente bello, luciendo un estilo neoclásico. El muchacho entró en aquel lugar que acababa de descubrir. Nadie iba en realidad por allí. Parecía un lugar condenado al ostracismo, del que todo el mundo hablaba pero al que nadie visitaba. Desde el pueblo, se señalaba en la lejanía. Una vez dentro, el muchacho se encontró con un paisaje ruinoso, que impactaba con la imagen anterior de la fachada. La luz penetraba tímidamente por algunos resquicios en el techo y las paredes, dando una insuficiente idea de la gruta. En la pared, parecía haber pinturas. Poco a poco, el ojo se fue acostumbrando y el muchacho comenzó a definir mejor lo que tenía ante sí. Del fondo venía un ruido de motor minúsculo, casi imperceptible. Avanzó guiándose por el oído, como un murciélago, y se dio casi de bruces con una mesita de madera. Sobre ella, había un exprimidor eléctrico funcionando. Una persona, al otro lado de la mesa, hacía zumo de naranja. Solo se reconocían las manos, que ganaban terreno a la luz sobre el resto del cuerpo.
- ¿Quieres un zumo de naranja recién exprimido?
- Gracias.
Respondió y bebió del vaso sin pensar en las consecuencias.
- ¿Qué haces aquí?
- Entré, sin más…
- ¿Te gusta el lugar?
- No sabía qué otra cosa hacer. Me cansé de esperar allí fuera…
- ¿A quién?
- A una persona, evidentemente.
- ¿Por qué “evidentemente”?
- ¿A qué si no iba a esperar?
- A que saliese la luna, por ejemplo.
- ¡Bah! ¡Tonterías!
- ¿Tonterías? ¿Qué hay de malo en ello?
- No tengo tiempo para eso. No me gusta estar parado.
- ¿Tanta prisa tienes por hacer cosas en la vida? ¿Y luego qué?
- Luego… ¿A qué te refieres?
- No sé, ¿siempre estás haciendo cosas?
- Sí.
- ¿Y llegas a algo haciéndolas?
- Doy pequeños pasos…
- Ya. Pequeños pasos ¿para qué?
- …
- ¿Quieres otro zumo?

El muchacho, entonces, comenzó a sentirse violento.

- ¿Y esta actitud servil?
- ¿Servil?
- Sí, trabajar para quien no conoces porque sí…
- Vaya… ¡Lo hago porque me apetece!
- Pues muy bien…
- Tu madre, cuando eras pequeño ¿no te hacía zumo?
- Sí…
- ¿Y era una actitud servil?
- No…
- Yo te conozco…

Entonces, apareció la cara tras la oscuridad. Era ella.

- ¿Tú? ¿Qué haces aquí?
- Esta es mi casa… Vivo aquí. ¿Tan poco te has molestado en conocerme que no has reconocido tan siquiera mi voz?
- No te esperaba en esta situación…
- Ya… bueno… También pinto.
- Sí, ya me he fijado en las paredes.
- A mi no me gusta ir aprisa a todos los sitios. Ni trabajar en tantas cosas. Solo pinto, y me concentro en esta tarea para llegar a comprenderla bien. Quizá, por ello, haya en mis resultados una coherencia que quizá en otros casos no se encuentre. ¿Y sabes por qué? Porque creo en lo que hago, y sé qué es lo que quiero hacer. Para mí, es más que una terapia. Si ves mi trabajo, me verás a mi y todo lo que me pasa por la cabeza…
- ¿Aquí vives, en serio?
- ¿Es que no te lo crees? Tú, que eres escritor, fabulador…
- Yo soy escritor pero nunca habría podido creerme esto, habría sido para mí inverosímil…
- Te traicionan tus creencias… ya ves que es real. Te falla todo. No eras capaz de reconocerme, no solo por mi voz, sino porque pudiera vivir aquí y ser pintora…
- Francamente, no…

Por fin, se produjo el silencio esperado. No había nada más que decir. ¿Cuánto duraría esta situación sin palabras? ¿Uno, dos, cinco minutos? Después:

- Quiero otra naranjada.
- Me he quedado sin naranjas.

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CAMINO DEL MATADERO

>> domingo, 20 de febrero de 2011





Mi abuelo materno solía grabarme en películas diversos extractos emitidos por televisión sobre dibujos animados (e, incluso, alguna película como “El bolero de Ravel”, en la que descubrí a mi admirado Cantinflas).
En una de aquellas cintas VHS encontré el cortometraje de Friz Freleng “Hyde and Hare” (1955), en el cual se introducía al personaje del Doctor Jeckyll y Mister Hyde como coprotagonista en una historieta de Bugs Bunny. Este ha sido uno de los capítulos de “Melodías Animadas de ayer y hoy” que mejor he conservado en la memoria a lo largo de tantos años después. Me debió de impresionar sobremanera.
He de reconocer que este conejo nunca me ha terminado de caer del todo simpático, pues siempre ha tenido para mí algo de “redicho” que lo ha colocado, en mi lista, junto al Correcaminos o a Piolín. Sin embargo, aquí era una auténtica víctima, despojada de todo alarde de “graciosismo”. Estaba literalmente acorralado, y el espectador lo sabía desde el primer momento. El personaje literario de Stevenson es caracterizado como un cándido jubilado, que acude al parque de la ciudad en su vida ociosa para dar de comer a los pájaros y otros animales. Ese otro animal, en este caso, era el conejo Bugs. Si bien, en un principio, quizá no se pueda adivinar del todo que este personaje sea el monstruo de laboratorio en el que luego se convierte, en el momento en el que coge al conejo y lo mete en su casa (en ella, pone claramente el cartel que anuncia al inquilino: “Dr. Jeckyll”) ya conocemos, sin ningún tipo de duda, que el entrañable animalillo se está dirigiendo hacia un callejón sin salida. Nunca he comprendido cómo nos puede asustar más Mister Hyde que un conejo que se comporta como un humano. Pero, en fin, el bueno del doctor (dibujado, en este caso, con una apariencia física que siempre me recuerda al director de orquesta José Iturbi, por aquellos años en boga) al fin y al cabo, nunca dejará de ser ese criminal para el público, mientras que para mí siempre representará al pusilánime falto de voluntad que no es capaz de resistirse a beber aquel brebaje de aspecto plutónico.
Por cierto: Si hablamos de lo terrorífico en los dibujos animados americanos no deberíamos olvidar tres casos paradigmáticos: “Der füehrer´s face”, “Russian Raphsody” y “Herr meets Hare”, en los cuales el propio Bugs Bunny o el Pato Donald sirvieron como propaganda antinazi para concienciar a los niños, desde sus televisores, políticamente. En el caso alemán, también se empleó de forma adoctrinadora a los dibujos animados para transmitir un mensaje directo de la boca del Führer.
Pero volvamos a retomar el título de este escrito. Con “Camino del matadero”, trato de explicar, en términos cinematográficos, una sensación de compasión, como espectador, hacia personajes que han supuesto para mí una antes y un después en mi concepción vital. Sí, en efecto. Soy de aquellas personas que sufren de un trauma que no anda tan lejano en nuestra sociedad. Cualquiera podría padecerlo. El síntoma principal es el de extrapolar elementos de ficción cinematográfica a la realidad. “Este caso me recuerda al de una película en la que…” Por ejemplo. Lo peor de todo es ser uno consciente de dirigirse al matadero, ya que en el caso del cine, los actores muchas veces no saben a lo que se atienen. Como en las marionetas de guiñol, en las que los niños advierten al bueno de la historia que el malo va a atacarle por la espalda con una cachiporra.



