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UNA HISTORIA PARA JOAQUÍN

>> miércoles, 2 de febrero de 2011

Joaquín esperaba con su mujer Maruja, en el andén, la llegada del tren. El marcador ponía, en letras bien claras sobre sus cabezas, que les quedaban siete minutos todavía allí, en pie, mirando a la nada, sin ganas de iniciar conversación alguna. Joaquín era de esas personas que tenía la rara de habilidad de romper el hielo con una estupidez sin sentido y, luego, acabar otorgándola un significado casi metafísico. La mujer, cansada de escuchar lecciones de boca de su marido, ni siquiera le daba ya la réplica, y esto era lo peor que podía no hacerse, pues ese silencio le daba cuerda a aquel aspirante a político, experto en peroratas donde mucho se hablaba y poco se decía. En aquel día, quiso comenzar Joaquín así:
“¿Te has dado cuenta, Maruchi, de lo peculiar de este tipo de esperas? "Tiempo muerto", así se las puede llamar. ¡La cantidad de tiempo que tiramos a la basura durante el día! En este caso, yo me eximo de toda responsabilidad, pues no soy el culpable del derroche de tiempo, sino el marcador que indica lo que tienes que esperar. Cuando uno llega aquí, no puede calcular lo que queda para que llegue el tren. Es esclavo de las pantallas digitales, ha de resignarse a ello. Si, del mismo modo, sustituimos la pantalla por una persona de carne y hueso a la que esperamos y esta se retrasa, volvemos a delegar la pérdida de tiempo en "otro". He de añadir, en este caso, que al faltar el tiempo estimado de llegada de la persona, la espera puede resultar más farragosa (aquí entra el elemento de incertidumbre). Ahora bien: si uno es un perfeccionista y llega pronto a todas las citas, esto sí puede considerarse culpa de uno mismo. Los segundos pesan más en la espera. ¡Mucho más!…”
Bien, pues todo esto finalmente no lo dijo. Sabía que era un parlanchín, sobre todo por el tiempo que pasaba callado en silencio, dentro de casa, que tenía que recuperar en una situación de este tipo. ¿Qué hacía su mujer tanto tiempo fuera de casa? ¡Evidentemente, no tener que aguantarle! Cuando no quedaba más remedio, aparecía para comer, ver su programa favorito de la tele e irse a la cama. Por lo demás, pisar la casa, lo justo.
Yendo por uno de los pasillos del subterráneo, se había entretenido con una chica guitarrista que tocaba con un cartel que decía: “Si le gusta, pague por mis notas. Si no, pague también para que, con el dinero recaudado, pueda seguir mejorando asistiendo a clases de instrumento”. Se había puesto a hablar con ella como si la conociera de toda la vida, de tú a tú, y le había pedido que tocase una canción de después de la guerra que hablaba de una caravana. Por suerte, o por desgracia, la conocía y la tocó. Después, le echó en el estuche de la guitarra unas monedas y le volvió a pedir que tocase, esta vez una marcha triunfal, mientras se alejaba él con su mujer. Esta pobre mártir de nombre Maruja- María o Maruchi, según se prefiera- ahora iba a poder tener una oportunidad para pasárselo bien de verdad. Una vez llegó el expreso retardado, se sentaron en los primeros asientos que vieron libres. Bueno, en realidad había uno solo, pero un joven extranjero le ofreció su lugar a la mujer, que pensó para sus adentros: “¿Me habré hecho ya vieja que me ofrecen asiento?” Esto era una ventaja y un fastidio por otra parte, como se puede comprobar. Hay personas que cumplen un año que vale por quince. Aparentar más edad de la que realmente se tiene. En este caso, no había apariencia posible. Los años eran fieles a las arrugas.
El extranjero dijo en voz alta las paradas que quedaban para llegar a su destino, casualmente el mismo que el del matrimonio: “Quedan diez paradas para Guzman The Good Man” (Guzmán El Bueno, se entiende).
Justo cinco paradas antes de este nuevo esperado momento (después del de la llegada del tren a la estación tras aquellos siete minutos interminables), entraron en escena un grupo de cinco jovencitos pasados de copas. Sin sentarse, se pusieron a cantar, en corro, en el pasillo de los asientos, el “Cumpleaños Feliz” (esa conocida canción de autor desconocido, creo). Joaquín comenzó a ponerse nervioso por la presencia de los jóvenes.

- Maruchi, querida… Vámonos de aquí…
- ¿Por qué tonto?- Ella comenzaba a alegrarse de ver a su marido como un flan.
- No me gustan aquellos jóvenes…
- Pero bueno ¿qué hay de malo en ello? ¿Están cantando el “Cumpleaños feliz”. ¿Tú cuándo has visto a alguien cantando eso con una navaja en la mano?
- No me gusta verles tan contentos. En una situación normal, no cantarían eso…
- Pero ¿por qué?
- Pues… Por el sentido del ridículo ¿no?
- Joaquín, cariño… Tranquilízate.

Uno de aquellos chavales se fue acercando hacia la pareja de ancianos dispuesto a hacerles participar de su fiesta. Les debió caer simpáticos. Todavía no se había desprendido del inglés del “Happy Birthday”:

- Vamos, “follou mi” amigos, “follou mi”…

El anciano le señaló con un dedo a modo de advertencia:

- Joven, un respeto a un anciano…

Maruchi añadió divertida:

- Pero Joaquín ¿dónde está ahora tu espíritu de hermandad?

Pero él ya no estaba para bromas:

- ¡Que me dejes, mujer! Si tú no te levantas, lo hago yo…

Y así fue. El tren se detuvo en la nueva parada y Joaquín salió corriendo como un poseso. El grupo de jóvenes le siguió por todo el andén. Gritaban en tropa: “¡Joaquín, no nos dejes! ¡Cuando un amigo se va, algo se muere en el alma…!”

María siguió sentada hasta que el tren llegó a “Guzmán El Bueno”. Pensó que aquella aventura le vendría bien a su marido e hizo como si hubiese salido sola de casa. Se compró la última novela de Ana María Matute en “La casa del libro”, se fue a un café a tomar tortitas con sirope de fresa y estuvo en el cine viendo una película escogida al azar. Cuando volvió a casa, el marido no estaba allí. Seguía sin aparecer. Alarmada, llamó a su móvil, sin éxito. Se resistía a aprender a manejarlo. Eso sí, no se sabía cómo había conseguido bajarse como politono preferido su canción favorita. Así, el “Suspiros de España” sonó y sonó, sin que nadie lo interrumpiese descolgando al otro lado.
De Joaquín no se volvió a saber nada. Un conocido dijo haberle creído ver en un local de fiesta tocando con vestido cubano, pintado de negro y con dos maracas como instrumento, marcándole el ritmo a una especie de Carmen Miranda pelirroja. Él y otros cinco falsos hombres de raza negra actuaban todos los días en un espectáculo titulado “Tropicana”.

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