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“BLACK EL PAYASO” Y OTRAS OPORTUNIDADES DESAPROVECHADAS

>> lunes, 11 de abril de 2011



Creo que fue al inicio de mi carrera universitaria cuando comencé a ser denominado por mis compañeros más allegados, como “chico zarzuela”. El grupo de amistades andaba sobrecargado de personas llamadas “Javier” y había que comenzar a apodar a diestro y siniestro para diferenciar “correctamente” a los sujetos. También había un “Javi Heavy”, por ejemplo. Después, con el paso del tiempo, todos volvimos a nuestros nombres correctos. Surgieron los apellidos porque ya no costaba memorizarlos. Javier Villalba, Javier Ramírez, Javier Mateo, Javier Navarrete… En fin, una multitud de jotas en búsqueda de su personalidad.
Muchas veces me he preguntado qué sucede con la zazuela en la actualidad. Conozco la respuesta, no quiero ser hipócrita. Es, más bien, una cuestión de temor a conocer la verdad de todo esto.
El motivo de esta diferenciación tan particular proviene de una falsa caracterización que cada uno de nosotros recibimos. Sin conocernos todavía en profundidad, tendíamos a gastar bromas con aspectos que nos resultaban más chocantes de cada uno de nosotros. En mi caso, fue quizá el anacronismo que me invadía lo que sugirió aquel apelativo tan curioso. En mitad de algunas clases de carácter práctico, donde cada uno trabajábamos a lo nuestro, me ponía a cantar números sueltos de estas obras líricas tan genuinamente españolas. Reconozco haber padecido un cambio generacional un tanto aparatoso. Mi familia, representante de un pasado que puede resumirse en una diferencia de cincuenta años hacia atrás, supo transmitirme una cultura que poco tiene que ver con lo que ahora tenemos ante nosotros. Quizá porque vivan un tanto encapsulados, negados a afrontar una contemporaneidad que les parece vacua, quisieron atrincherarse en una historia en vías de desaparición, condenada a no ser, por mucho tiempo más, comprendida. La “zarzuela” agonizó en la segunda mitad del siglo XX, siendo consciente de su imposibilidad para adaptarse a los nuevos tiempos. Sorozábal, uno de sus últimos bastiones, se lamentaba en los años ochenta de la poca atención mostrada por las autoridades hacia este género, de que la juventud prefería la música extranjera y despreciaba su propia herencia. ¿Es la zarzuela “música carca”? Hace unos años, se propuso la idea de renovarla, de modificar la letra para adaptarla al siglo XXI. ¿Cómo puede hacerse eso? Quizá “La verbena de la paloma” diga ahora: “¿Dónde vas con la chupa de cuero? ¿Dónde vas con tus vaqueros “Jeans”? A Pachá y a la Joy Eslava, y a meterme en el “sobre” después”. No tiene sentido. El propio nombre de Breton sugiere más un “manifiesto surrealista” que una “Dolores”. No quiero criticar a las críticas actuales vertidas hacia la zarzuela. Creo que podemos encontrar también defectos en este género mal llamado “chico”. Con los nuevos tiempos, puede hablarse de una moral machista, patriarcal e incluso de índole nacionalista. Pero ¿qué esperábamos? A veces, conviene repasar la Historia para comprenderla mejor, para empatizar con aquello que tan fácilmente vilipendiamos. Se falso regionalismo de las jotas o los fandangos, esa convicción en la fe, esa figura de mujer pasiva y a la vez revolucionaria, esos finales moralistas… Todo eso es, mal que nos pese, nuestro pasado. Nosotros. Pero, también, corre por este ambiente una corriente revolucionaria, progresista. Recordemos la canción de “Gigantes y cabezudos”: “Si las mujeres mandasen, serían balsas de aceite los pueblos y las naciones”. Tratar de defender en estos tiempos un momento pasado con argumentos actuales me parece patético. Ha habido siempre un afán por “convertir” las cosas en lo que no son para “convencer” de que no son malas. “A pesar de que pudieron tener sus cosas malas, ellas en realidad no eran así”. ¿A qué mentir, a qué justificarse? Hay cosas que no deben de ponerse a la altura de una política actual para ser rescatadas. No debemos de renegar, como ya digo, de una Historia, ni reescribirla para tratar de “mejorarla” para las nuevas generaciones. Nada de esto. Las cosas son como fueron y deben de ser comprendidas se forma justa, sin manipulaciones de ningún tipo.
“Black el Payaso” se presenta en Madrid por parte de la Compañía “Innova Lírica”. Se elige el extrarradio de la ciudad, en el “Teatro de Madrid”. El grupo que se encargar de mantener vivo el espíritu zarzuelístico, lo componen individuos con más voluntad que medios. La calidad, dicho educadamente, puede ser calificada con la nota escolar de “Necesita Mejorar”. Hay muchas cosas en su contra. Destacaré algunas de ellas:

