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DOS PALABRAS: VÍCTOR HUGO; DOS PALABRAS: “LOS MISERABLES”

>> martes, 28 de junio de 2011

Las palabras acaban siendo adoptadas por nosotros. Tras el primer sentido que se les da, por consenso, parecen renacer cuando caen en nuestras nada inocentes garras. Las forjamos de mil significados, las volvemos sinestésicas.
El niño que haya estudiado en el colegio -así por encima- a Víctor Hugo, este nombre acabará evocándole el gorro frigio o la catedral de Notre dame. Podríamos decir de este autor que es la sinestesia personificada. Es un narrador poeta, pues hace que sus líneas perduren en el tiempo y sean reconocidas por el público viejo y nuevo. Tanto es así que consigue que las referencias históricas se adapten a la novela. Logra que, hasta los más reacios a reconocer a un libro en todas sus partes, lo acaben devorando de arriba abajo.
Los amantes de la acción se detendrán en la descripción, y al revés.
Esto es Hugo. Un recorrido de Rigoletto de Verdi al monstruo de Lon Channey. Esto es Hugo: que mil doscientas páginas se conviertan en un relato breve visto desde distintas perspectivas: novela histórica, esto es, de su tiempo.
El Hugo dibujante se torna en literato con su ola monstruosa y su “Ma destinée”:


Dibujo de Víctor Hugo titulado “Ma destinée”

Ya no hay hombres. ¿Dónde está Dios?
Llama. ¡Alguien! ¡Alguien! Llama sin cesar.
Nada en el horizonte. Nada en el cielo.
El mar es la inexorable noche social donde la penalidad arroja a sus condenados. El mar es la miseria inmensa.
El alma, naufragando en ese abismo, puede convertirse en un cadáver. ¿Quién la resucitará? (1)

Hugo hablaba de los “hombres-océano” en un texto que pretendía ser un prefacio a las obras de Shakespeare. Al designarlos de tal forma no estaba sino aludiendo a la fuerza de su genio. La espiritualidad de estos “elegidos” era comparable al misterio marino, tantas veces fiero, tantas veces imbatible. Esa energía interior, ese torrente desbordado, le hace referirse a lo misterioso, a lo insondable. Piensa en la “inmanencia”, y en lo que aprendió de Lucrecio tras descubrir su libro sobre la Naturaleza. La figura del pensador le conduce a lo oscuro. Todo lo que pudo ver acabó por confundirse en su retina. ¿Qué había dentro de ella? Una multitud convertida en algo fantasmal. Para Hugo, Lucrecio era la metáfora del hombre-pez de dos cabezas: en lo alto del monstruo, una cabeza de hombre, y en lo bajo, una de hidra. Bebiendo el caos por su cabeza inferior, lo vomitaba por su cabeza superior. Ciencia terrible la de Lucrecio. Isaías se entrega a los ángeles. Lucrecio a las larvas. La Inmanencia, para él, es el mar. Las olas parecen expulsar en su movimiento lo que beben por debajo. La espuma es lo que expulsa “ese ser”. Las olas que produce el mundo, ese gran océano, son el ritmo de su respiración. Las tormentas, al suceder como espasmos, representan la crisis de la Naturaleza del mundo. El mundo es la gran ola de la plenitud. Todo nace, se mueve, se desarrolla ante la gran respiración del medio. Todo, en el dibujo, se escribe igual que en la Naturaleza: las letras redondas de las nubes, las zetas del rayo… Morfológicamente el mar tiene que ver con la dinámica de los pliegues y de los movimientos. Pliegue misterioso y negro del “tourbillón” (torbellino). Cuando él se sienta a dibujar, se mezcla lo orgánico con los pliegues, con las inundaciones, con el movimiento de los torbellinos. El eterno tumulto.
Y tras el mar, lo subterráneo. Las alcantarillas como representación de aquello inmundo que el hombre trata de esconder. Se podría decir que estas engullen su propio vómito. Aquel sótano acuático de París perdió, en su saneamiento, todo aquello que representaba la propia historia del lugar, su pasado. Dicen que la enfermedad que Marat trataba de sanar con aquellos baños curativos, la contrajo en los días en que estuvo escondido en estas catacumbas, cuando todavía no había allí agua corriente. Tras ser asesinado, su monumento funerario fue saqueado por Robespierre y el cadáver fue arrojado en este mismo lugar. Alguien que allí se adentró encontró su mortaja. Los grabados de las cárceles efectuados por Piranesi pueden evocarnos las alcantarillas descritas por Hugo tan pormenorizadamente.




Hugo detesta la línea recta del arquitecto, su afán de perfeccionar geométricamente aquello que por su naturaleza es irregular (valga la paradoja). Con la remodelación de la capital francesa llevada a cabo por el barón Haussmann, Víctor Hugo se echaría las manos a la cabeza. Simpatizaría con Atget y observaría curioso la coreografía de Baudelaire, saltando para esquivar las zanjas de las obras en las calles. Hugo ensalza el coraje revolucionario de un individuo que es capaz de morir por sus ideas y, a la vez, valora el arrojo de la guardia que perece en la trinchera combatiendo a los insurgentes. Hay algo en la batalla, según él, paranormal. La figura del hombre se desvanece y, en su lugar, surge la carnalidad de un espíritu que se mueve con la valentía, el arrojo, el coraje. Estos valores, movidos por el corazón, se unen a aquellos otros impulsados por los de la razón, en un escenario aparentemente irreal por sus toques de fantasmagoría.
“El progreso” para Hugo, va encadenado a los dictámenes decididos por Dios. Esta espiritualidad, esta creencia, puede ser observada con extrañeza para quien considera esta obra como “universal”, válida para todas las épocas. El hombre, aunque no hable sino plagie al ser deudor de su propio pasado, no puede dejar de ser un hombre de su tiempo, con todas las limitaciones que esto conlleva. El siguiente paso del progreso, al expirar el siglo XIX, estaría representado en Nietzsche y Freud: matar a Dios y al Padre. Un doble crimen (aunque pueda parecer uno solo) en favor de la libertad individual. Así, se acabaría con dos tutores hasta entonces imprescindibles para el ser humano.
Hugo nos habla de estos dos tipos de “miserables”: aquellos que no poseen bienes materiales y aquellos otros pobres de espíritu. Unos han de salir adelante en la vida pasando por todo tipo de calamidades y otros hacen lo posible porque los primeros acaben sumidos en el fango. Lo que no saben los segundos es que quienes se hallan en esta situación son ellos y no los otros, pues su “fango” es irrevocable.
Hugo es, más que un narrador de voz en off, un testigo presencial de lujo de lo que sucede. Un aleccionador que nunca resulta moralista, ya que no habla él sino sus personajes. Una especie de voz del pueblo. Una representación legítima, protegida por la novela, que entraba en las casas y “Convencía”. Y convence, creo. Por algo es autor universal. Con este apelativo, se ha ganado el respeto de los niños más curiosos, que luego indagan por su cuenta y confirman las sospechas. Y no es que lo que diga un libro de texto escolar vaya a misa (que también). Es que aquellos sobre los que recae la responsabilidad de escribirlos, también fueron niños. Niños curiosos con un gran potencial escondido.
“Los Miserables”, si no habla de todo, no habla de nada. No hay término medio posible. Hablan mujeres y niños de la calle, conservadores, románticos, idealistas, ambiciosos, indeseables, religiosos… pero, sobre todo, seres con capacidad para evolucionar en el transcurso de sus vidas e influenciados por una época concreta: La Francia de los siglos dieciocho y diecinueve.

