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UNA AVENTURA DE UNA NOCHE

>> viernes, 18 de febrero de 2011

Quería tener una aventura de una noche. Por eso, fui al cementerio.
Desde primera hora del día, había estado acudiendo a mi mente una imagen deliciosa de patatas en salsa. Quería probar aquella imagen. Fue o no casualidad que el olor, también imaginado, surgiese desde la realidad a las puertas de aquel cementerio. ¡De verdad olía a patatas en salsa! Coincidía perfectamente con la creación de aquel deseo. Y es que algunas veces, este tipo de anécdotas, suceden de verdad.
Como, por casualidad, llevaba también un saco vacío, pensé que podría meter allí un puñado de huesos si se diera el caso. Yo nunca he tenido vocación de asesino ni de usurpador, pero aquella noche sabía que podría ocurrir algo. Quería tener una aventura, eso era todo.
El olor, que era algo bien cierto, provenía de una olla puesta en mitad del camposanto. Imagino que quien removía el cucharón era el sepulturero. Estaba sentado sobre una lápida, todavía con la ropa de trabajo puesta.
Por lo que a mí respecta, tenía hambre y no iba a permitir que aquel hombre se comiese aquello que había cocinado. De modo que, ni corto ni perezoso, me coloqué el saco sobre mi cuerpo, le hice un par de agujeros para sacar los brazos, e interpreté el papel de “aparecido”.
Aquel buen hombre ni siquiera se inmutó. Como no tenía sentido continuar con la farsa si el truco no surtía efecto, me descubrí ante aquel sabio paciente. Él, entonces, me dijo:
“Cosas de este tipo las veo todos los días. No tengo miedo, puesto que suelen ser ellos los que me lo tienen a mí. Por eso nunca se acercan, tan solo se aparecen.”
El oficio de sepulturero continúa estando mal visto. Este oficio no resulta simpático, y quien conoce a los que se dedican al mismo, tratan de evitar a toda costa el contacto con ellos. Parecen apestados, como los del valle de leprosos de Ben-Hur.
Fue toda una alegría, por parte del enterrador, que yo quisiera sentarme con él a degustar aquel guiso. Yo le reconocí desde el principio mis intenciones. “Lo hice porque lo quería todo para mí”.
También le hablé de mi intención de tener una aventura aquella noche. Él comprendió que la aventura ya había dado suficiente de sí con aquella cena, que “eso sí que no pasaba todos los días.” Después de aquella velada en torno a la olla, le ayudé a terminar un par de trabajos para aquella noche. Después, me despedí de él:
“Buenas noches, maese Cienfuérnigos”, le dije. Así se llamaba aquel hombre.
Al salir del cementerio, casi me pilla un coche y me mata.

2 comentarios:

LOOEPZ 19 de febrero de 2011, 8:29  

Bueníiiiiiiisimo; por favor Javier, hagamos la historia del mamut clonado!!

nosoydali 20 de febrero de 2011, 3:10  

¡Adelante, vamos allá! ¡Que tiemble el mundo de la animación!

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