Una de las películas en las que quizá se rompa esta regla sea en la de Mary Poppins, cuando el padre de los niños se dirige a ser humillado y desposeído de su trabajo por parte de los “crueles banqueros”. Uno de los momentos más emotivos de este filme se encuentra en la forma de reaccionar de este personaje tras sufrir todos estos atropellos. Entiende el sentido de la vida y se pone a cantar “la píldora que os dan” a la vez que se reencuentra con sus hijos y, en general, con lo que verdaderamente importa de la vida.
Otro personaje que constantemente camina hacia el cadalso es el de “Con la muerte en los talones” (“Northby Northwest”). El momento en el que espera en el campo y aparece la avioneta dispuesta a aniquilarlo, es de los que más han calado en el imaginario colectivo.



Hay casos intermedios, como el de “Nosferatu”: cuando el ingenuo protagonista se encamina por las montañas en busca del Conde Orlock, ha desoído las advertencias del pueblo, considerándolo ignorante al creerse cuentos de ese tipo, pero, a medida que se acerca hacia Drácula, el miedo se va apoderando de él. Aun así, se enfrenta a su misión.



Pero quizá sea "Muerte en Venecia" el peor caso de cuantos he citado, con respecto al trato que el destino le ofrece al protagonista. Tanto en la novela de Mann como en el filme de Visconti, Gustav retorna a la Venecia infectada por la peste para reencontrarse con Tadzio, el joven al cual admira.



El caso más universal tal vez se escape a la propia cinematografía. Me estoy refiriendo al “Rey de Reyes” de Nicholas Ray, donde la figura de mártir por excelencia como es la de Jesucristo, encuentra la piedad más peculiar de todas las que hemos podido enunciar: la religiosa.
Sin embargo, “El Resplandor” de Stanley Kubrick anuncia, ya desde el principio del filme, el camino equivocado que el protagonista toma. Mientras el coche avanza por la carretera, se escucha la “Marcha al cadalso” perteneciente a la “Sinfonía fantástica” de Berlioz.
¿Qué tipo de actitud en la vida hace que no nos echemos atrás en determinadas circunstancias que consideramos negativas? Por ejemplo, en “El ángel exterminador” ¿por qué la gente no es capaz de salir de la mansión? Una situación puede perder su contexto cinematográfico para convertirse en algo real. Un ejemplo:

"Estar en casa de un amigo/a. El tiempo pasa y no soy capaz de marcharme de allí. El amigo/a me anima a continuar con él un poco más. Pasa el tiempo y, definitivamente, tengo que quedarme a dormir allí. Esta persona, me transmite buenas y malas vibraciones. Quizá porque aparentemente pueden más las buenas vibraciones (defecto de percepción) e incluso vence la educación, el no querer resultar descortés rechazando un ofrecimiento, acaba por hacerme actuar “no actuando”. El futuro me demuestra que aquella persona iba a acabar siendo apartada de mi vida, en favor de un fururo "más prometedor". Quizá su sombra reaparezca después y vuelva a recaer en ella (retomo el personaje del Doctor Jeckyll en este sentido) pero la situación es distinta y cualquier tipo de influencia formaría ya parte del pasado".

¿Y una situación donde el amor se plantea como ese "no actuar"? Cuando una persona se enamora, muchas veces desconoce a la persona a quien admira. Luego, después, ya es tarde. El amor como pasión cegadora, convierte cualquier razonamiento "lógico" en insuficiente. Solo queda, pues, que la llama de lo inconsciente se apague y resurja la coherencia. Muchas veces, lo que sucede no es más que esto, que no sabemos ser justos con nosotros mismos. Puede que, incluso, sabiendo que estamos actuando en contra de unos intereses de dignidad para con uno mismo, la situación sea todavía más dramática. Sabemos que no estamos escribiendo bien nuestra historia. ¿Alguien sabe adónde queremos ir? ¿Cómo vamos a terminar? ¡Aboguemos también por el misterio del vivir! ¿Y si el problema es que somos demasiado racionales (que no razonables)?
Situaciones reales equiparadas a planteamientos dramáticos de todo punto improbables.

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La Casa Usher


Acuarela sobre papel

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En un país de fábula

>> sábado, 19 de febrero de 2011



Acuarela, lápices de colores y rotulador de punta fina negro sobre papel

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UNA AVENTURA DE UNA NOCHE

>> viernes, 18 de febrero de 2011

Quería tener una aventura de una noche. Por eso, fui al cementerio.
Desde primera hora del día, había estado acudiendo a mi mente una imagen deliciosa de patatas en salsa. Quería probar aquella imagen. Fue o no casualidad que el olor, también imaginado, surgiese desde la realidad a las puertas de aquel cementerio. ¡De verdad olía a patatas en salsa! Coincidía perfectamente con la creación de aquel deseo. Y es que algunas veces, este tipo de anécdotas, suceden de verdad.
Como, por casualidad, llevaba también un saco vacío, pensé que podría meter allí un puñado de huesos si se diera el caso. Yo nunca he tenido vocación de asesino ni de usurpador, pero aquella noche sabía que podría ocurrir algo. Quería tener una aventura, eso era todo.
El olor, que era algo bien cierto, provenía de una olla puesta en mitad del camposanto. Imagino que quien removía el cucharón era el sepulturero. Estaba sentado sobre una lápida, todavía con la ropa de trabajo puesta.
Por lo que a mí respecta, tenía hambre y no iba a permitir que aquel hombre se comiese aquello que había cocinado. De modo que, ni corto ni perezoso, me coloqué el saco sobre mi cuerpo, le hice un par de agujeros para sacar los brazos, e interpreté el papel de “aparecido”.
Aquel buen hombre ni siquiera se inmutó. Como no tenía sentido continuar con la farsa si el truco no surtía efecto, me descubrí ante aquel sabio paciente. Él, entonces, me dijo:
“Cosas de este tipo las veo todos los días. No tengo miedo, puesto que suelen ser ellos los que me lo tienen a mí. Por eso nunca se acercan, tan solo se aparecen.”
El oficio de sepulturero continúa estando mal visto. Este oficio no resulta simpático, y quien conoce a los que se dedican al mismo, tratan de evitar a toda costa el contacto con ellos. Parecen apestados, como los del valle de leprosos de Ben-Hur.
Fue toda una alegría, por parte del enterrador, que yo quisiera sentarme con él a degustar aquel guiso. Yo le reconocí desde el principio mis intenciones. “Lo hice porque lo quería todo para mí”.
También le hablé de mi intención de tener una aventura aquella noche. Él comprendió que la aventura ya había dado suficiente de sí con aquella cena, que “eso sí que no pasaba todos los días.” Después de aquella velada en torno a la olla, le ayudé a terminar un par de trabajos para aquella noche. Después, me despedí de él:
“Buenas noches, maese Cienfuérnigos”, le dije. Así se llamaba aquel hombre.
Al salir del cementerio, casi me pilla un coche y me mata.

