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CROMATISMO

>> sábado, 12 de marzo de 2011

El primer día que estuve en la casa no le vi. Era silencioso hasta decir basta. Su respiración iba casi al ritmo de las tuberías, de modo que el sonido quedaba amortiguado en perfecta armonía. Fue en el día segundo cuando comencé a sentir un ambiente extraño en el piso. Acababa de comprarlo y todavía debía acostumbrarme a él. Lo cierto es que tenía ganas de que el lugar me deparase alguna sorpresa, que descubriese sus secretos escondidos.
Había que acercarse a aquella pared hasta quedarse pegada a ella para percatarse de su extraño relieve. Una tabique menos accesible que los demás, parapetado por muebles, cajas y demás enseres de la mudanza todavía por disponer con orden a lo largo y ancho de los cien metros cuadrados. Un hombre, pintado totalmente de blanco, permanecía como un moderno Don Tancredo adherido al muro, aparentando incluso no saber de mi presencia.

- ¿Qué hace usted aquí?

Entonces, aquella cariátide tomó vida y me contestó parsimoniosamente:

- Esta era mi casa y no me quiero ir de aquí. Yo no la quería vender ¿comprende? ¡Me la han vendido! Solo disponía del dinero necesario para comprar un bote de pintura blanca y una brocha. Y sí, estoy desnudo, pero no debe de sentirse intimidado…
- ¿Y cree usted que no iba a descubrirle?
- ¡Ha tardado un día en dar conmigo! Quizá en la próxima ocasión la siguiente persona tarde en dar conmigo el doble de tiempo…
- No habrá segunda ocasión… ¡Fuera!

Educadamente, dio al usurpador un tiempo de cortesía para que cogiese lo que tuviese que coger de enseres personales antes de marcharse. Mientras esperaba, se encerró en el cuarto a cortarse las uñas de los pies. Tuvieron que pasar diez minutos para que el sonido de la puerta al cerrar anunciase la despedida de aquel camaleónico personaje.
Al día siguiente, el inquilino recibió una carta en la que se le avisaba de que su casa iba a ser embargada. ¡No podía dar crédito! ¡Él, un moroso! ¡Él, que pagaba religiosamente cada plazo en cada momento de su vida!
De nuevo, volvió a sentir algo extraño en la casa. Se acercó a la puerta y, entonces, volvió a encontrar al hombre que se supone había salido de su casa el día anterior. Se había pintado totalmente de verde para pasar desapercibido tras la planta gigante del recibidor.

- ¡Pero bueno! ¿Es que usted no se cansa? ¡Le doy la mano y me coge el brazo!

El otro, con total desvergüenza, se permitió realizar una pregunta, abusando todavía más de la confianza de aquel imbécil.

- Oiga, por cierto: la parte por donde se dobla el brazo ¿cómo se llama? ¿El culo del codo, o algo así?
- Bueno, dicen que la parte de detrás de la rodilla se llama trasrródillo o algo así, de modo que esa parte se llamará… Trascódigo, o tráscodo.

“Tráscodo” sonaba a personaje de Tolkien. El imbécil (yo no insulto así como así, la situación apoya el apelativo) decidió aliarse con el enemigo.

- Ahora tengo yo una pregunta para usted: ¿No le parece un poco cansado eso de ir escondiéndose de la gente durante toda la vida?
- Hay gente que lo hace todos los días y sale en los periódicos… No veo qué malo hay en ello. Me gusta este juego.
- Sí, ya, pero…
- ¿Usted quiere pasar desapercibido cuando vengan a quitarle la casa?

El otro, mintió:

- No me lo había planteado… Bueno, ¡de acuerdo! ¿Qué hay que hacer?

Entonces, el hombre sin nombre (ahora “hombre verde”, mañana dios dirá) pasó a presentarle al resto de antiguos inquilinos que moraban en aquel lugar y que todavía no habían sido descubiertos. Los había de todos los colores. Todos formaron un verdadero clan y consiguieron asignar un color al nuevo miembro del club de desheredados: El gris. El problema radicaba en que el gris no se sabía si podía ser verdaderamente un color, por lo que su disfraz podía cojear de algún modo.
¿Quién estaba detrás de aquel complot? Seguramente, un estafador que disfrutaba viendo cómo unos pobres ilusos estrujaban su mente para sobrevivir en aquel negocio de lucro. Los habitantes fantasma habían sido engañados vilmente, pero su honra no les permitía renunciar a aquello por lo que habían pagado. Y, si era necesario cambiar de vida para mantenerse como propietarios de un piso en un mundo atacado por la crisis, se cambiaba de vida. Era, pues, todo un honor.

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