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Diseño de vestuario para una obra todavía sin escribir

>> sábado, 25 de junio de 2011



"Rondona"



"Meliqueas"



"Záfiro"



"Espinilla"

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ATURDIDO

>> viernes, 24 de junio de 2011

La estatua es ese ser inmortal que permanece impasible ante la descomposición orgánica de todo ser vivo. Mientras las estaciones dan paso al verde, amarillo y marrón de las plantas entre las que convive, ella sigue mirando al horizonte, desafiando al sol que sale y se esconde día tras día. Solo un crimen perpetrado por la Naturaleza puede acabar con su arrogancia.
Esto y algo más pensó el coleccionista de álbumes cuando realizó su primera instantánea. Su cámara tomaba metódicamente lo que el ojo veía, y su vista quería retener, como testimonio veraz y ordenado, lo que sucedía cada día de la semana ante aquella estatua. El trípode siempre anclado en la marca de tierra que el fotógrafo había marcado en tres agujeros. Siempre en el mismo lugar. Siempre la estatua retratada en la misma situación dentro de la fotografía. El resto, se movía. Un día, la estatua también se movió, o eso le pareció al cameraman. El casco del caballero templario parecía haberse movido de una fotografía a otra. Hemos de señalar que, el tener las fotos ordenadas, era algo necesario para poder seguir el ciclo vital con coherencia. Cualquier desorden en las fotografías supondría el haber echado por tierra todo un trabajo de varios años.
Otro día, la nariz apareció ladeada ligeramente hacia la izquierda. En la siguiente ocasión, la espada se encontraba cambiada de mano. ¿Cómo es posible? ¡Ah, engaño humano, que juegas con los de tu misma especie! Finalmente, tras un año de pesquisas, una mañana se encontró con el pedestal de granito vacío. ¿Adónde había ido aquel Jacques de Molay? ¡Era evidente: a otro parque! Desde luego, aquel no era el lugar adecuado para albergar a un personaje de estas categorías: rodeado de poetas románticos, políticos olvidados y músicos inadvertidos, aquella estatua no se encontraba a gusto, eso era seguro. Y, lo peor de todo, no era que el objeto de la fotografía hubiese desaparecido, sino que los agujeros del trípode habían desparecido de la tierra. Habían sido borrados claramente.
Cuando llegó a la entrada de su casa, el fotógrafo notó algo extraño, como una marca en la cerradura. Se temió lo peor. Al entrar, se encontró todo manga por hombro. Los álbumes habían desparecido. El caballero templario se había enfadado. ¿Le habría dado tiempo a salir de la casa? La pregunta pronto encontró respuesta: tras las cortinas del salón, alguien andaba escondido. “¡Sé que estás ahí! ¡Sal, vamos! ¿Por qué quieres acabar conmigo?” preguntó el fotógrafo. “Comprendo que te hayas sentido intimidado. Sé mucho de tu vida, los álbumes de fotos hablan por ti. Y ¿sabes qué? Tu vida es muy aburrida. ¿Por qué no sales afuera a batallar?” El caballero se dejó entonces ver, saliendo de su escondite. “¿Por qué no me deja hacer mi trabajo tranquilo? Una estatua también tiene derecho a moverse. Yo nunca he sido de piedra, tan solo vivo de estar quieto. De no hacer nada, si usted así lo prefiere. ¿Qué tiene usted contra los que queremos ganar dinero dignamente? ¡Déjeme en paz, está usted loco! No entiendo por qué cree que soy de verdad una estatua…” El fotógrafo entonces observó lo que llevaba bajo su brazo: lo que creía un escudo eran en realidad los álbumes de fotos. Los señaló con su dedo: “Lléveselos, no hacen más que ocupar espacio. Creía tener dotes de observador, de científico. Pero, por lo que veo, le molesta la ciencia.” El caballero templario se los tiró a la cara para poder ganar tiempo y salir corriendo de allí.
“Bueno ¿y ahora a qué dedicaré mi vida? ¡Ah, ya lo sé! Conozco otra estatua que parece estarse poco quieta. Siempre que paso por ese parque creo que me mira de reojo. ¿Qué diría el escultor si la gente descubriera que su obra es un fraude? ¡Bueno, vamos allá! Tengo ganas de provocar otra anomalía en la Naturaleza…”

24 – 6 - 11

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Fotografías de ensayos realizadas por Drusila Dones (San Bernardo, 2011)

>> jueves, 23 de junio de 2011







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Dos dibujos automáticos

>> miércoles, 22 de junio de 2011



"El caballo filólogo"



"El anticuario"

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LA MAGIA DEL ACORDEÓN

>> lunes, 20 de junio de 2011

Las puertas del vagón se abrieron y entraron dos músicos. Estaban dispuestos a tocar cada uno su canción. El acordeón sonó en una punta y la guitarra en la otra. Los dos instrumentos sonaron a la vez de forma estridente, saboteándose el uno al otro. Eran enemigos íntimos. Ambos buscaban ser premiados, pero no aceptaban dos sombreros para recoger la recompensa. Uno pensaba “a este soplagaitas le hundo yo su numerito ¡la gente se sabe de memoria “La comparsita! Yo represento la novedad, la obra inédita que, seguro, ansían escuchar” Otro pensaba: “La gente me quiere a mí porque yo represento la buena cara, el gesto amable… Este, sin embargo, lleva la avaricia y la insociabilidad grabada en su rostro” El concierto acabó con la paciencia del público. Este, tan solo quería llegar lo antes posible al lugar de destino y, a ser posible, no “sufrir” en el viaje. El ruido era tan ensordecedor que había quien se levantaba aunque solo fuera para mostrar su disgusto. Cuando aquella marabunta de notas cesó, sucedió aquello con lo que los trotamúsicos no contaban (y debían de haberlo hecho): nadie estuvo dispuesto a pagar por algo de lo que, no solo no se habían enterado, sino que les había resultado un suplicio. Allí no sonó “La Cumparsita” ni “Sobre las olas”. Aquello parecía haberlo compuesto Schoenberg en una noche de borrachera, para que nos entendamos. Cuando el tren salió del túnel y llegó al andén, uno de los viajeros salió para avisar a un policía amenazando con denunciar a uno de los músicos. Gunter, que era el del acordeón, recordó entonces un episodio que había acontecido en su casa en Nochebuena. Un vecino llamó a su puerta. Su mujer, Greta, abrió la puerta. Era Ignacio, el vecino de enfrente. Traía zambombas y un puñado de flautas dulce. Traía, tras de sí, a su familia. “¡Es Nochebuena y aquí no se oye nada! ¿Qué estáis celebrando, un funeral? ¡Vamos hombre, tocad algo! De lo contrario, pensaré que me estáis ocultando algo… Vosotros, los músicos, que os pasáis 364 días del año dando la tabarra con el instrumento y, hoy, precisamente hoy, estáis callados como personas asociales…” La mujer de Ignacio, Francisca, les dio a cada uno una flauta y una zambomba: “¡Queremos oíros cantar un villancico!” Tanto Gustav como Greta eran judíos y no tenían la obligación de celebrar nada. “¿Con que no, eh? ¡Abuelo, cántales a estos buenos señores un par de estrofas de “Los Campanilleros”, para que se lo aprendan!” Un señor de bigote torcido y teñido del color del vino, comenzó a entonar, con acento andaluz: “En los campos de mi Andalucía los campanilleros en la madrugáaaaa, me despiertan con sus campanillas y con sus guitarras me hacen lloraaaar…” Gunter, sintiéndose acorralado, comenzó a imitar la voz del abuelo: “En los campous de mi Andalusía los campanillerous en la madruga…” Greta era coaccionada, mientras tanto, para frotar la zambomba, aprendiendo en un cursillo rápido dado por Francisco la manera de hacer sonar aquel instrumento del diablo. Al suceder el espectáculo en el rellano, algunos vecinos escucharon todo aquel guirigay y bajaron para unirse al festín. Aquellos humildes alemanes nunca pudieron olvidar ya esta nochebuena. No comprendía Gunter por qué era perseguido tanto si tocaba el acordeón como si no lo hacía. De hecho, estaba convencido de que había subido antes al vagón y que, por tanto, se había ganado tocar ahí. Licas, el griego de la guitarra, sabía que Gunter efectivamente había llegado antes pero, por otra parte, no estaba dispuesto a estar esperando un nuevo tren en el andén y, en cuanto vio una puerta abierta, entró. La policía podría aparecer en cualquier momento. En cierto modo, envidiaba a Gunter por tocar el acordeón. Él siempre quiso aprenderlo, pero en la familia era tradición la guitarra (y, además, pesaba menos). Todos sus instrumentos preferidos eran poco prácticos: El piano, el timbal, el arpa, el contrabajo…
Gunter comenzó, aprovechando los pensamientos de Licas, a tocar una canción de Edih Piaff (pero sin Edith Piaff, claro). El acordeón era más parisino que la guitarra, por lo que Licas imaginó que Gunter lo hacía a mala intención, para evitar hacer piña con él. “El Concierto de Aranjuez” comenzó a sonar en la guitarra de Licas. “Si le tiro la guitarra también salgo perdiendo, pues puedo arriesgarme a que él arroje sobre mi cabeza el acordeón…”
Los vecinos de Gunter se encontraban casualmente allí sentados. Al reconocerle, comenzaron a cantar “Los Campanilleros” y, entonces, llegó al policía.