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CIEGO DE PRESENTE

>> miércoles, 16 de febrero de 2011

Un montón de arena
En mis manos de grietas
Formaba, con sus granos, hileras
Pujando por escapar de la tierra
Viajando por los surcos hacia fuera

Huyendo con el aire, que la despedía
Quería desaparecer mientras la llevaba
Hacia su olvido, ocultándola confundida
En el anonimato, ahogada en su naturaleza
Quería enterrarla, esconderla, darla sepultura
Porque me había quedado ciego
Heridos de muerte, los ojos, por la polvareda

Víctima del presente, no conozco lo que será futuro
Y el pasado tampoco puedo verlo, preso de párpados
Carcelero muerto sin llave a una cerradura de pestañas
Aliento furtivo que saboreo por miedo a abrir la boca
Es solo el comienzo de un principio que quiso ser origen
Y ahora coletea, preso en su propia línea de salida

¿Qué será del presente en un futuro?
¿Podré ver entonces lo que ahora no veo?
¿Desenterraré con la boca ese nido de hormigas
Amarillas, marrones, húmedas, bajo la hierba?
Ahora ni siquiera noto cuando piso la tierra
Los muertos ya no existen, y los vivos viven ciegos
Hacia un presente continuo que no sabe terminar las cosas
En su propia acción ¿dónde está el sujeto YO del predicado?

Se han cerrado las puertas a los adivinadores
Y otras personas de mal vivir, sin derecho a este mundo
Quizá, por su demasiada inteligencia y su intuición
Amanecieron cadáveres, con las monedas de Caronte
En la lengua de su boca atrevidamente abierta
Siempre, siempre, será del futuro el planeta su esfera desolada
Y ahora, con el cambio de los astros, yo solo veo arena

16 – 2 – 11

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NUEVA DRAMÁTICA

>> lunes, 14 de febrero de 2011

En mi mente surgen cinco personajes, a los cuales he de impregnar de un sentido comunicativo. Ellos son Max, Linda, Nicomedes, Marcela y Segismundo. Se encuentran en una especie de fiesta donde ellos son, todavía, los únicos invitados aparecidos. Entre ellos no se conocen. Tan solo les une la desconfianza.

LINDA: (A Max) Hola, soy Linda. ¿Tú como te llamas?

Max no contesta, se muestra inapetente a todo estímulo exterior.

NICOMEDES: (A Marcela, en tono bajo para evitar ser escuchado por los demás) ¡Qué maleducado! ¿Has visto? ¡No la ha contestado!

En ese momento, SEGISMUNDO se acerca a Nicomedes:

SEGISMUNDO: (A Nicomedes, ofreciéndole su mano) ¿Cómo se llama usted?
NICOMEDES: (Irritado) ¿Y a ti qué coño te importa?

Bien. ¿Qué podemos extraer de esta situación?
Primero: He precisado poner en escrito una ocurrencia que he considerado interesante.
Segundo: Aquella ocurrencia, convertida en pantomima teatral, debería de continuar. Merece tener una vida más larga. Si no ¿qué sentido tendría su reconversión situada sobre un escenario?
De la necesidad de atrapar una idea, se crea una obligación que, de momento, puede vagar en ese líquido amniótico donde se encierran las “posibilidades”. ¿Por qué he de continuar algo? ¿Porque me lo impongo? Supongo que sí. Los retales pueden morir si se dejan olvidados en el costurero. El traje para el que se emplearán debe de ser diseñado.

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Harold Pinter: Arte, Verdad y Política

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El Laocoonte de los tubos

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EL HOMBRE FALSIFICADO

En la comisaría no se hablaba de otra cosa. Todo el mundo conocía al curioso hombre que prestaba declaración. Quizá fuese por su aspecto dieciochesco, por su mal carácter o, simplemente, por tratarse de la única distracción de la que podían disfrutar aquellos trabajadores de la ley. Hartos de procesar papeles para encontrarse día a día nuevos montones de denuncias (y otros casos todavía menos positivos todavía) estaban encantados de tener un "entretenimiento", y rezaban porque aquel conflicto nunca se solucionase y pudieran tener circo más días. Los que piensen en la crueldad implícita de esta forma de pensar deben preguntarse antes si este sentimiento les puede resultar, por un casual, familiar. Seguro que ya ha sido vivido, no deben negarlo. Hacer caso omiso al recuerdo es como desfondar la cubierta de un barco sobre el que se viaja o se ha viajado. Aquel tipo no dejaba de defender el primer argumento con el que allí había llegado (y era lícito, pues resultaba difícil de rebatir).

- Deje de poner trabas al caso. ¿Cree que a mí me hace ilusión ganarme más enemigos? Espero que usted y yo podamos mantener la amistad objetiva de quien solo se conoce por motivos laborales.
- Lamento disentir, querido amigo. Hay quien lleva la burocracia de mejor gana, con deseo de conocer en lugar de legislar a la primera de cambio...
- Usted ha incurrido en un delito y lo sabe.
- Yo he hecho lo que tenía que hacer y punto.
- ¿Fotocopiar un libro con derechos de autor de por medio le parece legal?
- Si el libro ha sido escrito por mí, como es el caso, sí.

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Y Clark Gable habló en castellano

