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CARO DEAR DIARIO CARÍSSIMO

>> martes, 22 de febrero de 2011

Transcribo un par de extractos que pertenecen al último día de mi diario:

“…Antes trataba no repetirme al escribir, yendo con la misma cantinela del diario a un poema y de ahí a una novela o a un ensayo. He tardado en darme cuenta que, el que suceda esto no es sino símbolo de enriquecimiento, que una cosa me inspira la otra y así el ciempiés que va pasando nunca tiene final sino que vuelve a pasar cuando llega al punto de partida […] Ahora quizás escribo las cosas del diario en otros sitios por si no se me entiende la letra. Así, teniendo después el testimonio transcriro del diario, se colabora a que este no se pierda en la ilegibilidad.
Que no piense el lector que le estoy tomando el pelo. Escribiré esto último también donde sea...”

“… Ante la imposibilidad de poseer constantemente cuadernos decentes donde poder escribir el transcurso de mi vida en su evolución, he optado por cuadernos de tipo polifaz en su empleo: mis palabras pueden contener recetas dictadas por un cocinero en un programa de televisión, o bien pueden tornar en las cuentas que todo inquilino lleve de su casa, o quizá sean números con los que luego telefonear.
El que quiere puede y no se anda con menudencias del tipo: “este cuaderno no es digno de lo que en él voy a escribir…”

(Con fecha de 2009)

Ordenar quizá la propia mente ubicándola en días del mes, meses del año y años de una vida. Toda una experiencia recogida en cuadernos, toda la “memoria” de un desmemoriado que lucha por fijar grafológicamente lo que se le pueda escapar en su retentiva. Una terapia, por tanto. A lo mejor, un testimonio útil para un futuro. Siempre una esperanza hacia posibles lectores en los cuales caiga, por fortuna, todo este papeleo sobre sus manos. Quien escribe recuerda siempre. Hasta lo inexistente necesita de una recapitulación gramatical, de un resultado en palabras. ¿Dónde quedó la voz de la tradición, aquella transmisión generacional de las hazañas de un Cid anónimo? Todos somos dignos de ser recordados de algún modo, pues nuestro paso por la tierra nunca es en vano. Siempre afecta de algún modo a “algo” o a “alguien”. No nos engañemos. Somos carne de literatura. Y ¿quién dijo que la literatura tenía que ser entretenida? Los sucesos más aparentemente intrascendentes pueden iluminar de forma inesperada a alguien en cualquier punto de la tierra y del tiempo. Seamos autobiográficos aunque no tengamos la necesidad de hablar de nosotros. Hablemos de lo que nos rodea, de lo que nos pasó, nos pasa o nos pasará. De lo que nos resulta irrelevante y de lo que no. Escribamos de lo que sea, pero hagámoslo aún tratándose de un mero ejercicio en cualquier momento. Juglares, reporteros, novelistas, poetas, dramaturgos, filólogos, ensayistas… No importa cómo ni por qué. La palabra es tan fuerte en sí misma que ni siquiera le importará que descoloquemos sus letras para darle otro sentido. Nada más.

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