20 – 6 - 11

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UN PASEO POR EL URBANISMO MADRILEÑO

>> sábado, 18 de junio de 2011

El jueves fui con mi amigo Jorge al Manzanares. Estaba empeñando en conocerlo a fondo. Es cierto (al menos en mi caso) eso que dicen de que los que vivimos en Madrid no lo conocemos. Su extensión es tan vasta que las pretensiones de uno acaban constituyendo una pizarra de habitación de niño donde apenas cabe un listado de calles, monumentos y parques y jardines. Quería contemplar, de primera mano, cómo había quedado la magna obra del gran Albertósis I (como lo denomina una persona allegada). “Madrid Río” era, más que una promesa, una profecía: “Madrid tendrá su playa”. Ya que esto no deja de ser una expectativa para los crédulos que todavía creen en unicornios, al menos cabe dentro de la sesera de uno un futuro más humilde: Devolver un cierto esplendor a este río tan vilipendiado por aquellas voces que, no sin razón, lo denominan con humor “aquella pequeña cosita contaminada”. Volviendo a los unicornios, me gustaría conjurar a Ana María Matute en un intento por hablar de las cosas sin miras políticas. Creo que, en estos tiempos que corren, prefiero decir como ella que he perdido la fe en esta materia, que solo creo en el Rey Arturo y en los Vikingos. Cabe soñar, procrear para un mundo mejor, onírico. Por ello, me reconcilio con los que todavía anhelan los unicornios.



Tomás Zumalacárregui(1788-1835)



Yo quería ver el Manzanares. Jorge, que a punto estuvo de dejarse un bigote-patilla como el del carlista Zumalacárregui, osó decirme: “Esto que me pides es surrealista. No había visto a nadie tan obsesionado con el Manzanares”. Tenía razón. Si, en cierto modo soy un obseso. Cosa que se me pone delante, cosa con la que me obceco.
Él vive enfrente de San Antonio de la Florida. No estuvo de más, pues, la visita que hicimos a los frescos de Goya. Parece mentira que la gente acuda al Prado -apoquinando la cantidad estipulada en la entrada- para ver “La familia de Carlos IV” y se olvide de pasar por aquí. Hay que reconocer que la ermita se encuentra en un lugar poco transitado por los turistas, pero ¡qué le vamos a hacer si en esa época pensaban poco en tener contentos a “guiris” como nosotros! “Ante los frescos de Goya se puede estar cinco minutos o cinco horas” dice Jorge, y no le falta razón. Resulta más natural que a Goya se le hayan dedicado más biopics que a Velázquez, el cual tiene en su haber cero películas sobre su vida. Aparte de que al sevillano le tocó una etapa histórica más aburrida, hay que reconocer que su biografía es mucho menos intensa. Por otra parte, si queremos extraer conclusiones cinematográficas del genio de Fuendetodos, más vale recurrir a Saura o a Larraz antes que a Milos Forman.



Los frescos de Goya en San Antonio de la Florida



Desde allí, cogimos el río hacia arriba. Jorge me explicó (de nuevo a las andadas con la política) que su abuelo le contaba la historia de España llevándole a verlo. Le decía “los vencedores” y le mostraba la parte remodelada por Franco con su estilo Herreriano, tan austero, tan místico (El Escorial). Luego, le enseñaba la parte de “los vencidos”, es decir, la época de Tierno Galván y su río de pedruscos. Si les soy sincero, prefiero a los vencidos con sus piedras de río como decoración que a esos vencedores de cemento a las orillas del río. A mí se me ocurrió entonces decir: “¡Quiero ver el puente de Perrault, ese de tirabuzones! ¡Lo he visto por el periódico!” Jorge, que solo se conocía aquella parte del río, me concedió- haciendo el papel de padre ante su hijo caprichoso- la petición, y comenzamos a caminar. Ante nosotros, en el horizonte, no se veía ningún puente moderno. Nunca se aprendía el nombre, constantemente repetía “El puente de Ferrol” malentendiendo la pronunciación francesa que me esmeraba por perfeccionar a cada momento. La huella de Albertósis I era perfectamente reconocible en el uso del granito para dar sentido a la arquitectura del paseo. El paisaje natural conseguía insuflar calor en el caminante. La vegetación era seca y se encontraba perfectamente ordenada, dando poco lugar al libre albedrío de la naturaleza. Aquello parecía un coro de caza para bizcos. Ningún lugar donde esconderse, en caso de ser perseguido. Las plazas de la capital que han sido actualmente remodeladas recuerdan este mismo gusto estético hacia lo urbano. Podíamos fácilmente evocar el Panóptico de Foucault (no sería nada difícil). La Puerta del Sol, la Plaza de Ópera son lo más parecido a un patio de cárcel. Repito: “Ningún lugar donde esconderse”. Un espacio libre de barullo, despejado. Las farolas, alumbrando en el lugar indicado, los bancos situados de modo que no coincida nunca uno enfrente de otro (y, si es posible, donde solo quepa un individuo en cada uno). Hay que reconocer que quedan cosas “bonitas”, el resultado es irreprochable. Lo práctico, aunque no lo parezca, funciona (para el gobernante, no para el ciudadano).
Volviendo a Sol: La estatua de Carlos III ¿la tiene usted en su mente? No recuerdo un monumento más extraño. Tuve que echar mano de la Wikipedia (un elemento de consulta, por otra parte, poco fiable) para confirmar mis sospechas. De hecho, ya titulé en otra ocasión el hecho de la siguiente manera: Wikipedia presenta: Historia absurda para una estatua. La cosa comienza así:

“Carlos III de España es conocido tradicionalmente como «el mejor alcalde de Madrid», aunque nunca ocupó este puesto. Por tal motivo, a principios de los años 90, se decidió erigir un monumento en su honor. Zancada y Rodríguez, tomaron como modelo la pequeña escultura de 140 por 160 centímetros realizada en madera y yeso por el escultor Juan Pascual de Mena que se conserva en la Real Academia de San Fernando. Se da la circunstancia de que esta escultura fue hecha por el artista como respuesta a un concurso convocado por Carlos III para realizar un monumento a su padre Felipe V, que finalmente ganaría Manuel Francisco Álvarez de la Peña. El monumento finalmente no se realizó y los modelos presentados al concurso quedaron guardados. Posteriormente, Carlos IV, hijo de Carlos III, recuperó el original de Mena para encargar una estatua en homenaje a su padre, sustituyendo por la de éste la cabeza de Felipe V.”