>> jueves, 10 de febrero de 2011


Cartel de la película española de "Drácula" para los Estudios Universal 

Clark Gable habló por la radio en aquella mañana de domingo. Le decía a Scarlatta que lo suyo había terminado, que lo que fuera de ella "le importaba un bledo". Habló claramente en castellano, y esto me preocupa. ¿Quién dobló al señor Gable en la versión española de "Lo que el viento se llevó?". La emisora, anunciaba que un ciclo sobre sus películas sería emitido por televisión (esto resulta paradójico). Por desgracia, no tuvo la suerte de Bela Lugosi. En los estudios de la Universal, tiraron la casa por la ventana y rodaron dos versiones: una americana y otra para exportar a Hispanoamérica (para hacerse una idea de lo aparatoso que resultaron los inicios del doblaje, he aquí el caso de preferir rodar dos veces un mismo film con distintos actores, según el idioma, que rodar uno solo y sonorizarlo después en diferentes lenguas). Pablo Álvarez Rubio, que protagonizó en los albores de la guerra civil, "Carne de fieras” (la primera película española con desnudo si exceptuamos las de corte pornográfico encargadas por Alfonso XIII), hizo el papel del legendario loco que gritaba encarcelado "¡Amo, amo!" -el amo evidentemente era el chupa sangre, encarnado por Carlos Villarías-. ¿Adivinan cual de las dos versiones es considerada por la crítica como la mejor? Después del descubrimiento del cine como tal, de esa captación de la realidad en celuloide- algo que se debía de considerar imposible de conseguir, por cuanto tenía de inimaginable-, el sonido y color eran los siguientes pasos lógicos que debían de llegar. Esta exigencia, por parte del público, de poner voz a las imágenes en movimiento, comenzaba a mostrar su cruda realidad. Grandes iconos cinematográficos llegarían a quedar desnudos ante esa necesidad de hablar. ¿La razón? Quizá una interpretación que exigía algo más que un buen repertorio de gestos mímicos, tal vez una voz desagradable. Grandes talentos patrios (desconozco cómo describiría el público la personalidad de los actores mudos españoles) quedarían relegados al olvido. Así, por ejemplo, Carmen Viance no pudo superar este traumático cambio, mientras que Imperio Argentina, más que aprobar, sacó sobresaliente. Además de una interpretación aceptable, había que sumarle el valor de que por fin se la podía oír cantar- una virtud que mereció, por parte de Jacinto Benavente, su nombre artístico. Así, su nombre real, Magdalena Nile del Río, desapareció para dar lugar a una mezcla de Pastora Imperio con la Argentinita-. Como no, los artistas salvados de la quema fueron exportados.
Hemos de apuntar que no todos deseaban la llegada del sonido. A este grupo de personas, bien podríamos denominarlas como “románticos”. Si bien los primeros intereses por acabar con el cine silente estuvieron en manos de aquellos que comercializaban con el cine (los que, digámoslo así, le llevaron a un circo y le presentaron como “fenómeno parlante”), también es verdad que, de no haber contado con un público, esto no habría sucedido. Montones de películas mudas fueron destruidas porque ya no interesaba proyectarlas. Los “románticos” disfrutaban de la magia del silencio, degustaban esa necesidad de las imágenes por expresar lo que no podían decir.
Rafael Alberti contaba, en un documental para T.V.E titulado “Imágenes perdidas del cine español”, que “el cine sonoro empezó diciéndose muchas imbecilidades para demostrar que se podía hablar en el cine”. Hubo, dentro de la industria incluso, reticencias a dar el paso, optando por “sonorizar los filmes mudos” e incluso seguir rodando sin sonido. Los directores con una visión más cosmopolita, decidieron irse fuera (Francia, Alemania), para poder rodar Films sonoros. Pero fue Hollywood el que se llevó a nuestros talentos, el que llamó a las personas más capacitadas en literatura y cine del mundo hispanoparlante, al necesitar cubrir también este mercado. Los que allí fueron se lo tomaron más como una aventura que como una necesidad o como una forma de supervivencia.

Rafael Alberti en el documental "Imágenes perdidas del cine español"

Los coqueteos concretos con la industria hollywoodiense (a decir verdad, la más capacitada) se vieron personificados en figuras que iban desde la interpretación hasta la literatura (en conclusión, carne de guión o de adaptación): nombres de la otra generación del 27 como Tono o López Rubio fueron algunos de estos ejemplos. Gregorio Martínez Sierra tampoco pudo resistir la “tentación extranjera”. Neville llegó a hacer migas con Chaplin, acabando haciendo de policía en “Luces de ciudad”. Jardiel Poncela realizó sus “Celuloides rancios”, consistentes en poner narración a un puñado de filmes mudos de baja categoría para resignificarlos con su humor tan particular. Todos volvieron con el rabo entre las piernas, desencantados, diciendo: "Los EEUU no son para mí". Parecían deslumbrados por tanta luz de candileja, por tanto rolls royce, tanta palmera y tanto chalecito. Se sentían como auténticos forasteros. Todo aquello les superó y solo algunos se quedaron. Otros, regresaron, como Helena D´Algy, presumiendo de haber protagonizado una película con Valentino. Como quien sale de una aldea para llegar a una ciudad, esta podría ser una comparación bastante ilustrativa para dar una idea de lo que sucedió. Después, la guerra, y gente como Luis Quintanilla, encontró en Estados Unidos su segunda casa tras el exilio. Siendo el pintor de corte en el gobierno republicano (y que se me perdone de nuevo la contradicción), sus pinceles se reencarnaron en esta nueva vida y retrataron a amigos como Steinbeck e incluso Ernest Hemingway y Gary Cooper (un tándem de literatura y cine para "¿Por quién doblan las campanas?", historia sobre la Guerra Civil española. ¿Casualidad?



Gary Cooper y Ernest Hemingway retratados por el pintor español Luis Quintanilla


Si es cierto que ha habido casos insólitos como el del ya citado Cooper hablando (Dios sabe de qué) con Ortega y Gasset.

José Ortega y Gasset con Gary Cooper

Incluso el aclamado Abel Gance (consagrado por su film sobre Napoleón) llegó a tratar de realizar una película sobre Manolete. No obstante, Clark Gable nunca luchó como republicano en la guerra civil española (al contrario que Humphrey Bogart, Ernest Hemingway o Errol Flynn). Su caso solo tuvo que ver con la Guerra de Secesión. Ahora, quieren recordar a Clark Gable por la radio homenajeándole con la voz de quien lo dobló. Este no es Gable, pero los españoles siempre asociarán esa voz con él. Lo mismo si escuchamos la voz original de Woody Allen, que nos resultará insípida comparada con la de su doblador Joan Pera.

No nos alarmemos, pero toda una generación de españoles no sabe cómo interpretó verdaderamente Clark Gable (esto va dirigido concretamente a los críticos que juzgan a actores extranjeros oyéndoles con una voz que no les corresponde por aquella costumbre de ver los films doblados- una herencia evidentemente cultural). España ha poseído siempre una cantera de grandes dobladores, y esto es debido precisamente a esta pereza nuestra por aprender otros idiomas. Si bien poco a poco se ha ido corrigiendo esta cuestión (hace unos cuantos años que existen salas de proyección en versión original con subtítulos), aún nos queda mucho que aprender de otros países extranjeros cuyo bilingüismo es patente en sus habitantes ya desde su más tierna infancia.
Otro aspecto de los filmes de antaño españoles, es el del doblaje a posteriori. Muchos de nuestros actores fueron excelentes dobladores, aprendiendo el oficio al tener que doblarse a sí mismo en sus películas. Son los casos de Jesús Puente, Alfredo Landa o José María Prada. Estos dos últimos, por ejemplo, aparecen en el filme de Berlanga “El verdugo” curiosamente doblados por otros. Prada, no obstante, dobló la voz del protagonista, Nino Manfredi. Hay una escena casi al final de la película en la que ambos coinciden en una escena. Es extraño oír a Nino Manfredi hablar con la voz de José María Prada y al propio Prada hablar con la voz de otro señor al que no conocemos. En las primeras películas de Berlanga encontramos aún más casos: En “Los Jueves milagro”, José Luis López Vázquez es doblado por otro, al igual que Luis Ciges en “Plácido”. Así, actores de esta talla y con una voz tan reconocible y particular, se presentan ante nosotros en la pantalla como desconocidos en un cincuenta por ciento.

Escena de "El verdugo" de Berlanga. Nino Manfredi (segundo izda) es doblado por José María Prada (tercero izda)... ¿Pero quién dobla a Prada? 

