Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

LAMENTO POR “WERTHER”

>> miércoles, 16 de marzo de 2011


Zipi y Zape en "Werther"


Siete menos cuarto de la tarde del miércoles 16. Me encuentro delante del teatro de la Ópera, esperando a entrar para ver “gratis” el “Werther” de Massenet. Observo los carteles anunciando la representación. Todavía es pronto para el estreno. Hoy se convoca a voluntarios melómanos para asistir a un ensayo de la obra. Si yo fuese el tenor o el director de orquesta (o, como se pone de forma correcta en los programas, el encargado de la “dirección musical”) por ejemplo, sería mucha responsabilidad para mí el ver impreso mi nombre en una responsabilidad de tal envergadura. Se vende la piel del oso antes de cazarlo. De la misma manera, tampoco llevaría bien el que el público me aplaudiera antes de comenzar a desempeñar mi trabajo. El agradecimiento para después, cuando me lo haya merecido. Solo entonces, será sincero (y todavía me reservo respecto a lo de “sincero” y no “aplaudo porque sí, porque lo dictan los cánones). Ya dentro, observo el interior del teatro. Se me asemeja su construcción a la de un Cyborg: las nuevas tecnologías van apoderándose de la estructura original. Mitad “humano”, mitad máquina, el teatro requiere de estas pequeñas operaciones para mantenerse con vida con el paso de los años. Renovarse o morir. Cuando se reinauguró tras gran tiempo cerrado, apareció por allí Pilar Miró, (como bien cuenta Diego Galán en las memorias de la directora), personaje que bien puede asociarse, junto con Alfredo Kraus, al Teatro Real y a Werther. El tenor canario dejó el listón bien alto, por lo que cualquier sustitución para el papel protagonista actual- partiendo del conocimiento de Kraus- resulta complicada no ya de mejorar sino de equipararse. Pilar Miró sentía gran admiración por el cantante y, concretamente, por ese su papel en dicha ópera. Su aria puede escucharse en el filme de mismo nombre “Werther” e incluso en “Gary Cooper que estás en los cielos”. Son dos homenajes maravillosos, desde la más pura admiración.
¿Por qué hay pantallas en el Real que siguen en directo lo que está sucediendo? Incluso un servidor que se encontraba en el “gallinero”, no precisaba de prismáticos para seguir la trama a la perfección. Observar la pantalla virtual a la vez que se escucha el sonido real resulta casi de cine mudo, donde la pianola, la orquestina e incluso la voz humana acompañaba a las imágenes.
“Las lamentaciones del joven Werther” de Goethe es el libro en el que Massenet se inspiró para crear su ópera. En él, Eros y Tanatos se encuentran claramente presentados y relacionados. El autor alemán aprovechó el espíritu romántico imperante del momento para introducir un personaje que representase sus sentidos anímicos. La desesperación de no ser correspondido amorosamente bien la conocía el bueno de Goethe, y no dudo en exorcizar este fantasma poniéndole nombre y apellidos que lo sintiese, lo sufriese y lo condenase. “personificar” su estado anímico como una buena terapia. Massenet llegó al siglo diecinueve con el romanticismo en plena fase de expiración y esto se comprueba perfectamente en el ambiente de la obra, que se vuelve por momentos excesivamente lento. Tan solo la segunda parte logra resarcir de esta tara a dicho trabajo. Todo parece dispuesto para imposibilitar una felicidad en Werther. El trasfondo religioso no deja de resultar peculiar por cuanto el romanticismo trató de resarcirse de dicha tara o canalizarla por otras vías más profanas. Los sentimientos de exaltación parecen llevar tan pronto a Werther al enamoramiento como al suicidio. Si bien en un primer momento se enamora sin conocer a su “objeto de deseo” (lo que se dice amor a primera vista) luego se encuentra preso de este capricho pasional de juventud que parece condenarlo a la única salida posible. Se plantea que un suicida no tiene por qué renunciar a los valores del cristianismo. Más pronto se reencontrará con la verdadera tierra prometida, y el padre todopoderoso le estrechará entre sus brazos por desear encontrarse con él y desprenderse de la corrupción material. Es un monje ante el mar de nubes este Werther.
