Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

Sacado de contexto

>> jueves, 28 de abril de 2011

Nº 1

Cincuenta músicos acompañaron a Jorge I durante el viaje que realizó en su barcaza sobre el río Támesis. "Estrenaron" la "Música Acuática" de Jorge Federico Haendel. El éxito de la partitura fue tal que tuvieron que repetirlo un par de veces más. ¿Qué hubiera sucedido si el monarca hubiese tenido un reproductor de música entre sus manos? Quizá habría mandado al pairo a toda esta orquesta para disfrutar del paseo en solitario... O tal vez hubieran sido los músicos los que le hubieran abandonado; eso sí, obsequiándole con la Primera Grabación Mundial de la obra, ahora en sus manos. La habría podido repetir tanta veces como hubiese deseado, solo dándole al botón de "Play".
Quienes todavía asisten a conciertos sinfónicos en directo (como yo), deben de sentirse un poco incómodos. Sobre todo, cuando las obras pueden pecar de cierto regodeo en su pesadez. Bien entendía esto Haydn, con su sinfonía Nº 94 (componía sinfonías como churros), la llamada "Sorpresa", en la cual incluyó una serie de momentos en los que la orquesta tronaba para despertar a todos aquellos que se quedaban dormidos durante la audición.
Para la orquesta, cuya tarea consiste en ensayar y ensayar fuera del concierto, el poder tocar la obra de cabo a rabo, sin interrupciones, debería resultar un regalo casi divino.
En el auge de la reproductibilidad técnica, cuando la Escuela de Frankfurt se tiraba de los pelos ante la inminente llegada de esta industria cultural, comenzaron a tenerse en cuenta las posibilidades de realizar grabaciones de las obras para poder distribuirlas a todas partes. Ya todo el mundo podía acceder a dichos conciertos, no tenían por qué ir a una sala y disfrutar una sola vez de la obra. Uno de los trucos más bajos que pudo inventar esta industria fue la de retocar las imperfecciones hasta volverlas perfectas. Así, los "fallos del directo" se borraban de la memoria del disco, quedando grabaciones impecables. De esto sabía mucho Karajan, con su Deutsche Gramophon.
Stravinsky prefería dedicarse a la venta de sus obras grabadas dirigiéndolas él porque le salía más rentable que la venta de sus partituras a otras orquestas.
No obstante, la gracia del acto en vivo estriba en que hay nada es mentira, todo es real. Cada interpretación será distinta de la anterior por parte de la misma orquesta. No se puede bañar uno dos veces en el mismo río. Y si hay fallos, que los halla. Parece obsceno reunir a un número de personas que deleiten a otras tantas solo por el placer del directo pero ¿y qué? Volvemos a lo de antes: Música real y bien remunerada (aquí, habría que hablar todavía de cierto elitismo, ya que no todo el mundo, al ver el precio de una entrada de este tipo, se atreve a pagarla. No obstante, el trabajo que lleva a cabo cualquier orquesta en este sentido vale su peso en oro).


Nº 2

Un compañero del alma, como podría ser Ramón Sijé, me dijo una vez una verdad como una catedral: "Si una película es buena en sí, cualquiera de sus partes será interesante." Esto, viene a colación por lo que mucha gente teme siempre: que una película se le sea destripada. Ante un filme con argumento, por ejemplo. Ya Woody Allen hizo una parodia de esto en "Annie Hall", estando con Diane Keaton en la cola de un cine. Desde luego, las palabras de este compañero parten de un juicio objetivo y siempre crítico alejado de toda sentimentalidad posible, apartado de todo romanticismo. Con el cine clásico, por ejemplo, sería más complicado dar por válida esta teoría. Y es que, si de algo nos ha nutrido esta industria holywoodiense es de crearnos grandes expectativas, de hacernos soñar. En una palabra: Evadirnos. ¿e qué? De la realidad. Se nos presentaba un mundo inexistente y, por cierto, lleno de prejuicios. Un cine con sabor a moralina, de conservadurismo increíble. En él, hasta Ava Gardner se convertía en una mujer sumisa. El tiempo, que es un juez cruel, nos presenta este tipo de ejemplos en la actualidad de forma desastrosa. Para poder juzgar correctamente este periodo habría que involucrarse dentro de su contexto. ¿Merece esto la pena?
Yo reconozco haber sido asiduo a este cine hasta los quince o dieciséis años. Era un auténtico enamorado de él, me dejaba llevar por las directrices que marcaban directores como Garci, convertidos también en presentadores. Sus mandamientos del cine acabaron por resultarme un tanto obsoletos, aunque comprendía sus bases y sus teorías. Todo partía de una emoción que nació en las salas de cine de la infancia. Hasta hoy las llevan rescatando.
Quizá pudiera establecerse un paralelismo con el arte, donde este compañero se mostró también muy ducho en sus palabras: "La Fragua de Vulcano" de Velázquez seguirá siendo para él universal. Todo el mundo puede valorarla en sí. Luego, estaría la cartela. Habría que recurrir a la mitología de los libros de Ovidio para reconocer el tema en su Historia. De todas formas, el tema de los títulos en las obras de Velázquez es muy posterior a la vida del pintor. Hoy en día todavía existen debates acerca de cómo se denominó a estas obras y cómo las habría denominado el propio Velázquez.
"La Fragua" o "Los borrachos" son universales. Ahora ¿un retrato de Felipe IV lo es?

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP