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Y Clark Gable habló en castellano

>> jueves, 10 de febrero de 2011


Cartel de la película española de "Drácula" para los Estudios Universal 

Clark Gable habló por la radio en aquella mañana de domingo. Le decía a Scarlatta que lo suyo había terminado, que lo que fuera de ella "le importaba un bledo". Habló claramente en castellano, y esto me preocupa. ¿Quién dobló al señor Gable en la versión española de "Lo que el viento se llevó?". La emisora, anunciaba que un ciclo sobre sus películas sería emitido por televisión (esto resulta paradójico). Por desgracia, no tuvo la suerte de Bela Lugosi. En los estudios de la Universal, tiraron la casa por la ventana y rodaron dos versiones: una americana y otra para exportar a Hispanoamérica (para hacerse una idea de lo aparatoso que resultaron los inicios del doblaje, he aquí el caso de preferir rodar dos veces un mismo film con distintos actores, según el idioma, que rodar uno solo y sonorizarlo después en diferentes lenguas). Pablo Álvarez Rubio, que protagonizó en los albores de la guerra civil, "Carne de fieras” (la primera película española con desnudo si exceptuamos las de corte pornográfico encargadas por Alfonso XIII), hizo el papel del legendario loco que gritaba encarcelado "¡Amo, amo!" -el amo evidentemente era el chupa sangre, encarnado por Carlos Villarías-. ¿Adivinan cual de las dos versiones es considerada por la crítica como la mejor? Después del descubrimiento del cine como tal, de esa captación de la realidad en celuloide- algo que se debía de considerar imposible de conseguir, por cuanto tenía de inimaginable-, el sonido y color eran los siguientes pasos lógicos que debían de llegar. Esta exigencia, por parte del público, de poner voz a las imágenes en movimiento, comenzaba a mostrar su cruda realidad. Grandes iconos cinematográficos llegarían a quedar desnudos ante esa necesidad de hablar. ¿La razón? Quizá una interpretación que exigía algo más que un buen repertorio de gestos mímicos, tal vez una voz desagradable. Grandes talentos patrios (desconozco cómo describiría el público la personalidad de los actores mudos españoles) quedarían relegados al olvido. Así, por ejemplo, Carmen Viance no pudo superar este traumático cambio, mientras que Imperio Argentina, más que aprobar, sacó sobresaliente. Además de una interpretación aceptable, había que sumarle el valor de que por fin se la podía oír cantar- una virtud que mereció, por parte de Jacinto Benavente, su nombre artístico. Así, su nombre real, Magdalena Nile del Río, desapareció para dar lugar a una mezcla de Pastora Imperio con la Argentinita-. Como no, los artistas salvados de la quema fueron exportados.
Hemos de apuntar que no todos deseaban la llegada del sonido. A este grupo de personas, bien podríamos denominarlas como “románticos”. Si bien los primeros intereses por acabar con el cine silente estuvieron en manos de aquellos que comercializaban con el cine (los que, digámoslo así, le llevaron a un circo y le presentaron como “fenómeno parlante”), también es verdad que, de no haber contado con un público, esto no habría sucedido. Montones de películas mudas fueron destruidas porque ya no interesaba proyectarlas. Los “románticos” disfrutaban de la magia del silencio, degustaban esa necesidad de las imágenes por expresar lo que no podían decir.
Rafael Alberti contaba, en un documental para T.V.E titulado “Imágenes perdidas del cine español”, que “el cine sonoro empezó diciéndose muchas imbecilidades para demostrar que se podía hablar en el cine”. Hubo, dentro de la industria incluso, reticencias a dar el paso, optando por “sonorizar los filmes mudos” e incluso seguir rodando sin sonido. Los directores con una visión más cosmopolita, decidieron irse fuera (Francia, Alemania), para poder rodar Films sonoros. Pero fue Hollywood el que se llevó a nuestros talentos, el que llamó a las personas más capacitadas en literatura y cine del mundo hispanoparlante, al necesitar cubrir también este mercado. Los que allí fueron se lo tomaron más como una aventura que como una necesidad o como una forma de supervivencia.

