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GUEST, de Jose Luis Guerin

>> jueves, 28 de abril de 2011



El otro día, revolviendo entre los papeles de mi habitación, encontré un ejemplar del diario El Mundo dedicado a Francisco Umbral. El escritor acababa de fallecer y yo debí guardarlo por sentimentalismo barato. Ese sentimentalismo se había vuelto, a día de hoy, amarillo, casi ilegible y con un olor al polvo en el que tarde o temprano se convertiría, según dice una voz bíblica. Por curiosidad, me puse a ojearlo, y encontré algunas cosas bastante interesantes para lo que viene a ser esta profesión profana de escritor no profesional. Umbral recordaba, en uno de los artículos, lo que César González Ruano le había dicho en una ocasión: “Un artículo es una morcilla. Dentro metes lo que quieras, pero tiene que estar bien atado por los dos extremos”. En otra página, se recuperaba una carta que su amigo Cela le había dedicado: “Lo primero que necesitaba un escritor para serlo de modo que mereciera la pena, no estreñida y obedientemente, era tener voz y voluntad propias, poco importa si poderosas y arrolladoras o tenues y lánguidas pero propias, inequívocamente personales y propias.” Ruano lo encuentro más lejos que Cela en cuanto a Umbral, pues estos dos últimos encajan perfectamente en cuanto a personalidad canalla. Umbral, persona y personaje, siempre me ha guiado a la hora de redactar un artículo. Trato de pensar qué haría Umbral a la hora de ponerse a escribir: “Si estoy normal, o ese día la columna me la suda, me pongo a ello y procuro no nutrirme de los periódicos, […] sino de cosas que he cazado por ahí, la noche anterior, en una conversación, viviendo, observando.” Curiosamente, una noche anterior bastante lejana, fui al cine a ver “Guest” de José Luis Guerín y, tras salir de la sala de proyección, me quedé con ganas de escribir sobre lo que había visto. No debía precipitarme: Guerín necesita de su poso. Por ello, Traté de hacer una excepción y me contuve una larga temporada para hacerlo, hasta el día de hoy. Me gustaría, ahora, inspirarme en Cela tanto como lo hizo Peckimpah (pues es sabido que admiraba del gallego su novela “la familia de Pascual Duarte) pero me temo que ahora tocan otros tambores y debo inspirarme en mí mismo, y más concretamente, inspirarme en aquella noche aciaga.



“Guest” es una especie de columna diaria durante varios diarios consecutivos. Guerín es invitado a festivales para presentar su última película (“En la ciudad de Sylvia”) y, ni corto ni perezoso, se lleva su cámara de video para testimoniar su viaje alrededor del mundo (un mundo, como ya digo, dividido en festivales cinematográficos). Guerín, como un niño pequeño, trata de hacer los deberes y filma aquellos lugares donde le llama su deber profesional. Es como una justificación, parece decir “no me he pasado el día fuera, también he cumplido con mi obligación de director con una película que tiene que ser presentada en lugares serios (aburridos)”. Así, aparecen festivales como el de la Mostra de Venecia, que pasan por su cámara, eso sí, muy fugazmente. Parecen estar a la misma altura que las filmaciones que realiza en el hotel, cuando se va a descansar. En su habitación, vemos cintas y cintas que va grabando de sus viajes (una especie de metalenguaje cinematográfico ¿no?) y que ahora reposan, metidas en sus cajas y rotuladas, junto a la pantalla del televisor, esperando a ser montadas, para convertirse después en ese “Guest” que ahora contemplamos. La película podría convertirse en una especie de bucle en el cual el director no encontrara escapatoria. ¿Qué sería su siguiente filme? ¿Un recorrido de la película “Guest” por los festivales, como hizo con “En la ciudad de Sylvia”? Lo poco que reconocemos de Guerín en este film es su voz y su eterna silueta con esa gorra que lleva siempre a todas partes. La imagen, aunque parece tomada de forma informal por esa pequeña cámara de viaje, es de lo más correcta. Guerín juega con ese ir y venir entre el documental y la ficción. Lo vimos en el primer trabajo que lo hizo visible para la crítica (“En construcción”) y lo perfeccionó en su penúltima obra (“En la ciudad de Sylvia”). Ahora, en “Guest” lo observamos incluso con reminiscencias cinematográficas, haciendo uso de aquella neblina impresionista debussyana del film “El retrato de Jennie” de Dieterle. Guerín sale a la calle para encontrarse con lo más granado de la sociedad en cada lugar al que acude. Trata de dar voz a esos actores que, sin saberlo, se convierten en profesionales. Parece querer decir Guerín a sus retratados, en este filme, lo siguiente: “Aunque os creáis cantantes frustrados, debéis saber que ya pasasteis la prueba de canto más difícil, que fue la de cuando aprendisteis a hablar siendo niños”. Así, encontramos a fotógrafos amateurs que muestran orgullosos el trabajo de toda una vida, a cubanos contentos y descontentos con la política llevada a cabo en la isla, con evangelistas que transmiten la palabra divina y con aquellos que la discuten, con guías que muestran templos sagrados y niños que rompen ese aura jugando dentro de ellos… Todos tienen razón a su manera y Guerín democratiza sus voces (sin saber estas que un día se escucharán en salas de cine).



