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Lo que faltaba

>> domingo, 15 de mayo de 2011

Unos niños lanzan piedras contra la ventana de mi habitación. Corro a bajar las persianas. Los impactos podrían destrozar los cristales. Allí abajo, en el patio, ríen con una infancia siniestra. Deben de vivir en el edificio que tengo enfrente. ¿Qué hacer contra ellos? En esta mañana de domingo, me castigo apartando la luz veraniega y encendiendo aquella otra de la bombilla colgante. A través de las rendijas que surgen de entre las tablillas de madera, observo cómo se acercan estratégicamente campo a través. Son dos: un niño de gafas torpes y camiseta de futbolista y una niña con iniciativa. bajo ese vestidito de encajes hay una estratega incompasible. Cuando ya no pueden avanzar más, se esconden tras el muro que separa aquel terreno de esta vivienda.
Hay algo que resurge de mi interior, como un espíritu infantil que se ha sentido agredido y quiere salir de estas cuatro paredes adultas. Voy tirando de la cuerda y la persiana se dilata todavía más. La niña se percata que, por cada movimiento suyo, el resorte que me mantiene oculto se da por aludido. Si ella se acerca, mi persiana baja, para mantenerme oculto a su mirada. Los agujeros, a través de los cuales lanzo los rayos de mi mirada, son engañosos. Es fácil que el objetivo se escurra a través de ellos, perdiéndolo de vista. Cojo algunas piedras que han quedado en el poyete de piedra. Las escondo. No quiero que me vea la cara y voy haciendo descender mi telón de madera. Las observo pensando en utilizarlas de arma arrojadiza. ¿hay crueldad acaso en mis pensamientos? Para nada, esto es lo peor de todo. Aún así, opto por llenar un pequeño barreño con agua. Regreso a mi trinchera. Levanto más la persiana, lo suficiente como para poder sacar uno de mis brazos y maniobrar con él afuera. No se ve un alma. Claro, permanecen escondidos tras el muro. Arrojo el líquido sobre sus supuestas cabezas, pero nada. ¿Dónde están?
Pienso que han sido los mismos niños, al perder el respeto hacia mí, los que han hecho que me desprenda de mi faceta adulta para recuperar aquella otra de niño. Una lucha cuerpo a cuerpo ha de ser justa. la batalla ha de librarse de igual a igual.
¿Quiénes son ellos para invadir mi terreno? ¿por qué con piedras? ¿Dónde ha quedado la humanidad? Sus vestigios son arrojados ahora mismo fuera y dentro de una ventana.
Ahora, los padres creen antes a los niños que a los mayores. Estos, van perdiendo cada vez más credibilidad. Incluso los padres saben que tienen cada vez menos autoridad, y por ello no luchan contra esto sino que se alían patéticamente para resultar simpáticos. ¿Dónde están ahora los padres de aquellos salvajes?
Aquellas bestias serán capaces luego de llorar, volverán a su fragilidad con tal de caer en gracia para que se crean su verdad. Lo cierto es que ya no necesitarían ni generar ese sentimiento de lástima en el otro.
Cierro del todo la persiana y continúo trabajando al ordenador, rematando este escrito. Los ruidos de piedras contra esta pared que me salvaguarda continúan sonando un tiempo más. Luego, cesan por aburrimiento, o quizá porque sea la hora de regresar al hogar. ¿Algún vecino me habrá visto a través de su ventana? Poco importa que conozcan esta faceta mía. ¿De qué iba a ir aquello sobre lo que había comenzado a escribir? ¡Ah, sí, sobre ruinas!

Ruinas contemporáneas, cadáveres de edificios que conocí. Sois víctimas de una naturaleza todavía omnipotente que se rebela demostrando su primacía sobre el resto de las cosas. Ya todo ha quedado atrás porque ahora solo importa regenerar aquello que se ha venido abajo. ¿O quizá no? Tal vez se quede así, como ahora está, como recuerdo. Pocas veces el hombre se puede permitir el lujo de no reconstruír por odio hacia aquello que ha provocado su desgracia. "¿Para qué levantar de nuevo algo que puede volver a venirse abajo por un capricho de la Tierra?" ¿A quién echa la culpa el individuo? ¿hacia quién proyecta sus odios? No hay sujeto sobre el que cargar. Una guerra puede devastar una civilización. También un terremoto. En el primero, hay vergüenza hacia la especie humana. En el segundo, sentimeinto de inferioridad hacia fuerzas contra las que nada se puede hacer.

De nuevo, las pedradas. Miro a través de mi ojo de cerradura. Sé que me observan, que miran a mi ojo. Ya no hay nada que imponer. Ahora se burlan de mí, me insultan sin conocerme. Ahora sí que de verdad me consideran un "compañero":

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