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BARBAFALSA

>> miércoles, 2 de febrero de 2011

¿Quién era Barbafalsa? Muchas historias se contaron sobre él, y ninguna cierta. Yo sé la verdad. ¿Qué por qué? Pues, para empezar, porque yo he inventado a este personaje. Lo segundo, porque necesito ganarme cierta credibilidad como narrador,. Y, lo tercero, porque si no lo cuento yo ¿quién lo va a contar? Bueno, allá voy: Barbafalsa fue un viejo lobo de mar al que, por un error genético, nunca le creció la barba. Para no quedar en ridículo ante sus compañeros, se confeccionó una bonita barba del color de la de Barbarroja. Barbafalsa era un tipo acomplejado, por lo que se puede apreciar. Otra de sus carencias era la de andar con normalidad, por lo que inventó la historia de tener que cargar siempre con un saco para justificar aquella forma de marcar tan mal el paso. Luego, como no lograba pronunciar correctamente, se acostumbró a fumar en pipa para tener algo siempre en la boca que excusase su voz tan extraña. Así, Barbafalsa, ya retirado, se pasaba las horas en la taberna dejando a hablar a otros para no quedar en evidencia, sentado para no tener que desplazarse y con las manos sobre el mentón por el miedo a que la goma de la falsa barba se soltase y se descubriera la tercera mentira. Era, en realidad, un hombre sin oficio ni beneficio, criticando a los demás por verles todo el día perdiendo el tiempo en aquel lugar donde él también perdía el tiempo miserablemente. Barbafalsa nunca se echó a la mar aunque se dejaba ver en el puerto, ya desde muy joven, dejando que el salitre del aire le carcomiera por dentro. Luego, cuando la gente comenzó a reírse de sus andares, dejó de vérsele por allí. Pensó seriamente en aparentar llevar una pata de palo, pero luego pensó que aquello, unido a lo del saco, podía convertir su vida diaria en algo insoportable. De esta forma, eligió la taberna como el lugar donde ahogar las penas y los complejos. Un día, llegó a aquel lugar un viejo amigo de colegio, al cual le creció la barba a temprana edad, conquistó corazones con su elegante forma de moverse por entre los grupos de jovencitas y se ganó el aplauso de mucha gente por su bella forma de recitar la “Canción del pirata” de Espronceda. No es necesario decir que Barbafalsa le odiaba desde que dejó de compartir pupitre con él. “¡Menudo idiota! ¡Él, que de inseguro que era se aprendía de memoria lo que iba a decir al día siguiente al salir de casa!” Lo cierto es que más de algún beso se ganó por recitar aquellos guiones tan románticos ante muchachitas deseosas de ser recitadas. ¡Ah, se me olvidaba! Este gran hombre se llamaba Jack.
Por si no fuera poco, Jack se acercó hasta la mesa de Barbafalsa para saludarle. ¡Qué horror! ¡Ahora sería el centro de atención de todo el mundo! El bueno de Jack había tenido la deferencia de saludar, antes que nadie, a su amigo de la infancia. Era fácil reconocerle tras aquella barba sintética. Claro, esto no podía ser visto con buenos ojos por él: “Vendrá a restregarme lo bueno que es y lo malo que soy yo”.

- ¡Filstrup Robson! ¡A mis brazos!- gritó Jack “Pico de oro”.

Uno de los allí concurrentes, trató de hacer entrar a razón a Jack.

- ¡Déjale! ¡Es un ermitaño! Le dejamos estar aquí porque nos da pena… ¡Mira a la bella Gladys, como te espera con su mandolina para cantarte “El risco horadado”!

Señaló a una guapa joven que sonreía con el brillo de un diamante. Jack, sin embargo, no estaba para cánticos, así que no cejó en su encuentro con Filstrup Robson “Barbafalsa”.

- ¿Es que no saludas a los viejos conocidos?

Barbafalsa no era maleducado. Simplemente no quería dirigirle la palabra.
La bella Gladys comenzó a cantar con una voz transparente y llena de fuerza, como una ola bravía. Jack, entonces, puso sobre la mesa de Barbafalsa un papel donde, sobre el resto del texto, se leía: “Pagado”.

- He pagado la deuda que habías contraído con el Banco de “Goody & Son”. Ya no tendrás que irte de tu casa. Vuelves a ser dueño de todos tus bienes.

Barbafalsa, entonces, se levantó enfurecido, mandándolo todo al traste.

- ¡Effgtúffido! ¿Quién te fges ge edez para fagad do gue no ed tuyo? ¡Ahoda todof de quieden pod du obga de gadidád…!

Había hablado, la barba se le había caído y ahora cojeaba como un condenado. Todos se quedaron mirándole admirados. Le había faltado un trabuco para terminar de redondear la brabuconada.¡Había dejado atrás sus complejos para poner en su sitio a ese soplagaitas de Jack Piswood! Al parecer todos odiaban a ese joven afortunado. Barbafalsa no daba crédito.

- ¡Fandilla de hibógritas! ¡Me habíais denido engañado dodo ed diempo!

Jack lloraba como un bebé al que se le ha negado la teta de la madre. Entonces Barbafalsa le arropó entre sus brazos y lo sacó de allí al grito de: “¡De habéid hecho llodad!”

Entonces, La bella Gladys, ante el nutrido grupo de gente, gritó: “¡Hombres!”

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