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GAMBERRERÍAS

>> domingo, 8 de mayo de 2011

No termino de explicarme por qué está tan mal vista la tuna. Poco a poco, ha ido perdiendo en prestigio. De cien años para acá, ha pasado de ser una forma de entretenimiento de la juventud a la caricatura insoportable de unos pocos ociosos que optan por este entretenimiento (lúdico y sano, qué duda cabe) tildado de “casposo”.
Evidentemente que ahora no se encuentra el amor rondando por los balcones con nocturnidad y alevosía. De hecho, ahora se mira con gracia que estos jóvenes estudiantes representasen lo picaresco, la granujería, el mal hábito con su actitud. ¡Divertirse trabajando en grupo por la música! ¡Qué envidia! No creo que el fin fuese ejercitarse en la comprensión del instrumento, pero al menos era una vía loable por la que conseguir otras cosas distintas.
De las correrías estudiantiles hay para dar y tomar. En la novela de Alejandro Pérez Lugín “La Casa de la Troya”, puede encontrarse un testimonio sociológico de época (principios del siglo XX) acerca de la buena vida que se pegaban los estudiantes. Sus correrías son narradas a partir de un protagonista, de nombre Gerardo Roquer, viaja de Madrid a Santiago de Compostela para estudiar la carrera de medicina. Ya en Galicia, comienza a entablar amistad con un grupo de compañeros de licenciatura que acaban por volverle un “tunante”. En este ambiente, por paradójico que resulte, acaba convirtiéndose en un hombre de bien. De hecho, el motivo por el que su padre le saca de la capital es su conducta disoluta.
De aquí puede extraerse el siguiente chiste que peca de lo contrario, y es la buena vida que se pega un estudiante lejos de la familia:

“Padre: mándeme el dinero con frecuencia que yo me lo gastaré con prudencia”.

Prudencia es el nombre de la novia.

De estos fastos juveniles pueden comprenderse los orígenes de algunas cosas. Véase, por ejemplo, el afamado canto universitario “Gaudeamus Igitur”. Siempre se ha comprendido como un himno que se entona en actos solemnes, de protocolo y etiqueta. Dicho himno, tiene su origen en Alemania, en el siglo XVIII. He aquí unos fragmentos maliciosamente seleccionados:

Alegrémonos pues,
mientras seamos jóvenes.
Tras la divertida juventud,
tras la incómoda vejez,
nos recibirá la tierra.

¿Dónde están los que antes que nosotros
pasaron por el mundo?
Subid al mundo de los cielos,
descended a los infiernos,
donde ellos ya estuvieron.

Muera la tristeza,
mueran los que odian.
Muera el diablo,
cualquier otro monstruo,
y quienes se burlan.

No cabe duda de que fueron los mismos estudiantes los que lo crearon, en momentos de “felicidad”, cuando el mundo les sonreía y nadie les escuchaba. Debió de ser tan repetido por tan celebrado que acabó por erigirse oficialmente como representativo de los actos académicos. Hasta el propio Brahms le dedicó una pieza musical partiendo de este sentido otorgado posteriormente. Quizá se perfeccione, se lime de asperezas, pero es inevitable que continúe palpitando ese espíritu primero y primitivo con el que creado.
Así podríamos decir otro tanto del Himno de Asturias, celebrado por tantos borrachines. Es indudable que tiene un fondo bello, precisamente por esa sinceridad por la que existe.
Ya menos conocido es el Himno de la Comunidad de Madrid, compuesto por el compositor Pablo Sorozábal Serrano y el filósofo Agustín García Calvo. Este último, aceptó ponerle letra a cambio del precio simbólico de una peseta. Fue encargado por Joaquín Leguina en los años ochenta, y es una crítica casi bufa al propio objeto que canta. Precisamente por su informalidad, haya sido condenado al ostracismo. Aquí paso a reproducir su texto íntegro:

Yo estaba en el medio:
giraban las otras en corro,
y yo era el centro.
Ya el corro se rompe,
ya se hacen Estado los pueblos,
Y aquí de vacío girando
sola me quedo.
Cada cual quiere ser cada una:
no voy a ser menos:
¡Madrid, uno, libre, redondo,
autónomo, entero!
Mire el sujeto
las vueltas que da el mundo
para estarse quieto

Yo tengo mi cuerpo:
un triángulo roto en el mapa
por ley o decreto
entre Ávila y Guadalajara,
Segovia y Toledo:
provincia de toda provincia,
flor del desierto.
Somosierra me guarda del Norte y
Guadarrama con Gredos;
Jarama y Henares al Tajo
se llevan el resto.
Y a costa de esto,
yo soy el Ente Autónomo último,
el puro y sincero.
¡Viva mi dueño!,
que, sólo por ser algo,
¡soy madrileño!

Y en medio del medio,
Capital de la esencia y potencia,
garajes, museos,
estadios, semáforos, bancos,
y vivan los muertos:
¡Madrid, Metrópoli, ideal
del Dios del Progreso!
Lo que pasa por ahí, todo pasa
en mí, y por eso
funcionarios en mí y proletarios
y números, almas y masas
caen por su peso;
y yo soy todos y nadie,
político ensueño.
Y ése es mi anhelo,
que por algo se dice:
De Madrid, al cielo

8 – 5 – 11

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