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CARTA ABIERTA A ALBERT BOADELLA (AMADEU)

>> miércoles, 2 de febrero de 2011


Estimado señor Boadella. Le escribo esta carta en calidad de admirador (antes, incluso, que de espectador). Estuve este martes viendo su nueva obra “Amadeu” en el teatro del Canal. En ella me fueron aplicados dos verbos como sujeto paciente- que no pasivo-: “disfrutar” y “aprender”, que, creo, es lo mínimo que se le puede pedir a una obra de carácter cultural. Si bien en esta etapa contemporánea (que amenaza con seguir dilatándose) se le da más importancia al segundo de los verbos, creo que sus obras poseen una coherencia interna que las sitúa perfectamente entre estas otras que sirven de exponente en el panorama teatral actual. Ha sido siempre un renovador desde el punto de vista polémico, pues ha logrado remover siempre a cada espectador desde su butaca. Si bien cada vez los aires de renovación llegan antes al panorama artístico, no debe por ello sentirse “fuera de órbita”. Yo mismo, contando la simpática edad de los dos patitos, me siento con mis planteamientos estéticos cada vez más como una reliquia en el tiempo, que ha decidido bajarse del tren para descansar largo y tendido. ¿El motivo?: Me sentía mareado ante la frenética marcha del viaje.
Corríjame si me equivoco, pero creo que en sus creaciones hay siempre una evidente caricatura de una sociedad que, también, amenaza con caducar a todo lo que, pasado un tiempo, habló de ella. Por otra parte, el ser humano ha poseído siempre un sentimiento propio común a todos los momentos de la historia, que lo define, con sus pros y sus contras, con sus grandezas y mezquindades. En esto radica el éxito de su trabajo (y por ello se ha ganado siempre el olvido de quienes carecen de sentido del humor porque no son capaces de conocer la vida en su profundidad. Estos son, en verdad, los aniquilados, los trasnochados, los que entorpecen esa mirada tan inteligente y aguda propia de un conocimiento real y verdadero de la vida. Siempre he visto en usted a un antihéroe, una persona que se ha cansado de ver la vida “como a tantos le interesa que sea vista” y ha promulgado a los cuatro vientos lo que se esconde tras todo este teatro. Para mí, representa lo que puede considerarse un “Contemporáneo con derecho a la Posteridad”.
En su obra, quizá por el cebo de “Amadeo Vives”, acudieron personas de edad considerable. Digamos que podría decirse, sin ánimo de ofender, que las butacas se encontraban ocupadas por “la Quinta de Prim”. No obstante, la obra en sí fue acogida calurosamente, si lo que se quería ver allí era una simple antología de este grande de la Zarzuela. Conociendo lo que supone el nombre “Albert Boadella”, evidentemente había algo más que un simple homenaje a una figura en gran parte olvidada por esta “Quinta del Sordo” (y digo “sordo” en el sentido de dar la espalda a un tiempo anterior, a desconocer la historia musical y más concretamente, la historia musical de un país. Así reza, en el programa de mano, la noticia del periódico “la vanguardia” con fecha de 2005: “Los restos del compositor Amadeo Vives pueden acabar en la fosa común”. ¿Qué ha pasado en Cataluña? ¿Tan mal está la política actual que han acabado también por hacer “oídos necios” a quien ha representado un símbolo de su cultura musical? ¿Qué ha sido de aquel que promovió la creación del Palau de la Música? (hoy día, cubierto por el negro manto de la corrupción). Amadeo Vives, defensor de una cultura, de una identidad catalana, pudo haber dado con sus huesos en el mismo destino de Mozart porque hoy nadie quiere hacerse cargo de su sepultura. ¿En qué se gastan el dinero los políticos? Y, lo que más me preocupa ¿Son conscientes de la imagen que pueden estar dando del lugar que representan? Ante todo este maremágnum de alarmantes preguntas, lo mejor que uno puede hacer es acabar resignándose por adoptar la postura del personaje de Jordi, el cual, decide eliminar toda la trascendencia del asunto y exiliarse interiormente, valorando lo que realmente importa de todo aquello: la figura del compositor y sus creaciones, que finalmente descontextualizado por toda una caterva de políticos anticulturales ha perdido todo su sentido en una sociedad cada vez más desmemoriada. Haciendo oposiciones para lograr un alzheimer voluntario, diría yo. Con “Amadeu” no solo se conoce la vida de un artista de su tiempo, si no que además se conoce ese tiempo. Los actores, antecediendo a la orquesta, aparecen sublimes en sus papeles. Boadella, que no se casa con nadie, da a cada uno lo que le corresponde, empezando por los “escritores de la historia o biógrafos”, que se encargan de distorsionar más o menos los hechos en virtud de las exigencias de una época. Así, por ejemplo, Vives tuvo que convivir con la hipocresía del final del XIX y principio del XX, teniendo que compaginar la composición de obras religiosas con otras destinadas a fines denominados “amorales” en el momento. La humanidad del personaje radica en su personificación como personaje “de ficción” más. Jordi, periodista catalán, tiene que escribir un artículo para el periódico donde trabaja, sobre Amadeo Vives. La cuestión no es lo que pueda contar de vida y milagros del autor. Esto parece que no interesa a nadie, empezando por su jefe (quien le encarga el artículo). Lo que importa es emplear a este sujeto, hasta ahora desaparecido en el panorama cultural, para emplearlo como arma arrojadiza con intereses políticos. Por ello, Vives fue encumbrado por su tierra con sus primeras composiciones de carácter autóctono, y después rechazado al abandonar el lugar para prosperar en la capital, en Madrid. Como bien cuenta Boadella, ese sentimiento hacia la patria del que hacía gala Amadeu, no era sino el germen necesario para esa “nacionalización de sentimientos” que fácilmente desemboca en guerras por banderas (esa bandera parodiada con la teta al aire de “La Libertad guiando al pueblo”) y crispación entre los hombres. Se manipulan perversamente esos sentimientos hacia una tierra para tornarlos en odio hacia quien se aleje de esa “raza”, auto-convencida artificialmente de “superior”. Así, todos podemos acabar defendiéndonos a nosotros mismos, barriendo para casa, cuando lo que realmente debe conseguirse es esa “hermanación”, ese “todos deberíamos ser iguales- cada uno con nuestras características, eso sí-.” Esta admiración por lo previamente rechazado, es lo que define al personaje del investigador de Amadeu. En un principio, tacha a este autor con calificativos surrealistas como “Bicentenario”, definiendo la época a la que perteneció con valores negativos. Poco a poco, entrando en intimidad con ese “fantasma” que se le presenta como inspiración (no sabemos si como consecuencia de los porros que se fuma) para la realización de su trabajo, va estrechando lazos, llegando al kit de la cuestión. “Empatizando” con aquel por el que se esfuerza en conocer. En el baile final con él, haciendo oídos sordos a esa política absurda que, desgraciadamente, gobierna a nuestro país, se decanta por ese anacronismo en el que debería de situarse uno para poder comprender mejor las cosas. Esa distanciación, en la cual se deja atrás todo tipo de prejuicio, parece inalcanzable, imposible. Pero, ciertamente, representa el sentimiento de muchas personas (entre ellas, un servidor) que luchan por abrir los ojos a un público adormecido en la demagogia actual, que gusta de enredar y tergiversar las cosas. Parece mentira, en una época en la que sobra la información, somos nosotros mismos los que nos negamos a ser informados correctamente.
Por todo ello ¡Bravo, Boadella!

2 – 2 – 11

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