Esta democracia parece llevarla también al aparato técnico con ese canto al viajero enamorado de retratar lo que ve en sus viajes, sea un experto o no manejando el artilugio que deja colgar de su cuello (cámara de vídeo, de fotos…).Y, aunque parezca que todo se satura en sonidos e imágenes, que la imagen no es del todo pura, una vez más caemos en la trampa. Si bien en audiovisual debe controlarse la imagen tomada, tratando de depurar el “escenario” hasta dejarlo con las mínimas cosas imprescindibles (al contrario que en dibujo o pintura, donde se parte de un lienzo en blanco-la nada- a ser rellenado) aquí todo esto no importa, porque se capta todo y el espectador hace caso a lo que quiere. En el “cine como tal” el espectador permanece clásicamente atento, con sus cinco sentidos, tratando de que no se le escape nada de cada uno de los fotogramas (de nuevo contrariamente a la pintura o dibujo, donde la obra puede contemplarse en su quietud e inmovilidad el tiempo que se quiera). En Guerín asistimos de nuevo a esa democracia de “Sírvase usted lo que quiera” de toda esa bandeja que se nos ofrece. Sin duda, un género bien interesante el del documental (en el cual, por lo que aquí se demuestra, pueden no existir los límites), y muchas veces no tenido en cuenta, no tomado del todo en serio por tantos y tantos puristas, que son más que número de santos y días del año.

10 – 10 – 11

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Sacado de contexto

Nº 1

Cincuenta músicos acompañaron a Jorge I durante el viaje que realizó en su barcaza sobre el río Támesis. "Estrenaron" la "Música Acuática" de Jorge Federico Haendel. El éxito de la partitura fue tal que tuvieron que repetirlo un par de veces más. ¿Qué hubiera sucedido si el monarca hubiese tenido un reproductor de música entre sus manos? Quizá habría mandado al pairo a toda esta orquesta para disfrutar del paseo en solitario... O tal vez hubieran sido los músicos los que le hubieran abandonado; eso sí, obsequiándole con la Primera Grabación Mundial de la obra, ahora en sus manos. La habría podido repetir tanta veces como hubiese deseado, solo dándole al botón de "Play".
Quienes todavía asisten a conciertos sinfónicos en directo (como yo), deben de sentirse un poco incómodos. Sobre todo, cuando las obras pueden pecar de cierto regodeo en su pesadez. Bien entendía esto Haydn, con su sinfonía Nº 94 (componía sinfonías como churros), la llamada "Sorpresa", en la cual incluyó una serie de momentos en los que la orquesta tronaba para despertar a todos aquellos que se quedaban dormidos durante la audición.
Para la orquesta, cuya tarea consiste en ensayar y ensayar fuera del concierto, el poder tocar la obra de cabo a rabo, sin interrupciones, debería resultar un regalo casi divino.
En el auge de la reproductibilidad técnica, cuando la Escuela de Frankfurt se tiraba de los pelos ante la inminente llegada de esta industria cultural, comenzaron a tenerse en cuenta las posibilidades de realizar grabaciones de las obras para poder distribuirlas a todas partes. Ya todo el mundo podía acceder a dichos conciertos, no tenían por qué ir a una sala y disfrutar una sola vez de la obra. Uno de los trucos más bajos que pudo inventar esta industria fue la de retocar las imperfecciones hasta volverlas perfectas. Así, los "fallos del directo" se borraban de la memoria del disco, quedando grabaciones impecables. De esto sabía mucho Karajan, con su Deutsche Gramophon.
Stravinsky prefería dedicarse a la venta de sus obras grabadas dirigiéndolas él porque le salía más rentable que la venta de sus partituras a otras orquestas.
No obstante, la gracia del acto en vivo estriba en que hay nada es mentira, todo es real. Cada interpretación será distinta de la anterior por parte de la misma orquesta. No se puede bañar uno dos veces en el mismo río. Y si hay fallos, que los halla. Parece obsceno reunir a un número de personas que deleiten a otras tantas solo por el placer del directo pero ¿y qué? Volvemos a lo de antes: Música real y bien remunerada (aquí, habría que hablar todavía de cierto elitismo, ya que no todo el mundo, al ver el precio de una entrada de este tipo, se atreve a pagarla. No obstante, el trabajo que lleva a cabo cualquier orquesta en este sentido vale su peso en oro).