Errores de criterio todavía más sangrantes son los de los doblajes españoles para los filmes de Kubrick. Concretamente, en “El resplandor”, no queda títere con cabeza (ni con voz decente). El propio cineasta se encargó en dar el visto bueno a las personas elegidas para este cometido, entre las que podemos destacar a Verónica Forqué dando voz a Shelley Duvall. Pocos saben que fue López Vázquez la voz en la narración de “Barry Lyndon”.
En la actualidad, muchos de nuestros actores que han logrado cruzar el charco han intentado doblarse a sí mismo cuando las cintas son dobladas al castellano, y muchos han fracasado en el intento. Esto nos enseña una lección importante, con la que concluyo: No todos los actores pueden ser dobladores, aunque sí se debe exigir que todo doblador deba contar con ciertas tablas dramáticas.


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COPYRIGHT

>> martes, 8 de febrero de 2011

¡Cuántas veces hemos elogiado o criticado obras olvidando el copyright! Sin tener en cuenta los derechos de autor de una novela, solo podemos sentirnos partícipes de ella como sintiéndonos protagonistas de una película de Bresson: ¿Sabemos en qué escenario nos movemos? Ejemplos claros: películas de ciencia ficción con trasfondo filosófico (es decir, con pretensiones más allá de las de entretenimiento): "Blade Runner", "Solaris", "2001, una odisea en el espacio". ¿Cómo podemos hablar de Ridley Scott sin cintar a Philip K. Dick, por ejemplo? El cineasta, en la tarea en la que se encuentra especializado, sabe transmitir en imágenes un texto y, con ello, proponer su propia versión del mismo. Encontramos aquí la suma de dos creadores. Si, a esto, sumamos la composición de una banda sonora, entrarían entonces en juego tres. Si, por ejemplo, el compositor compone explícitamente para una pieza (Prokofiev para Eisenstein) o el escritor escribe un guión para un filme (llegando a adaptar su propia literatura, póngase el caso de Juan Marsé en tantas fallidas películas)la situación se estructura de forma inversa. En el caso musical, una banda sonora construida para ilustrar las imágenes de una película, puede llegar a resultarnos menos redonda si es extraída- como objeto de culto- fuera de la pantalla (así, por ejemplo, "La Misión" de Morricone). Si la pieza, por el contrario, es tomada como objeto de culto por parte de un director para ilustrar un filme (no hay cosa más práctica que inspirarse en una composición ya construida) encontraríamos el caso de las "Atmósferas" de Liguetti para Kubrick. Entre los compositores, ese copyright ha existido claramente en ejemplos como Beethoven: el comienzo de su Novena Sinfonía ha sido motivo de inspiración para Wagner ("El Anillo del Nibelungo"), Strauss ("Así habló Zaratustra") o Mahler (1ª Sinfonía "Titán") a la hora de poner un comienzo a dichas obras. Algo tan sencillo de desarrollar como partir del vacío para construir una imagen, un sonido. Así nos cuenta Beethoven en los primeros compases su idea de "Creación".La "Coral" es un ejemplo vivo de inspiración constante.
Ciertamente, tanto el concepto de “Copyright” como el de “Creatividad” pueden ir de la mano. De hecho, el mundo no sería mundo si no tuviera la capacidad crítica de auto-revisarse cada cierto tiempo. La inspiración está muchas veces ahí delante. Salta, muchas veces, cuando el creador, momentos antes de ponerse a la tarea, escucha una canción, lee un libro, descubre una obra de teatro o participa del estreno de un film inédito. Por decirlo de alguna manera, la historia se construye de pequeñas piezas capaces de causar admiración e incluso rechazo (de estas dos formas puede encenderse la bombilla). ¿Qué le sucedió a García Márquez? Había comenzado a escribir un relato pero la falta de inspiración le llevó a dejarlo inconcluso durante mucho tiempo. Fue con la lectura de “Pedro Páramo” de Juan Rulfo con la que retomó el manuscrito, guardado en un cajón, y lo concluyó, titulándolo “Cien años de soledad”.
Por otro lado, hay que tener en cuenta, dentro de esa auto-crítica, a la revisión como método de actualización. En el caso de las obras de Shakespeare ¿quién le iba a decir que acabaría siendo contextualizado en los filmes de Kurosawa? Nos encontramos, pues, con un creador de calidad que ha optado por intervenir sobre la obra de un autor universal (en el sentido de que nunca ha pasado de moda). ¿Pero qué pasaría si al tratar de “renovar” una obra se obtuviesen resultados dudosos? (y no doy nombres concretos porque, ante todo, soy un caballero). Si hay en ello un afán de mejora, porque la obra no ha sabido perdurar en el tiempo o, simplemente, aparenta un resultado manifiestamente mejorable, el trabajo creador a posteriori resulta loable. Por ejemplo, en el caso del remake de “La Huella” de Joseph L. Manckievicz, el dramaturgo y Nobel Harold Pinter supo convertir una pieza sin pretensiones (más allá del puro entretenimiento) en una historia que apostó, cuanto menos, por un contenido “interesante”. Hablamos, por cierto, de un director como Branagh, que supo dar continuación al cine Shakesperiano de Sir Laurence Olivier.
Pero, si por el contrario, esa creación no requiere de mejora, e incluso, resulte difícil de igualar, el mejorador la mejore, mal visto será. La gente dirá aquello tan directo de: “¿Pero quién se cree que es?” Luego: “Que se preocupe de sus cosas, que bastante tiene con ellas”.
Hace unos años, se pudieron ver diferentes puestas en escena para óperas de Wagner un tanto desconcertantes. La creación contemporánea se ha vuelto, en muchas ocasiones, cómica en su afán desmitificador. Poner a Tristán e Isolda como dos niños de escuela enamorados o a los mismos peregrinos de Tanhäuser montando en bicicleta es, cuando menos, desconcertante. Luego, tenemos a compositores que se atreven a “modificar” obras desde la misma partitura, por ejemplo, el “Turandot” de Puccini (y sigo sin querer dar nombres, pero no creo que sea difícil dar con ellos para quien esté un poco puesto en el tema).
Volviendo a la Sinfonía “Coral” de Beethoven: esto sería, más o menos, el ejemplo más feliz de cuantos haya podido poner en estas últimas líneas. Los compositores ya citados, trabajaron en sus propios proyectos inspirados a partir de esta obra, que representa- en este caso- esa musa que tanto se ha pintado acompañando al artista: bella, joven, casi mística.

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ESPEJISMO

>> lunes, 7 de febrero de 2011

Sin saber por qué, andaba. Cruzaba ahora una avenida. El sol desplegaba sus rayos con ayuda del viento, impregnando de un aire cálido a la atmósfera vespertina. la tierra, en su grano más fino -casi como polvo- cubría, amparada por aquel vendaval que aparentaba corriente, a todas las cosas existentes. Ninguna se libraba de lucir una capa blanca que aparentaba tenerlas en salazón. "Calle de Pedro Páramo". ¿Adónde fue todo el mundo? Quizá pasó por aquí una guerra devastadora, capaz de hacer ruina hasta de lo más inmundo. La suciedad parecía haber sido también saqueada, desposeída de su sentido. Ahora solo era polvo blanco que anulaba a todo bicho viviente sobre el que se posaba.
Completamente incoloro, el hombre blanqueado había olvidado cerrar su boca, que ahora se encontraba seca por el clima. Su lengua parecía de trapo. No le importaba porque había olvidado usarla. Por no saber, no sabía ni quién era, y esto le imposibilitaba actuar en consecuencia consigo mismo. Sabía que estaba vivo, que debía de hacer algo, pero no sabía el qué. No podía estarse de brazos cruzados porque siempre había odiado el aburrimiento. Ya encontraría el motivo de su camino. Ahora, simplemente caminaba, por no estarse quieto.
Buscó en sus bolsillos, por si pudiesen habitar algo que contuviese agua. Realmente, el tipo de líquido le daba igual. Solo quería hacer desaparecer tanto polvo, camuflarlo con la humedad, aunque luego tornase en barro. Lo único que encontró fue su cartera. La abrió. Era de cuero, y esto le producía mayor sensación de sed. En su interior, había una serie de compartimentos donde, ordenadas, había guardado algunas posesiones. Y digo algunas, porque faltaba la más importante: el documento de identidad.