- El cantante, siendo bueno o no, se encuentra siempre con impedimentos relacionados con la vocalización. Y es que, de hablar a cantar, hay un paso. El texto, en la mayoría de las veces, se pierde en favor de la música.
- El cantante debe de imponerse a la orquesta, escuchándose su voz por encima de los instrumentos.
- El sonido debe de llegar a todas las partes del teatro. Todos los espectadores tienen el mismo derecho a ser atendidos desde el momento en que pagan una entrada. Verdadera paradoja: De no cumplirse esto, los habitantes del “Paraíso”, pueden sentirse en un verdadero infierno.

Nada de esto fue cumplido. Resulta triste que la zarzuela tenga que subsistir en estas condiciones. Las autoridades parecen acosadas por una especie de conciencia política que les “obliga” a tratar de resucitar al moribundo. En estas circunstancias, más vale dejarlo morir. Incluso el “Teatro de la Zarzuela” parece atravesar horas bajas, sacando a la palestra obras olvidadas hasta por el público más entendido. Claro, es más sencillo llevar a cabo partituras y textos nada exigentes, que ayudan a mantener este nivel deficiente cultural, animándolo a bajar cada vez más de posición.
Me sorprendió que en el Teatro Español se representaran, hace unos años, “Black el payaso” y “adiós a la Bohemia”. El director, Mario Gas, parecía más interesado en rescatar la “Memoria Histórica” de Sorozábal que ofrecer un espectáculo en condiciones. Y es que, para la zarzuela, se necesitan buenos cantantes, y no solo interesantes actores. El propio compositor consiguió conformar una compañía envidiable. De allí, salieron figuras como Alfredo Kraus, Pilar Lorengar o Renato Cesari. Sorozábal anduvo peleado con las autoridades políticas pero, aún así, consiguió llevar a cabo todos sus proyectos en España menos uno: “Juan José”, su obra más ambiciosa, basada en una obra de teatro de Dicenta. Un drama, como él lo definía, “obrero”. En aquella época, se encontraba dirigiendo la Sociedad general de Autores Federico Moreno Torroba, que no dudó en ir poniendo piedrecitas en el camino al compositor vasco, que nunca se rindió ni se calló. En el periódico de “El Alcázar”, apareció un retrato suyo tachado con el siguiente titular: “a este músico le han dejado decir “La crítica teatral está comprada”. Por otro lado, el carácter complicado del maestro no hacía mucho por mejorar las cosas. Se retiró como director de la Banda Municipal de Madrid al tener problemas para dirigir la Sinfonía “Leningrado” de Shostakovich. Él conocía bien los límites de la profesión.