Nº 2

Un compañero del alma, como podría ser Ramón Sijé, me dijo una vez una verdad como una catedral: "Si una película es buena en sí, cualquiera de sus partes será interesante." Esto, viene a colación por lo que mucha gente teme siempre: que una película se le sea destripada. Ante un filme con argumento, por ejemplo. Ya Woody Allen hizo una parodia de esto en "Annie Hall", estando con Diane Keaton en la cola de un cine. Desde luego, las palabras de este compañero parten de un juicio objetivo y siempre crítico alejado de toda sentimentalidad posible, apartado de todo romanticismo. Con el cine clásico, por ejemplo, sería más complicado dar por válida esta teoría. Y es que, si de algo nos ha nutrido esta industria holywoodiense es de crearnos grandes expectativas, de hacernos soñar. En una palabra: Evadirnos. ¿e qué? De la realidad. Se nos presentaba un mundo inexistente y, por cierto, lleno de prejuicios. Un cine con sabor a moralina, de conservadurismo increíble. En él, hasta Ava Gardner se convertía en una mujer sumisa. El tiempo, que es un juez cruel, nos presenta este tipo de ejemplos en la actualidad de forma desastrosa. Para poder juzgar correctamente este periodo habría que involucrarse dentro de su contexto. ¿Merece esto la pena?
Yo reconozco haber sido asiduo a este cine hasta los quince o dieciséis años. Era un auténtico enamorado de él, me dejaba llevar por las directrices que marcaban directores como Garci, convertidos también en presentadores. Sus mandamientos del cine acabaron por resultarme un tanto obsoletos, aunque comprendía sus bases y sus teorías. Todo partía de una emoción que nació en las salas de cine de la infancia. Hasta hoy las llevan rescatando.
Quizá pudiera establecerse un paralelismo con el arte, donde este compañero se mostró también muy ducho en sus palabras: "La Fragua de Vulcano" de Velázquez seguirá siendo para él universal. Todo el mundo puede valorarla en sí. Luego, estaría la cartela. Habría que recurrir a la mitología de los libros de Ovidio para reconocer el tema en su Historia. De todas formas, el tema de los títulos en las obras de Velázquez es muy posterior a la vida del pintor. Hoy en día todavía existen debates acerca de cómo se denominó a estas obras y cómo las habría denominado el propio Velázquez.
"La Fragua" o "Los borrachos" son universales. Ahora ¿un retrato de Felipe IV lo es?

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LA VENGANZA

>> lunes, 25 de abril de 2011

Todo comenzó en un pueblecito tan pequeño, tan pequeño, que ni siquiera figuraba en el mapa. La cosa era bien injusta, puesto que, aunque recién nacido, tenía infinitas ganas de crecer, y no comprendía cómo en su obstinación tan ejemplar quedaba olvidado por parte de los hombres encargados de dibujar mapas. Poco a poco, el número de casas llego a ser tan grande que el pueblecito, en su segundo año de vida, consiguió llegar hasta los límites del pueblo siguiente. Habían conseguido, pues, unirse por cosas del destino, dos pueblos. Este segundo, como tampoco figuraba en los mapas (aunque esto no le importaba) no se sabía ni dónde empezaba ni dónde acababa. Por ello, todos hablaban ya de dos pueblos imposibles de distinguir entre ellos. A estos lugares habían llegado gran número de extranjeros (sin esto, habría sido más difícil crecer en tal número de habitantes). Estos, se encontraban verdaderamente a gusto en dichas tierras.
Cuando por fin los dibujantes de mapas comprendieron el grado de importancia que estos lugares poseían, decidieron inmortalizarles dándoles presencia física en las cartografías. Al haberse vuelto visibles de pronto ante el resto del mundo, los habitantes de estos lugares comenzaron a sentirse importantes. Ahora, eran no solo nacionales sino internacionales. Por ello, decidieron, en junta extraordinaria, tomar medidas políticas que les dieran relieve dentro del panorama mundial. La primera medida que tomaron fue aprender la otra lengua del lugar, aquella que habían apadrinado con la llegada de los extranjeros. Fue casualidad que, en aquella junta, no hubiera ninguno de estos para dar a conocer su opinión. La idea se aprobó y, al poco tiempo, todos los habitantes se encontraban deseosos de conocer lo que pensaban aquellos hombres que hablaban tan raro (y, por cierto, con los que convivían). Cuando los extranjeros se enteraron, mostraron su indignación públicamente. No estaban dispuestos a que la gente se enterase de aquello de lo que hablaban. Y, es que, habían aprovechado la baza de ser extranjeros para hablar de cosas que solo ellos debían conocer. Críticas, chistes de mal gusto, etcétera. Esto provocó que en los autobuses solo hablasen la mitad de los que en ellos viajaban, por ejemplo. Querían vengarse de algún modo y, por ello, inventaron una nueva lengua que les asegurase cierta intimidad. Incluso crearon una asociación denominada: “El perro mojado” (el título estaba escrito en este nuevo idioma inventado). En ella, se reunían clandestinamente y jugaban a las cartas. ¿Por qué el nombre de “El perro mojado”? La solución estaba en su lema:
“Un perro mojado visualmente parece que pesa menos. Se ha quedado a la mitad. Su pelaje se ha quedado pegado al cuerpo, dejando de dar volumen. Nada más lejos de la realidad: pesa más, precisamente por el agua que lo mantiene mojado. Nunca hay que fiarse de un perro mojado.”