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PROYECTO "ME GUSTA"

>> viernes, 4 de febrero de 2011



Continúa abierta la página para los que queráis seguir participando enviándonos recomendaciones musicales.
Para ello, tendréis que enviar un correo a proyectomegusta@gmail.com con los siguientes datos:
- Vuestra edad
- Estudios o profesión
- La canción que habéis elegido
- Una descripción de por qué os gusta esa canción

Nos encontramos en pleno proceso de remodelación de la página. Ante el número de peticiones que nos habéis enviado, hemos tenido que actualizar la página añadiendo un nuevo panel en el que situar las nuevas canciones.
Para quien tan solo desee disfrutar de la música ofrecida en la página, solo tiene que pulsar sobre el vinilo que le interese escuchar.

Grupo "ME GUSTA"
Clase: Proyectos II
Profesora: Lila Insúa Lintridis
Integrantes: Cristina Gómez villacampa, Javier Villalba Ramos y Javier Mateo Hidalgo

http://www.me-gusta.webcindario.com/

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Despertador (cómic)

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Lupita Tovar

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BARBAFALSA

>> miércoles, 2 de febrero de 2011

¿Quién era Barbafalsa? Muchas historias se contaron sobre él, y ninguna cierta. Yo sé la verdad. ¿Qué por qué? Pues, para empezar, porque yo he inventado a este personaje. Lo segundo, porque necesito ganarme cierta credibilidad como narrador,. Y, lo tercero, porque si no lo cuento yo ¿quién lo va a contar? Bueno, allá voy: Barbafalsa fue un viejo lobo de mar al que, por un error genético, nunca le creció la barba. Para no quedar en ridículo ante sus compañeros, se confeccionó una bonita barba del color de la de Barbarroja. Barbafalsa era un tipo acomplejado, por lo que se puede apreciar. Otra de sus carencias era la de andar con normalidad, por lo que inventó la historia de tener que cargar siempre con un saco para justificar aquella forma de marcar tan mal el paso. Luego, como no lograba pronunciar correctamente, se acostumbró a fumar en pipa para tener algo siempre en la boca que excusase su voz tan extraña. Así, Barbafalsa, ya retirado, se pasaba las horas en la taberna dejando a hablar a otros para no quedar en evidencia, sentado para no tener que desplazarse y con las manos sobre el mentón por el miedo a que la goma de la falsa barba se soltase y se descubriera la tercera mentira. Era, en realidad, un hombre sin oficio ni beneficio, criticando a los demás por verles todo el día perdiendo el tiempo en aquel lugar donde él también perdía el tiempo miserablemente. Barbafalsa nunca se echó a la mar aunque se dejaba ver en el puerto, ya desde muy joven, dejando que el salitre del aire le carcomiera por dentro. Luego, cuando la gente comenzó a reírse de sus andares, dejó de vérsele por allí. Pensó seriamente en aparentar llevar una pata de palo, pero luego pensó que aquello, unido a lo del saco, podía convertir su vida diaria en algo insoportable. De esta forma, eligió la taberna como el lugar donde ahogar las penas y los complejos. Un día, llegó a aquel lugar un viejo amigo de colegio, al cual le creció la barba a temprana edad, conquistó corazones con su elegante forma de moverse por entre los grupos de jovencitas y se ganó el aplauso de mucha gente por su bella forma de recitar la “Canción del pirata” de Espronceda. No es necesario decir que Barbafalsa le odiaba desde que dejó de compartir pupitre con él. “¡Menudo idiota! ¡Él, que de inseguro que era se aprendía de memoria lo que iba a decir al día siguiente al salir de casa!” Lo cierto es que más de algún beso se ganó por recitar aquellos guiones tan románticos ante muchachitas deseosas de ser recitadas. ¡Ah, se me olvidaba! Este gran hombre se llamaba Jack.
Por si no fuera poco, Jack se acercó hasta la mesa de Barbafalsa para saludarle. ¡Qué horror! ¡Ahora sería el centro de atención de todo el mundo! El bueno de Jack había tenido la deferencia de saludar, antes que nadie, a su amigo de la infancia. Era fácil reconocerle tras aquella barba sintética. Claro, esto no podía ser visto con buenos ojos por él: “Vendrá a restregarme lo bueno que es y lo malo que soy yo”.

- ¡Filstrup Robson! ¡A mis brazos!- gritó Jack “Pico de oro”.

Uno de los allí concurrentes, trató de hacer entrar a razón a Jack.

- ¡Déjale! ¡Es un ermitaño! Le dejamos estar aquí porque nos da pena… ¡Mira a la bella Gladys, como te espera con su mandolina para cantarte “El risco horadado”!

Señaló a una guapa joven que sonreía con el brillo de un diamante. Jack, sin embargo, no estaba para cánticos, así que no cejó en su encuentro con Filstrup Robson “Barbafalsa”.

- ¿Es que no saludas a los viejos conocidos?

Barbafalsa no era maleducado. Simplemente no quería dirigirle la palabra.
La bella Gladys comenzó a cantar con una voz transparente y llena de fuerza, como una ola bravía. Jack, entonces, puso sobre la mesa de Barbafalsa un papel donde, sobre el resto del texto, se leía: “Pagado”.

- He pagado la deuda que habías contraído con el Banco de “Goody & Son”. Ya no tendrás que irte de tu casa. Vuelves a ser dueño de todos tus bienes.

Barbafalsa, entonces, se levantó enfurecido, mandándolo todo al traste.

- ¡Effgtúffido! ¿Quién te fges ge edez para fagad do gue no ed tuyo? ¡Ahoda todof de quieden pod du obga de gadidád…!

Había hablado, la barba se le había caído y ahora cojeaba como un condenado. Todos se quedaron mirándole admirados. Le había faltado un trabuco para terminar de redondear la brabuconada.¡Había dejado atrás sus complejos para poner en su sitio a ese soplagaitas de Jack Piswood! Al parecer todos odiaban a ese joven afortunado. Barbafalsa no daba crédito.

- ¡Fandilla de hibógritas! ¡Me habíais denido engañado dodo ed diempo!

Jack lloraba como un bebé al que se le ha negado la teta de la madre. Entonces Barbafalsa le arropó entre sus brazos y lo sacó de allí al grito de: “¡De habéid hecho llodad!”

Entonces, La bella Gladys, ante el nutrido grupo de gente, gritó: “¡Hombres!”