Rafael Alberti en el documental "Imágenes perdidas del cine español"

Los coqueteos concretos con la industria hollywoodiense (a decir verdad, la más capacitada) se vieron personificados en figuras que iban desde la interpretación hasta la literatura (en conclusión, carne de guión o de adaptación): nombres de la otra generación del 27 como Tono o López Rubio fueron algunos de estos ejemplos. Gregorio Martínez Sierra tampoco pudo resistir la “tentación extranjera”. Neville llegó a hacer migas con Chaplin, acabando haciendo de policía en “Luces de ciudad”. Jardiel Poncela realizó sus “Celuloides rancios”, consistentes en poner narración a un puñado de filmes mudos de baja categoría para resignificarlos con su humor tan particular. Todos volvieron con el rabo entre las piernas, desencantados, diciendo: "Los EEUU no son para mí". Parecían deslumbrados por tanta luz de candileja, por tanto rolls royce, tanta palmera y tanto chalecito. Se sentían como auténticos forasteros. Todo aquello les superó y solo algunos se quedaron. Otros, regresaron, como Helena D´Algy, presumiendo de haber protagonizado una película con Valentino. Como quien sale de una aldea para llegar a una ciudad, esta podría ser una comparación bastante ilustrativa para dar una idea de lo que sucedió. Después, la guerra, y gente como Luis Quintanilla, encontró en Estados Unidos su segunda casa tras el exilio. Siendo el pintor de corte en el gobierno republicano (y que se me perdone de nuevo la contradicción), sus pinceles se reencarnaron en esta nueva vida y retrataron a amigos como Steinbeck e incluso Ernest Hemingway y Gary Cooper (un tándem de literatura y cine para "¿Por quién doblan las campanas?", historia sobre la Guerra Civil española. ¿Casualidad?



Gary Cooper y Ernest Hemingway retratados por el pintor español Luis Quintanilla


Si es cierto que ha habido casos insólitos como el del ya citado Cooper hablando (Dios sabe de qué) con Ortega y Gasset.

José Ortega y Gasset con Gary Cooper

Incluso el aclamado Abel Gance (consagrado por su film sobre Napoleón) llegó a tratar de realizar una película sobre Manolete. No obstante, Clark Gable nunca luchó como republicano en la guerra civil española (al contrario que Humphrey Bogart, Ernest Hemingway o Errol Flynn). Su caso solo tuvo que ver con la Guerra de Secesión. Ahora, quieren recordar a Clark Gable por la radio homenajeándole con la voz de quien lo dobló. Este no es Gable, pero los españoles siempre asociarán esa voz con él. Lo mismo si escuchamos la voz original de Woody Allen, que nos resultará insípida comparada con la de su doblador Joan Pera.

No nos alarmemos, pero toda una generación de españoles no sabe cómo interpretó verdaderamente Clark Gable (esto va dirigido concretamente a los críticos que juzgan a actores extranjeros oyéndoles con una voz que no les corresponde por aquella costumbre de ver los films doblados- una herencia evidentemente cultural). España ha poseído siempre una cantera de grandes dobladores, y esto es debido precisamente a esta pereza nuestra por aprender otros idiomas. Si bien poco a poco se ha ido corrigiendo esta cuestión (hace unos cuantos años que existen salas de proyección en versión original con subtítulos), aún nos queda mucho que aprender de otros países extranjeros cuyo bilingüismo es patente en sus habitantes ya desde su más tierna infancia.
Otro aspecto de los filmes de antaño españoles, es el del doblaje a posteriori. Muchos de nuestros actores fueron excelentes dobladores, aprendiendo el oficio al tener que doblarse a sí mismo en sus películas. Son los casos de Jesús Puente, Alfredo Landa o José María Prada. Estos dos últimos, por ejemplo, aparecen en el filme de Berlanga “El verdugo” curiosamente doblados por otros. Prada, no obstante, dobló la voz del protagonista, Nino Manfredi. Hay una escena casi al final de la película en la que ambos coinciden en una escena. Es extraño oír a Nino Manfredi hablar con la voz de José María Prada y al propio Prada hablar con la voz de otro señor al que no conocemos. En las primeras películas de Berlanga encontramos aún más casos: En “Los Jueves milagro”, José Luis López Vázquez es doblado por otro, al igual que Luis Ciges en “Plácido”. Así, actores de esta talla y con una voz tan reconocible y particular, se presentan ante nosotros en la pantalla como desconocidos en un cincuenta por ciento.

Escena de "El verdugo" de Berlanga. Nino Manfredi (segundo izda) es doblado por José María Prada (tercero izda)... ¿Pero quién dobla a Prada? 

Errores de criterio todavía más sangrantes son los de los doblajes españoles para los filmes de Kubrick. Concretamente, en “El resplandor”, no queda títere con cabeza (ni con voz decente). El propio cineasta se encargó en dar el visto bueno a las personas elegidas para este cometido, entre las que podemos destacar a Verónica Forqué dando voz a Shelley Duvall. Pocos saben que fue López Vázquez la voz en la narración de “Barry Lyndon”.
En la actualidad, muchos de nuestros actores que han logrado cruzar el charco han intentado doblarse a sí mismo cuando las cintas son dobladas al castellano, y muchos han fracasado en el intento. Esto nos enseña una lección importante, con la que concluyo: No todos los actores pueden ser dobladores, aunque sí se debe exigir que todo doblador deba contar con ciertas tablas dramáticas.


10 – 2 - 11

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