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Retrato realizado por Alberto Junoy Ortega

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"El patio de los naranjos" de Guillermo Hernández Mir (1926)

>> domingo, 24 de abril de 2011

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REFRESCANDO A BARTHES. A VUELTAS CON EL PATRIMONIO CINEMATOGRÁFICO ESPAÑOL

Leyendo "Lo obvio y lo obtuso", recopilación de artículos de Roland Barthes, encontré que el semiólogo francés distinguía al cine de la fotografía de la siguiente forma: el primero, como algo que introducía al espectador en su propia realidad y se la hacía vivir en ese falso directo de lo pasado, y la otra como algo que ya fue y quedó como testimonio en su imagen detenida. El fotograma quedó para la cartelería, para el anticipo publicitario de la propia película.
Hace poco, he tenido ocasión de ver un extracto del filme mudo español "El patio de los naranjos" (Guillermo Hernández Mir, 1926). En él, puede observarse una corrida de toros llevada a cabo por un grupo de clérigos. La filmoteca de Andalucía ha subido a internet este fragmento restaurado, interesantísimo más allá de lo curioso que pueda resultar el tema elegido en cuestión. Y es que, faltando fotogramas en el rollo, algunas imágenes quedan detenidas en el espacio-tiempo, llegando a resultar su visionado más una proyección de diapositivas que un stop-motion fotográfico. ¿Qué habría dicho Barthes de esto?
Si bien es cierto que desde que tengo uso de razón he sido un apasionado del cine sin fronteras, también es verdad que hace ya tiempo que vengo centrando mi atención en el cine concretamente español. A pesar de que este ha tardado en desprenderse de cierta artificiosidad y de tantos otros tópicos, me identifico con él porque, por encima de todo esto, encuentro siempre una identidad que me liga con mi cultura. Así, para mí tiene la misma importancia el hallazgo de una vasija perteneciente a una civilización perdida que la recuperación de un film español que se consideraba perdido. Nosotros hemos maltratado mucho a nuestra propia cultura, no la hemos sabido valorar y hemos hecho cuanto hemos podido por hacerla desaparecer. Ahora, cuando las cosas parecen verse desde una perspectiva más amplia, más justa, cuando parece que hay una intención de reparar los errores cometidos en el pasado, es cuando más importante resulta esta labor de búsqueda. Acaso consigamos encontrarnos con nuestra propia identidad conociéndonos un poco más gracias a nuestra cultura pasada. ¿Quién sabe?
A finales de los años ochenta, un equipo de investigación encabezado por Vicente Romero, llevó a cabo una tarea casi hercúlea: tratar de dar con parte de nuestro archivo cinematográfico mudo desaparecido (casi un ochenta por ciento). Para ello, no dudo en buscar dentro y fuera de la frontera, llegando incluso a Argentina. Alguno de los frutos que dio este trabajo de búsqueda fueron, aparte de la mencionada cinta, la "Malvaloca" de Benito Perojo, "La Dolores" de Fructuoso Gelabert o "Carmen, la hija del contrabandista". Toda esta labor quedó convertida en una serie documental dividida en episodios que Televisión Española emitió bajo el título: "Imágenes perdidas del cine español". Aunque este tipo de apuestas televisivas resulten poco atractivas para un público cada vez más ansioso por entretenerse a toda costa, resultan necesarias, no tanto por su resultado final de emisión en audiencia como por su interés arqueológico. Su labor trasciende a la pantalla y llega hasta el interés por la recuperación de nuestro patrimonio, pasando a la acción. Aunque la teoría siempre es necesaria, se olvida por un momento la recapitulación, la vuelta a la cita de lo ya existente, y se trata de conseguir más teoría, de hallar nuevos ejemplos hasta ahora desconocidos para ampliar dicha materia.