Antes de nada, he de apuntar que Zancada es el apellido de un profesor de escultura de la Facultad de Bellas Artes de la Complutense (lugar donde me encuentro finalizando mi carrera en el que es mi quinto año). En la actualidad todavía da clases en ella y, sí, es un experto en temas ecuestres. Una vez, sin ser yo alumno suyo, me enseñó cómo imitar la percusión de flamenco tocando con un palillo de modelar cogido con los dientes. La cosa continúa:

“Rodríguez y Zancada realizaron una copia de esta figura pero para la cabeza del rey se inspiraron en sendos retratos de Goya y Mengs. El punto de la ciudad en el que erigir el monumento fue decidido mediante un referéndum popular que tuvo lugar en la propia Puerta del Sol durante el mes de diciembre de 1995 y durante el cual la estatua se ubicó provisionalmente en el lugar que más o menos ocupa hoy. En la consulta participaron 126.194 personas; un 42% votó por ubicar la estatua en la Puerta del Sol, un 28,40%, en la Puerta de Alcalá y un 10,41% en la Plaza de la Armería, frente al Palacio Real.

Los trabajos para la instalación del monumento comenzaron el 19 de septiembre de 1994, colocándose el día 14 de diciembre la estatua sobre el pedestal, cuyas inscripciones fueron grabadas in situ. El conjunto fue inaugurado el 16 de diciembre de 1994 por el alcalde José María Álvarez del Manzano.”




La Puerta del Sol


Verdaderamente, la Puerta del Sol ha sufrido numerosas reformas. Para comenzar, su aspecto actual en cuanto a edificios se debe a dos remodelaciones significativas que tuvieron lugar en el siglo XIX: la desamortización de Mendizábal (la cual acabó con los conventos de San Felipe y Nuestra Señora de las Victorias y cuyos restos aparecieron en las obras del subsuelo que se llevaron a cabo en época contemporánea) y una reestructuración llevada a cabo por Lucio del Valle, Juan Rivera y José Morer. Junto a la arquitectura estándar de las casas, que parecen se juguete, hemos de sumar la aparición de monumentos, entre los que cabe citar los siguientes: Está “La Mariblanca”, escultura que es reproducción de otra antigua que decoraba una antigua fuente sita en la plaza. De dicha estatua se desconocen sus orígenes, tratados de descifrar por mil y un cronistas de la villa (¿a qué mitología alude? ¿Por qué ese nombre?). Luego está “El Oso y el Madroño”, que son la iconografía del escudo madrileño (cuyos orígenes se remontan al Siglo XIII). Esta es obra de Antonio Navarro Santafé, y vio la luz en el años de 1967. Sus cambios de lugar (o viajes) en la Plaza han sido también célebres. ¿Por qué un oso? ¿Por qué un madroño? Ahora, para acceder al subterráneo y llegar al Cercanías, tenemos que pasar por una “boca de metro” cuyo diseño recuerda a una copa medio hundida, un mejillón, o dios sabe qué. Su constitución de vidrio ha servido también de polémica entre los vecinos (y es que los destellos del sol contra los cristales producían una serie de deslumbramientos un tanto desagradables para cualquier vista). Por tanto, quejas no por el poco gusto en su diseño para un conjunto urbano ya de por si heterogéneo, sino por su poca practicidad.
El suelo, por otro lado, realizado con pavimento que recuerda a una época antigua, es también poco práctico y, por qué no, doloroso para las plantas de los pies. El empedrado y su relieve complican cualquier andar civilizado sobre él.
La Plaza Mayor, en otro tiempo recordada por sus múltiples árboles, ahora luce desnuda, y mantiene una estatua (la de Felipe IV) que se ha visto también amenazada por otro capricho de mudanza.



El Puente de Perrault


Dije antes que habíamos comenzado nuestro recorrido partiendo de la zona de San Antonio de la Florida. Las casas que hay al otro lado del río, según Jorge, eran antiguamente de las más pijas (básicamente porque tenían calefacción central en cada una). Ahora, viendo su aspecto, aquello resulta casi una broma. A la nueva visión de la arquitectura (nueva visión traducida por los arquitectos ibéricos, claro) se sumó la economía de medios, esto es, uso de material de menor calidad. Entre Gropius y Le Corbusier, a los habitantes del Siglo XX se nos obligó a vivir, como quien dice, como abejas. La era de las colmenas había llegado. La casa de Jorge tuvo su origen en una promoción de viviendas como casa de militares. Sin ser su abuelo uno de ellos al cual le adjudicaron la suya propia, era de esperar (por lo que antes hablé de él) que tuviera su puesto adjudicado dentro la guerra civil. Jorge conserva un sable con las iniciales de éste (las cuales, casualidad, coinciden con las suyas propias). El abuelo tenía como función, dentro de la campaña bélica, el ver despegar los aviones de tierra. Un oficio bastante digno dentro de los que se vienen a dar en este tipo de situaciones.
El puente de Perrault de marras se hallaba un poco más allá del Estadio Vicente Calderón (el cual, volviendo a la crónica madrileña, tiene los días contados). Hasta allí nos fuimos dando “un paseo”. De todas formas, no teníamos nada mejor que hacer en aquella tarde. Era la hora en la que, en la televisión, retransmitían aquellos “folletines de folleteo” latinoamericanos. Tras cruzarlo, Jorge juró no volver a realizar este camino nunca más. Había acabado "acabado", sin más fuerzas que gastar hasta el día siguiente. Cogimos el metro en Pirámides y listo.

