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LA SOMBRA BLANCA

>> domingo, 29 de mayo de 2011

A Elisa Miravalles

Era un coche tan negro que parecía haber sido pintado con betún. Lucía un lustre muy particular. En él, viajaban dos tipos larguiruchos. Uno se llamaba Ben y otro George. Los dos iban también de negro, portando cada uno un sombrero sobre las rodillas. El terreno era abrupto y los brincos estaban asegurados. La noche se perfilaba ya en un cielo cada vez más apagado. El conductor conducía el vehículo hacia un pueblecito español. En misión de embajadores, aquellos dos elegantes espectros acudían a revisar una serie de cuentas que parecían haber dejado en el lugar más impensable de todos. Ellos obedecían órdenes, nada más. Se dejaban llevar por aquel hombre del asiento delantero, silencioso y lleno de misterio como el crepúsculo que ahora se presenciaba.
Por fin el primer cartel anunciador: “Villa Conejos del Río”.
Las casas comenzaban a aparecer cada vez más juntas, hasta llegar un momento en que se juntaron para crear calles.
Tanto Ben como George no habían dicho nada durante el camino. De hecho, ni se conocían. Se habían visto por primera vez al subir al coche. Cada uno llevaba un sobre lacrado con información confidencial.
Por fin, comenzó a verse gente: todos parecían dirigirse al mismo lugar y, curiosamente, la dirección tomada era la que ellos llevaban. El destino, una plaza donde ya había bastante gente concentrada. Esta, al ver el coche, centró toda su atención en él. Había un edificio con banderas que identificaron con el Ayuntamiento. Ante la puerta se congregaban algunos representantes del pueblo como el médico o el cura… La banda de música se encontraba posicionada delante de todos ellos. Todos ellos empezaron a acorralar el coche. Al poco rato, este se veía obligado a colocarse tal y como ellos deseaban: delante de la banda de música. Comenzó a sonar una música lúgubre, como de difuntos. El conductor, entonces, se dio la vuelta para dirigirse a los americanos. Los tres hablaban español:
“Lo mejor será salir para averiguar lo que sucede. Si me permiten…”
Ben y George dieron su asentimiento. Pasaron diez minutos hasta que Eduardo volvió al coche. En América le llamaban Eduard, pero él era castellano de pura cepa. Lo que les dijo como conclusión fue lo siguiente:
“Ellos piensan que somos de la funeraria. Creen que llevamos un cadáver. La dirección a la que el coche debería ir, según ellos, es la del cementerio. Allí se encuentran las autoridades políticas, con las que podremos hablar para solucionar este malentendido y llevar a cabo, de paso, lo que nos ha traído hasta aquí. ¿Les parece?”
Ellos accedieron. No querían problemas con los lugareños nada más llegar allí. Por algo eran representantes internacionales.
El coche comenzó a andar despacio, para que todo el mundo pudiera seguirles detrás en una marcha solemne.
Atravesaron el pueblo hasta la salida de este. A la izquierda se presentaba el camposanto, protegido por un muro de mediana altura que dejaba ver algunas cruces de piedra. La puerta era lo suficientemente ancha como para permitir pasar al coche. El chófer tuvo que salir para abrir las puertas de hierro y así poder entrar.
El camino condujo a una especie de ermita donde esperaban cuatro personas. Muy cerca, se abría una fosa que esperaba ser ocupada.
Los tres hombres salieron del coche. El chófer se adelantó a los dos hombres para hablar con los que debían ser el alcalde y los concejales. Después, todos entraron en la ermita. Esta, guardaba el féretro del supuesto fallecido. Cuando toda la comitiva hubo entrado, se cerraron las puertas. Los americanos, el chófer y los políticos se acercaron hasta el sarcófago. El que parecía el enterrador abrió la caja mortuoria.
Ben, al ver que el chófer esta vez no abría la boca, trató de explicarse:
- Ustedes esperan ahora que nosotros vayamos al coche y traigamos el cadáver. Pues bien, ni somos de pompas fúnebres ni traemos a ningún muerto en la trasera del coche. Venimos en calidad de representantes para rendir cuentas pasadas, eso es todo.
El que se suponía que era el alcalde, por toda respuesta sacó un papel manoseado de su bolsillo y se lo tendió. En el ponía lo siguiente:

“Alfredo Sigüenza ha fallecido a las 17: 00 horas de este día, en el pueblo de Villaconejos del Río, a 2 de junio de 2002.”