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UNA HISTORIA PARA JOAQUÍN

Joaquín esperaba con su mujer Maruja, en el andén, la llegada del tren. El marcador ponía, en letras bien claras sobre sus cabezas, que les quedaban siete minutos todavía allí, en pie, mirando a la nada, sin ganas de iniciar conversación alguna. Joaquín era de esas personas que tenía la rara de habilidad de romper el hielo con una estupidez sin sentido y, luego, acabar otorgándola un significado casi metafísico. La mujer, cansada de escuchar lecciones de boca de su marido, ni siquiera le daba ya la réplica, y esto era lo peor que podía no hacerse, pues ese silencio le daba cuerda a aquel aspirante a político, experto en peroratas donde mucho se hablaba y poco se decía. En aquel día, quiso comenzar Joaquín así:
“¿Te has dado cuenta, Maruchi, de lo peculiar de este tipo de esperas? "Tiempo muerto", así se las puede llamar. ¡La cantidad de tiempo que tiramos a la basura durante el día! En este caso, yo me eximo de toda responsabilidad, pues no soy el culpable del derroche de tiempo, sino el marcador que indica lo que tienes que esperar. Cuando uno llega aquí, no puede calcular lo que queda para que llegue el tren. Es esclavo de las pantallas digitales, ha de resignarse a ello. Si, del mismo modo, sustituimos la pantalla por una persona de carne y hueso a la que esperamos y esta se retrasa, volvemos a delegar la pérdida de tiempo en "otro". He de añadir, en este caso, que al faltar el tiempo estimado de llegada de la persona, la espera puede resultar más farragosa (aquí entra el elemento de incertidumbre). Ahora bien: si uno es un perfeccionista y llega pronto a todas las citas, esto sí puede considerarse culpa de uno mismo. Los segundos pesan más en la espera. ¡Mucho más!…”
Bien, pues todo esto finalmente no lo dijo. Sabía que era un parlanchín, sobre todo por el tiempo que pasaba callado en silencio, dentro de casa, que tenía que recuperar en una situación de este tipo. ¿Qué hacía su mujer tanto tiempo fuera de casa? ¡Evidentemente, no tener que aguantarle! Cuando no quedaba más remedio, aparecía para comer, ver su programa favorito de la tele e irse a la cama. Por lo demás, pisar la casa, lo justo.
Yendo por uno de los pasillos del subterráneo, se había entretenido con una chica guitarrista que tocaba con un cartel que decía: “Si le gusta, pague por mis notas. Si no, pague también para que, con el dinero recaudado, pueda seguir mejorando asistiendo a clases de instrumento”. Se había puesto a hablar con ella como si la conociera de toda la vida, de tú a tú, y le había pedido que tocase una canción de después de la guerra que hablaba de una caravana. Por suerte, o por desgracia, la conocía y la tocó. Después, le echó en el estuche de la guitarra unas monedas y le volvió a pedir que tocase, esta vez una marcha triunfal, mientras se alejaba él con su mujer. Esta pobre mártir de nombre Maruja- María o Maruchi, según se prefiera- ahora iba a poder tener una oportunidad para pasárselo bien de verdad. Una vez llegó el expreso retardado, se sentaron en los primeros asientos que vieron libres. Bueno, en realidad había uno solo, pero un joven extranjero le ofreció su lugar a la mujer, que pensó para sus adentros: “¿Me habré hecho ya vieja que me ofrecen asiento?” Esto era una ventaja y un fastidio por otra parte, como se puede comprobar. Hay personas que cumplen un año que vale por quince. Aparentar más edad de la que realmente se tiene. En este caso, no había apariencia posible. Los años eran fieles a las arrugas.
El extranjero dijo en voz alta las paradas que quedaban para llegar a su destino, casualmente el mismo que el del matrimonio: “Quedan diez paradas para Guzman The Good Man” (Guzmán El Bueno, se entiende).
Justo cinco paradas antes de este nuevo esperado momento (después del de la llegada del tren a la estación tras aquellos siete minutos interminables), entraron en escena un grupo de cinco jovencitos pasados de copas. Sin sentarse, se pusieron a cantar, en corro, en el pasillo de los asientos, el “Cumpleaños Feliz” (esa conocida canción de autor desconocido, creo). Joaquín comenzó a ponerse nervioso por la presencia de los jóvenes.

- Maruchi, querida… Vámonos de aquí…
- ¿Por qué tonto?- Ella comenzaba a alegrarse de ver a su marido como un flan.
- No me gustan aquellos jóvenes…
- Pero bueno ¿qué hay de malo en ello? ¿Están cantando el “Cumpleaños feliz”. ¿Tú cuándo has visto a alguien cantando eso con una navaja en la mano?
- No me gusta verles tan contentos. En una situación normal, no cantarían eso…
- Pero ¿por qué?
- Pues… Por el sentido del ridículo ¿no?
- Joaquín, cariño… Tranquilízate.

Uno de aquellos chavales se fue acercando hacia la pareja de ancianos dispuesto a hacerles participar de su fiesta. Les debió caer simpáticos. Todavía no se había desprendido del inglés del “Happy Birthday”:

- Vamos, “follou mi” amigos, “follou mi”…

El anciano le señaló con un dedo a modo de advertencia:

- Joven, un respeto a un anciano…

Maruchi añadió divertida:

- Pero Joaquín ¿dónde está ahora tu espíritu de hermandad?

Pero él ya no estaba para bromas:

- ¡Que me dejes, mujer! Si tú no te levantas, lo hago yo…

Y así fue. El tren se detuvo en la nueva parada y Joaquín salió corriendo como un poseso. El grupo de jóvenes le siguió por todo el andén. Gritaban en tropa: “¡Joaquín, no nos dejes! ¡Cuando un amigo se va, algo se muere en el alma…!”

María siguió sentada hasta que el tren llegó a “Guzmán El Bueno”. Pensó que aquella aventura le vendría bien a su marido e hizo como si hubiese salido sola de casa. Se compró la última novela de Ana María Matute en “La casa del libro”, se fue a un café a tomar tortitas con sirope de fresa y estuvo en el cine viendo una película escogida al azar. Cuando volvió a casa, el marido no estaba allí. Seguía sin aparecer. Alarmada, llamó a su móvil, sin éxito. Se resistía a aprender a manejarlo. Eso sí, no se sabía cómo había conseguido bajarse como politono preferido su canción favorita. Así, el “Suspiros de España” sonó y sonó, sin que nadie lo interrumpiese descolgando al otro lado.
De Joaquín no se volvió a saber nada. Un conocido dijo haberle creído ver en un local de fiesta tocando con vestido cubano, pintado de negro y con dos maracas como instrumento, marcándole el ritmo a una especie de Carmen Miranda pelirroja. Él y otros cinco falsos hombres de raza negra actuaban todos los días en un espectáculo titulado “Tropicana”.