18 – 6 - 11

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La psiquiatra



Acrílico sobre tabla

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COMPRENDER AL NIÑO

Perico construía columpios para parques infantiles. Era todo un artista, pues tenía un sentido de la estética aprobado siempre por los padres de los niños. El problema era que Perico tenía dudas sobre lo que pudieran pensar los niños de sus inventos. “Tiene un acabado elegante y es llamativo, pero para gente como yo”. ¿A “qué gente como yo” se refería Perico? Todos los días, antes y después de ponerse a trabajar, tenía la cabeza llena de juguetes. Se atormentaba tratando de volver a ser niño. “Como aquella primera vez que me subí a uno de esos bastiones de madera, sobre uno de aquellos fuertes defendidos por los niños y sus clanes. “¿En qué noche los abandonaron para dejarlos a merced de los mayores? A la mañana siguiente, todos ellos habían desaparecido. Ese día crecí y decidí dedicarme a levantar falsos promontorios para la diversión”. Lo pero de todo es que todo se había vuelto para él aburrido, nada le ofrecía una felicidad inagotable como la que tuvo en aquellos años dorados. “Ahora, todo es política. ¡Qué felicidad vivir dentro de una inconsciencia hacia lo adulto!” Pensaba que ahora todo lo que antes le aburría ahora formaba parte de su vida diaria, y que lo anterior se había esfumado. Había tratado de aferrarse a aquella “Fortaleza” prolongando uno de sus miembros en aquella profesión. “los niños son crueles porque ya atisban algo de los adultos dentro de ellos. Afortunadamente, todavía es una crueldad sin perfeccionar. Las reglas del juego todavía no se conocen, se imitan.”
Una tarde, regresó a uno de aquellos altos lugares, ahora convertido en no lugar. Para él, aquello ya no significaba nada. Ahora, aquel parque maravilloso había sido convertido en algo verdaderamente aburrido. “Por tratar de proteger a los niños, de hacer atracciones seguras, han conseguido aburrir hasta a los que las diseñan”. Algo de esto le había sucedido. Una a una, fue probando cada una de sus piezas “lúdicas”, sin éxito. Se habían cerrado definitivamente las puertas de su pasado. Ahora, aquella fortaleza tantas veces defendida en otro tiempo, le había expulsado.
Un tanto abatido, decidió sentarse en uno de los bancos para “mayores” que se encontraban dispuestos alrededor de aquel bastión inexpugnable, ahora vacío. Se dijo que tal vez el sueño calmaría su filosofía recalcitrante. Tal vez ahí se encontraría a salvo de ella. “No pensar, por un momento”. Cerró los ojos. Descansó. Al abrirlos se encontró acompañado de un niño. Su aspecto era el de un salvaje: pelo revuelto, cara tiznada de marrón tierra, brazos arañados, casi en carne viva. Lo miró de arriba abajo y le preguntó: “¿Te cansaste de jugar?” El niño tardó en contestar. “No. Tan solo te estaba mirando. Me resultas divertido”. Extrañas palabras. Perico preguntó de nuevo: “¿A que no te gusta este columpio?” El niño le contestó zafándose de sus intentos de persuasión barata: “Sí, si que me gusta…” Perico entonces le cogió del brazo y le sacó de allí por la fuerza. Caminaron un largo trecho hasta llegar a un nuevo parque con columpios. Estos, habían sido construidos por él. Situó al niño frente a su invento y le dijo secamente: “¡Juega!” El niño se negó en rotundo. “Es la construcción más horrible que he podido ver nunca”. Perico se puso de cuclillas para mirar al niño a la cara, para tenerle a pocos centímetros de su propio rostro. Entonces, descubrió algo terrible: Aquel niño era él. Fue entonces cuando despertó del sueño. Allí seguía, en el mismo banco. Ahora, la luz de la tarde se encontraba en sus últimos minutos de gloria.
18 – 6 - 11

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"Dulce Néctar (San Bernardo)". Una obra de teatro de Javier Mateo Hidalgo

>> sábado, 11 de junio de 2011

DULCE NÉCTAR from putativus on Vimeo.

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EL PIANISTA FALSIFICADO

>> viernes, 10 de junio de 2011

Ramón González Torres era un tipo difícil por impaciente. La gente que le rodeaba no terminaba de entender muchos de sus comentarios. Un día, por ejemplo, soltaba de su boca lo siguiente: “Yo preferiría ser abuelo antes que padre si pudiera elegir… Siempre quise serlo, pero había que pasar primero por el hijo antes que por el nieto… ¡y así nos va!” En otra ocasión, opinó esto: “¿Comprar una estatua y esperar cien años para valorarla en una antigüedad? ¡No hombre no, esos son muchos años! Mejor comprar una que tenga ya su centenar de añitos cumplidos y ya está… Para algo están los anticuarios ¿no?”
Sucedió que un día le pusieron delante de las narices un piano mágico. Él, que siempre había querido ser un reputado pianista pero nunca quería haberse matado a estudiar para llegar a ello, podía llegar a serlo gracias a las cualidades sobrenaturales que el instrumento musical poseía. Advertía el cartel que la agencia no se responsabilizaba de los efectos secundarios. ¿Estaba dispuesto Ramón a correr ese riesgo? ¡Pues claro que sí! El objeto fue adquirido por la cantidad correspondiente (ya saben, lo que puede costar algo que promete un misterio insondable).
La mujer de Ramón no daba crédito a la compra de su marido. “¿Y dónde vamos a meter este cacharro? ¡Ramón, por Dios, si tú tienes el oído en la suela del zapato!” Ramón templó gaitas de forma admirable: “¿No querías una excusa para mandar al cuerno la cómoda de mi madre? Pues ya la tienes… Ahora, el espacio que deje será ocupado por este prodigioso piano.” Nada más que decir.
Tardó Ramón un tiempo en atreverse a tomar asiento ante el instrumento. El reto era mayúsculo. Además, tenía que encontrar una partitura con la que debutar a título de Horrowitz por lo menos. Por fin encontró el concierto de Rachmaninov que tanto deseaba tocar, aquel que estaba basado en un tema de Paganini.
Era una tarde de junio. El ventilador se encontraba puesto. Serían las cinco, pues apenas había ruido de vecinos. Era el momento exacto para despertar a todo bicho viviente de la siesta y demostrarle que tenía un vecino maravilloso. Así pues, posó sus manos sobre las teclas de marfil. Al principio no sintió nada, pero ya se sabe, hasta las mejores medicinas necesitan de un tiempo para surtir efecto. Pronto, los dedos comenzaron a tomar decisiones propias y, en unos instantes, Ramón quedó esclavo de sus brazos que se movían independientemente. La ejecución era impecable y amenazaba con ganar en velocidad. Cuando la mujer salió del dormitorio con la redecilla puesta en el pelo y el camisón cayendo en forma de campana, la transformación estaba alcanzando su segunda fase. Su marido había comenzado a metamorfosearse también físicamente. Sus sesenta años retrocedieron como veinte y su pelo se ensortijó. El físico era más típico de la Estepa que de Madrid y, sinceramente, había ganado en atractivo. Cuando la obra llegó a su último pentagrama, Ramón se llamaba Grigory Albinsky, tenía cincuenta y un años y no entendía ni papa de español. La justicia había tomado sus propias decisiones y ahora quien aparentaba ser un pianista lo era de verdad. La mujer de Ramón no dijo nada. Tenía curiosidad por saber cómo era su nuevo marido. La cosa salió bien: Ramon-Grigory no tardó en alcanzar la fama en los círculos selectos, y pronto, con el dinero de los conciertos, pudo pagarse la deuda del piso de la calle Andrés Mellado. ¡Todo había salido a pedir de boca! Ella estaba encantado con él: no era grosero, tenía detalles maravillosos con ella, le presentó a personas muy interesantes…
Un día, el piano se rompió. ¿Adivinan qué pasó? Efectivamente: Grigory desapareció. Pero, lo más curioso de todo es que Ramón no volvió. Ahora, aquel ser había metamorfoseado en una niña rubita de ojos azules, también encantadora. La mujer de Ramón-Grigory la adoptó y, desde entonces, no volvió a conocer a ningún otro hombre.

