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COMPRENDER AL NIÑO

>> sábado, 18 de junio de 2011

Perico construía columpios para parques infantiles. Era todo un artista, pues tenía un sentido de la estética aprobado siempre por los padres de los niños. El problema era que Perico tenía dudas sobre lo que pudieran pensar los niños de sus inventos. “Tiene un acabado elegante y es llamativo, pero para gente como yo”. ¿A “qué gente como yo” se refería Perico? Todos los días, antes y después de ponerse a trabajar, tenía la cabeza llena de juguetes. Se atormentaba tratando de volver a ser niño. “Como aquella primera vez que me subí a uno de esos bastiones de madera, sobre uno de aquellos fuertes defendidos por los niños y sus clanes. “¿En qué noche los abandonaron para dejarlos a merced de los mayores? A la mañana siguiente, todos ellos habían desaparecido. Ese día crecí y decidí dedicarme a levantar falsos promontorios para la diversión”. Lo pero de todo es que todo se había vuelto para él aburrido, nada le ofrecía una felicidad inagotable como la que tuvo en aquellos años dorados. “Ahora, todo es política. ¡Qué felicidad vivir dentro de una inconsciencia hacia lo adulto!” Pensaba que ahora todo lo que antes le aburría ahora formaba parte de su vida diaria, y que lo anterior se había esfumado. Había tratado de aferrarse a aquella “Fortaleza” prolongando uno de sus miembros en aquella profesión. “los niños son crueles porque ya atisban algo de los adultos dentro de ellos. Afortunadamente, todavía es una crueldad sin perfeccionar. Las reglas del juego todavía no se conocen, se imitan.”
Una tarde, regresó a uno de aquellos altos lugares, ahora convertido en no lugar. Para él, aquello ya no significaba nada. Ahora, aquel parque maravilloso había sido convertido en algo verdaderamente aburrido. “Por tratar de proteger a los niños, de hacer atracciones seguras, han conseguido aburrir hasta a los que las diseñan”. Algo de esto le había sucedido. Una a una, fue probando cada una de sus piezas “lúdicas”, sin éxito. Se habían cerrado definitivamente las puertas de su pasado. Ahora, aquella fortaleza tantas veces defendida en otro tiempo, le había expulsado.
Un tanto abatido, decidió sentarse en uno de los bancos para “mayores” que se encontraban dispuestos alrededor de aquel bastión inexpugnable, ahora vacío. Se dijo que tal vez el sueño calmaría su filosofía recalcitrante. Tal vez ahí se encontraría a salvo de ella. “No pensar, por un momento”. Cerró los ojos. Descansó. Al abrirlos se encontró acompañado de un niño. Su aspecto era el de un salvaje: pelo revuelto, cara tiznada de marrón tierra, brazos arañados, casi en carne viva. Lo miró de arriba abajo y le preguntó: “¿Te cansaste de jugar?” El niño tardó en contestar. “No. Tan solo te estaba mirando. Me resultas divertido”. Extrañas palabras. Perico preguntó de nuevo: “¿A que no te gusta este columpio?” El niño le contestó zafándose de sus intentos de persuasión barata: “Sí, si que me gusta…” Perico entonces le cogió del brazo y le sacó de allí por la fuerza. Caminaron un largo trecho hasta llegar a un nuevo parque con columpios. Estos, habían sido construidos por él. Situó al niño frente a su invento y le dijo secamente: “¡Juega!” El niño se negó en rotundo. “Es la construcción más horrible que he podido ver nunca”. Perico se puso de cuclillas para mirar al niño a la cara, para tenerle a pocos centímetros de su propio rostro. Entonces, descubrió algo terrible: Aquel niño era él. Fue entonces cuando despertó del sueño. Allí seguía, en el mismo banco. Ahora, la luz de la tarde se encontraba en sus últimos minutos de gloria.
18 – 6 - 11

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