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DOS PALABRAS: VÍCTOR HUGO; DOS PALABRAS: “LOS MISERABLES”

>> martes, 28 de junio de 2011

Las palabras acaban siendo adoptadas por nosotros. Tras el primer sentido que se les da, por consenso, parecen renacer cuando caen en nuestras nada inocentes garras. Las forjamos de mil significados, las volvemos sinestésicas.
El niño que haya estudiado en el colegio -así por encima- a Víctor Hugo, este nombre acabará evocándole el gorro frigio o la catedral de Notre dame. Podríamos decir de este autor que es la sinestesia personificada. Es un narrador poeta, pues hace que sus líneas perduren en el tiempo y sean reconocidas por el público viejo y nuevo. Tanto es así que consigue que las referencias históricas se adapten a la novela. Logra que, hasta los más reacios a reconocer a un libro en todas sus partes, lo acaben devorando de arriba abajo.
Los amantes de la acción se detendrán en la descripción, y al revés.
Esto es Hugo. Un recorrido de Rigoletto de Verdi al monstruo de Lon Channey. Esto es Hugo: que mil doscientas páginas se conviertan en un relato breve visto desde distintas perspectivas: novela histórica, esto es, de su tiempo.
El Hugo dibujante se torna en literato con su ola monstruosa y su “Ma destinée”:


Dibujo de Víctor Hugo titulado “Ma destinée”

Ya no hay hombres. ¿Dónde está Dios?
Llama. ¡Alguien! ¡Alguien! Llama sin cesar.
Nada en el horizonte. Nada en el cielo.
El mar es la inexorable noche social donde la penalidad arroja a sus condenados. El mar es la miseria inmensa.
El alma, naufragando en ese abismo, puede convertirse en un cadáver. ¿Quién la resucitará? (1)

Hugo hablaba de los “hombres-océano” en un texto que pretendía ser un prefacio a las obras de Shakespeare. Al designarlos de tal forma no estaba sino aludiendo a la fuerza de su genio. La espiritualidad de estos “elegidos” era comparable al misterio marino, tantas veces fiero, tantas veces imbatible. Esa energía interior, ese torrente desbordado, le hace referirse a lo misterioso, a lo insondable. Piensa en la “inmanencia”, y en lo que aprendió de Lucrecio tras descubrir su libro sobre la Naturaleza. La figura del pensador le conduce a lo oscuro. Todo lo que pudo ver acabó por confundirse en su retina. ¿Qué había dentro de ella? Una multitud convertida en algo fantasmal. Para Hugo, Lucrecio era la metáfora del hombre-pez de dos cabezas: en lo alto del monstruo, una cabeza de hombre, y en lo bajo, una de hidra. Bebiendo el caos por su cabeza inferior, lo vomitaba por su cabeza superior. Ciencia terrible la de Lucrecio. Isaías se entrega a los ángeles. Lucrecio a las larvas. La Inmanencia, para él, es el mar. Las olas parecen expulsar en su movimiento lo que beben por debajo. La espuma es lo que expulsa “ese ser”. Las olas que produce el mundo, ese gran océano, son el ritmo de su respiración. Las tormentas, al suceder como espasmos, representan la crisis de la Naturaleza del mundo. El mundo es la gran ola de la plenitud. Todo nace, se mueve, se desarrolla ante la gran respiración del medio. Todo, en el dibujo, se escribe igual que en la Naturaleza: las letras redondas de las nubes, las zetas del rayo… Morfológicamente el mar tiene que ver con la dinámica de los pliegues y de los movimientos. Pliegue misterioso y negro del “tourbillón” (torbellino). Cuando él se sienta a dibujar, se mezcla lo orgánico con los pliegues, con las inundaciones, con el movimiento de los torbellinos. El eterno tumulto.
Y tras el mar, lo subterráneo. Las alcantarillas como representación de aquello inmundo que el hombre trata de esconder. Se podría decir que estas engullen su propio vómito. Aquel sótano acuático de París perdió, en su saneamiento, todo aquello que representaba la propia historia del lugar, su pasado. Dicen que la enfermedad que Marat trataba de sanar con aquellos baños curativos, la contrajo en los días en que estuvo escondido en estas catacumbas, cuando todavía no había allí agua corriente. Tras ser asesinado, su monumento funerario fue saqueado por Robespierre y el cadáver fue arrojado en este mismo lugar. Alguien que allí se adentró encontró su mortaja. Los grabados de las cárceles efectuados por Piranesi pueden evocarnos las alcantarillas descritas por Hugo tan pormenorizadamente.




