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SIN TÍTULO, NÚMERO 1

>> domingo, 13 de marzo de 2011

Frente al espejo, se pintaba meticulosamente la cara. ¿Quién quería ser hoy? La superficie, todavía lisa de la cara, dejaba pensar tranquilamente al cerebro, sin interrupciones visuales, auditivas, o de cualquier otro tipo. La primera capa de empaste ya estaba dada. Ahora, solo le quedaba actuar con rapidez con el pincel, antes de que la base se secara. Rápidamente, se pintó una boca. La hizo sonreír y pudo verse, todavía sin ojos, esbozando esa sonrisa con la mente. Luego, una nariz respingona. Las orejas las hizo disimuladas bajo una tupida cabellera negra. Por último, los ojos verdes bajo unas cejas pobladas. Ya estaba listo para salir a la calle. Unas gotas comenzaron a caer sobre la acera cuando este la pisó. Cuando llevaba diez minutos paseando para lucir la nueva cara, notó cómo comenzaba a gotear colores. Toda su nueva fachada comenzaba a resquebrajarse. En muy poco tiempo, quedaría anulado como persona. Los más aventajados pudieron reírse de él al portar paraguas. Ellos quedaban eximidos de demostrar que verdaderamente estaban pintados, aunque la verdad es que nadie podía engañar al vecino en aquella ciudad de desfigurados. Todos conocían la verdad aunque figuraban no creerla. Hicieron de su compañero una humillación, y cuando este quedó despersonalizado, lo cogieron y pintaron sobre él el rostro más humillante. Después, lo llevaron al vertedero municipal y lo dejaron abandonado, atándole a la pierna una ristra de latas. Le habían dibujado todos los elementos menos uno: los ojos. Así, quedó perdido en la inmensidad inhóspita. El pincel que portaba en su bolsillo, había sido despeluchado. Ya nada podría hacer por él, tan solo confiar en la benevolencia del prójimo. ¡Bendita inocencia!

13 – 3 – 11

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