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ANTE ATGET

>> miércoles, 8 de junio de 2011



"Cabaret del infierno" fotografía de Eugène Atget



Creo que ya he encontrado la respuesta a la pregunta que tantas veces dejé sin contestar: “¿Qué quieres ser de mayor?” Si bien contestaba “artista” obteniendo caras largas de tantos adultos incomprensivos, ahora diría: “feliz”. ¿Qué importa que lo que uno estudie pueda tener más o menos salidas en el mercado laboral? Estudiar bellas artes no puede explicarse más que desde la vocación. Ese adolescente que decide entrar a estudiar una carrera de este tipo solo puede tener una cosa en la cabeza: el empecinamiento por un ideal. Luego, todos vamos especializándonos, entrando en contacto con cierta realidad. Pero uno difícilmente escoge una carrera sabiendo dónde va a terminar. Posee ciertos indicios, unas cuantas vagas intuiciones. Nada más. Sabe que quiere ir por ahí y no por otro lugar, y andando caliente le importa tres narices lo que la gente pueda pensar, como diría Góngora en sus famosos versos.
¿Eugène Atget sabía que acabaría siendo conocido por sus fotografías? ¡Tres cuernos le importaba lo que la gente pudiera decir de sus trabajos! Este personaje se definía precisamente por una sencillez que escapaba a cualquier etiqueta que sobre él pudiese caer por parte de sujetos considerados “eruditos”. Lo cierto es que de esta forma se comenzó a hablar de su persona comparándole con el “aduanero” Rousseau. El ingenuo, el naif. Este “fotógrafo en tiempo libre” nos dejó un importantísimo legado que no nos habla tanto de “el predecesor del surrealismo” (lugar donde consiguió encumbrarle Man Ray descubriendo sus fotografías en revistas y demás lugares de “actualidad”) como el conservador de la historia. Sin su mirada, todas aquellas imágenes del París desaparecido habrían sido también destruidas de la memoria colectiva. Todos aquellos lugares, todas aquellas gentes, tantas veces retratadas en novelas o en dibujos, necesitaban de una “imagen fiel e idéntica”, en la más fiel de las representaciones: la fotografía. Atget, siendo consciente que lo bello resultaba poco práctico y tenía los días contados, comenzó a rescatar estos lugares dándoles una posición concreta: la de su ojo. Así, todos los que vieran sus fotografías observarían aquella realidad tal y como él la quería recordar, tal como a él le interesaba fijarla. Su punto de vista subjetivo añadía cierta personalidad a las instantáneas, las caracterizaba con un aura que daba a entender su firma tras ellas (por mucho que él recelara de que se publicasen con su nombre). Aquellos espacios vacíos, muertos, fantasmales, aparentemente olvidados, son precisamente lugares donde lo verdaderamente auténtico sucedía.
Y si bien en apariencia resultan fotografías sin ninguna intención oculta, es precisamente en esa sinceridad, en esa presentación desnuda de lo que hay y nada más, donde el convencimiento en el espectador queda fraguado. Aquí hay mucho más que en cualquier otro documento gráfico barroco, deslumbrante, despampanante... En una palabra: con intenciones. Y, cuando digo intenciones, me refiero a pretensiones. Sucede que, en este sentido, la impresión de la obra de Atget, antítesis de lo espectacular, es mayor porque cala más adentro.



Retrato de Eugène Atget

Una obra es valorada, en un primer momento, por las personas cercanas al autor. Ellas saben darle la importancia que requiere, su justa medida. Así, algo que podría pasar desapercibido para alguien ajeno a quien lo ha creado resulta valorado para quien quiere al creador. Fuera de los círculos selectos, más allá de los que afirman que algo es bueno por la firma que lo avala, están los que miran con otros ojos y saben dar las justas bendiciones a quien lo merece. Cierto que hay cierta sugestión, que cada ojo ve como le interesa; no obstante, la crítica todavía cálida y posible proveniente de quien no vive de sus palabras, sirve mucho más en lo personal al criticado que cualquier otra lanzada desde una tribuna invisible (aquella con la que nunca podrá establecer una conexión el sujeto en cuestión).
El nombre, la firma, da lugar a todo tipo de homenajes, a exprimir constantemente un jugo infinito. Por ejemplo: Un museo decide realizar una exposición sobre las instantáneas que Buñuel realizó como fotógrafo amateur en Mexico. El motivo no puede encontrase en la calidad del material sino en el personaje que se hallaba tras la cámara. Hay un intento por fetichizar todas las facetas posibles de un "ídolo", de perseguir -en un conocimiento sin límites- la vida y obra de tal figura cultural. ¿Estaría él de acuerdo en que estos homenajes tuvieran lugar? A título póstumo, la cosa es muy rentable. El artista es ese ser que en vida es alimentado de desperdicios y del cual, al morir, se aprovechan hasta los andares. Pudo ser el caso de Atget, el cual comenzó a vislumbrar cómo el primer atisbo de reconocimiento se acercaba cogido de la mano del final de su vida. Él deseaba que París fuese lo verdaderamente valorado. No era casualidad que la ciudad se encontrara en pleno proceso de renacimiento. Lo viejo moría y lo nuevo, en forma de grandes avenidas, nacía. El pasado de París "va a desparecer", así lo marcó en alguna fotografía indicando un lugar que pronto ya no estaría. Su forma de retratarlo, también arcaica (hasta en los procesos técnicos con los que trabajaba), hablaba de un hombre entre dos mundos. Sus setenta años lo hacían posible. Había visto muchas cosas y no quería que sus recuerdos desaparecieran. Su máxima pudo ser la siguiente: "Esto lo he visto yo y quiero que la gente lo recuerde".

8 – 6 - 11

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