A su hijo le recomendó crear obras que pudieran ser representadas porque se ajustaran a los gustos del público. La zarzuela, al fin y al cabo, siempre fue un género popular. De ahí surgió “Las de Caín”, que padre e hijo compusieron basándose en una obra de teatro de los Quintero. Una pantomima de la alta sociedad de principios de siglo XX, con esas niñas cursis de mamá en estado de gracia (tan revisadas, una y otra vez, por nuestra literatura, hasta la extenuación).
Este tipo de música concebida para el éxito de público, no tiene nada que envidiar a la otra, tan presuntamente “personal”. Sorozábal siempre sonó a Sorozábal. De hecho, en su música colaborativa (ya sea con su hijo o con Albéniz, como homenaje – rescató su “Pepita Jiménez”) siempre se descubre dónde empieza y donde acaba su intervención.
Sorozábal supo renovar el género, adaptándolo a la música del momento (el ritmo ligero de los años treinta en los music hall). Aquellas obras, partiendo de su condición zarzuelística, parecían impulsarse fuera de su órbita, buscando un ambiente más “europeo”. “La del manojo de rosas”, por ejemplo, ya no sonaba tanto a la madrileñada que puso de moda “La revoltosa” o “La verbena de la paloma” y que acabó desprestigiándose ante la constante exigencia del público, que desgastaba todo lo que ponía de moda. En “La tabernera del Puerto” hay todo tipo de músicas, excusadas en aquellos marineros que viajaban por tantas “extrañas” tierras. Así, llegando incluso a interpretar el texto teatral de Pío Baroja de mismo título: “Adiós a la bohemia”.
Este autor junto a otros como Jacinto Guerrero o Francisco Alonso, supieron dar un buen final al género, aunque estos dos últimos autores terminasen dedicando sus trabajos musicales a otro género en plena ebullición: La Revista. Así, los dramas argumentales fueron sustituidos de un plumazo (el de las señoras semidesnudas que hacían dúos con personajes cómicos de facha caricaturesca). Pero, hasta en estos casos, la música resultaba un éxito asegurado, un aliciente para acudir en tropel a los teatros. Entonces, Celia Gámez se hizo la dueña uy señora de la escena: Nos encontrábamos ya en posguerra. Se sabe que a Franco solo le gustaba una zazuela, “marina” de Arrieta, y, concretamente, un par de números de esta. Después de oírlos, abandonaba el teatro. La zarzuela fue acogida dentro de aquel ambiente porque “no hacía daño a nadie” ni criticaba nada concreto. De hecho, iba en paralelo con los valores tradicionales defendidos (a no ser de algún caso como el de “La Corte del Faraón”, con la que José Luis García Sánchez realizó una feroz crítica cinematográfica de esta época).
Para comprender a la zarzuela, solo se requiere un mínimo de sensibilidad que permita al espectador introducirse en el ambiente, olvidando sus prejuicios. Se habrá liberado del peso histórico, de la política. Será libre. Yo observaba ayer al director de orquesta dirigiendo el intermedio de “Black el payaso”, pasándoselo en grande dentro del foso. Solo estaba él y la orquesta. Reía, se dejaba llevar por el ritmo, animaba a sus compañeros, igual de jóvenes que él, todos de veintitantos años. Esta es la esperanza a la continuidad del legado hispánico musical. Ellos comprenden, por tanto, el sentido de la música. De la buena música. Un valor universal.

11 – 4 -11

1 comentarios:

clara 12 de abril de 2011, 5:12  

El problema efectivamente es que la gente piensa que hay que recuperar algo, y este es un tema delicado: Porque no se trata de revivir esto o lo otro, sino continuar lo que es intrínseco e imperecedero. No esforzarse en reproducir lo formal hay que advertir en la forma algo universal, en la raigambre reside lo potencialmente nuevo y original.Por ejemplo fue la generación del 27 la que volvió a leer a un Góngora semiolvidado.Y no fue casualidad que "recuperaran" el romancero (que no es cualquier género). Amar el pasado de esa manera es estar en contacto con el presente. Se trata de desarrollar lo que otros empezaron, no de imitarlo. Y quien confunde el arte popular de este país (que precisamente tiene muchísimas influencias y repercusiones del resto del mundo) con el fascismo es un inculto y a ese no hay que darle explicaciones.

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