En el 2006, se recuperó otra cinta histórica: la primera versión de "La Verbena de la paloma" dirigida por José Buchs. Para el historiador Joaquín Cánovas Belchí, resultó un hallazgo extraordinario, pues consideraba el film como pieza clave para comprender el rumbo que nuestro cine tomó en los años siguientes.
Hace unos años, la Filmoteca Española editó una serie de filmes del cine “primitivo” español, entre los que se encontraban los títulos mudos “El abuelo” de José Buchs, “La Aldea Maldita” de Florián Rey, e incluso algunos sonoros como “El Misterio de la Puerta del Sol” o los de la era Filmófono. Nada de esto se volvió a repetir. Parece ser que editar en DVD filmes españoles de esta etapa no resulta rentable. La Filmoteca tampoco lo pone nada fácil para acceder a su colección. ¿Lo guarda con demasiado celo o no hay verdaderamente interés para desempolvar sus películas? He de reconocer que conozco de esta etapa cinematográfica gracias a “las imágenes perdidas” de Romero y estas cuatro películas publicadas bajo el sello de Divisa.
¡Quien dijera que este pasado incluso fue emitido por la televisión en tiempo pasado! Ya, ni los canales públicos se dedican a transmitir esta cultura cinematográfica (y no me refiero solamente a este caso, sino a otros “más comerciales”: en la etapa de Pilar Miró, llegaron a realizarse maratones de cine de todo tipo. El que mejor recuerdo de mi niñez cercana es el de los filmes de Harold Lloyd). Hay por ahí una copia que ronda por Internet del “Currito de la Cruz” mudo dirigido por Alejandro Pérez Lugín (autor de la novela) y Fernando Delgado, con el claro logotipo en el ángulo inferior derecho de La 2 de Televisión Española. También, una copia de “Rosario la Cortijera” de León Artola con el logotipo de Telemadrid. Estos filmes, grabados en su día por algún cineasta amateur desde el video de su casa, demuestran que hubo un tiempo en que hasta esta cultura cabía en la programación televisiva. Pero, incluso en este sentido, hemos de decir que hasta en estos aspectos hay cosas imperdonables. Y es que, curiosamente, “El héroe de Cascorro”, uno de los últimos filmes de la etapa muda, había permanecido en los archivos de TVE sin nadie saber que estaba allí, cuando se creía que se había perdido para la Historia. Resulta curioso el que ni siquiera en los “almacenes arqueológicos” se sepa lo que se tiene. Así sucedió también recientemente con el metraje encontrado del filme “Metrópolis”, que había permanecido olvidado en el Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken, en Buenos Aires (Argentina). Aquí, sucede algo bien curioso, y es que en el “Metrópolis” que hasta entonces se conservaba había una cantidad ingente de rótulos explicativos para las imágenes que faltaban. Estos rótulos procedían del guión cinematográfico y ayudaban a reconstruir el filme mutilado. Es en este tipo de casos cuando más cercanos encontramos la literatura y el cine. Si bien en la primera se exige del lector una capacidad creativa para poner en imágenes el texto, en el segundo esto viene ya dado… Pero ¿qué sucede en las películas incompletas que tratan de recomponerse? Yo creo que un poco de las dos cosas. En el cine español me encontré con un caso bien curioso: “Pilar Guerra” de José Buchs, un film tan maltratado en este sentido que se precisó de un buen número de carteles que recompusieran tantas imágenes perdidas, destruidas. Había, pues, más texto que imágenes, y esto llegaba verdaderamente a cansar. Comprendo que el cine mudo supusiera un fastidio para todas aquellas personas que tenían que dejarse los ojos en los textos. La aparición del sonoro debió de resultar una bendición, y más aquí en España, donde había tanta población analfabeta.
Habrá que pensar con la mentalidad francesa de Barthes o, quizá, con la de sus compatriotas Georges Franju y Henri Langlois.