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CARTA ABIERTA A ALBERT BOADELLA (AMADEU)


Estimado señor Boadella. Le escribo esta carta en calidad de admirador (antes, incluso, que de espectador). Estuve este martes viendo su nueva obra “Amadeu” en el teatro del Canal. En ella me fueron aplicados dos verbos como sujeto paciente- que no pasivo-: “disfrutar” y “aprender”, que, creo, es lo mínimo que se le puede pedir a una obra de carácter cultural. Si bien en esta etapa contemporánea (que amenaza con seguir dilatándose) se le da más importancia al segundo de los verbos, creo que sus obras poseen una coherencia interna que las sitúa perfectamente entre estas otras que sirven de exponente en el panorama teatral actual. Ha sido siempre un renovador desde el punto de vista polémico, pues ha logrado remover siempre a cada espectador desde su butaca. Si bien cada vez los aires de renovación llegan antes al panorama artístico, no debe por ello sentirse “fuera de órbita”. Yo mismo, contando la simpática edad de los dos patitos, me siento con mis planteamientos estéticos cada vez más como una reliquia en el tiempo, que ha decidido bajarse del tren para descansar largo y tendido. ¿El motivo?: Me sentía mareado ante la frenética marcha del viaje.
Corríjame si me equivoco, pero creo que en sus creaciones hay siempre una evidente caricatura de una sociedad que, también, amenaza con caducar a todo lo que, pasado un tiempo, habló de ella. Por otra parte, el ser humano ha poseído siempre un sentimiento propio común a todos los momentos de la historia, que lo define, con sus pros y sus contras, con sus grandezas y mezquindades. En esto radica el éxito de su trabajo (y por ello se ha ganado siempre el olvido de quienes carecen de sentido del humor porque no son capaces de conocer la vida en su profundidad. Estos son, en verdad, los aniquilados, los trasnochados, los que entorpecen esa mirada tan inteligente y aguda propia de un conocimiento real y verdadero de la vida. Siempre he visto en usted a un antihéroe, una persona que se ha cansado de ver la vida “como a tantos le interesa que sea vista” y ha promulgado a los cuatro vientos lo que se esconde tras todo este teatro. Para mí, representa lo que puede considerarse un “Contemporáneo con derecho a la Posteridad”.
En su obra, quizá por el cebo de “Amadeo Vives”, acudieron personas de edad considerable. Digamos que podría decirse, sin ánimo de ofender, que las butacas se encontraban ocupadas por “la Quinta de Prim”. No obstante, la obra en sí fue acogida calurosamente, si lo que se quería ver allí era una simple antología de este grande de la Zarzuela. Conociendo lo que supone el nombre “Albert Boadella”, evidentemente había algo más que un simple homenaje a una figura en gran parte olvidada por esta “Quinta del Sordo” (y digo “sordo” en el sentido de dar la espalda a un tiempo anterior, a desconocer la historia musical y más concretamente, la historia musical de un país. Así reza, en el programa de mano, la noticia del periódico “la vanguardia” con fecha de 2005: “Los restos del compositor Amadeo Vives pueden acabar en la fosa común”. ¿Qué ha pasado en Cataluña? ¿Tan mal está la política actual que han acabado también por hacer “oídos necios” a quien ha representado un símbolo de su cultura musical? ¿Qué ha sido de aquel que promovió la creación del Palau de la Música? (hoy día, cubierto por el negro manto de la corrupción). Amadeo Vives, defensor de una cultura, de una identidad catalana, pudo haber dado con sus huesos en el mismo destino de Mozart porque hoy nadie quiere hacerse cargo de su sepultura. ¿En qué se gastan el dinero los políticos? Y, lo que más me preocupa ¿Son conscientes de la imagen que pueden estar dando del lugar que representan? Ante todo este maremágnum de alarmantes preguntas, lo mejor que uno puede hacer es acabar resignándose por adoptar la postura del personaje de Jordi, el cual, decide eliminar toda la trascendencia del asunto y exiliarse interiormente, valorando lo que realmente importa de todo aquello: la figura del compositor y sus creaciones, que finalmente descontextualizado por toda una caterva de políticos anticulturales ha perdido todo su sentido en una sociedad cada vez más desmemoriada. Haciendo oposiciones para lograr un alzheimer voluntario, diría yo. Con “Amadeu” no solo se conoce la vida de un artista de su tiempo, si no que además se conoce ese tiempo. Los actores, antecediendo a la orquesta, aparecen sublimes en sus papeles. Boadella, que no se casa con nadie, da a cada uno lo que le corresponde, empezando por los “escritores de la historia o biógrafos”, que se encargan de distorsionar más o menos los hechos en virtud de las exigencias de una época. Así, por ejemplo, Vives tuvo que convivir con la hipocresía del final del XIX y principio del XX, teniendo que compaginar la composición de obras religiosas con otras destinadas a fines denominados “amorales” en el momento. La humanidad del personaje radica en su personificación como personaje “de ficción” más. Jordi, periodista catalán, tiene que escribir un artículo para el periódico donde trabaja, sobre Amadeo Vives. La cuestión no es lo que pueda contar de vida y milagros del autor. Esto parece que no interesa a nadie, empezando por su jefe (quien le encarga el artículo). Lo que importa es emplear a este sujeto, hasta ahora desaparecido en el panorama cultural, para emplearlo como arma arrojadiza con intereses políticos. Por ello, Vives fue encumbrado por su tierra con sus primeras composiciones de carácter autóctono, y después rechazado al abandonar el lugar para prosperar en la capital, en Madrid. Como bien cuenta Boadella, ese sentimiento hacia la patria del que hacía gala Amadeu, no era sino el germen necesario para esa “nacionalización de sentimientos” que fácilmente desemboca en guerras por banderas (esa bandera parodiada con la teta al aire de “La Libertad guiando al pueblo”) y crispación entre los hombres. Se manipulan perversamente esos sentimientos hacia una tierra para tornarlos en odio hacia quien se aleje de esa “raza”, auto-convencida artificialmente de “superior”. Así, todos podemos acabar defendiéndonos a nosotros mismos, barriendo para casa, cuando lo que realmente debe conseguirse es esa “hermanación”, ese “todos deberíamos ser iguales- cada uno con nuestras características, eso sí-.” Esta admiración por lo previamente rechazado, es lo que define al personaje del investigador de Amadeu. En un principio, tacha a este autor con calificativos surrealistas como “Bicentenario”, definiendo la época a la que perteneció con valores negativos. Poco a poco, entrando en intimidad con ese “fantasma” que se le presenta como inspiración (no sabemos si como consecuencia de los porros que se fuma) para la realización de su trabajo, va estrechando lazos, llegando al kit de la cuestión. “Empatizando” con aquel por el que se esfuerza en conocer. En el baile final con él, haciendo oídos sordos a esa política absurda que, desgraciadamente, gobierna a nuestro país, se decanta por ese anacronismo en el que debería de situarse uno para poder comprender mejor las cosas. Esa distanciación, en la cual se deja atrás todo tipo de prejuicio, parece inalcanzable, imposible. Pero, ciertamente, representa el sentimiento de muchas personas (entre ellas, un servidor) que luchan por abrir los ojos a un público adormecido en la demagogia actual, que gusta de enredar y tergiversar las cosas. Parece mentira, en una época en la que sobra la información, somos nosotros mismos los que nos negamos a ser informados correctamente.
Por todo ello ¡Bravo, Boadella!

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