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LA VENGANZA

>> lunes, 25 de abril de 2011

Todo comenzó en un pueblecito tan pequeño, tan pequeño, que ni siquiera figuraba en el mapa. La cosa era bien injusta, puesto que, aunque recién nacido, tenía infinitas ganas de crecer, y no comprendía cómo en su obstinación tan ejemplar quedaba olvidado por parte de los hombres encargados de dibujar mapas. Poco a poco, el número de casas llego a ser tan grande que el pueblecito, en su segundo año de vida, consiguió llegar hasta los límites del pueblo siguiente. Habían conseguido, pues, unirse por cosas del destino, dos pueblos. Este segundo, como tampoco figuraba en los mapas (aunque esto no le importaba) no se sabía ni dónde empezaba ni dónde acababa. Por ello, todos hablaban ya de dos pueblos imposibles de distinguir entre ellos. A estos lugares habían llegado gran número de extranjeros (sin esto, habría sido más difícil crecer en tal número de habitantes). Estos, se encontraban verdaderamente a gusto en dichas tierras.
Cuando por fin los dibujantes de mapas comprendieron el grado de importancia que estos lugares poseían, decidieron inmortalizarles dándoles presencia física en las cartografías. Al haberse vuelto visibles de pronto ante el resto del mundo, los habitantes de estos lugares comenzaron a sentirse importantes. Ahora, eran no solo nacionales sino internacionales. Por ello, decidieron, en junta extraordinaria, tomar medidas políticas que les dieran relieve dentro del panorama mundial. La primera medida que tomaron fue aprender la otra lengua del lugar, aquella que habían apadrinado con la llegada de los extranjeros. Fue casualidad que, en aquella junta, no hubiera ninguno de estos para dar a conocer su opinión. La idea se aprobó y, al poco tiempo, todos los habitantes se encontraban deseosos de conocer lo que pensaban aquellos hombres que hablaban tan raro (y, por cierto, con los que convivían). Cuando los extranjeros se enteraron, mostraron su indignación públicamente. No estaban dispuestos a que la gente se enterase de aquello de lo que hablaban. Y, es que, habían aprovechado la baza de ser extranjeros para hablar de cosas que solo ellos debían conocer. Críticas, chistes de mal gusto, etcétera. Esto provocó que en los autobuses solo hablasen la mitad de los que en ellos viajaban, por ejemplo. Querían vengarse de algún modo y, por ello, inventaron una nueva lengua que les asegurase cierta intimidad. Incluso crearon una asociación denominada: “El perro mojado” (el título estaba escrito en este nuevo idioma inventado). En ella, se reunían clandestinamente y jugaban a las cartas. ¿Por qué el nombre de “El perro mojado”? La solución estaba en su lema:
“Un perro mojado visualmente parece que pesa menos. Se ha quedado a la mitad. Su pelaje se ha quedado pegado al cuerpo, dejando de dar volumen. Nada más lejos de la realidad: pesa más, precisamente por el agua que lo mantiene mojado. Nunca hay que fiarse de un perro mojado.”

25 – 4 – 11

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