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Jose Luis Gómez, un superviviente inmortal

>> lunes, 28 de marzo de 2011



Estaba deseando escuchar aquella voz. La sensibilidad hecha palabra. Si alguna vez creyese en la posibilidad de hacer prosa con el verso, sería con él. Creería firmemente en el teatro hecho verdad. Olvidaría todo escenario y me pondría a la altura de las circunstancias.
El miércoles 23 de marzo fue investido Doctor Honoris Causa una persona extraordinaria. Jose Luis Gómez, hizo la entrada triunfal más modesta que haya visto con estos ojos. Allí estaba yo, en uno de los bancos del Nº 49 de la Calle San Bernardo, propiedad de la Universidad Complutense. El "paraninfo", aparece con todo el esplendor de un tiempo pasado que vuelve en cada ceremonia. Revive, aún así, de forma extraña, resultando de un fuerte choque entre el antes y ahora, como los impactos de bala dentro del Congreso de los Diputados.
Aquel acto solemne, por un momento, me recordó a una celebración sagrada. Algo ha quedado del Cardenal Cisneros: Todos en pie, escuchando el Gaudeamus Igitur.
Mi padre, en uno de los asientos del coro, supervisando que todo saliese a pedir de boca. Juan, el que fuera director de la orquesta en la que pasé casi siete años de mi vida, sacando voces a los instrumentos para interpretar la Suite Holberg de Grieg. Estas dos personas que me son tan cercanas, rindiendo su homenaje musical tan personal a Polidori, que hacía acto de presencia con las primeras notas. Recordando "Remando al Viento", homenajeando a esta figura de la escena, irremplazable. ¿Qué ha sucedido tras la renovación del teatro en España en los años sesenta? Nada, realmente. Las sombras alargadas de Nuria Espert, Adolfo Marsillach y este caballero que ahora es nombrado miembro oficial de la Orden, siguen presentes recordándonos que hasta ahora, su mensaje, su legado, han resultado insuperables. Y es que a veces no nos damos cuenta de las pocas personas inmortales que todavía quedan en nuestra memoria viva.
la voz de Gomez, no se hizo esperar. tras una emotiva presentación por parte de Javier Huerta Calvo, el actor comenzó a deleitarnos de la siguiente manera: recitando "La canción del pirata" de Espronceda. Su primera actuación de niño, ante sus padres, demostrando su manifiesta pasión por una vocación todavía tímida. Después, siendo ya mayor de edad, marcha a Francia y a Alemania, teniendo como tapadillo el trabajo de hostelería (heredado del legado familiar) cuando en realidad lo que busca es hacerse camino en la profesión. Conocer la vanguardia teatral de la mano de autores desconocidos en su país, como Bertold Brecht. Entra en contacto con Grotowski y conoce el Teatro de lo pobre, llegando hasta Polonia. Después, vuelve como hijo pródigo a su tierra, y se enfrenta con un panorama desolador, siempre con el espíritu del resucitador. Y lo logra. Como mucho Sartre había dado su brazo a torcer para dejar interpretar sus obras, gracias a la mediación de Sastre. Sí, quería decir Sastre con "S" y no "R" (Alfonso Sastre, un personaje extraño en el panorama político actual). "A puerta cerrada", entraron "Las moscas".
Gómez se refirió al oficio de actor citando un relato de Steinbeck sobre el trabajo de los constructores de barcas. Un trabajo realizado con oficio, en el que se pone algo más que la pura técnica para volverlo digno.
Finalmente, he de lamentarme por la intervención del señor rector Berzosa, cuyas aportaciones se inclinaron más hacia la política (abandona el cargo tras años de mandato) y ensombrecieron de algún modo el acto, el homenaje concreto a esta figura de los escenarios y del cine.
Allí estaba, en la parte reservada a los invitados, otra de las grandes: Charo López. Gonzalo Suárez se dejó ver a pesar de su resistencia a asistir a todo tipo de actos públicos (y bien que hace). Además, estaban Verónica Forqué, Albert Boadella, Pilar Bardem, Mario Gas y otros que temo haber olvidado.
Jose Luis Sampedro, a sus noventa años, también hizo acto de presencia, y fue otra de las notas emotivas e importantes del acto.
Por parte de las autoridades: Ángeles González Sinde e Ignacio González.
En cuanto a las personas que conozco por cultura pero desconocí en persona, citar a Sanchís Sinisterra o a Alberto Corazón.
Después del "solemne acto", a mi pesar, regresé a la Facultad real, la de Ciudad Universitaria. Un par de sandwiches y un zumo mientras esperaba el autobús 46 en la Gran Vía, rumbo a una tarde de clases en este marzo caprichoso.
Quisiera no haber resultado un "Cronista de la Villa". No quiero decir que menosprecie esta labor (siempre he admirado a personas como Pedro de Répide o Mesonero Romanos). Simplemente me hubiera gustado hablar desde dentro, y no desde los datos como proceso de labor para recoger un acto histórico.

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