La figura de la enamorada, de Charlotte, se rige por la obediencia a los preceptos patriarcales: asume sin pensarlo, la tutela de sus hermanos al morir la madre, y es esta misma la que también le dijo con quién debía de casarse. Vamos, que antes de abandonar este mundo, lo dejó todo bien atado. “El sí de las niñas”, pieza teatral de Moratín o “La boda”, tapiz de Goya, nos recuerdan a estos hijos abnegados a su destino, condenados al corte de alas constante de su libertad. En cuanto a la representación escenográfica, se recurrió a presentar a la madre de Charlotte en un retrato fotográfico para mostrar la presencia simbólica de este personaje, culpable de todo el drama al legar esta “herencia tan nefasta”. También se recurrió a dos personajes casi simétricos (una especie de Zipi y Zape o Hermanos Malasombra) para representar lo abstracto de la situación (algo así como la representación de una narración en voz en off pero implícita en la historia, convertida en personajes). Esto es algo que no termino de digerir y me sigue resultando accesorio, ya que aporta una pizca de humor que no viene a cuento.
Sigo defendiendo, para la representación de una historia tan melodramática como esta, unos decorados melodramáticos que representen el contexto de la época, y no estas creaciones tan innovadoras que no hacen más que descentrar al espectador. A mí me causan verdadera turbación. Necesito, digamos, un aliciente que me mantenga introducido dentro de la acción para que no me resulte- como en este caso- tan increíble. Con mantener distanciado al espectador solo se consigue que a este le resulte todavía más pesaroso un relato tan lejano en el tiempo y tan complejo de digerir desde una comprensión o empatía contemporánea.
La muerte de Werther se prolongó casi treinta minutos de reloj, algo también bastante cansino. El moribundo se levantó cuatro veces contadas de su lecho de muerte para prolongar su agonía mediante un diálogo con su amada interminable. Esta forma de prolongar el sufrimiento va. Definitivamente, contra los derechos del ser humano. Claro que, todo puede valer. Hay muertos bastante vivos en nuestra historia. Por ejemplo, un hecho verificable: en la dramatización cinematográfica que se hizo del asesinato de Canalejas en Madrid, su asesino anarquista, interpretado por un inexperto José Isbert, se pega un tiro anunciando su muerte pero después se levanta y se va del plano tan campante.
Los elementos de iluminación resultaron bastante interesantes, ya que aportaban color a la escena para los diferentes momentos: En el Primer acto, tonos amarillos que tiñen a Werther en su indumentaria y en el lugar en el que se desenvuelve. Hay un ambiente optimista, el protagonista valora la experiencia de vida en su estado más alto. En el Segundo acto, la penumbra azul nos cuenta la situación de desesperación de los protagonistas al no poder amarse y, por fin, el blanco nieve nos habla de la muerte, de lo marmóreo, del final trágico que pasa a la frialdad del cuerpo inerte, de la blancura del espíritu, de la religión y del “cielo”. Las sombras que agigantan los cuerpos cuando una estancia oscura se ilumina por una puerta abierta al exterior, nos habla de un cierto expresionismo ligado al cine mudo. El tintado azul para Caligari o Nosferatu, que bien supieron beber por otro lado de elementos puramente teatrales.
No quiero decir que haya salido un tanto decepcionado de la representación, pero creo que los elementos narrativos de Goethe han quedado un tanto descolgados de la impresión que pretendió lograr en el espectador, al menos en esta época contemporánea. Remarco la impresión de ritmo lento en el espectador, amén del empleo de los personajes con sus valores simbólicos: El empleo de los niños resulta demasiado patético y poco hilvanado para con la historia, así como la figura del padre (y no digamos las de los “lugareños”). Pero no vamos a cargar siempre contra Goethe. Otro tanto de la culpa va para Massenet, un francés que puso música a un alemán que podía haber sido su bisabuelo. ¿Y qué hay de la renovación de la obra por parte del equipo artístico? Siempre he encontrado en el teatro Real, una escenografía en las obras capaz de prescindir de cierta elegancia, lo que nos conduce a cierta frialdad (esta elegancia “real” parece ir en discordancia con la modernidad que se pretende para con las obras).
Quizá me encuentre en una especie de lucha entre la defensa de la contemporaneización de la escena a la vez que lucho por mantener los valores de las piezas partiendo de su contexto original. Odio vivir en tierra de nadie, y más en estos casos. ¿Pero qué puede defender un alumno de Bellas Artes con pretensiones artísticas futuras que todavía pinta sobre lienzo y cree en el estudio de una carrera que le acredite como “artista”? ¿Dónde se encuentra el arte hoy? Siento que los tiempos han cambiado y todavía creo vivir en el siglo XX con sus preceptos. De nuevo, me defenderé con el argumento más facilón: la deficiente enseñanza recibida desde niño y el choque posterior de esta contra el mundo real.

16 – 3 – 11

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP