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LA DECEPCIÓN DEL HIJO PRÓDIGO

>> sábado, 23 de abril de 2011

Hacía veinte años que no regresaba. Ahora, por fin, podría volver a conectarse con aquellos canales que parecían asegurarle su propia eternidad. Tan pronto como se había desasido de ellos, había comenzado a notar que le empezaba a faltar el aire. Este cordón umbilical que representaba su origen volvía a manar alimento vital.
Allí estaba el camino que no conducía a ninguna parte.
Dejarse conducir al olvido, a no recordar porque no había nada que pensar.
Sentirse libre de las ataduras diarias, olvidando quién se está siendo o qué se será.
El camino desembocó en ninguna parte y, en ella, el
caminante-viajero
volvió a sentirse
nostálgico-romántico.
Buscó el lugar que tanto le gustaba, aquel donde mejor podían captarse las cosas. Era casi una búsqueda intuitiva, guiada por el buen sentido de la percepción. A través de ella, el paisaje se volvía grande en el mejor de los sentidos.
El vacío del barranco separaba dos tierras. Sobre el barranco y entre estos dos altos lugares, un puente se perdía en la antigüedad de la historia con cada una de sus piedras fósiles.
El hijo pródigo sacó de su mochila un bloc de papel blanco y una plumilla recargable. Con estas herramientas, estaba dispuesto a realizar un dibujo de aquello que en aquel momento le impresionaba visualmente.
Al echarse un poco hacia atrás, algo detuvo sus pasos. Era un banco de madera. Al lado de este, había una placa con una fotografía mostrando la visión que podía contemplarse enfrente, si uno se sentaba en el banco. Por si fuera poco, también había una especie de catalejo anclado sobre cuatro patas. Parece ser que, si se introducían unas monedas en él, el artefacto permitiría extender la visión del ojo hacia aquel paisaje que él había creído hasta ahora “inabarcable”.
No solo sintió que aquella libertad anterior le había sido arrebatada por aquella especie de “guía para turistas”, sino que todo lo que había antes dispuesto sabiamente la naturaleza había quedado estúpidamente descubierto y dispuesto en un orden.
Alguien, desde algún lugar y en un momento concreto, había decidido convertirse en dedo señalador para evitar que la muchedumbre pudiera perderse con su “defectuosa orientación”.
¿Qué era aquello que se erigía a la derecha? El desconcertado sujeto tardó un tiempo en reconocer algo que le resultaba ajeno, extraño. Se trataba de la antigua ermita, otro tiempo en ruinas, ahora reconstruida y restaurada. Aquel lugar de paz y sosiego había sido profanado al reciclarse como parador. Ahora, una multitud enfebrecida de ociosos adinerados lo habitaban (temporalmente), produciendo ruido, contaminando el silencio. Desde aquí se oía. ¡Idiotas de diseño! Vestidos con bañadores y gafas Ray-Ban, se subían en sus coches y ponían la radio bien fuerte para que todo el valle fuese consciente de su existencia. ¿Y esto es progresar? ¡Mejor hubiese sido dejar que aquella edificación hubiese terminado de derruirse! Resucitarla de este modo parecía incluso obsceno.
¿Qué había sucedido entonces? Siglo XXI y Siglo XIX enfrentados en un individuo que luchaba por comprender.
¡Quería controlar de nuevo la pureza, un rincón al que el hombre (el incongruente nuevo-hombre) le hubiese sido vetada su entrada!
En el puente, se leía otro cartel: “Cuidado, no se caiga”. De nuevo, nuestro hombre enfureció. ¡No necesitaba que nadie le dijese lo que tenía que hacer, cómo debía de actuar! Decidió, para llevar la contraria, arrojarse por él con todas las consecuencias.
Fue suerte que por debajo pasase el río. A la orilla de este, otro romántico se encontraba construyendo un barco. Había reunido grandes cantidades de cañas con las que construir la embarcación. Como no sabía de carpintería, había decidido sustituir la madera por este otro tipo de material con el que trabajaría por el sistema de entrelazado. Por ello, el resultado de su construcción recordaba más bien a una cesta de frutas que a algo que se pudiese pilotar.
Sobre aquí fue a parar el otro hombre, quedando amortiguada su caída. Al levantarse indemne, tomó conciencia de su situación actual, trocada en final feliz, y se alegró vivamente. Lo siguiente que hizo fue presentarse a su salvador echándole un piropo: “¡Bonito barco!” Luego, le preguntó si se echaría pronto al río. El otro le contestó que tendría para ello que terminar de quitar todas las piedras del río. Estas, al parecer, impedían a su construcción navegar, pues no podía desplazarse correctamente a través del agua. Iba, como quien dice, dando trompicones. Esto, hizo de nuevo pensar al otro hombre. “¡Otra vez la alteración de la naturaleza por el hombre! ¿Merece la pena ser romántico para esto? Y, lo más descabellado de todo: ¿Cómo quitar todas las piedras de un río?” Mientras todo esto barruntaba en sus adentros, el otro hombre comenzaba a alejarse a pie, siguiendo el curso del cauce. Pensó que, mientras este llegaba al final de su camino quitando piedras (aquellas que, paradójicamente, no le permitían realizarlo) podía servir de ayuda, y se ofreció de la siguiente manera:
¿Quiere que me quede aquí para vigilar su barco y que no se lo roben?

22 – 4 – 11

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