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Ocho dibujos anatómicos













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UNA AGRADABLE PESADILLA

>> jueves, 9 de junio de 2011

Me habían encomendado vigilar la paz de aquel pueblo. Nunca había visto tantas iglesias en un espacio tan pequeño. Si, por decir un número, había cincuenta edificios en total, veinte eran iglesias. El mérito de mi trabajo residía en que nunca podía descansar. Aquel pueblo nunca había visto la luz del sol y era en la noche cuando los crímenes sucedían. Las veinte fachadas góticas se encontraban decoradas por esculturas que parecían protegerlas. Todas ellas parecían haber sido esculpidas por la misma mano hábil. Todas ellas atemorizaban a los habitantes del lugar. Detenidas en el tiempo, congeladas en cada uno de los cincelazos con los que el maestro escultor las había concebido, aquellas figuras hablaban del pecado, eran un homenaje pleno a la oscuridad. En su diabólica perfección, a veces uno se detenía y dudaba acerca de la autoría de las mismas. ¿Verdaderamente las habría engendrado alguien humano? Cuenta la leyenda que tiempo atrás todo el pueblo se puso de acuerdo y deseó al unísono que aquellas criaturas demoníacas desaparecieran de aquellas construcciones dedicadas a Dios. El deseo se hizo carne y aquellos monstruos de las tinieblas tomaron vida y se desencajaron de las construcciones a las que habían permanecido ateridas. Las iglesias se presentaban desnudas de todo ornamento y no parecían nada. No eran nada sin ellas. Las estatuas, por no se qué sortilegio o maleficio, decidieron repetir cada día esta acción de tomar vida y, además, decidieron perseguir a los habitantes del pueblo. Fue entonces cuando se creó la guardia nocturna. Allí estaba yo. Yo fui elegido por unanimidad para reestablecer el orden cada “día-noche” en el pueblo. Siempre era noche y siempre trabajaba. Tenían en mi poder esa varita mágica que lograba convencer a lo sobrenatural, atemorizarlo, hacerlo desistir de sus diabólicos planes.
Cuando comenzó el sueño, todo esto ya lo sabía. Estaba ya mentalizado. Aquella noche (la noche en la que se desarrollaba el sueño que tuve) tenía miedo. Sabía que en las anteriores noches (aquellas que se suponía que ya había vivido) me había sabido defender perfectamente. Pero ahora me sentía indefenso ante aquello contra lo que tenía que combatir. Sonaron las campanas y las esculturas comenzaron a revivir. Yo, entonces, salí corriendo. Sabía que no podía huir, pues allá hacia donde me dirigía (escogiera el camino que escogiera) me encontraba con nuevas iglesias. Llegó un momento en el que, cansado, detuve mis piernas. No sabía cómo salir de aquel pueblo. Entonces las figuras comenzaron a surgir con sus sombras gigantescas. Todos los espectros se concentraron en uno solo: Era ella. ¿Qué hacía ella allí? La noche desapareció y surgió el día. Su belleza pareció derrotar a aquellas figuras amenazantes. Reconocí que ella me había quitado el puesto, que ella sería mi sucesora como guardián de la noche. Sentí una verdadera excitación dentro de mí. Ya no había ni siquiera pueblo. Ella lo abarcaba todo, hasta el espacio. Fue ese momento el que mi conciencia eligió para regresar y desperté. Era de noche y estaba en la cama. Estaba desnudo y me encontraba por encima de las sábanas. Ella estaba junto a mí. No tardé en comprenderlo todo. Ella había comenzado a juguetear conmigo mientras estaba dormido. Aprovechando mi inconsciencia, se había puesto sobre mí y había comenzado a estimular mis necesidades sexuales. No sabía si agradecerle el que hubiese cambiado el rumbo de mi sueño con aquel método tan violento. Hubo algo que me hizo temblar cuando lo pensé más fríamente. Algo referido a mi subconsciente: ¿Por qué ella había acabado con aquellas bestias adoptando sus formas, convirtiéndose mismamente en la apariencia de la pesadilla?

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Fotografías del estreno de San Bernardo realizadas por Estefanía Martínez (San Bernardo, 2011)







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ANTE ATGET

>> miércoles, 8 de junio de 2011



"Cabaret del infierno" fotografía de Eugène Atget



Creo que ya he encontrado la respuesta a la pregunta que tantas veces dejé sin contestar: “¿Qué quieres ser de mayor?” Si bien contestaba “artista” obteniendo caras largas de tantos adultos incomprensivos, ahora diría: “feliz”. ¿Qué importa que lo que uno estudie pueda tener más o menos salidas en el mercado laboral? Estudiar bellas artes no puede explicarse más que desde la vocación. Ese adolescente que decide entrar a estudiar una carrera de este tipo solo puede tener una cosa en la cabeza: el empecinamiento por un ideal. Luego, todos vamos especializándonos, entrando en contacto con cierta realidad. Pero uno difícilmente escoge una carrera sabiendo dónde va a terminar. Posee ciertos indicios, unas cuantas vagas intuiciones. Nada más. Sabe que quiere ir por ahí y no por otro lugar, y andando caliente le importa tres narices lo que la gente pueda pensar, como diría Góngora en sus famosos versos.
¿Eugène Atget sabía que acabaría siendo conocido por sus fotografías? ¡Tres cuernos le importaba lo que la gente pudiera decir de sus trabajos! Este personaje se definía precisamente por una sencillez que escapaba a cualquier etiqueta que sobre él pudiese caer por parte de sujetos considerados “eruditos”. Lo cierto es que de esta forma se comenzó a hablar de su persona comparándole con el “aduanero” Rousseau. El ingenuo, el naif. Este “fotógrafo en tiempo libre” nos dejó un importantísimo legado que no nos habla tanto de “el predecesor del surrealismo” (lugar donde consiguió encumbrarle Man Ray descubriendo sus fotografías en revistas y demás lugares de “actualidad”) como el conservador de la historia. Sin su mirada, todas aquellas imágenes del París desaparecido habrían sido también destruidas de la memoria colectiva. Todos aquellos lugares, todas aquellas gentes, tantas veces retratadas en novelas o en dibujos, necesitaban de una “imagen fiel e idéntica”, en la más fiel de las representaciones: la fotografía. Atget, siendo consciente que lo bello resultaba poco práctico y tenía los días contados, comenzó a rescatar estos lugares dándoles una posición concreta: la de su ojo. Así, todos los que vieran sus fotografías observarían aquella realidad tal y como él la quería recordar, tal como a él le interesaba fijarla. Su punto de vista subjetivo añadía cierta personalidad a las instantáneas, las caracterizaba con un aura que daba a entender su firma tras ellas (por mucho que él recelara de que se publicasen con su nombre). Aquellos espacios vacíos, muertos, fantasmales, aparentemente olvidados, son precisamente lugares donde lo verdaderamente auténtico sucedía.
Y si bien en apariencia resultan fotografías sin ninguna intención oculta, es precisamente en esa sinceridad, en esa presentación desnuda de lo que hay y nada más, donde el convencimiento en el espectador queda fraguado. Aquí hay mucho más que en cualquier otro documento gráfico barroco, deslumbrante, despampanante... En una palabra: con intenciones. Y, cuando digo intenciones, me refiero a pretensiones. Sucede que, en este sentido, la impresión de la obra de Atget, antítesis de lo espectacular, es mayor porque cala más adentro.



Retrato de Eugène Atget

Una obra es valorada, en un primer momento, por las personas cercanas al autor. Ellas saben darle la importancia que requiere, su justa medida. Así, algo que podría pasar desapercibido para alguien ajeno a quien lo ha creado resulta valorado para quien quiere al creador. Fuera de los círculos selectos, más allá de los que afirman que algo es bueno por la firma que lo avala, están los que miran con otros ojos y saben dar las justas bendiciones a quien lo merece. Cierto que hay cierta sugestión, que cada ojo ve como le interesa; no obstante, la crítica todavía cálida y posible proveniente de quien no vive de sus palabras, sirve mucho más en lo personal al criticado que cualquier otra lanzada desde una tribuna invisible (aquella con la que nunca podrá establecer una conexión el sujeto en cuestión).
El nombre, la firma, da lugar a todo tipo de homenajes, a exprimir constantemente un jugo infinito. Por ejemplo: Un museo decide realizar una exposición sobre las instantáneas que Buñuel realizó como fotógrafo amateur en Mexico. El motivo no puede encontrase en la calidad del material sino en el personaje que se hallaba tras la cámara. Hay un intento por fetichizar todas las facetas posibles de un "ídolo", de perseguir -en un conocimiento sin límites- la vida y obra de tal figura cultural. ¿Estaría él de acuerdo en que estos homenajes tuvieran lugar? A título póstumo, la cosa es muy rentable. El artista es ese ser que en vida es alimentado de desperdicios y del cual, al morir, se aprovechan hasta los andares. Pudo ser el caso de Atget, el cual comenzó a vislumbrar cómo el primer atisbo de reconocimiento se acercaba cogido de la mano del final de su vida. Él deseaba que París fuese lo verdaderamente valorado. No era casualidad que la ciudad se encontrara en pleno proceso de renacimiento. Lo viejo moría y lo nuevo, en forma de grandes avenidas, nacía. El pasado de París "va a desparecer", así lo marcó en alguna fotografía indicando un lugar que pronto ya no estaría. Su forma de retratarlo, también arcaica (hasta en los procesos técnicos con los que trabajaba), hablaba de un hombre entre dos mundos. Sus setenta años lo hacían posible. Había visto muchas cosas y no quería que sus recuerdos desaparecieran. Su máxima pudo ser la siguiente: "Esto lo he visto yo y quiero que la gente lo recuerde".

