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REFRESCANDO A BARTHES. A VUELTAS CON EL PATRIMONIO CINEMATOGRÁFICO ESPAÑOL

>> domingo, 24 de abril de 2011

Leyendo "Lo obvio y lo obtuso", recopilación de artículos de Roland Barthes, encontré que el semiólogo francés distinguía al cine de la fotografía de la siguiente forma: el primero, como algo que introducía al espectador en su propia realidad y se la hacía vivir en ese falso directo de lo pasado, y la otra como algo que ya fue y quedó como testimonio en su imagen detenida. El fotograma quedó para la cartelería, para el anticipo publicitario de la propia película.
Hace poco, he tenido ocasión de ver un extracto del filme mudo español "El patio de los naranjos" (Guillermo Hernández Mir, 1926). En él, puede observarse una corrida de toros llevada a cabo por un grupo de clérigos. La filmoteca de Andalucía ha subido a internet este fragmento restaurado, interesantísimo más allá de lo curioso que pueda resultar el tema elegido en cuestión. Y es que, faltando fotogramas en el rollo, algunas imágenes quedan detenidas en el espacio-tiempo, llegando a resultar su visionado más una proyección de diapositivas que un stop-motion fotográfico. ¿Qué habría dicho Barthes de esto?
Si bien es cierto que desde que tengo uso de razón he sido un apasionado del cine sin fronteras, también es verdad que hace ya tiempo que vengo centrando mi atención en el cine concretamente español. A pesar de que este ha tardado en desprenderse de cierta artificiosidad y de tantos otros tópicos, me identifico con él porque, por encima de todo esto, encuentro siempre una identidad que me liga con mi cultura. Así, para mí tiene la misma importancia el hallazgo de una vasija perteneciente a una civilización perdida que la recuperación de un film español que se consideraba perdido. Nosotros hemos maltratado mucho a nuestra propia cultura, no la hemos sabido valorar y hemos hecho cuanto hemos podido por hacerla desaparecer. Ahora, cuando las cosas parecen verse desde una perspectiva más amplia, más justa, cuando parece que hay una intención de reparar los errores cometidos en el pasado, es cuando más importante resulta esta labor de búsqueda. Acaso consigamos encontrarnos con nuestra propia identidad conociéndonos un poco más gracias a nuestra cultura pasada. ¿Quién sabe?
A finales de los años ochenta, un equipo de investigación encabezado por Vicente Romero, llevó a cabo una tarea casi hercúlea: tratar de dar con parte de nuestro archivo cinematográfico mudo desaparecido (casi un ochenta por ciento). Para ello, no dudo en buscar dentro y fuera de la frontera, llegando incluso a Argentina. Alguno de los frutos que dio este trabajo de búsqueda fueron, aparte de la mencionada cinta, la "Malvaloca" de Benito Perojo, "La Dolores" de Fructuoso Gelabert o "Carmen, la hija del contrabandista". Toda esta labor quedó convertida en una serie documental dividida en episodios que Televisión Española emitió bajo el título: "Imágenes perdidas del cine español". Aunque este tipo de apuestas televisivas resulten poco atractivas para un público cada vez más ansioso por entretenerse a toda costa, resultan necesarias, no tanto por su resultado final de emisión en audiencia como por su interés arqueológico. Su labor trasciende a la pantalla y llega hasta el interés por la recuperación de nuestro patrimonio, pasando a la acción. Aunque la teoría siempre es necesaria, se olvida por un momento la recapitulación, la vuelta a la cita de lo ya existente, y se trata de conseguir más teoría, de hallar nuevos ejemplos hasta ahora desconocidos para ampliar dicha materia.
En el 2006, se recuperó otra cinta histórica: la primera versión de "La Verbena de la paloma" dirigida por José Buchs. Para el historiador Joaquín Cánovas Belchí, resultó un hallazgo extraordinario, pues consideraba el film como pieza clave para comprender el rumbo que nuestro cine tomó en los años siguientes.
Hace unos años, la Filmoteca Española editó una serie de filmes del cine “primitivo” español, entre los que se encontraban los títulos mudos “El abuelo” de José Buchs, “La Aldea Maldita” de Florián Rey, e incluso algunos sonoros como “El Misterio de la Puerta del Sol” o los de la era Filmófono. Nada de esto se volvió a repetir. Parece ser que editar en DVD filmes españoles de esta etapa no resulta rentable. La Filmoteca tampoco lo pone nada fácil para acceder a su colección. ¿Lo guarda con demasiado celo o no hay verdaderamente interés para desempolvar sus películas? He de reconocer que conozco de esta etapa cinematográfica gracias a “las imágenes perdidas” de Romero y estas cuatro películas publicadas bajo el sello de Divisa.
¡Quien dijera que este pasado incluso fue emitido por la televisión en tiempo pasado! Ya, ni los canales públicos se dedican a transmitir esta cultura cinematográfica (y no me refiero solamente a este caso, sino a otros “más comerciales”: en la etapa de Pilar Miró, llegaron a realizarse maratones de cine de todo tipo. El que mejor recuerdo de mi niñez cercana es el de los filmes de Harold Lloyd). Hay por ahí una copia que ronda por Internet del “Currito de la Cruz” mudo dirigido por Alejandro Pérez Lugín (autor de la novela) y Fernando Delgado, con el claro logotipo en el ángulo inferior derecho de La 2 de Televisión Española. También, una copia de “Rosario la Cortijera” de León Artola con el logotipo de Telemadrid. Estos filmes, grabados en su día por algún cineasta amateur desde el video de su casa, demuestran que hubo un tiempo en que hasta esta cultura cabía en la programación televisiva. Pero, incluso en este sentido, hemos de decir que hasta en estos aspectos hay cosas imperdonables. Y es que, curiosamente, “El héroe de Cascorro”, uno de los últimos filmes de la etapa muda, había permanecido en los archivos de TVE sin nadie saber que estaba allí, cuando se creía que se había perdido para la Historia. Resulta curioso el que ni siquiera en los “almacenes arqueológicos” se sepa lo que se tiene. Así sucedió también recientemente con el metraje encontrado del filme “Metrópolis”, que había permanecido olvidado en el Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken, en Buenos Aires (Argentina). Aquí, sucede algo bien curioso, y es que en el “Metrópolis” que hasta entonces se conservaba había una cantidad ingente de rótulos explicativos para las imágenes que faltaban. Estos rótulos procedían del guión cinematográfico y ayudaban a reconstruir el filme mutilado. Es en este tipo de casos cuando más cercanos encontramos la literatura y el cine. Si bien en la primera se exige del lector una capacidad creativa para poner en imágenes el texto, en el segundo esto viene ya dado… Pero ¿qué sucede en las películas incompletas que tratan de recomponerse? Yo creo que un poco de las dos cosas. En el cine español me encontré con un caso bien curioso: “Pilar Guerra” de José Buchs, un film tan maltratado en este sentido que se precisó de un buen número de carteles que recompusieran tantas imágenes perdidas, destruidas. Había, pues, más texto que imágenes, y esto llegaba verdaderamente a cansar. Comprendo que el cine mudo supusiera un fastidio para todas aquellas personas que tenían que dejarse los ojos en los textos. La aparición del sonoro debió de resultar una bendición, y más aquí en España, donde había tanta población analfabeta.
Habrá que pensar con la mentalidad francesa de Barthes o, quizá, con la de sus compatriotas Georges Franju y Henri Langlois.

25 – 4 – 11

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