25 – 4 – 11

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Las "Metamorfosis" de Ligeti

>> sábado, 23 de abril de 2011

Años 60



Años 80



Última etapa

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LA DECEPCIÓN DEL HIJO PRÓDIGO

Hacía veinte años que no regresaba. Ahora, por fin, podría volver a conectarse con aquellos canales que parecían asegurarle su propia eternidad. Tan pronto como se había desasido de ellos, había comenzado a notar que le empezaba a faltar el aire. Este cordón umbilical que representaba su origen volvía a manar alimento vital.
Allí estaba el camino que no conducía a ninguna parte.
Dejarse conducir al olvido, a no recordar porque no había nada que pensar.
Sentirse libre de las ataduras diarias, olvidando quién se está siendo o qué se será.
El camino desembocó en ninguna parte y, en ella, el
caminante-viajero
volvió a sentirse
nostálgico-romántico.
Buscó el lugar que tanto le gustaba, aquel donde mejor podían captarse las cosas. Era casi una búsqueda intuitiva, guiada por el buen sentido de la percepción. A través de ella, el paisaje se volvía grande en el mejor de los sentidos.
El vacío del barranco separaba dos tierras. Sobre el barranco y entre estos dos altos lugares, un puente se perdía en la antigüedad de la historia con cada una de sus piedras fósiles.
El hijo pródigo sacó de su mochila un bloc de papel blanco y una plumilla recargable. Con estas herramientas, estaba dispuesto a realizar un dibujo de aquello que en aquel momento le impresionaba visualmente.
Al echarse un poco hacia atrás, algo detuvo sus pasos. Era un banco de madera. Al lado de este, había una placa con una fotografía mostrando la visión que podía contemplarse enfrente, si uno se sentaba en el banco. Por si fuera poco, también había una especie de catalejo anclado sobre cuatro patas. Parece ser que, si se introducían unas monedas en él, el artefacto permitiría extender la visión del ojo hacia aquel paisaje que él había creído hasta ahora “inabarcable”.
No solo sintió que aquella libertad anterior le había sido arrebatada por aquella especie de “guía para turistas”, sino que todo lo que había antes dispuesto sabiamente la naturaleza había quedado estúpidamente descubierto y dispuesto en un orden.
Alguien, desde algún lugar y en un momento concreto, había decidido convertirse en dedo señalador para evitar que la muchedumbre pudiera perderse con su “defectuosa orientación”.
¿Qué era aquello que se erigía a la derecha? El desconcertado sujeto tardó un tiempo en reconocer algo que le resultaba ajeno, extraño. Se trataba de la antigua ermita, otro tiempo en ruinas, ahora reconstruida y restaurada. Aquel lugar de paz y sosiego había sido profanado al reciclarse como parador. Ahora, una multitud enfebrecida de ociosos adinerados lo habitaban (temporalmente), produciendo ruido, contaminando el silencio. Desde aquí se oía. ¡Idiotas de diseño! Vestidos con bañadores y gafas Ray-Ban, se subían en sus coches y ponían la radio bien fuerte para que todo el valle fuese consciente de su existencia. ¿Y esto es progresar? ¡Mejor hubiese sido dejar que aquella edificación hubiese terminado de derruirse! Resucitarla de este modo parecía incluso obsceno.
¿Qué había sucedido entonces? Siglo XXI y Siglo XIX enfrentados en un individuo que luchaba por comprender.
¡Quería controlar de nuevo la pureza, un rincón al que el hombre (el incongruente nuevo-hombre) le hubiese sido vetada su entrada!
En el puente, se leía otro cartel: “Cuidado, no se caiga”. De nuevo, nuestro hombre enfureció. ¡No necesitaba que nadie le dijese lo que tenía que hacer, cómo debía de actuar! Decidió, para llevar la contraria, arrojarse por él con todas las consecuencias.
Fue suerte que por debajo pasase el río. A la orilla de este, otro romántico se encontraba construyendo un barco. Había reunido grandes cantidades de cañas con las que construir la embarcación. Como no sabía de carpintería, había decidido sustituir la madera por este otro tipo de material con el que trabajaría por el sistema de entrelazado. Por ello, el resultado de su construcción recordaba más bien a una cesta de frutas que a algo que se pudiese pilotar.
Sobre aquí fue a parar el otro hombre, quedando amortiguada su caída. Al levantarse indemne, tomó conciencia de su situación actual, trocada en final feliz, y se alegró vivamente. Lo siguiente que hizo fue presentarse a su salvador echándole un piropo: “¡Bonito barco!” Luego, le preguntó si se echaría pronto al río. El otro le contestó que tendría para ello que terminar de quitar todas las piedras del río. Estas, al parecer, impedían a su construcción navegar, pues no podía desplazarse correctamente a través del agua. Iba, como quien dice, dando trompicones. Esto, hizo de nuevo pensar al otro hombre. “¡Otra vez la alteración de la naturaleza por el hombre! ¿Merece la pena ser romántico para esto? Y, lo más descabellado de todo: ¿Cómo quitar todas las piedras de un río?” Mientras todo esto barruntaba en sus adentros, el otro hombre comenzaba a alejarse a pie, siguiendo el curso del cauce. Pensó que, mientras este llegaba al final de su camino quitando piedras (aquellas que, paradójicamente, no le permitían realizarlo) podía servir de ayuda, y se ofreció de la siguiente manera:
¿Quiere que me quede aquí para vigilar su barco y que no se lo roben?

