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CAMINO DEL MATADERO

>> domingo, 20 de febrero de 2011





Mi abuelo materno solía grabarme en películas diversos extractos emitidos por televisión sobre dibujos animados (e, incluso, alguna película como “El bolero de Ravel”, en la que descubrí a mi admirado Cantinflas).
En una de aquellas cintas VHS encontré el cortometraje de Friz Freleng “Hyde and Hare” (1955), en el cual se introducía al personaje del Doctor Jeckyll y Mister Hyde como coprotagonista en una historieta de Bugs Bunny. Este ha sido uno de los capítulos de “Melodías Animadas de ayer y hoy” que mejor he conservado en la memoria a lo largo de tantos años después. Me debió de impresionar sobremanera.
He de reconocer que este conejo nunca me ha terminado de caer del todo simpático, pues siempre ha tenido para mí algo de “redicho” que lo ha colocado, en mi lista, junto al Correcaminos o a Piolín. Sin embargo, aquí era una auténtica víctima, despojada de todo alarde de “graciosismo”. Estaba literalmente acorralado, y el espectador lo sabía desde el primer momento. El personaje literario de Stevenson es caracterizado como un cándido jubilado, que acude al parque de la ciudad en su vida ociosa para dar de comer a los pájaros y otros animales. Ese otro animal, en este caso, era el conejo Bugs. Si bien, en un principio, quizá no se pueda adivinar del todo que este personaje sea el monstruo de laboratorio en el que luego se convierte, en el momento en el que coge al conejo y lo mete en su casa (en ella, pone claramente el cartel que anuncia al inquilino: “Dr. Jeckyll”) ya conocemos, sin ningún tipo de duda, que el entrañable animalillo se está dirigiendo hacia un callejón sin salida. Nunca he comprendido cómo nos puede asustar más Mister Hyde que un conejo que se comporta como un humano. Pero, en fin, el bueno del doctor (dibujado, en este caso, con una apariencia física que siempre me recuerda al director de orquesta José Iturbi, por aquellos años en boga) al fin y al cabo, nunca dejará de ser ese criminal para el público, mientras que para mí siempre representará al pusilánime falto de voluntad que no es capaz de resistirse a beber aquel brebaje de aspecto plutónico.
Por cierto: Si hablamos de lo terrorífico en los dibujos animados americanos no deberíamos olvidar tres casos paradigmáticos: “Der füehrer´s face”, “Russian Raphsody” y “Herr meets Hare”, en los cuales el propio Bugs Bunny o el Pato Donald sirvieron como propaganda antinazi para concienciar a los niños, desde sus televisores, políticamente. En el caso alemán, también se empleó de forma adoctrinadora a los dibujos animados para transmitir un mensaje directo de la boca del Führer.
Pero volvamos a retomar el título de este escrito. Con “Camino del matadero”, trato de explicar, en términos cinematográficos, una sensación de compasión, como espectador, hacia personajes que han supuesto para mí una antes y un después en mi concepción vital. Sí, en efecto. Soy de aquellas personas que sufren de un trauma que no anda tan lejano en nuestra sociedad. Cualquiera podría padecerlo. El síntoma principal es el de extrapolar elementos de ficción cinematográfica a la realidad. “Este caso me recuerda al de una película en la que…” Por ejemplo. Lo peor de todo es ser uno consciente de dirigirse al matadero, ya que en el caso del cine, los actores muchas veces no saben a lo que se atienen. Como en las marionetas de guiñol, en las que los niños advierten al bueno de la historia que el malo va a atacarle por la espalda con una cachiporra.



Una de las películas en las que quizá se rompa esta regla sea en la de Mary Poppins, cuando el padre de los niños se dirige a ser humillado y desposeído de su trabajo por parte de los “crueles banqueros”. Uno de los momentos más emotivos de este filme se encuentra en la forma de reaccionar de este personaje tras sufrir todos estos atropellos. Entiende el sentido de la vida y se pone a cantar “la píldora que os dan” a la vez que se reencuentra con sus hijos y, en general, con lo que verdaderamente importa de la vida.
Otro personaje que constantemente camina hacia el cadalso es el de “Con la muerte en los talones” (“Northby Northwest”). El momento en el que espera en el campo y aparece la avioneta dispuesta a aniquilarlo, es de los que más han calado en el imaginario colectivo.



Hay casos intermedios, como el de “Nosferatu”: cuando el ingenuo protagonista se encamina por las montañas en busca del Conde Orlock, ha desoído las advertencias del pueblo, considerándolo ignorante al creerse cuentos de ese tipo, pero, a medida que se acerca hacia Drácula, el miedo se va apoderando de él. Aun así, se enfrenta a su misión.



Pero quizá sea "Muerte en Venecia" el peor caso de cuantos he citado, con respecto al trato que el destino le ofrece al protagonista. Tanto en la novela de Mann como en el filme de Visconti, Gustav retorna a la Venecia infectada por la peste para reencontrarse con Tadzio, el joven al cual admira.



El caso más universal tal vez se escape a la propia cinematografía. Me estoy refiriendo al “Rey de Reyes” de Nicholas Ray, donde la figura de mártir por excelencia como es la de Jesucristo, encuentra la piedad más peculiar de todas las que hemos podido enunciar: la religiosa.
Sin embargo, “El Resplandor” de Stanley Kubrick anuncia, ya desde el principio del filme, el camino equivocado que el protagonista toma. Mientras el coche avanza por la carretera, se escucha la “Marcha al cadalso” perteneciente a la “Sinfonía fantástica” de Berlioz.
¿Qué tipo de actitud en la vida hace que no nos echemos atrás en determinadas circunstancias que consideramos negativas? Por ejemplo, en “El ángel exterminador” ¿por qué la gente no es capaz de salir de la mansión? Una situación puede perder su contexto cinematográfico para convertirse en algo real. Un ejemplo:

"Estar en casa de un amigo/a. El tiempo pasa y no soy capaz de marcharme de allí. El amigo/a me anima a continuar con él un poco más. Pasa el tiempo y, definitivamente, tengo que quedarme a dormir allí. Esta persona, me transmite buenas y malas vibraciones. Quizá porque aparentemente pueden más las buenas vibraciones (defecto de percepción) e incluso vence la educación, el no querer resultar descortés rechazando un ofrecimiento, acaba por hacerme actuar “no actuando”. El futuro me demuestra que aquella persona iba a acabar siendo apartada de mi vida, en favor de un fururo "más prometedor". Quizá su sombra reaparezca después y vuelva a recaer en ella (retomo el personaje del Doctor Jeckyll en este sentido) pero la situación es distinta y cualquier tipo de influencia formaría ya parte del pasado".

¿Y una situación donde el amor se plantea como ese "no actuar"? Cuando una persona se enamora, muchas veces desconoce a la persona a quien admira. Luego, después, ya es tarde. El amor como pasión cegadora, convierte cualquier razonamiento "lógico" en insuficiente. Solo queda, pues, que la llama de lo inconsciente se apague y resurja la coherencia. Muchas veces, lo que sucede no es más que esto, que no sabemos ser justos con nosotros mismos. Puede que, incluso, sabiendo que estamos actuando en contra de unos intereses de dignidad para con uno mismo, la situación sea todavía más dramática. Sabemos que no estamos escribiendo bien nuestra historia. ¿Alguien sabe adónde queremos ir? ¿Cómo vamos a terminar? ¡Aboguemos también por el misterio del vivir! ¿Y si el problema es que somos demasiado racionales (que no razonables)?
Situaciones reales equiparadas a planteamientos dramáticos de todo punto improbables.

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