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UN VIAJE RIZOMÁTICO POR MI INCONSCIENTE

>> lunes, 6 de junio de 2011

A lo largo de un día, son muchas las cosas que acuden a uno. Le sacuden, le zarandean, hacen que por un tiempo olvide el lugar donde se encuentra, que deje de escuchar, de hablar, de mirar… Son pequeños tesoros que amenazan con desvanecerse si no se pone remedio para ello. Son como esas canciones que decía inventar Paul Valéry, esas piezas que se perdían irremediablemente al no poder registrarlas en una partitura.
El pensamiento no entiende de orden: en un momento nace, se bifurca, recorre mil callejuelas y, finalmente desemboca cansado en su propio final. Dicho trayecto carece de sentido, existe porque es impulsado por un motor eléctrico que va estableciendo relaciones aparentemente imposibles de emparejar. Por fin, se construye una especie de casa edificada con mil materiales, que amenaza con venirse abajo en el momento menos esperado. Todas estas ideas, al no poder amalgamarlas en un discurso coherente, van quedando huérfanas y mueren en la más absoluta indigencia. Su padre, el escritor, el creador, las ha abandonado a su pesar por no saber muy bien qué hacer con ellas. Cada una de estas es tan individual que nace y muere en ella misma. Por ello, he decidido dedicar un escrito a uno de estos días, mostrar su nacimiento, su evolución y desenlace. Merece la pena:

“El otro día, por la noche, bajé a la calle para comprobar una cosa. Una manzana más allá de mi casa, se levanta el cadáver vivo de una casa. Diríamos que es lo contrario a un fantasma, pues todo lo espiritual se fue y ahora solo queda el esqueleto, todavía puesto en pie. Es el Número 43 de la calle Diego de León, en Madrid. Allí, en lo que fue antes un solar, Benito Perojo había construido un estudio donde comenzar a rodar sus películas. Lo acababa de leer en el libro “Benito Perojo. Pionerismo y supervivencia” de Román Gubern. Había sido justamente en ese lugar. Lo emocionante había sido ir leyendo y, poco a poco, ser conscientes de que a no muy lejos del lugar donde me encontraba había tenido lugar aquella historia. “Entre las calles de General Pardiñas y Príncipe de Vergara”. ¡Pues claro, aquí mismo! Vivo en el Número 106 de la primera. Perojo, que por entonces se encontraba preparando su saga de Peladilla. Este era el nombre de su personaje, que no era otra cosa que una imitación de Charlot. Peladilla acudía con su amiga Clarita a todo tipo de lugares. Una vez fueron a los toros, a la plaza que antes había donde ahora se levanta El Corte Inglés, en Felipe II. En otra ocasión, acudieron al football, al campo que había antiguamente en Conde de Peñalver, donde se encontraba mi colegio.
Charlot vestía parodiando la elegancia. Su traje ceñido, casi pequeño, le hacía resultar cómico. A esto, se le añadían sus gestos, sus andares. Una vestimenta de época ridiculizada. ¿Una crítica a la burguesía? No lo tengo del todo claro. Siempre he admirado más a Harold Lloyd, pues representaba un tipo de personaje más corriente, menos grotesco. Su indumentaria resultaba más familiar. Era como el vecino de la casa de enfrente. Su mano podía ser lo único artificial. Al haber perdido una serie de dedos de la mano en un accidente, empleó un guante que simulaba la mano entera para poder continuar trabajando ante la pantalla. Así, parecía no haber ocurrido nada. Era el mismo de siempre. Cuando lo descubrí, no podía dar crédito. Me lo había tragado.
Siempre me han gustado los fracs. Los había visto en las películas clásicas, en las fotografías familiares de mis abuelos y bisabuelos… Eran algo natural. La elegancia hecha indumentaria. Ni siquiera los pingüinos de Mary Poppins podían hacerme ver en ello algo cómico, anacrónico, representativo del clásico tipo estirado, de viñeta cómica de alta sociedad. ¿Por qué están tan mal vistos los trajes elegantes? Ahora la gente de alto copete, parece ser, resulta ridícula. Su vida, reducida a círculos concretos que luchan por mantenerse en el tiempo, les condena de por sí al anacronismo contemporáneo. Ahora, ver a alguien vestido con chistera resultaría divertido. Yo nunca podría ponerme chistera, a no ser que quisiera recibir el apelativo de “freak” o algo peor. Y, sin embargo, añoro los chalecos, las cadenas de reloj (en el bolsillo, no tiene por qué haber un reloj, solo la cadena por fuera), los lazos al estilo de Julio Caro Baroja… Todo es nostalgia.
Puedo comprender esa cierta crítica hacia la homogeneidad del vestir, que iba más allá y llegaba a la raya en los peinados, el bigote al estilo Errol Flynn… Existe una antigua fotografía de la Academia de Bellas Artes de San Fernando donde puede verse una clase de dibujo al natural: en ella, los alumnos, todos cortados por el mismo rasero en cuanto a caracterización, parecen haber perdido toda juventud. De hecho, visto desde ahora, parecen más bien ser los padres que están esperando para recoger a sus hijos de la facultad. No obstante, ahora que ya nos hemos librado de ese “vestir todos por el mismo patrón”, existe otro mal que puja por ocupar dicho puesto: lo políticamente correcto. ¡Ay de quien diga algo que se salga un poquito de lo que todos debemos decir y pensar por ese “bien común social”!
Madrid, posguerra. José Luis Garci. Hay algo de atractivo en los fantasmas del pasado. Ahí está él rememorando su infancia, como un Proust ibérico y sentimental, tratando de encontrar en ello un momento feliz de la vida. Dos personas que se reencuentran y rememoran el pasado, cuando se enamoraron el uno del otro. Todas estas cosas que juegan con la emoción solo podían acabar propiciando que el director acabase realizando películas históricas, de tiempos idóneos para la literatura. Un recuerdo que se graba en la memoria, en “Las verdes praderas”: En un porche, un hombre fumando un cigarro y leyendo el ABC. El protagonista del filme lo recuerda de cuando su infancia. Para aquel tipo, encenderse un cigarro y leer un periódico debía resultar lo más natural. Sin embargo, para José Rebolledo era algo más: los símbolos con los que poder identificar un momento de su infancia, a la que recurre para pensar en otros tiempos mejores. Ahora, trabaja en “Seguros”. Los anuncios de la compañía prometen a sus clientes la felicidad de poder disfrutar de una vida mejor. Sin embargo, él y sus compañeros de trabajo viven una vida patética, y esto hace pensar. ¿Podemos fiarnos de quienes hacen los anuncios y nos engatusan?
Tiempos pasados… Todavía, cuando cruzo el Paseo del Prado, trato de imaginarme aquel lugar tiempo atrás: en él, hay carruajes conducidos por tipos que van a pasar allí el fin de semana. Quiero olvidar los grabados, las estampas que reflejan aquel momento, pues prefiero recrearlo yo, por mi cuenta. Tiene gracia que ahora asociemos el “Paseo del Prado” al Museo del Prado. Lo correcto sería asociar el Museo del Prado al Paseo del Prado, pues allí había un “Prado”. ¿Cómo sería la “laguna” donde ahora se encuentra la parada de metro que lleva su mismo nombre?
En la época del Imperio romano, un padre regaña a su hijo por haber suspendido un examen de Historia: “¡Solo entra de materia los griegos y aún así sacas un cuatro!” La cultura, en aquella época, era mucho más reducida, más fácil de abarcar. Con leer la Odisea bastaba. ¿Bastaba? Recuerdo cuando me dio por cogerla. ¡Cada hoja tenía más pies de página que texto! Al tratar de comprender el texto descifrando los apuntes históricos aclaratorios, uno se volvía loco. Y lo peor de todo era el sentimiento de ignorancia que a uno le inundaba… Recuerdo que por entonces iba con mi padre a La Casa del Libro (antigua Espasa Calpe, en La Gran Vía) y me pasaba las mañanas leyendo mientras él consultaba libros jurídicos aburridísimos. Traté de leerme La Odisea y, hablando del Rey de Roma, el Ulises de Joyce. No pude con ninguno de los dos. Y, sin embargo, Homero describía la historia del enamorado de Penélope con una métrica maravillosa. Imagino que haciendo que las cosas rimaran, los versos se aprenderían de mejor manera por parte de aquellos que los transmitían de manera oral. En nuestro caso, bien valdría el ejemplo de la vida y “milagros” de El Cid Campeador.
Gonzalo, compañero de teatro, fue quien contó el chiste de romanos durante uno de los descansos en los ensayos. Teatro-memoria-recitación, son términos que alguna vez fueron de la mano”.