22 – 4 – 11

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“BLACK EL PAYASO” Y OTRAS OPORTUNIDADES DESAPROVECHADAS

>> lunes, 11 de abril de 2011



Creo que fue al inicio de mi carrera universitaria cuando comencé a ser denominado por mis compañeros más allegados, como “chico zarzuela”. El grupo de amistades andaba sobrecargado de personas llamadas “Javier” y había que comenzar a apodar a diestro y siniestro para diferenciar “correctamente” a los sujetos. También había un “Javi Heavy”, por ejemplo. Después, con el paso del tiempo, todos volvimos a nuestros nombres correctos. Surgieron los apellidos porque ya no costaba memorizarlos. Javier Villalba, Javier Ramírez, Javier Mateo, Javier Navarrete… En fin, una multitud de jotas en búsqueda de su personalidad.
Muchas veces me he preguntado qué sucede con la zazuela en la actualidad. Conozco la respuesta, no quiero ser hipócrita. Es, más bien, una cuestión de temor a conocer la verdad de todo esto.
El motivo de esta diferenciación tan particular proviene de una falsa caracterización que cada uno de nosotros recibimos. Sin conocernos todavía en profundidad, tendíamos a gastar bromas con aspectos que nos resultaban más chocantes de cada uno de nosotros. En mi caso, fue quizá el anacronismo que me invadía lo que sugirió aquel apelativo tan curioso. En mitad de algunas clases de carácter práctico, donde cada uno trabajábamos a lo nuestro, me ponía a cantar números sueltos de estas obras líricas tan genuinamente españolas. Reconozco haber padecido un cambio generacional un tanto aparatoso. Mi familia, representante de un pasado que puede resumirse en una diferencia de cincuenta años hacia atrás, supo transmitirme una cultura que poco tiene que ver con lo que ahora tenemos ante nosotros. Quizá porque vivan un tanto encapsulados, negados a afrontar una contemporaneidad que les parece vacua, quisieron atrincherarse en una historia en vías de desaparición, condenada a no ser, por mucho tiempo más, comprendida. La “zarzuela” agonizó en la segunda mitad del siglo XX, siendo consciente de su imposibilidad para adaptarse a los nuevos tiempos. Sorozábal, uno de sus últimos bastiones, se lamentaba en los años ochenta de la poca atención mostrada por las autoridades hacia este género, de que la juventud prefería la música extranjera y despreciaba su propia herencia. ¿Es la zarzuela “música carca”? Hace unos años, se propuso la idea de renovarla, de modificar la letra para adaptarla al siglo XXI. ¿Cómo puede hacerse eso? Quizá “La verbena de la paloma” diga ahora: “¿Dónde vas con la chupa de cuero? ¿Dónde vas con tus vaqueros “Jeans”? A Pachá y a la Joy Eslava, y a meterme en el “sobre” después”. No tiene sentido. El propio nombre de Breton sugiere más un “manifiesto surrealista” que una “Dolores”. No quiero criticar a las críticas actuales vertidas hacia la zarzuela. Creo que podemos encontrar también defectos en este género mal llamado “chico”. Con los nuevos tiempos, puede hablarse de una moral machista, patriarcal e incluso de índole nacionalista. Pero ¿qué esperábamos? A veces, conviene repasar la Historia para comprenderla mejor, para empatizar con aquello que tan fácilmente vilipendiamos. Se falso regionalismo de las jotas o los fandangos, esa convicción en la fe, esa figura de mujer pasiva y a la vez revolucionaria, esos finales moralistas… Todo eso es, mal que nos pese, nuestro pasado. Nosotros. Pero, también, corre por este ambiente una corriente revolucionaria, progresista. Recordemos la canción de “Gigantes y cabezudos”: “Si las mujeres mandasen, serían balsas de aceite los pueblos y las naciones”. Tratar de defender en estos tiempos un momento pasado con argumentos actuales me parece patético. Ha habido siempre un afán por “convertir” las cosas en lo que no son para “convencer” de que no son malas. “A pesar de que pudieron tener sus cosas malas, ellas en realidad no eran así”. ¿A qué mentir, a qué justificarse? Hay cosas que no deben de ponerse a la altura de una política actual para ser rescatadas. No debemos de renegar, como ya digo, de una Historia, ni reescribirla para tratar de “mejorarla” para las nuevas generaciones. Nada de esto. Las cosas son como fueron y deben de ser comprendidas se forma justa, sin manipulaciones de ningún tipo.
“Black el Payaso” se presenta en Madrid por parte de la Compañía “Innova Lírica”. Se elige el extrarradio de la ciudad, en el “Teatro de Madrid”. El grupo que se encargar de mantener vivo el espíritu zarzuelístico, lo componen individuos con más voluntad que medios. La calidad, dicho educadamente, puede ser calificada con la nota escolar de “Necesita Mejorar”. Hay muchas cosas en su contra. Destacaré algunas de ellas:

- El cantante, siendo bueno o no, se encuentra siempre con impedimentos relacionados con la vocalización. Y es que, de hablar a cantar, hay un paso. El texto, en la mayoría de las veces, se pierde en favor de la música.
- El cantante debe de imponerse a la orquesta, escuchándose su voz por encima de los instrumentos.
- El sonido debe de llegar a todas las partes del teatro. Todos los espectadores tienen el mismo derecho a ser atendidos desde el momento en que pagan una entrada. Verdadera paradoja: De no cumplirse esto, los habitantes del “Paraíso”, pueden sentirse en un verdadero infierno.

