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NUEVA DRAMÁTICA

>> lunes, 14 de febrero de 2011

En mi mente surgen cinco personajes, a los cuales he de impregnar de un sentido comunicativo. Ellos son Max, Linda, Nicomedes, Marcela y Segismundo. Se encuentran en una especie de fiesta donde ellos son, todavía, los únicos invitados aparecidos. Entre ellos no se conocen. Tan solo les une la desconfianza.

LINDA: (A Max) Hola, soy Linda. ¿Tú como te llamas?

Max no contesta, se muestra inapetente a todo estímulo exterior.

NICOMEDES: (A Marcela, en tono bajo para evitar ser escuchado por los demás) ¡Qué maleducado! ¿Has visto? ¡No la ha contestado!

En ese momento, SEGISMUNDO se acerca a Nicomedes:

SEGISMUNDO: (A Nicomedes, ofreciéndole su mano) ¿Cómo se llama usted?
NICOMEDES: (Irritado) ¿Y a ti qué coño te importa?

Bien. ¿Qué podemos extraer de esta situación?
Primero: He precisado poner en escrito una ocurrencia que he considerado interesante.
Segundo: Aquella ocurrencia, convertida en pantomima teatral, debería de continuar. Merece tener una vida más larga. Si no ¿qué sentido tendría su reconversión situada sobre un escenario?
De la necesidad de atrapar una idea, se crea una obligación que, de momento, puede vagar en ese líquido amniótico donde se encierran las “posibilidades”. ¿Por qué he de continuar algo? ¿Porque me lo impongo? Supongo que sí. Los retales pueden morir si se dejan olvidados en el costurero. El traje para el que se emplearán debe de ser diseñado.

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