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DON NADIE

>> martes, 1 de marzo de 2011

DON NADIE

Nos encontramos ante un hombre echado a perder. Él quería ser intelectual, pero sabía que no podía ser escritor porque ni fumaba ni bebía. La pintura le había abandonado antes que la escritura y él era consciente de todo esto. ¿Por qué? Porque había tenido una vida feliz, alejada de cualquier preocupación y, sobre la base de la satisfacción plena no se podía escribir. La educación recibida por sus padres no pudo ser mejor en cuanto a atenciones. El exceso de cuidados le había convertido en un ser protegido, un habitante en un mundo entre algodones. Por todo esto se lamentaba. Nunca podría tomar el camino hacia la autodestrucción, por más que lo intentaba. Él mismo se auto-caricaturizaba haciéndose llamar "Don Nadie". Esta era su firma, su tarjeta de visita allí donde iba a contar sus penurias. "¿Por qué me hicieron huérfano de aventura, por qué?" se preguntaba desde su cama aterciopelada, constituida por mil colchones entre los cuales se escondían quinientos guisantes. Tumbado sobre todo este emparedado gigante, esperaba inocentemente respuesta. Sabía que así no se pasaba a la posteridad, que el camino elegido llevaría a sus cenizas al anonimato. A día de hoy, todavía sigue vivo, triste y apenado por no saber lo que se dirá de él, porque su biografía está incompleta. Yo, escritor humilde, biógrafo de todos estos personajes, trato de comprenderles, pero ellos deben de saber que la vida sigue su curso y que solo me cabe hablar de ellos en su presente. Nunca he sido de predecir futuros ni de matar a gente afable y simpática, por muy torturados que estén y necesiten saber cómo les recordará la historia.



A DON NADIE SE LE CONCEDE UNA OPORTUNIDAD

Han pasado dos semanas y Don Nadie ha tenido una idea deslumbrante: Pedirle a un amigo suyo, escritor, que confeccione una novela a su medida. “Don Nadie” la firmará como si la hubiera escrito él y, después, la presentará a concurso. ¡Qué gran idea! Por fin se sentirá “alguien” aún sabiendo que no lo es.
Lo extraño de todo aquello se hizo visible cuando ganó un prestigioso premio literario y tuvo que decir unas palabras. Su lenguaje ramplón entonces salió a la luz y la gente lo admiró. Aplaudían su estúpido discurso. Don Nadie se sintió estafado. Yan da importaba de lo que dijese porque aquel estúpido libro le había anulado como persona independiente. Comprendió que la gente aplaudía al libro y no a él. Fue al poco tiempo de que estas cosas sucedieran cuando Don Nadie decidió desenmascararse. Le dijo a su amigo “cuando me avisen para dar una conferencia en un lugar importante, quiero que vayas tú, el autor verdadero del libro.” El amigo, como era tonto, accedió. Llegó el día “D” y el amigo compareció ante los intelectuales y la prensa suplantando la identidad de “Don Nadie”. Y he aquí que sucedió el milagro: nadie se percató del cambio. ¿Qué estaba sucediendo? Quizá el mundo había dejado a parte su imbecilidad y había comenzado a valorar las obras y no a los autores. Esto era maravilloso. Un cincuenta por ciento del ego mundial había sido borrado de un plumazo de la faz de la tierra. Además, Don Nadie quedo aliviado, pues ahora la gente le obviaba pero para él no resultaba un trauma. El autor con nombre y apellidos había desaparecido. El anonimato regresaba. “El Lazarillo de Tormes” y La Catedral de Chartres eran los ejemplos a seguir, los nuevos ídolos.

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