Nada de esto fue cumplido. Resulta triste que la zarzuela tenga que subsistir en estas condiciones. Las autoridades parecen acosadas por una especie de conciencia política que les “obliga” a tratar de resucitar al moribundo. En estas circunstancias, más vale dejarlo morir. Incluso el “Teatro de la Zarzuela” parece atravesar horas bajas, sacando a la palestra obras olvidadas hasta por el público más entendido. Claro, es más sencillo llevar a cabo partituras y textos nada exigentes, que ayudan a mantener este nivel deficiente cultural, animándolo a bajar cada vez más de posición.
Me sorprendió que en el Teatro Español se representaran, hace unos años, “Black el payaso” y “adiós a la Bohemia”. El director, Mario Gas, parecía más interesado en rescatar la “Memoria Histórica” de Sorozábal que ofrecer un espectáculo en condiciones. Y es que, para la zarzuela, se necesitan buenos cantantes, y no solo interesantes actores. El propio compositor consiguió conformar una compañía envidiable. De allí, salieron figuras como Alfredo Kraus, Pilar Lorengar o Renato Cesari. Sorozábal anduvo peleado con las autoridades políticas pero, aún así, consiguió llevar a cabo todos sus proyectos en España menos uno: “Juan José”, su obra más ambiciosa, basada en una obra de teatro de Dicenta. Un drama, como él lo definía, “obrero”. En aquella época, se encontraba dirigiendo la Sociedad general de Autores Federico Moreno Torroba, que no dudó en ir poniendo piedrecitas en el camino al compositor vasco, que nunca se rindió ni se calló. En el periódico de “El Alcázar”, apareció un retrato suyo tachado con el siguiente titular: “a este músico le han dejado decir “La crítica teatral está comprada”. Por otro lado, el carácter complicado del maestro no hacía mucho por mejorar las cosas. Se retiró como director de la Banda Municipal de Madrid al tener problemas para dirigir la Sinfonía “Leningrado” de Shostakovich. Él conocía bien los límites de la profesión.



A su hijo le recomendó crear obras que pudieran ser representadas porque se ajustaran a los gustos del público. La zarzuela, al fin y al cabo, siempre fue un género popular. De ahí surgió “Las de Caín”, que padre e hijo compusieron basándose en una obra de teatro de los Quintero. Una pantomima de la alta sociedad de principios de siglo XX, con esas niñas cursis de mamá en estado de gracia (tan revisadas, una y otra vez, por nuestra literatura, hasta la extenuación).
Este tipo de música concebida para el éxito de público, no tiene nada que envidiar a la otra, tan presuntamente “personal”. Sorozábal siempre sonó a Sorozábal. De hecho, en su música colaborativa (ya sea con su hijo o con Albéniz, como homenaje – rescató su “Pepita Jiménez”) siempre se descubre dónde empieza y donde acaba su intervención.
Sorozábal supo renovar el género, adaptándolo a la música del momento (el ritmo ligero de los años treinta en los music hall). Aquellas obras, partiendo de su condición zarzuelística, parecían impulsarse fuera de su órbita, buscando un ambiente más “europeo”. “La del manojo de rosas”, por ejemplo, ya no sonaba tanto a la madrileñada que puso de moda “La revoltosa” o “La verbena de la paloma” y que acabó desprestigiándose ante la constante exigencia del público, que desgastaba todo lo que ponía de moda. En “La tabernera del Puerto” hay todo tipo de músicas, excusadas en aquellos marineros que viajaban por tantas “extrañas” tierras. Así, llegando incluso a interpretar el texto teatral de Pío Baroja de mismo título: “Adiós a la bohemia”.
Este autor junto a otros como Jacinto Guerrero o Francisco Alonso, supieron dar un buen final al género, aunque estos dos últimos autores terminasen dedicando sus trabajos musicales a otro género en plena ebullición: La Revista. Así, los dramas argumentales fueron sustituidos de un plumazo (el de las señoras semidesnudas que hacían dúos con personajes cómicos de facha caricaturesca). Pero, hasta en estos casos, la música resultaba un éxito asegurado, un aliciente para acudir en tropel a los teatros. Entonces, Celia Gámez se hizo la dueña uy señora de la escena: Nos encontrábamos ya en posguerra. Se sabe que a Franco solo le gustaba una zazuela, “marina” de Arrieta, y, concretamente, un par de números de esta. Después de oírlos, abandonaba el teatro. La zarzuela fue acogida dentro de aquel ambiente porque “no hacía daño a nadie” ni criticaba nada concreto. De hecho, iba en paralelo con los valores tradicionales defendidos (a no ser de algún caso como el de “La Corte del Faraón”, con la que José Luis García Sánchez realizó una feroz crítica cinematográfica de esta época).
Para comprender a la zarzuela, solo se requiere un mínimo de sensibilidad que permita al espectador introducirse en el ambiente, olvidando sus prejuicios. Se habrá liberado del peso histórico, de la política. Será libre. Yo observaba ayer al director de orquesta dirigiendo el intermedio de “Black el payaso”, pasándoselo en grande dentro del foso. Solo estaba él y la orquesta. Reía, se dejaba llevar por el ritmo, animaba a sus compañeros, igual de jóvenes que él, todos de veintitantos años. Esta es la esperanza a la continuidad del legado hispánico musical. Ellos comprenden, por tanto, el sentido de la música. De la buena música. Un valor universal.

11 – 4 -11

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"No el qué sino el como" y "No el cómo sino el qué". Antología de cuentos recopilados por "El Mamut Clonado" en su editorial Cartoneras

>> domingo, 3 de abril de 2011

¡Mil gracias, Manu!




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