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ATURDIDO

>> viernes, 24 de junio de 2011

La estatua es ese ser inmortal que permanece impasible ante la descomposición orgánica de todo ser vivo. Mientras las estaciones dan paso al verde, amarillo y marrón de las plantas entre las que convive, ella sigue mirando al horizonte, desafiando al sol que sale y se esconde día tras día. Solo un crimen perpetrado por la Naturaleza puede acabar con su arrogancia.
Esto y algo más pensó el coleccionista de álbumes cuando realizó su primera instantánea. Su cámara tomaba metódicamente lo que el ojo veía, y su vista quería retener, como testimonio veraz y ordenado, lo que sucedía cada día de la semana ante aquella estatua. El trípode siempre anclado en la marca de tierra que el fotógrafo había marcado en tres agujeros. Siempre en el mismo lugar. Siempre la estatua retratada en la misma situación dentro de la fotografía. El resto, se movía. Un día, la estatua también se movió, o eso le pareció al cameraman. El casco del caballero templario parecía haberse movido de una fotografía a otra. Hemos de señalar que, el tener las fotos ordenadas, era algo necesario para poder seguir el ciclo vital con coherencia. Cualquier desorden en las fotografías supondría el haber echado por tierra todo un trabajo de varios años.
Otro día, la nariz apareció ladeada ligeramente hacia la izquierda. En la siguiente ocasión, la espada se encontraba cambiada de mano. ¿Cómo es posible? ¡Ah, engaño humano, que juegas con los de tu misma especie! Finalmente, tras un año de pesquisas, una mañana se encontró con el pedestal de granito vacío. ¿Adónde había ido aquel Jacques de Molay? ¡Era evidente: a otro parque! Desde luego, aquel no era el lugar adecuado para albergar a un personaje de estas categorías: rodeado de poetas románticos, políticos olvidados y músicos inadvertidos, aquella estatua no se encontraba a gusto, eso era seguro. Y, lo peor de todo, no era que el objeto de la fotografía hubiese desaparecido, sino que los agujeros del trípode habían desparecido de la tierra. Habían sido borrados claramente.
Cuando llegó a la entrada de su casa, el fotógrafo notó algo extraño, como una marca en la cerradura. Se temió lo peor. Al entrar, se encontró todo manga por hombro. Los álbumes habían desparecido. El caballero templario se había enfadado. ¿Le habría dado tiempo a salir de la casa? La pregunta pronto encontró respuesta: tras las cortinas del salón, alguien andaba escondido. “¡Sé que estás ahí! ¡Sal, vamos! ¿Por qué quieres acabar conmigo?” preguntó el fotógrafo. “Comprendo que te hayas sentido intimidado. Sé mucho de tu vida, los álbumes de fotos hablan por ti. Y ¿sabes qué? Tu vida es muy aburrida. ¿Por qué no sales afuera a batallar?” El caballero se dejó entonces ver, saliendo de su escondite. “¿Por qué no me deja hacer mi trabajo tranquilo? Una estatua también tiene derecho a moverse. Yo nunca he sido de piedra, tan solo vivo de estar quieto. De no hacer nada, si usted así lo prefiere. ¿Qué tiene usted contra los que queremos ganar dinero dignamente? ¡Déjeme en paz, está usted loco! No entiendo por qué cree que soy de verdad una estatua…” El fotógrafo entonces observó lo que llevaba bajo su brazo: lo que creía un escudo eran en realidad los álbumes de fotos. Los señaló con su dedo: “Lléveselos, no hacen más que ocupar espacio. Creía tener dotes de observador, de científico. Pero, por lo que veo, le molesta la ciencia.” El caballero templario se los tiró a la cara para poder ganar tiempo y salir corriendo de allí.
“Bueno ¿y ahora a qué dedicaré mi vida? ¡Ah, ya lo sé! Conozco otra estatua que parece estarse poco quieta. Siempre que paso por ese parque creo que me mira de reojo. ¿Qué diría el escultor si la gente descubriera que su obra es un fraude? ¡Bueno, vamos allá! Tengo ganas de provocar otra anomalía en la Naturaleza…”

24 – 6 - 11

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