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LA CITA EN EL BARRANCO

>> martes, 22 de febrero de 2011

Esta es la historia de dos jóvenes enamorados que apenas se conocían. Vivían en un pueblo aspirante a ciudad, en el cual la gente no tenía la costumbre de relacionarse entre sí. Fue una verdadera suerte (o una verdadera condena) el que sus habitantes, todos ellos, conociesen a esta pareja de enamorados. Debido a la simpatía que desprendían, todos les admiraban y, a su vez, los acaparaban. La situación llegó a ser tan dramática que a los dos jóvenes no les quedó otra forma de reencontrarse que en un lugar apartado de la civilización. Allí donde nadie les encontrase. Un lugar poco concurrido. Finalmente, fue ella quien concretó: “En el barranco.” Así, el joven muchacho emprendió su camino diez minutos antes de la cita, para estar puntual en el lugar acordado. Pasó una hora y ella no dio señales de vida. Turbado, giró ciento ochenta grados y se encontró, de frente, con la montaña. Sobre ella, había sido horadada una especie de templo. Era verdaderamente bello, luciendo un estilo neoclásico. El muchacho entró en aquel lugar que acababa de descubrir. Nadie iba en realidad por allí. Parecía un lugar condenado al ostracismo, del que todo el mundo hablaba pero al que nadie visitaba. Desde el pueblo, se señalaba en la lejanía. Una vez dentro, el muchacho se encontró con un paisaje ruinoso, que impactaba con la imagen anterior de la fachada. La luz penetraba tímidamente por algunos resquicios en el techo y las paredes, dando una insuficiente idea de la gruta. En la pared, parecía haber pinturas. Poco a poco, el ojo se fue acostumbrando y el muchacho comenzó a definir mejor lo que tenía ante sí. Del fondo venía un ruido de motor minúsculo, casi imperceptible. Avanzó guiándose por el oído, como un murciélago, y se dio casi de bruces con una mesita de madera. Sobre ella, había un exprimidor eléctrico funcionando. Una persona, al otro lado de la mesa, hacía zumo de naranja. Solo se reconocían las manos, que ganaban terreno a la luz sobre el resto del cuerpo.
- ¿Quieres un zumo de naranja recién exprimido?
- Gracias.
Respondió y bebió del vaso sin pensar en las consecuencias.
- ¿Qué haces aquí?
- Entré, sin más…
- ¿Te gusta el lugar?
- No sabía qué otra cosa hacer. Me cansé de esperar allí fuera…
- ¿A quién?
- A una persona, evidentemente.
- ¿Por qué “evidentemente”?
- ¿A qué si no iba a esperar?
- A que saliese la luna, por ejemplo.
- ¡Bah! ¡Tonterías!
- ¿Tonterías? ¿Qué hay de malo en ello?
- No tengo tiempo para eso. No me gusta estar parado.
- ¿Tanta prisa tienes por hacer cosas en la vida? ¿Y luego qué?
- Luego… ¿A qué te refieres?
- No sé, ¿siempre estás haciendo cosas?
- Sí.
- ¿Y llegas a algo haciéndolas?
- Doy pequeños pasos…
- Ya. Pequeños pasos ¿para qué?
- …
- ¿Quieres otro zumo?

El muchacho, entonces, comenzó a sentirse violento.

- ¿Y esta actitud servil?
- ¿Servil?
- Sí, trabajar para quien no conoces porque sí…
- Vaya… ¡Lo hago porque me apetece!
- Pues muy bien…
- Tu madre, cuando eras pequeño ¿no te hacía zumo?
- Sí…
- ¿Y era una actitud servil?
- No…
- Yo te conozco…

Entonces, apareció la cara tras la oscuridad. Era ella.

- ¿Tú? ¿Qué haces aquí?
- Esta es mi casa… Vivo aquí. ¿Tan poco te has molestado en conocerme que no has reconocido tan siquiera mi voz?
- No te esperaba en esta situación…
- Ya… bueno… También pinto.
- Sí, ya me he fijado en las paredes.
- A mi no me gusta ir aprisa a todos los sitios. Ni trabajar en tantas cosas. Solo pinto, y me concentro en esta tarea para llegar a comprenderla bien. Quizá, por ello, haya en mis resultados una coherencia que quizá en otros casos no se encuentre. ¿Y sabes por qué? Porque creo en lo que hago, y sé qué es lo que quiero hacer. Para mí, es más que una terapia. Si ves mi trabajo, me verás a mi y todo lo que me pasa por la cabeza…
- ¿Aquí vives, en serio?
- ¿Es que no te lo crees? Tú, que eres escritor, fabulador…
- Yo soy escritor pero nunca habría podido creerme esto, habría sido para mí inverosímil…
- Te traicionan tus creencias… ya ves que es real. Te falla todo. No eras capaz de reconocerme, no solo por mi voz, sino porque pudiera vivir aquí y ser pintora…
- Francamente, no…

Por fin, se produjo el silencio esperado. No había nada más que decir. ¿Cuánto duraría esta situación sin palabras? ¿Uno, dos, cinco minutos? Después:

- Quiero otra naranjada.
- Me he quedado sin naranjas.

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