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Dos fotografías del estreno de "Dulce Néctar" realizadas por Alberto Junoy Ortega (San Bernardo, 2011)



Gonzalo López y Lucía Sánchez



De izquierda a derecha: Gonzalo López, Lucía Sánchez, Javier Ramírez y Javier Mateo



Javier Ramírez

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Gravedad

>> sábado, 4 de junio de 2011



Fotografía de Miguel Ángel Rego

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Antes del estreno. 3 de junio (San Bernardo, 2011)







Por el escenario



San Bernardo ante la Virgen

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Ensayos 2 de junio (San Bernardo, 2011)

>> viernes, 3 de junio de 2011



Últimos retoques escenográficos















Trabajando en la instalación de los focos



Ricardo y su "criatura"





Esteban, tras regresar de Hamburgo, se acerca al teatro durante los ensayos

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Ante la armadura. Por una educación en lo sensible

>> jueves, 2 de junio de 2011

Entiendo que alguien que aspira a mantenerse cautamente apartado de la zona de lo sentimental es un mártir profano por dos sencillas razones: la primera, por negarse a que sus facultades queden obnubiladas y esto le impida razonar. La segunda, porque al negarse el derecho a "ser impresionado" está cercenando una parte indispensable de nuestra identidad. La mirada objetiva se logra observando, no vendiéndose nunca al primer encanto, a la primera seducción vana de cualquier pirotécnico. Los fuegos de artificio a menudo no son más que eso: luces maravillosas que después dejan una estela de humo. No obstante, la sensibilidad, que es muy heterogénea, se manifiesta de diferente modo en cada persona. Hay quien la sepulta porque la considera símbolo de debilidad. Hay quien ha sido educado en la no sensibilidad. Esto se encuentra mucho en la actualidad. La ausencia de una transmisión familiar en lo sensible, se une a otra transmisión más bien escasa: la de la cultura. Podemos decir, por tanto, que incluso el observador cauto se encuentra fuera del prototipo de persona que podemos encontrar hoy. Ni siquiera podemos hablar de ella para justificar lo que puede estar sucediendo en estos momentos dentro de nuestra actualidad.
Seguramente hay quien no se encuentre de acuerdo en este primer punto que aquí he definido. Más, creo que hay un segundo que clama al cielo: sociólogos como Bauman han hablado de él, del momento líquido que nos ha tocado vivir. Hay algo que nos impide, cada vez más, detenernos para reflexionar sobre las pequeñas cosas. Es el fenómeno de la inmediatez, el conocer con prontitud. El quererlo todo aquí y ahora. Borramos, pues, años de historia en los que los hallazgos se producían con la espera del agricultor que observa cómo sus "frutos" germinan (o no) en un tiempo natural de acuerdo con las estaciones del año. Nosotros, nos encontramos empeñados en borrar la pesadez de la espera, esto es, transgredir la propia naturaleza. Queremos incluso conocernos a nosotros mismos por el exterior. Reconocemos por las apariencias y olvidamos aquello que no se manifiesta a través de la armadura. Preferimos tener un encuentro sexual (esto es, físico) de una noche que admirar a la persona amada por lo que pueda transmitirnos fuera de cualquier placer corporal. Esta especie de rivalidad, de lucha por el poder a la que nos obliga a enfrentarnos una sociedad cada vez más carnívora, está devastando aquello que nos hacía más racionales que animales. La armadura que ya he citado anteriormente va devorando a la carne que protege. hay veces que los árboles no dejan ver el bosque y se pesca a contracorriente. No somos capaces de valorar el contenido porque nos quedamos en la superficie, que no es otra que una definición de Wikipedia. Allí acudimos, allí nos informamos. Conocemos (con mucha suerte) el nombre de una eminencia cultural, pero no comprendemos qué le llevó a dejar su legado a la humanidad. Es como conocer a u arquitecto pero no haber vivido nunca en una de las casa que construyó.
Todos estos asuntos llevan trastornándome largo tiempo. Me encuentro en una época que parece no corresponder con lo que he aprendido, con aquello que me han transmitido: todo ello si no ha desaparecido, se encuentra escondido. Su búsqueda es fascinante, pero a veces creo que solo yo puedo entusiasmarme para encontrarla.
Cito aquí unas palabras del polémico libro de Houellebecq "las partículas elementales":

"El conocimiento sí... Queda un deseo de conocimiento. El deseo de conocimiento es curioso... Muy poca gente lo siente ¿sabe?, incluso entre los investigadores; la mayoría se conforman con hacer carrera, se desvían rápidamente hacia la administración; sin embargo, en la historia de la humanidad tiene una tremenda importancia. Podríamos imaginar una fábula en la que un pequeño grupo de hombres (como máximo unos centenares de personas en todo el planeta) trabaja encarnizadamente en algo muy difícil, muy abstracto, absolutamente incomprensible para los no iniciados. Estos hombres siempre serán unos desconocidos para el resto de la población; no tienen poder, fortuna u honores; ni siquiera hay alguien que entienda el placer que les procura su pequeña actividad. Sin embargo son la potencia más importante del mundo, y lo son por un motivo muy simple, un motivo muy pequeño: detentan las claves de la certeza racional. Todo lo que declaran verdadero, el resto de la población lo reconoce tarde o temprano como tal. Ningún poder económico, político, social o religioso es capaz de enfrentarse a la evidencia de la certeza racional. Podemos decir que Occidente se ha interesado más allá de toda medida por la filosofía y la política, que ha luchado del modo más irracional por asuntos filosóficos o políticos; también podemos decir que Occidente ha amado apasionadamente la literatura y las artes; pero en realidad nada va a pesar tanto en su historia como la necesidad de certeza racional. A fin de cuentas, Occidente ha terminado sacrificándolo todo (su religión, su felicidad, sus esperanzas y, en definitiva, su vida) a esa necesidad de certeza racional. Es algo que habrá que recordar a la hora de juzgar al conjunto de la civilización occidental."

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Benito Perojo imita a Charlot con su personaje de "Peladilla"

>> miércoles, 1 de junio de 2011


Videos tu.tv

Pelicula muda. Origenes del cine español

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Ensayos 1 de junio (San Bernardo, 2011)


Ricardo, Elena y Drusila en la cabina







Gonzalo y Lucía

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