Hugo detesta la línea recta del arquitecto, su afán de perfeccionar geométricamente aquello que por su naturaleza es irregular (valga la paradoja). Con la remodelación de la capital francesa llevada a cabo por el barón Haussmann, Víctor Hugo se echaría las manos a la cabeza. Simpatizaría con Atget y observaría curioso la coreografía de Baudelaire, saltando para esquivar las zanjas de las obras en las calles. Hugo ensalza el coraje revolucionario de un individuo que es capaz de morir por sus ideas y, a la vez, valora el arrojo de la guardia que perece en la trinchera combatiendo a los insurgentes. Hay algo en la batalla, según él, paranormal. La figura del hombre se desvanece y, en su lugar, surge la carnalidad de un espíritu que se mueve con la valentía, el arrojo, el coraje. Estos valores, movidos por el corazón, se unen a aquellos otros impulsados por los de la razón, en un escenario aparentemente irreal por sus toques de fantasmagoría.
“El progreso” para Hugo, va encadenado a los dictámenes decididos por Dios. Esta espiritualidad, esta creencia, puede ser observada con extrañeza para quien considera esta obra como “universal”, válida para todas las épocas. El hombre, aunque no hable sino plagie al ser deudor de su propio pasado, no puede dejar de ser un hombre de su tiempo, con todas las limitaciones que esto conlleva. El siguiente paso del progreso, al expirar el siglo XIX, estaría representado en Nietzsche y Freud: matar a Dios y al Padre. Un doble crimen (aunque pueda parecer uno solo) en favor de la libertad individual. Así, se acabaría con dos tutores hasta entonces imprescindibles para el ser humano.
Hugo nos habla de estos dos tipos de “miserables”: aquellos que no poseen bienes materiales y aquellos otros pobres de espíritu. Unos han de salir adelante en la vida pasando por todo tipo de calamidades y otros hacen lo posible porque los primeros acaben sumidos en el fango. Lo que no saben los segundos es que quienes se hallan en esta situación son ellos y no los otros, pues su “fango” es irrevocable.
Hugo es, más que un narrador de voz en off, un testigo presencial de lujo de lo que sucede. Un aleccionador que nunca resulta moralista, ya que no habla él sino sus personajes. Una especie de voz del pueblo. Una representación legítima, protegida por la novela, que entraba en las casas y “Convencía”. Y convence, creo. Por algo es autor universal. Con este apelativo, se ha ganado el respeto de los niños más curiosos, que luego indagan por su cuenta y confirman las sospechas. Y no es que lo que diga un libro de texto escolar vaya a misa (que también). Es que aquellos sobre los que recae la responsabilidad de escribirlos, también fueron niños. Niños curiosos con un gran potencial escondido.
“Los Miserables”, si no habla de todo, no habla de nada. No hay término medio posible. Hablan mujeres y niños de la calle, conservadores, románticos, idealistas, ambiciosos, indeseables, religiosos… pero, sobre todo, seres con capacidad para evolucionar en el transcurso de sus vidas e influenciados por una época concreta: La Francia de los siglos dieciocho y diecinueve.

2 comentarios:

David 30 de junio de 2011, 0:58  

Javier, me ha encantado el texto! Ha sido una delicia leerlo. Un abrazo

nosoydali 30 de junio de 2011, 7:39  

¡Muchas gracias David! Celebro que te haya gustado. Agradezco tus palabras. ¡Un saludo!

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