Lo primero que hizo Ben fue sorprenderse del poco rigor del mensaje, garabateado en un papel cuadriculado y manchado con gotas de grasa.

- ¿Qué quiere decir este papel?- preguntó Ben cada vez con menos ganas de bromas.
- Este papel acredita la defunción de Alfredo Sigüenza- dijo el alcalde.
- Ya, si hasta ahí pudo leer, pero lo que no comprendo es… ¿Quién le entregó este papel?
Silencio. Era todo bastante absurdo.
- En la orilla del río hay una sombra blanca- dijo uno de los acompañantes del alcalde (uno de los concejales, supuestamente).
George entonces dio su opinión:
- Creo que deberían ser un poco más concretos en sus palabras, señores. Mi compañero, y que me corrija si me equivoco, se está enterando de lo mismo que yo: nada.
- Vayamos todos donde la sombra blanca. Quizá allí encontremos solución a nuestro problema. De momento, se cancela el entierro por ausencia de difunto.

Toda la comitiva llegó hasta el río. Muy cerca de allí, había una zona de arena en desnivel sobre la que se encontraba dibujada, con piedras blancas, una silueta. Podía encontrarse un parecido con aquellas que marca la policía a tiza en el lugar donde ha habido anteriormente un asesinado. Pegada a dicha sombra, una silla anclada precariamente en la arena. Ante la silla, un árbol con una soga. De nuevo, el alcalde hizo los honores:

- Aquí venía todos los días Alfredo Sigüenza a intentar suicidarse. Era conocido por todo el pueblo como el suicida crónico. Todos los días erraba en el último momento en sus propósitos, cayendo de la silla fuera de la silueta. Es natural que por el desnivel sea difícil mantener el equilibrio mientras se encuentra uno subido tratando de enlazar la cuerda al cuello.

George, entonces, preguntó:

- ¿Quiere usted insinuar que el cadáver del señor Sigüenza debería estar aquí?
- Efectivamente, sobre la silueta blanca. El caer dentro de la misma significa que el ahorcamiento ha sido todo un éxito: la cuerda se rasga al rato por el peso del cuerpo y este cae dentro del dibujo de piedras blancas.

Ben volvió a la carga:

- Necesito saber quién le dio ese papel, señor alcalde. De lo contrario, no podemos hacer nada…
- Este papel lo encontré sobre la mesa de mi despacho- contestó el alcalde- . La alcaldía la dejo abierta a todas las horas para quien quiera entrar a solicitar cualquier cosa. Lo malo es que a veces salgo, y en esos momentos puede pasar cualquier cosa.
- Y en ese momento le trajeron el papelito, ¿no es así?- preguntó de nuevo Ben.
- Efectivamente.
- Bien, si está aquí todo el pueblo, alguno de ellos habrá tenido que ser. Y no descarto que el propio Alfredo esté entre ellos, arrepentido por su actitud.

Por fin, George apuntó hacia la "posibilidad más posible":

- ¿Y si el supuesto suicida decidió poner tierra de por medio simulando su muerte? Pudo escribir él mismo dicho papel.

Era, a fin de cuentas, una escapada razonable. Y, es que, se puede ser impotente en cualquier tipo de profesión. Sentir vergüenza es lo más natural en estos casos. Definitivamente sí, era lógico morir a cualquier precio. Al fin y al cabo, él sería el único que sabría a ciencia cierta que estaba vivo. Quizá podría empezar una nueva vida, con una nueva identidad. Puede que tuviese suerte en otro lugar. Este podría no ser el sitio adecuado. Claro que, habría estado bien de todas formas rematar mejor el mensaje. “No busquéis mi cuerpo”, por ejemplo. No obstante, si el muerto no reclamaba estar vivo, la vida tenía que seguir inexorablemente y el pasar página era lo más lógico. El chófer entonces habló:

- Organicemos el funeral. La cosa es bien sencilla: enterraremos la caja sin el cuerpo. Sería una ceremonia simbólica… es lo mejor que podríamos hacer, de veras.

Se votó la propuesta y fue aprobada por mayoría.

29 - 5 -11

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